sábado, 25 de abril de 2020

SÁBADO. Las Tuzas de Zapata




Puede ser que una sola victoria baste para demostrar, a algunos equipos, que el mal paso no tiene su razón en lo que se hace en la cancha sino en situaciones externas, inevitables, lejos del control de las jugadoras, de los entrenadores, parece hasta cosa de cartomancia aunque su sentido es más lógico, a veces un equipo no se completa simplemente porque el universo así no lo desea. Las tuzas de Zapata tenían un record interminable de derrotas en la primera división Liga Mexicana de Fútbol Femenil (LIMEFFE), esas derrotas no eran solo eso, eran auténticos pasaportes para todos los equipos contrarios para mejorar su deferencia de goles. Siempre había cinco o más goles de diferencia. Sin embargo, la estadística escondía algunas circunstancias, como el que las Tuzas casi siempre encaraban con una, dos o hasta tres jugadoras menos cada partido.
La dueña del equipo, una entusiasta señora llamada Hebe, había tenido que volver  a jugar cuando esa ya no era su labor, solo por no dejar a la deriva a sus niñas, para no ver la situación desde fuera con la impotencia que eso implica, al menos dentro del campo se podía dejar el alma en cada jugada.

Las niñas, eran casi todas menores de veinte años, algunas nativas de la localidad de Emiliano Zapata en el estado de Hidalgo, en el medio de los llanos de Apan; otras habían sido reclutadas en el extremo norte de la Ciudad de México pues no había suficientes mujeres en la pequeña localidad, que gustaran de jugar fútbol, como para armar un equipo completo con reservas y todo. Zapata estaba muy cerca de Apan, pero a unos cincuenta kilómetros del primer rasgo urbano de la Ciudad de México.
Yo no era del norte de la ciudad, sino muy al sur, pero fui llamada a defender el arco por invitación de la principal joya del equipo, la joven defensora del orden y de la ley, la policía Jessica Hayde, encargada de cuidar la puerta del legendario Deportivo Fragata de Coyoacán, en donde la tribu de Fútbol Unión entrenaba cada mañana. Nos dimos cuenta casi de inmediato que Jessica traía el fútbol en la sangre, no pocas veces nos observaba entrenar y alguna vez le informó a Fede, el lugarteniente de Fútbol Unión, que ella también jugaba y que además lo hacía bien. No dudamos de ello ni Fede ni yo, porque enfundada en el uniforme que portaba con orgullo, Jessica poseía un semblante seguro pero al mismo tiempo afable, su estatura no era mucha, llevaba el cabello corto como niño y era dichosa de mostrar su placa como guardiana de la ley, no parecía ser de esas que se echan flores a lo pendejo, no era una habladora. Da siempre gusto conocer gente a la que le apasiona su profesión y que además ame el fútbol.
Poco a poco comencé a platicar más con ella, a conocerla y entonces un día me invitó a un partido como refuerzo. Ella también era parte de la tropa que ese día iba a ayudar a las llamadas Tuzas.
Las Tuzas eran tuzas por su condición como filial oficial del Club Pachuca, la cuna del Fútbol Mexicano, el equipo de Miguel Calero, de Pablo Hernán Gómez, de Franco Jara, de la copa Sudamericana conseguida en 2006, único título continental de un equipo mexicano fuera de la mediocre zona de CONCACAF, de Mónica Ocampo y de la arquera Godínez en la Liga Femenil MX. El equipo de la camiseta en barras azules con la publicidad de la compañía cementera para demostrar que se es de Hidalgo, con el short azul y la certeza de que en Real del Monte se había llevado acabo el primer partido de fútbol en este país.
En ese cotejo al que Jessica y yo asistimos como socorro, la Tuzas jugaban un amistoso en contra de otra filial del Pachuca, en este caso de la localidad de Zumpango, también en la zona limítrofe del estado de Hidalgo y el Estado de México, de las carreteras a Pachuca con sus puestos de barbacoa a un lado del camino. La cancha de esas tuzas estaba a las afueras de la mancha urbana y no muy lejos del lago del mismo nombre que la localidad, rodeada en tres de sus flancos con sembradíos de maíz, en el otro flanco estaba la carretera hacía Tepotzotlán.
Esa tarde de sábado no nos fue tan mal, perdimos solo por dos a uno y Jessica anotó el gol nuestro, un gran gol hay que decirlo. Ese juego fue transmitido por el canal de deportes de Tecamac y al final del partido el reportero que cubría el evento se acercó a entrevistar a Jessica, la impresión que dejamos fue buena y entonces, Hebe, que ese día no jugó por tener elementos suficientes (hasta dos cambios hubo), comenzó a pensar que Jessica y yo podíamos estar para toda la temporada que recién comenzaba. Y así fue, o más o menos.
Casi desde los siguientes partidos me fui dando cuenta que el equipo tenía problemas para conseguir jugadoras. Eso afectaba mucho cuando jugabas contra otros equipos completos y que entrenaban durante la semana. Al estar divididas entre Zapata, a tres horas de la Ciudad de México, y la zona norte de la gran urbe, a la altura de Texcoco, las Tuzas Zapata no podían entrenar como conjunto. A veces si iban completas pero si Jessica faltaba, gran parte del accionar del equipo se derrumbaba, como ya dije, la mayoría de las jugadoras del equipo eran muy jóvenes y apenas estaban comenzando a aprender, no se les podía pedir que fueran como la comandante Jessica, seguras de sí mismas y de su juego, al menos no todavía.
Aquí no se va a describir el hilo interminable de derrotas de las Tuzas, sino esa única victoria que conseguimos y que nos demostró que si fuéramos un equipo no separado por la distancia, seríamos un gran club, una máquina que podía hacer buen fútbol. La distancia era eso que, desde mi punto de vista, no dejaba ser constantes a esas mujeres futbolistas, y tampoco a mí, que no estaba acostumbrada a pasar hasta tres horas en el trasporte público.
Me levanté al borde de las seis de la mañana y tomé el metro para recorrer más de treinta estaciones y hacer tres transbordos, en sábado el tren va a medio llenar y por fortuna en todo el trayecto pude estar sentada. En la estación más lejana de todo el sistema de transporte me encontraría con el chofer de la micro que Hebe contrataba cada sábado para llevar a las jugadoras a donde fuera que fuese el partido. Abordé el vehículo luego de reconocer al chofer y una de esas mini-vans que sirven de lunes a viernes como transporte público y a las que les entran casi veinte personas fácilmente.
El automóvil tomó dirección rumbo a Texcoco, cerca de ahí recogimos a otras jugadoras del equipo, entre ellas a Jessica (gracias al cielo ella jugó ese partido) que era acompañada de Cecilia Bedolla, otra refuerzo para ese día, además estaba Jimena, capitana no solo en la cancha sino fuera, la mano derecha de Hebe. Nuestro transporte comenzó entonces su trayecto, primero por el valle de Teotihuacán y Otumba, por la autopista a Tulancingo.
Hebe y algunas otras jugadoras que residían en Zapata ya estaban en el deportivo donde se realizaría el juego. A nosotras, en cambio, nos faltaba todavía mucho camino. Un choque, entre varios automóviles, retrasó el trayecto durante varios minutos, avanzamos muy lentamente y Jessica sugirió comprar tamales a un costado de la carretera para amainar el hambre y salir un poco de la levedad del tráfico.
Cuando no portaba el uniforme de policía, Jessica era muy diferente, dicharachera, alegre y risueña, sus ojos se encendían y eran pizpiretos, hacía bromas y jugaba con todo el mundo, esa era una Jessica que yo todavía conocía poco. Además, se notaba que ella y Bedolla eran amigas entrañables pues eran pura química.
En cambio, yo, como siempre, iba en silencio casi absoluto; las demás tampoco hablaban mucho, aquel era un cuadro silencioso que solo llegaba a romper Jessica con algún chascarrillo de ella o de Bedolla o de ambas. Y las risas de todas, fue, después de todo un buen viaje.
Cuando la carretera estuvo despejada, el viento volvió a ingresar intempestivo por las ventanas del colectivo, pero ahora mucho más frío que en la Ciudad de México o sus alrededores.
En la carretera a Apan, ya de dos carriles, comenzó a llover copiosamente y la tierra emitió ese dulce aroma de cuando se empapa. El agua escurría por las ventanas del vehículo alargando la forma de las gotas como hilos delgados hasta que lograba arrancarlas del cristal. Lo único malo es que el fresco iba en aumento, las nubes grises no se abrían, la llovizna asemejaba a una leve escarcha y yo sabía que el valle de Apan podía ser así de helado, pero no tanto; para colmo, cuando llegamos el viento era de borrasca. Nos habíamos acostumbrado al calor dentro de la Van y por ello, cuando abrimos la puerta al llegar a la cancha, a no menos de tres le dieron ganas de regresar al interior del vehículo.

Zapata era una localidad pequeña, casi todo giraba en torno a la calle principal, en el pueblo las casas eran de una o dos plantas con sus azotehuelas coronadas por tinacos de plástico y sus zaguanes de lámina; el trazo español, en cuadricula, hacía que se pareciera mucho a una colonia de las afueras de la Ciudad de México, pero el canto de las aves, el cacarear de las gallinas y hasta el chillido de algún cerdo te recordaban que estabas ya en el hermoso campo del interior.
El complejo deportivo de Emiliano Zapata tenía dos canchas de medidas reglamentarias, separadas ambas por una estructura de mampostería que hacía de graderío y que estaba techada con una amplia lámina plateada y una serie de pinos y encinos dispuestos en fila entre los dos campos. Detrás de la portería norte había una barda de ladrillos que separaban al deportivo de un inmenso campo de maíz. De reata a la portería contraria había un pequeño bosque y luego la plancha de cemento que servía de estacionamiento y que era donde estaba aparcada nuestra van y el autobús de las rivales. Al otro costado del campo, donde se apostó nuestro rival de esa tarde, había un barda enana de apenas un metro de alto que también separaba al deportivo del inerme llano interminable. Visto así, el complejo con ese tiempo atmosférico, una podía fácilmente regresar a las tardes de entrenamiento en Viena, Austria, o si te decían que estabas en un partido en Inglaterra o en Escocia si te lo creías, un cono volcánico del cuaternario en el horizonte, casi oculto por las nubes, era lo único que te hacía dudar de que no estuvieras en otro país.
El equipo rival, una chicas llegadas desde Zitácuaro, de estirpe mazahua y herencia tarasca, ya estaban en el lugar y se refugiaban debajo del techo del graderío ya mencionado, tiritaban de frío. Habían estado calentado pero ante nuestra tardanza el estar sobre la cancha solo hizo que se congelaran, vaya calentamiento.

El uniforme de las michoacanas era una camiseta rosa y pantaloncillo en negro, se llamaban Huracán, como el Globo de Argentina, también decían ser una academia de formación, en este caso femenil, y la juventud de sus jugadoras lo corroboraba.
El frío seguía de insidioso y se sufría cada cosa que se hacía: cambiarse, calentar y pararse en esa cancha magníficamente empastada pero con una cápita de hielo todavía rasurando el césped. Algunas trataron de combatir el tiempo glacial comprando un café en un puesto que vendía algunas comidas sencillas para la merienda, pero no parecía funcionar, no dejaban de temblar ni las que tomaban café ni las que no tomaban.
Yo no tomé infusión ni nada, me cambié y fui directo hacía uno de los arcos para saludarlo y empezar a calentar, fue una tortura, parecía que eran las siete de la mañana pero ya pasaba del medio día. Uno de los chicos tuzos me ayudó en mis ejercicios y es que las Tuzas no solo eran equipo femenil, tenían su contraparte varonil, a la que por cierto le iba mucho mejor que a la femenil en su torneo. De hecho, Hebe me mencionó con orgullo que uno de sus hijos estaba ya a las puertas de debutar con el Pachuca de la Primera División, se veía realmente contenta por ello.
El árbitro al fin llamó a juego. Éramos once jugadoras exactas para comenzar el partido, no habría cambios, y para entonces nuestro record no eran tan malo como llegó a ser, tres derrotas al comienzo del campeonato que recién comenzaba, así que todavía existía mutua confianza, ilusión y rango de error.
Fue justamente un error de Jimena, que jugaba la lateral derecha, lo que abrió el marcador. Fue un balón largo por su banda, ella ganó la posición pero la rival corrió detrás de ella y la presionó. Yo salí de mi área para pedirle la pelota y que ella pudiera descargar el juego, pero el pase me lo dio muy corto y la jugadora rival aprovechó para robar la pelota, conmigo fuera del arco, todo fue fácil para la de Michoacán y ya íbamos abajo por uno a cero.
Jimena se lamentó, pidió perdón, pero nadie se enojó ni se desanimó por el suceso, como dije, la confianza en nosotras mismas todavía era muy alta y no teníamos tiempo para andar con las zarandajas de reclamarle a una compañera por un error que fortuitamente le puede pasar a cualquiera.
Las de Zitácuaro se asentaron mejor que nosotras al campo rápido y mojado, pero bastó que Jessica comenzara a tomar la pelota para que nuestro juego mejorara. Además, la tal Bedolla también era buena jugadora y se convirtió en la mejor socia de Jessica al ataque, juntas comenzaron a deshilvanar el dominio en el que las rivales nos tenían.
Las de Huracán entonces acudieron más frecuentemente al contragolpe y al latigazo largo. Yo sé jugar mi área, pero esa tarde no fue realmente necesario, en la central jugó una chica que, Hebe decía, era nativa de Apan y también era su primer partido con nosotras (otra debutante, otra refuerzo). La chica la había impresionado a Hebe algunos partidos atrás al tenerla como rival,  y no tardó mucho en sorprenderme a mí, Mariana era su nombre, tenía una clase inusitada, una visión de juego muy superior a todas y quizás solo pecaba de siempre salir driblando ¡desde nuestra zona defensiva!, con tal desparpajo que hasta las delanteras contrarias se quedaban sin entender nada.
Con Mariana, con Bedolla, con Jessica y con el trabajo táctico de las demás, siempre muy limpio y correcto, empezamos a inclinar la balanza a nuestro favor. En la delantera también había otro suceso, una chica de apenas doce años de nombre Alin que no parecía una niña asustada ni mucho menos, era hábil y rápida, sabía jugar la chamaca y eso inflaba el alma y el orgullo, esta sí que era una cantera.
Entre Alin y yo había veintiocho años de diferencia, yo era una especie de Dino Zoff, pero no en una copa del mundo, ¡un mundial de la categoría sub-17! La brecha generacional era enorme, no solo con Alin, hasta Jessica era muy joven todavía, fuera de lo que hacíamos en la cancha, no teníamos ni una sola cosa en común, ellas hablaban de su crush del momento, escuchaban música reggaetón, compartían vídeos en Tik Tok y tenían la vida por delante.
Una en cambio ya había cumplido todos sus sueños de juventud y jugado todos los partidos posibles, a los cuarenta años una ya lo había visto casi todo de la vida y el mundo, y no es que ya no quedara toda una vida por delante o que el entusiasmo por las cosas se hubiera marchitado, no, pero rodeada de tanta juventud una no podía evitar tener una mirada de nostalgia, de: esto yo ya lo viví. Vale, cosas de vieja loca.
Regresemos al partido, las visitantes, en un contragolpe, lograron el dos a cero. Fui a sacar la pelota de dentro de mi portería y le grité con cierta molestia a Jessica que ya se pusiera seria, la verdad es que el resultado era completamente injusto.
Y Dios mío que se puso sería. Primero avisó dos o tres veces, siempre con disparos de larga distancia que pasaron cerca o que fueron bien atajados por la guardameta rival. Pisaba la bola, cambiaba de ritmo, birlaba a las contrarias y todo siempre con la vista arriba, bien en alto para no perder la geografía del campo. Luego se animó a avanzar más y apoyarse más en paredes cortas con las compañeras y en un tiro de media distancia el asunto se puso dos a uno, un golazo.
Antes de terminar la segunda parte, Jessica ya había logrado el empate con otro gran gol de fuera del área y en la defensa ya también nos pusimos “las pilas” para ya no dejar ni una sola oportunidad a las rivales. Con el tiempo cumplido, todavía con la helada como marco geográfico de aquel partido, el árbitro nos mandó al descanso. Se dieron las disposiciones tácticas, se arengaron los ánimos, se le volvió a decir a Jimena que no pasaba nada, que había que seguir, que estábamos bien.
Para la segunda parte, las de Zitácuaro ya no llegaron. Tenían dos o tres buenas jugadoras que se fueron apagando entre la falta de balones a modo y el exceso de oportunidades de nuestra parte. Todo rindió fruto cuando Jessica terminó de firmar su hat-trick, era un arcoíris, y desde ahí comenzó la defensa de esa mínima ventaja.
El sol se asomó un poco, mis manos ya no estaban tan entumidas, vaya que me hacía falta el sereno, pero la suela de mi zapato derecho se desprendió, con todos los tachones incluidos, ya eran unos zapatos viejos hay que decir. Despejar de meta fue un suplicio para mí, lo tuve que ensayar con la pierna izquierda y no me fue tan mal. También me asustaba que por ahí las de Zitácuaro me encontraran mal colocada o en movimiento en alguno de sus intentos sin que yo tuviera ya ninguna adherencia al pasto con pie derecho, y no es que chapaleara con el lodo pero el campo estaba lo suficientemente resbaloso como para que la superstición te jorobara en cualquier momento.
Pero ya no hubo más, si acaso una atajada producto de un disparo sencillo por abajo y a mi derecha que nació de un error de Jessica que se había bajado casi como lateral izquierda pues al parecer se sentía lastimada. Luego me aclaró que ella y Bedolla venían de jugar otro partido muy temprano en la mañana, divina juventud que te permite jugar hasta tres partidos de soccer por día y en cada uno ser el ángulo estético de la faena con goles y calidad.
Finalmente, tuvieron algunos tiros de esquina las de Zitacuaro, pero todo eso lo desperdiciaron eran un pespunte de errores ya al final del partido.
El árbitro concluyó el desafío y nadie se abrazó, nadie festejó como si algo importante se hubiese conseguido. No sabíamos lo que venía, los arcanos de nuestro destino perdedor no eran imaginables. De haberlo sabido, que aquella iba a ser nuestra única victoria, habríamos celebrado como si fuese el campeonato mismo, hubiéramos disfrutado cada paso que dábamos al salir de aquella cancha hermosamente empastada, con ese viento frío que ya era una brisa que para entonces te besaba las mejillas.
Para Jessica hacer tres goles, ser la heroína, era la rutina. No sabíamos que era la última vez que jugaba para las Tuzas, a veces se le cruzaba el trabajo, a veces otros partidos, a veces la distancia tan lejana era escarmiento suficiente, el caso es que ningún partido más de esa temporada lo volvimos a jugar con once, con esas once magníficas.
No fue bueno el aspecto deportivo del equipo, pero estoy segura que de haber tenido más recursos, más suerte y dos o tres jugadoras más, las de Zapata podrían haber contado otra historia, una de triunfos.
Yo, después de esa temporada no fui más, ya no era divertido, supongo se esperaba mucho más de mi parte y hoy debo ser una de las decepciones más grandes en la historia de las Tuzas, como cuando en la primera división llegan esos fichajes bomba y muy caros que se quedan en cagada de pájaro y poco más.
Luego de ese campeonato se vino la pandemia, escribo estas líneas durante el confinamiento en casa voluntario, nadie juega fútbol, nadie patea en los campos del mundo una pelota, ni Messi ni Jessica, ni nadie. Solo espero que cuando todo esto termine, las Tuzas de Zapata vuelvan a jugar y que la suerte les cambie y los dioses del estadio las favorezcan, a todas ellas, a Lizeth, Ingrid, Ana, Tonanci, Alin y las que no puedo nombrar aquí porque no recuerdo o no supe sus nombres, que Jessica, Bedolla y Jimena sigan y sigan levantando el polvo de las canchas de fútbol de la zona norte de la ciudad, vamos chicas, vamos.

jueves, 23 de abril de 2020

MARTES. La guerrilla




Estuve algún tiempo masticando qué escribir sobre el City del campin de San Andrés y la guerrillera que me invitó a jugar ahí. Porque siempre me han intrigado los equipos que lo tienen todo para ganar pero que al final, por alguna razón, no ganan nunca. Supuse que el tema hay que abordarlo sin ambages pero al mismo tiempo sin la frialdad a la que invita cada fracaso en su descripción.
Ser parte de un equipo como el City no fue sencillo, por más que me metí en la cabeza la idea de que conmigo en el arco la cosa sería diferente, de que yo era lo que hacía falta para campeonar, justo como me lo había dicho Cabañas (la guerrillera de la que he hecho mención), al final me encontré en el medio de una situación que al día de hoy no sé explicar, ¿qué pasó? ¿Por qué no ganamos? 
Sin embargo, empecemos por el principio. La forma más sabrosa de disfrutar el fútbol es cuando este se sirve crudo, como la venganza y los aguacates, y es así, de esa manera, en cómo se come el fútbol en el campin de San Andrés Tetepilco, uno de esos pueblos de origen mexica que se quedaron atrapados en la mancha urbana de la Ciudad de México y en el tiempo, un territorio en donde mantienen la dignidad, la bravura y el celo provincial del barrio urbano.
En la cancha de San Andrés no hay alfombra y mucho menos la opulencia del pasto sintético, para sintéticos los juguetes sexuales. El piso es de cemento y gastado, con socavones que se tragarían a un elefante despistado y que si tienes la desgracia de derrapar en ellos te muelen las rodillas como a serranos en molcajete. Las bardas no son de madera, desde siempre han sido de piedra en honor a las pirámides que le dieron origen al asentamiento. No hay una malla que evite que la pelota se ponga en órbita, si eres mala para pegarle a la pelota, tendrás que ir a buscarla entre los bochos destartalados, los perros callejeros y la selva lóbrega que se tiene por jardinera de camellón. El banquillo del equipo que haga de local es la calle principal, con su tiendita de abarrotes y el puesto de palomitas con salsa Valentina, la del visitante es un callejón oscuro al otro extremo, atrás de una de las porterías la vendimia de alitas crujientes de pollo hace su agosto mientras que detrás del arco contrario, por la oscuridad, no se paran ni las gallinas.
En San Andrés no hay una camarita grabando los partidos, el recuerdo de las hazañas que ahí se gestan se trasmiten de boca en boca y así se aseguran que el mito permanezca.
Ahí, la jugadora veleidosa y de pose no tiene lugar, la inexperta está prácticamente vetada, si no se sabe jugar no se puede jugar, punto. Para aprender a jugar están las canchas en las azoteas de los mall y los gimnasios caros, aunque nada mejor como la calle. Si eres de las que lloran porque te cometen falta, este no es tu lugar, lárgate.
Pero no se confundan, la gente de aquí no es miserable ni mucho menos mezquina, eso se lo dejan a los catrines de traje y corbata, aquí la gente te cobija si demuestras que no vienes a jode y riegas el concreto del campo con el sudor de tu frente. Por eso el campin de San Andrés es onírico a su modo, hermoso para jugar.
También se asume que nadie en su sano juicio querría ir a jugar ahí y menos pagar por ello, por eso no se andan con fantasías burguesas de arbitrajes caros, cuotas de inscripción impagables y registros manufacturados por “despachos” de diseño mediocres.
En resumen, para una guardameta sudaca y montaraz como yo, el campin de San Andrés era el paraíso en donde podía probarme a mí misma.
La que me invitó a jugar en esa sucursal del infierno de Millerntor fue Cabañas, la guerrillera contumaz de las canchas del Anáhuac.
Cabañas era una jugadora veterana y portentosa, con arrojos, de disparo letal, técnica depurada y carácter a prueba de todo. Era una de esas raras almas que tienen la capacidad de pensar mientras están jugando, leyendo el juego, midiendo las situaciones, elucubrando salidas para sorprender al rival, inventando siempre la gran jugada. Como goleadora era implacable pero como persona era un pan de dios, amable y sencilla. Su familia era dueña de la mitad de los aguacates del mundo… bueno, no de tantos, pero tenían un puesto en el mercado de La Merced del fruto preferido de Huitzilopochtli.
La Merced había sido por muchos años, antes de la existencia de la Central de Abastos, el mercado más importante de la Ciudad de México, y hoy en día seguía siendo uno de los más concurridos con sus pasillos siempre llenos y sus puestos a rebosar de vegetales y otros productos. Fueron los aguacates el insumo principal en mi transacción con el City de Cabañas por una temporada: me ligué al club a cambio de una bolsa con tres paltas reales, ese tipo de contratos no los logra tener ni Cristiano Ronaldo.
El equipo se llamaba City y no me pregunten el por qué. No sé si alguna de las fundadoras del equipo sabían de Guardiola y sus pupilos. Tampoco me parecía que alguna de ellas hubiera estado jamás en Manchester, y sin duda el medio geográfico donde se encontraba el campin de San Andrés no tenía nada que ver con el puerto marítimo, el rock and roll y la enemistad con los Red Devils que habitaban Old Trafford. El nombre del equipo era por demás, un misterio.
Cabañas me había contado que el City me necesitaba, su última portera las había abandonado en semifinales del torneo anterior y eso había causado que el City sucumbiera en la final por el campeonato. Era la historia de un equipo que siempre quedaba segundo luego de comandar todo el campeonato, un Cruz Azul en toda regla, con todo lo aciago que eso conllevaba.
Así pues, el City de Cabañas me imbuyó, ellos necesitaban una arquera y a mí me gustaban los aguacates, fue el intercambio perfecto.
 Mi primera visita al campin no me impresionó, aunque llevaba muchos años jugando en las burguesas canchas de pasto sintético, el ánimo de haber nacido en los campos de tierra y lodo de Cuemanco no me había aminado en todo ese tiempo. Conocía el ambiente de esas canchas de barrio de Iztapalapa donde es mejor no contestar a la hinchada que mira los juegos y que sin más se burla e insulta bajo los efectos del cannabis.
Me llamó la atención de que en ese rincón olvidado por dios tuvieran la modalidad de fútbol mixto en la liga, una variante más acorde a las canchas de la Colonia del Valle o de Coyoacán, no se diga de la Condesa o de la Roma. Sin embargo, poco a poco me fui dando cuenta de que esta apertura escondía sus matices, en primer lugar las reglas eran igual de condescendientes con las mujeres porque “no nos vayamos a romper”. En segundo lugar, el árbitro, que era siempre el mismo hombre mayor, tenía un punto de vista tradicional sobre lo que una mujer es en relación con un hombre y eso le hacía marcar cada cosa tan terrible… esos errores de interpretación acentuaban todavía más su condición improvisada como juez de fútbol, vamos que ni siquiera tenía uniforme de árbitro.
La grada también te hacía saber que ahí en San Andrés no es que fueran muy progresistas, es que a alguien se le había ocurrido la idea del fútbol mixto y ya. Los gritos sexistas y homofóbicos nunca faltaban; supongo que, en realidad, las mujeres de la zona se habían ganado el derecho a jugar a base de denuedo y resistencia estoica, nada de concesiones por parte de los machos.
Eso sí, los integrantes hombres de nuestro cuadro eran dignos caballeros águila, sin complejos ni prejuicios inútiles que les impidieran pedir el máximo rendimiento a sus pares mujeres. El comandante del City era Lucio, un hombre de aspecto lánguido y ya entrado en los cuarenta; eso sí, a pesar de la edad podía competir sin problemas con los jóvenes gladiadores de veinte años. En las incipientes arrugas de su rostro, a Lucio se lo notaban las miles de batallas futboleras y en su juego comprobabas que aquel sujeto era, a lo menos, un brujo del balón. Siempre gambeteando, siempre a tiempo para hacer las coberturas y siempre limpio, casi nunca cometía faltas. Toda la tribu del City confiaba en su chamán, y para mí era un placer verlo jugar, un honor compartir la cancha con alguien tan lucido en el juego.
Las reglas decían que dos de los cuatro cuartos que duraba cada partido debían alternarse en la portería un hombre y una mujer. De esa forma, yo compartía la custodia del arco con Vic, un arquero de complexión obesa y carácter bonachón. Vic siempre tenía el chiste justo para hacernos reír y al mismo tiempo no dejaba que ningún balón entrara en su portería durante los partidos. Su cuerpo robusto era una fisonomía para despistar pues en el campo se movía como gato bocarriba y quién sabe de dónde sacaba tanto reflejo para atajar, además era técnicamente muy correcto como guardameta.
El cuadro lo completaba la juventud, la potestad y pundonor de Gus, un chico que parecía la versión de Lucio con veinte años menos, tan bueno era el muchacho.
El trino masculino no podría ser nada sin su complemento femenino. Encontrar mujeres que jugaran bien y que aceptasen jugar en las rudas condiciones del campin de San Andrés no era cosa sencilla, eso era un calvario para muchos equipos, pero el City las tenía aunque no de sobra. Además de Cabañas que ya la he descrito como una gran jugadora, estaban Diana y Dayana. La primera era una delantera letal que tenía una hija de cinco años adorable a la que llevaba cada martes al campo, era inspirador ver a esa pequeña pateando la pelota antes de empezar cada partido, ahí estaba el futuro, señores, ahí y no en otras cosas. Dayana era, por su parte, una crack cortada con la misma tijera que Cabañas, mucha técnica, poderío y gol.
En ese equipo no cabían más, si alguna nueva llegaba se iba a estrellar directo con eso de calentar la banca. Si de afuera se gritaba cambio las de adentro hacían como que no oían.
Y era afuera en donde estaba el pilar de ese conjunto, se llamaba Linda y no jugaba, solo era presidenta, tesorera, secretaría y directora técnica de esa mixtura llamada City. Ni siquiera se ponía la remera de juego, que era la versión rosa del City de la Premier, ni cuando nos faltaba una. Era simple, Linda se limitaba a cumplir su papel y no se metía en problemas que no podía resolver.
Lo cierto es que yo estaba acostumbrada a ser una diferencia en los equipos que jugaba, un factor que daba triunfos. Pero por razones que aún no alcanzo a explicarme, en el City nunca lo fui. En casi veinte partidos que duró la temporada regular no recuerdo haber hecho ninguna atajada notable, absolutamente ninguna. Nunca fui determinante para quedarnos con los tres puntos. Es que el City era tan bueno que la portera salía sobrando.
Yo pensaba que en la fase final, en esas locuras de eliminación directa, la situación iba a ser distinta. Incluso así me lo había pintado Cabañas cada juego, que en la liguilla realmente íbamos a jugarnos nuestra suerte. Pero cada martes yo tenía un paseo, era raro el gol que me metían y generalmente eran goles concebidos de tiros inasibles que ni dios podía detener. Casi todo el resto del tiempo de los partidos, el City monopolizaba la pelota y se la pasaba tratando de hacer goles.
Y no es que los rivales fuesen unos idiotas, de hecho del segundo hasta el último lugar de aquella liga eran equipos de mucho cuidado y talante, con grandes jugadores y jugadoras. La única vez que pasamos de anotar diez goles en un partido al último lugar, esa noche ese mismo equipo nos anotó cinco tantos haciendo más que decoroso el marcador.
Así, la percepción que me quedó es que fui una espectadora más del paso arrollador del City, de las grandes jugadas de Lucio, de los desbordes de Gus y de los goles de Cabañas, Diana y Dana. Los únicos partidos que perdimos fueron porque Lucio estuvo lesionado y no se presentó o cuando jugamos incompletos, fuera de eso todo me hacía pensar que nadie en la fase final nos podría ganar.
En las semifinales el ambiente no era tan festivo, había mucha gente alrededor para mirar el juego, pero no se sentía tensión. Un partido antes se jugaba la otra semifinal y cuando entramos a la cancha todos esperaban que aquello fuera un mero trámite.
Lucio ya estaba en plenitud otra vez, Gus había llegado temprano, Vic hacía bromas mientras Linda llenaba la hoja de alineación, mis tres compañeras peloteaban en la cancha y el otro equipo las miraba sin temor.
Hoy me es evidente que esa confianza de los rivales era porque durante la semana se habían puesto a pensar en cómo es que podrían ganarnos, hoy lo recuerdo y no puedo pensar en otra cosa que en una estrategia de su parte.
En cambio, en el emporio del City nunca se hacía eso de estudiar al rival, de plantear un partido, ¿para qué?
En mi punto de vista el juego en aquella canchita, con sus bardas sus dimensiones diminutas y su piso de concreto, dejaban mucho margen a la suerte, por lo tanto una estrategia como tal, como las que suelen darse en el fútbol de once contra once, no cabían realmente en aquellas azarosas circunstancias. Por lo tanto aquello nos cayó de sorpresa y ni siquiera nos dimos cuenta.
El partido siguió un script de rutina: partido cerrado y disputado, con pocas opciones de gol claras aunque de estas hubo para completar la docena, y al final un empate que dejó todo el drama en los penales. El ambiente era de incredulidad, hasta el rival parecía sorprendido de haber logrado llegar a esa instancia, se habían jugado todo a su disciplina y el premio se lo habían sacado. A esa instancia de los penaltis ellos sin duda llegaron con mejor ánimo, en cambio en el City se habían comenzado a cocinar la molestia y la insatisfacción: algún reclamo por aquí, otra indirecta por allá.
Y la serie se realizó. Ni siquiera hubo que alargar tanto. Yo nada pude hacer en lo que me correspondió. Vic tampoco. Ya ni siquiera me acuerdo quién falló de nuestra parte, pero eso fue todo.
Nos habían echado fuera y yo ni siquiera había sudado, es que en el fútbol la vida se abre o se cierra en un parpadeo. Ni para echar maldiciones por la derrota hubo lugar, cada quién se lo guardó adentro y solo con el paso de los días de la semana siguiente la flor que era el City se marchito, perdió uno a uno sus pétalos y el equipo dejó de existir. Aquella semifinal había sido el último partido de un equipo que no podía perder, pero que perdió otra vez.
Cabañas me siguió invitando, sin resquemar, a otros proyectos y equipos. Yo la invitaba también a algunos partidos amistosos y no pocas veces nos encontrábamos como rivales sobre las arenas de batalla futbolera de la ciudad. El más notable de esos proyectos a los que me invitó fue el de las Chivas de la cancha de fútbol rápido de la Jopa de la alcaldía Venustiano Carranza. Ahí llegamos a ser bicampeonas juntas.
La liga era nueva y en un comienzo le costó hacerse de equipos con calidad. Además Cabañas armó un equipo muy sólido y superior a los demás planteles de la liga.
El hombre que llevaba el comando de esa guerrilla era Justo, un hombre calmado de buena visión como director técnico y que asimismo era dueño de la tiendita de abarrotes de la cancha.
No hay que soslayar que Cabañas me seguía dando aguacates por ir a jugar, Justo nos daba bebidas rehidratantes durante los partidos y eso acentuaba el estatus del Chivas en la liga de Jopa.
Es injusto decir que ganamos caminando esos primeros dos campeonatos, pero así fue. Y eso fue muy malo para el tercer campeonato.
La ínclita cancha de Jopa era una alfombra de fútbol rápido de bardas de cemento con medidas reglamentarias y eso último, más que su alfombra sacra y decente, la hacían una cancha linda, de esas que favorecen a los equipos técnicos. Estaba localizada en la Alcaldía de la Venustiano Carranza, cerca del mercado de La Merced y de lo que antiguamente había sido el Canal de La Viga, ahora convertido en avenida.
El barrio retenía el aspecto del antiguo pueblo de La Viga, del viejo deportivo Venustiano Carranza inaugurado en los años treinta y de sus casas resistentes a ser vendidas a los ladrones inmobiliarios que despachan donde sea una torre de departamentos. El paso de los trenes del Metro con sus vías elevadas se podían ver desde la portería este de la cancha. A la espalda de ese arco los balones se volaban al patio y estacionamiento de un edificio de la policía local. La cancha contaba con un estacionamiento que podía ser ocupado por una decena de carros, y sobre esa plancha se levantaba la única tribuna, de láminas y fierros, de la cancha. En los partidos importantes, esa tribuna llena podía llegar a ser intimidante. La zona de bancas estaba toda hecha de concreto, como las bardas y la portería del lugar. El alumbrado era suficiente y se podría decir que mucho mejor que el de muchas canchas. Si llovía el agua no se acumulaba como en lago de cuenca cerrada, ahí había un buen drenaje.
 Como ya dije, Cabañas reclutó buenas jugadoras, técnicas y además acostumbradas a ganar: estaban Violeta, Uva, Aidé, Yeka o Fany, solo por mencionar algunas. Esa pista y sus buenas jugadoras hacían casi imposible que alguien nos ganara. De hecho, nuevamente, yo casi siempre me la pasaba en un vagabundeo por mi área, incluso en las finales que ganamos no hubo nunca una duda o predicamento.
Fue en el tercer torneo donde la cosa cambió: los equipos mejoraron, entraron algunos equipos más competitivos y lo peor fue que nuestras jugadoras cayeron en las garras de la victoria. Como nunca perdíamos y nunca parecía que fuéramos a perder, la arrogancia comenzó a crecer en ese grupo, no hacían falta discursos de elogio hacia nosotras, con el invicto eterno bastaba. El día de la tercera final jugamos contra el mismo equipo al que le habíamos ganado las dos finales anteriores. Mientras que para ellas era muy importante el ganar, el lograr su hazaña, para nosotras parecía una rutina, un mero trámite; no había abulia de nuestra parte, pero parecía tan fácil que a mí, al menos, no me emocionaba y eso que era una final. A la distancia ahora lo sé, lo insulso no era el partido, era yo.
Durante la temporada ya había señales de que aquel equipo tenía un tendón de Aquiles: era un equipo que fallaba innumerables ocasiones de gol fáciles. A pesar de ello siempre se ganaban los desafíos por tres o cuatro goles de diferencia, pero las fallas eran increíbles y quizás hasta vergonzosas; como no pasaba nada, como no había consecuencias negativas, el equipo no notó el hedor de su pecado.
Durante la final aquella escuadra a la que nos enfrentábamos salió con el cuchillo entre los dientes a morirse en la cancha, mientras que nosotras salimos como siempre a driblar, dar un toque de más, tardarse un tiempo, como si posáramos para la foto, intentar el adorno y luego fallar. Todo estaba bien, todo era válido, menos fallar.
Durante toda la primera mitad el juego fue de nosotras, el rival corría con el corazón en mano, pero perseguían sombras. Sin embargo, ese dominio nunca se reflejó en el marcador: Cero a cero.
Cabañas estaba que se la llevaba la chingada, ella también había notado la falta de gol del equipo y lo peor, parecía saberse enferma de la misma malaria que las demás, pues por más seria que intentaba ser frente al arco no más sus disparos no entraban.
De pronto, cada portera rival se convertía en heroína y la guardameta de esa noche de final se encontró todas las pelotas que intentaban ser gol de nuestra parte. El embrujo no se detuvo, empeoró.
A unos minutos de terminar la primera parte ocurrió el milagro de la milla de Jopa. Las rivales improvisaron un ataque aprovechando una pérdida de balón de nuestra parte a la altura del medio campo. El asedió sucedía por la banda izquierda y la jugadora rival perseguía un balón filtrado que logró controlar con problemas y la marca de una de mis defensas ya muy encima.
Por el centro, la compañera que había robado el balón y se lo había filtrado corría pidiendo la pelota en muy franca posición de gol pues mi otra defensa la había descuidado.
La poseedora de la pelota jadeaba por el esfuerzo, su postura soslayada la obligó a recargarse sobre la barda con su brazo derecho. Desde ese lugar se impulsó y nunca quedó claro si iba a encarar a mi defensa o…
Juro por dios que la rival que estaba por la banda la vio a su compañera y entendió que esa era su mejor opción, se lo ví en la mirada durante un instante y desde ahí decidí comenzar mi recorrido hacía el achique de aquel posible pase, descuidando mi poste… descuidé mi poste.
Supongo que mi defensa que la marcaba también pensó lo mismo pues tampoco se le ocurrió bloquear un tiro que para cualquier jugadora de nivel hubiese sido complicado, para las rivales aquello pintaba más que imposible.
Pero le pegó mal, la rival le pegó mal a la pelota en su intento de pase, y le salió un churro sin mucha fuerza hacía mi portería. Como yo estaba ya en camino hacia otros destinos que nunca ocurrieron, aquel fiasco de pase se convirtió en tiro que entró pidiendo permiso y pegado al poste que se suponía yo debía proteger. Era el uno a cero y volvió a comenzar una película ya vista antes en Maracaná en 1950.
Cuando ellas hicieron el dos a cero al comienzo de la segunda parte, ya todos se habían dado cuenta: esa no la íbamos a ganar. Justo, el entrenador, me sustituyó en la portería luego del segundo gol, yo había comenzado a contestar algunos gritos procedentes de la grada y eso fue interpretado por mi banca como que ya no estaba concentrada en el juego. Era cierto, me había fugado y ya no me interesaba el marcador, se me había zafado un tornillo, aunque desde hacía mucho que estaba loca, y ni siquiera reclamé el cambio.
Recuerdo haber estado, ya desde el banco, muy molesta con mis compañeras que seguían en un carnaval de fallas frente a la portería rival, no le hacían un gol ni al arcoíris… ¡no le hacían gol ni al viejo arco de veinte metros de altura y diez de ancho de la entrada del pueblo de La Viga!
Cabañas acortó distancias como quebrando el maleficio, pero a cambio las rivales aprovecharon un error de la compañera que me sustituyó como portera e hicieron el tres a uno.
Entre todo el desplome del Chivas de Jopa la más clara fue Yanet, la compañera eterna de Cabañas y que todavía era principiante en eso del fútbol, casi todo el tiempo se la pasaba en la banca y a veces, cuando llegaba a jugar, cometía errores básicos que no dejaban que se le terminara de tener absoluta confianza. Creo que en realidad nadie le dijo algo serio debido a esos hierros, salvo Cabañas que era exigente con ella, ya saben, si te regaña es porque le importas a alguien. Esa final quizás fue su mejor partido y es triste que no haya podido salir de ahí con la victoria, creo que Yanet se merecía ser la heroína de esa noche y eso hubiera completado la obra. Pero no fue, los hubiera no existe y el fútbol a veces se salta los méritos.
Tan solo el árbitro anunció el final del juego, yo salí disparada fuera del campo de Jopa, me conozco y sé que en esas situaciones una no tiene nada bueno que decir y si algo hubiese sido obligada a hablar lo hubiera escupido con veneno e inquina de víbora de cascabel las más absurdas tonterías. Puedo ser muy estúpida, a veces puedo ser realmente mentecata.
Las demás si se quedaron a recoger el trofeo de segundo lugar y las respeto por ello. Me gustaría ser de esas personas, de las que no toman la vida tan en serio como para escribir ríos de tinta sobre partidos que ya nadie tendría razones para acordarse. Me gustaría ser normal.
 Pero lo cierto es que pude regresar a medianamente pedir disculpas a las chicas de Chivas, a Justo, a Cabañas y a la alfombra de Jopa por el papelón protagonizado. Fue unas semanas después para la final de torneo de copa en donde fuimos derrotadas nuevamente pero ya sin la etiqueta de invencibles.
Ganar o perder es parte del juego, de la vida, y a veces una cosa maquilla o esconde a la otra, detrás de la victoria se esconde la derrota y detrás de la derrota aparece, luminosa, la victoria. Supongo que en este caso, como en el de muchos, el mayor beneficio de todo, lo único que quedó después del juego, del fútbol, fueron las personas, las amistades. Hoy en día le pago los aguacates a mi mentora, ella y Yanet siguen vendiendo frutas en el mercado de La Merced. Ya no jugamos ni jugaremos juntas, solo Huitzilopochtli sabe hasta donde y cuando se detendrá la guerrillera Cabañas pues ella sigue y seguirá jugando muchos años más.

JUEVES. Las geógrafas y la lonchería




Cuando Berenice me pidió que reforzara a su equipo de los días sábados, que jugaban fútbol 7 mixto en las tradicionales canchas de la Villa Olímpica al sur de la Ciudad de México, me le quedé mirando dubitativa. Ella era una excelente guardameta, de la vieja guardia, pero todavía excelente, de lo mejor que habían visto mis ojos, no me necesitaba. Sucedía que no me quería para el arco, me requería para la cancha pues le hacían falta jugadoras para enfrentar las semifinales del torneo ya que tres de sus jugadoras regulares se habían lesionado gravemente en los partidos anteriores inmediatos.
Supuse que aquello era un acto de desesperación, que bastaba con encontrar tres personas que al menos sirvieran de conos y acepté el encargo luego de comprender el aluvión en el que estaba metida junto a su equipo; además, los organizadores de la liga estaban dispuestos a registrarle jugadoras fuera de tiempo, entendiendo la desafortunada situación de sus elementos abatidos por cuestiones médicas. Así,  no había impedimentos y había que ayudar.
Los juegos se realizaban los sábados entre las tres y las cuatro de la tarde y eran de fútbol siete. Aquellas canchas de la Villa Olímpica eran tres campos emplazados sobre una planicie de las pocas que permitía el pedregal de lava del volcán Xitle, justamente la desafortunada Cuicuilco, ciudad sepultada por la erupción volcánica de hace 2,000 años, estaba a unos metros de las canchas y, de hecho, una especie de pirámide y yacía en el medio de las canchas.
En 1968 los organizadores de las Olimpiadas construyeron torres de departamentos en ese lugar para albergar a parte de los atletas que asistirían a la justa y luego, esos espacios fueron vendidos a la gente normal que en su momento pudo pagarlos y habitarlos.
Como casi todo microclima futbolero de esta ciudad, las canchas de la Villa habían comenzado como canchas de fútbol rápido durante la última década del siglo XX y habían sido transformadas a final de la década pasada en canchas de fútbol 7, que era lo que estaba de moda.
También, durante mucho tiempo, las canchas de la Villa habían albergado una liga femenil a la que esporádicamente llegué a jugar algunos pocos partidos como refuerzo de algún equipo. Pero para cuando Berenice me invitó, ya habían pasado muchos años de aquello.
El asunto con ese equipo mixto, mixto no solo en hombres y mujeres sino en que había geógrafos e ingenieros,  no salió muy bien pues, aunque estaba conformado en su parte masculina por jugadores bastante interesantes y en su parte femenina le quedaban jugadoras capaces y eficientes en lo suyo, nos dejaron fuera a las primeras de cambio en la semi-final.
El sabor amargo de nuestra temprana eliminación lo completó mi último intento de empatar a pocos minutos del final: un tiro desesperado pero bien ejecutado, que se fue a estrellar en la zona interna del crossbar para picar fuera, a muy pocos centímetros de ser gol. Sin VAR para espetar un reclamo legítimo, el tiempo se consumió y nuevamente un refuerzo de mi parte era infructuoso. Para colmo, el juego por el tercer lugar lo ganamos por de-fault.
Pese a la derrota, yo me sentía bien porque al fin había podido compartir la cancha con las geógrafas colegas como compañeras y ya no como rivales. Había sido un asunto resuelto luego de mucho tiempo.
A Berenice la había conocido desde la facultad, ambas habíamos tenido la insensatez de estudiar geografía, una carrera poco socorrida por el mercado laboral de este país y del mundo entero, pero así son las vocaciones, inevitables. Ella había sido de las mejores estudiantes de su generación, o al menos eso es lo que escuché, sus gafas y el que siempre me la topaba en el Instituto y en otros foros del estudio de la ciencia completaban el estereotipo. Luego de terminar la carrera supe poco de ella hasta que me la encontré en París, en una de esas reuniones que suelen tener los académicos y estudiantes de las ciencias dedicadas a los misterios de la conformación del relieve terrestre, nada que ver con el fútbol. En esa ocasión corroboré que ella era un as como estudiante y, ya para entonces, profesional en nuestro ramo: y es que a ese tipo de cofradías internacionales no accedía cualquiera, y mucho menos si eras de un país que desdeña la ciencia como lo es el nuestro.
Tiempo después, lo que son las cosas, la reencontré sobre las canchas de futbol del sur de la Ciudad, supongo que para ella también fue una sorpresa, ¿qué demonios haces tú aquí?, debe haber sido la pregunta que ambas nos formulamos al vernos en circunstancias tan distintas a las bibliotecas, la investigación científica y hasta de los entretenimientos recurrentes de las personas de nuestra edad y clase social. Porque es rara una mujer que juega al fútbol, pero es más rara una geógrafa que juega al fútbol.
En su momento me sorprendió que fuera una gran guardameta, tan buena para el estudio, tan buena la portería, Berenice era una polaridad inusitada.
Ana era otra geógrafa que yo había también conocido, aunque solo de vista, en los pasillos de la facultad o del Instituto de Geografía. A diferencia de Berenice, Ana era mediocampista. Qué difícil era jugar contra ella, era una guerrera dentro del campo, un muro de morrenas al final de una pendiente pronunciada. Además de cumplir con eso de recuperar pelota, Ana sabía qué hacer con ella y hasta goles maravillosos de media distancia hacía. Su semblante era ligero y no parecía cansarse nunca, también era la organizadora de aquellos equipos en los que Berenice llegaba a jugar, cuando no al menos participaba de manera directa. En el mixto de la Villa Olímpica ella jugaba, y poco tiempo pasó para que me invitara al proyecto de nombre curioso Lonchería de la canchita diminuta de la Gabriel Mancera.
El cuadro de geógrafas lo completaban Yanet y su hermana Irene, nunca hubo equipo más extraño en el universo futbolístico, quizás solo si las bibliotecarias o las arqueólogas se animaran  a formar uno, pero no creo.
Ya he dicho que en la Ciudad comenzaron a proliferar las canchas pequeñas y sus ligas chatarra que satisficieron el consumo futbolístico de la población pambolera de la urbe. La canchita de la Gabriel Mancera, que era el nombre de la avenida sobre la quedaba la fachada del complejo, era el ejemplo más fóbico de esos lugares, apenas cabían cinco jugadoras por equipo en ese espacio de dimensiones menores que el de una cancha de basquetbol.
Esa obsesión por sacarle dinero hasta a las canchas microscópicas había empatado bien con el concepto de la jaula de street soccer de la Nike, marca deportiva que a principios de la década de los 2000 puso de moda eso de jugar fútbol en espacios reducidos, así fueras Totti, Ronaldinho, Roberto Carlos o un adolescente cualquiera del resto del mundo. En la de Gabriel Mancera también las rejas y la malla que evitaba que los balones se fueran hacía el cielo, jugaban como las rejas de los comerciales de la marca deportiva, y ya solo hacía falta algún interprete del papel de Eric Cantona para completar el set.
La pelota podía salir por detrás de la potería en la canchita de Gabriel Mancera, porque solo en esa zona, con la reja y la red de la portería tan juntas una de otra, la redonda era imposible de jugar.
Más extraño aún, a la gente le gustaban esas versiones de fútbol más cercanas a la mesa de futbolín que al deporte sincero que se desarrollaba en canchas de cien metros de largo por cuarenta de ancho, con sus superficies irregulares de derrubios, tierra y pedazos de zacatonal. Supongo que ese gusto partía más de la comodidad que de la necesidad.
La clase social era irrelevante, a la cancha de Gabriel Mancera acudían mujeres de la clase media acomodada del sur de la ciudad, de las colonias Del Valle y Narvarte, pero en otros lugares había canchas similares en barrios populares (ya he descrito en este libro el campin de San Andrés y sus habitantes).
Otras veces las mujeres eran destinadas a jugar ahí bajo la creencia de que eran más débiles y se cansaban más rápido, o quizás era simplemente porque era complicado tener suficientes mujeres en la zona para llenar ligas de fútbol siete. Ese era el caso de una cancha en la colonia Roma que destinaba una hermosa y rampante cancha de fútbol siete para su liga varonil y una reducida y enana para forzar el fútbol cinco de mujeres. Ahí en esa cancha llegué jugar con un equipo conformado por algunas jugadoras del Tam Team de los lunes y del IPANEMA de los domingos, aunque también sin mucho éxito (nos quedamos igualmente en las semifinales). Aun así, la cancha de Gabriel Mancera era mucho más corta y menos ancha que la canchita de la Roma y que el campin de San Andrés.
Al principio me negué. No quería jugar ahí, no me llamaba la atención, no me parecía que eso fuera fútbol, pero la situación del proyecto Lonchería era similar al de Villa Olímpica. El equipo estaba próximo a jugar las finales del campeonato y se había quedado sin jugadoras, algunas eran las mismas que las que jugaban en Villa Olímpica; por lo tanto, había que hacer paro.
El Lonchería era un equipo, como su nombre lo dice, ligado a un local de venta de alimentos que durante un tiempo auspició el paso del equipo en los diversos campeonatos en los que participaba. En algún momento de la historia, que inició para ese equipo en 2015, ese vínculo se rompió y algunas jugadoras continuaron con el equipo y no se molestaron en cambiarle el nombre. Ana y Berenice llegaron a ese equipo y conformaron una escuadra competitiva que logró un primer campeonato en la liga de Gabriel Mancera junto a jugadoras como Irene Morales, Maleny Serafín Fabiola Briones e Ivanna. Para cuando me invitaron eran segundas en la tabla general y también contaron con la autorización de la liga para registrar jugadoras antes de las finales para compensar sus bajas por lesión.
En los cuartos de final el asunto fue una planicie, ganamos cómodamente por goleada, la cómoda ventaja que tuvimos desde el casi la mitad de la primera parte nos permitió hacer meandros que desembocaban en goles bonitos. Fue desde ese partido que yo noté una de las constantes en esa jaula: todas corrían durante los partidos como si la vida les fuera en ello, como si escaparan de algo. En cambio, yo decidí esa noche… caminar.
Fue simple, dabas dos o tres pasos y pasabas del ataque a la defensa en un instante. Cualquier tiro desde cualquier posición del propio campo era prácticamente un tiro de corta distancia que ponía en aprietos a todas las porteras del campeonato. Las porterías tenían una escala diminuta, de unos tres metros de largo por dos de alto, casi como porterías de fútbol sala. Si a eso añadimos lo que ya se ha dicho, que la pelota no salía más que atrás de las porterías, convertía a esos juegos en una especie de oportunidad para aplicar ampliamente la inteligencia por sobre la fuerza, la resistencia y el esfuerzo. No sé si alguien lo notó, pero en efecto, no troté en primer partido.
En el segundo ya hubo un poco más de necesidad de ser un poco más intensa, la cuesta fue más pronunciada, pero tampoco fue extremo, ganamos el partido de todas formas y en dos semanas la Lonchería ya estaba en la gran final otra vez.
La final fue durante los primeros días de diciembre, un poco antes del día de la Virgen de Guadalupe que paraliza la polis con sus peregrinaciones, pirotecnia y toneladas de basura. Ya casi no había posadas ni piñatas, pero la gente todavía se conglomeraba con el objetivo de mantener la tradición. Las casas de la ciudad ya presumían los adornos con luces navideñas y entre las cortinas ese mismo tipo de luces sugerían la silueta de los árboles de navidad. No era un invierno particularmente frío ni mucho menos glacial, pero un abrigo pasadas las seis de la tarde era, sin duda, recomendable.  La noche de la final tenía ese frío sugerente de lo que nos esperaba en enero.
Llegué al lugar, como a casi todas las canchas del rumbo, a bordo de mi bicicleta. Crucé la puerta azul por la que por la mañana entraban cientos de niños estudiantes pues la cancha estaba en el interior de una escuela primaria particular, de esas cuya colegiatura es alta.
Ese tipo de estrategias se habían convertido en una opción para numerosos escuelas privadas de la capital para poder aumentar sus ingresos: rentar sus espacios deportivos a usuarios y concesionarios externos. Los lasallistas de más al oeste lo habían hecho con tres de sus canchas de fútbol rápido y la liga ahí instalada cobraba caro para mantenerse con un buen margen de ganancia. La cancha de la colonia Roma que mencioné más arriba también estaba dentro de una escuela. En Gabriel Mancera solo había una cancha disponible, pero el gambusino que hacía de concesionario le sacaba todo el oro que podía.
Estar dentro de la escuela era una especie de aislamiento con el resto de la ciudad. Al interior del complejo solo estaban el árbitro, las jugadoras y sus acompañantes, no había posibilidad de curiosos improvisados. Los salones de clase estaban desiertos y a oscuras, el resto del patio, unos cien metros a lo profundo, no tenía tampoco iluminación. Durante la noche, poco quedaba del ambiente escolar y el follaje de los quercus, meciéndose con el viento por las noches, daban al paisaje un efecto espectral.
Nuestras rivales de esa noche mantenían el calor de la esperanza dándose ánimos entre ellas. Ahí, alguien hacía de entrenador o de director técnico y con sus instrucciones precisas y su lenguaje claro alimentaba ese ambiente de creer que todo era posible.
Yo, a unos metros a la distancia, sabía que no había forma en que sus rezos fueran escuchados, simplemente no podían ganarnos esa noche. Aquel anfiteatro estaba rodeado por puros simpatizantes de esas chicas que se miraban jóvenes y al mismo tiempo inexpertas. Bastaba verlas tratar de dominar el balón para saber que no tenían ninguna posibilidad contra nosotras, viejas montañas erosionadas por todas las derrotas posibles y que se las sabían de todas, todas. Lo cierto es que me veía en ellas: más joven yo había llegado a tener esa mirada de ilusión en la retina, me daban ganas de ser ellas, se disfruta más la incertidumbre de soñar con el triunfo que la certeza de saberse victoriosa. Al fin y al cabo, los partidos había que jugarlos y lo peor que podía hacer era confiarme, pero tampoco quería estar nerviosa.
Quizás mis compañeras no lo veían igual, pero incluso ellas me confesaron que el rival de esa noche no era el que ellas habían previsto que las enfrentara. Había equipos más poderosos que ahora pertenecían al abanico de conjuntos eliminados. De esa manera, teníamos ahí uno de esos milagros del fútbol, pero yo seguía en lo mío, no veía modo de que su buen ánimo les alcanzara para darnos un maracanazo. Más si se consideraba que La lonchería era un conjunto de jugadoras veteranas, la mayoría activas desde los tiempos de Maribel Domínguez y los primeros pasos de Charlyn Corral. Ya había canas en nuestras cabelleras y arrugas en las comisuras de nuestros rostros. Nuestros cuerpos ya no se recuperaban tan fácil de los partidos demandantes, el cansancio del trabajo de lunes a viernes o las borracheras nocturnas de fin de semana. Una tenía que ser cuidadosa con todo eso, con la hora de dormir, con la dosis del estimulante, con no recibir tantos golpes en un partido, pues volver a la carga ya no era como antes, una pradera hermosa. Sin embargo, esa vetusta apariencia del equipo escondía toda la sabiduría del juego mismo y eso se demostró sobre la cancha.
El partido comenzó. Nuevamente, todas como agua de río joven que baja por la montaña, rápidas y furiosas, desbordando la cancha y sin tiempo para pensar. Pasaron pocos minutos y abrimos el marcador sin muchos problemas. Luego, una de ellas me quitó el balón con una falta clara que el árbitro no marcó y ellas aprovecharon para lograr un empate a un gol. Ni me preocupé, pero si apunté las placas de la que me había golpeado, ya saben, cosas de vieja montaña.

Por alguna razón, ellas, al no tener suficientes recursos técnicos ni tácticos, estaban convencidas de que su fuego solo podía permanecer encendido a base de fuerza, esfuerzo y una especie de marrullerismo de principiante que era hasta inocente. Sus faltas, sus intentos de intimidación, no tenían el mismo efecto que tienen esas artes en jugadoras de buen nivel y años de experiencia.
Unas pocas jugadas después me volví a encontrar con la que me había golpeado y sin cometerle falta, pero cometiendo falta al mismo tiempo (la gente de fútbol sabrá de lo que hablo) hice que se fuera de bruces contra el suelo. El árbitro no marcó nada y ella estaba que se la llevaba el diablo. La deuda estaba saldada y ya durante el juego ninguna más me intentó sacar de quicio por la mala. A Sansón no le puedes ganar a las patadas.
Solo una de ellas podía llamarse una jugadora con cierta calidad. En realidad, era lo mismo, dependía del esfuerzo y de su potente disparo con la pierna derecha, pero sin duda tenía mucha más idea que el resto de sus compañeras. Ella nos había cascado el primer gol y su estatura y corpulencia competían con la mía. Era la que más futuro tenía como futbolista de aquella camada joven que era su equipo, pero esa noche iba a ser frustrante, no la íbamos a dejar. No fue tan difícil marcarla, no hubo ni que hacer faltas para anularla y es que, para poder disparar al arco dependía de sentirse cómoda y eso la hacía perder mucho tiempo que mis compañeras y yo aprovechábamos para taparle el espacio.
De nuestra parte, en cambio, había buen juego, con paredes, dribles y hasta algo de fantasía. Bere era bloque macizo de roca defendiendo la portería.
Al medio tiempo llegamos sin mucha extenuación. Teníamos una cómoda ventaja, habíamos hecho buenos goles y nuestro rival parecía ya entrar en la desesperación: ese momento en que la ilusión se muere lenta pero inminentemente, cuando la realidad te alcanza y sabes que no se podrá. Su público también había pasado del apoyo positivo al reproche infame de la derrota culpando al árbitro o a una acusación de juego sucio de nuestra parte. Para mí era muy simple, éramos mejores y ya.
 Para el segundo tiempo ellas redoblaron el esfuerzo y no se cansaron, en el entreverado encontraron los goles para ponerse a un solo tanto para darnos alcance. Su público ahora estaba exacerbado, eran lava fluida expulsada de un cono cinerítico. Eso combinado con la única debilidad que tenemos las viejas montañas: nos comenzamos a fatigar.
La cobertura se hacía tarde, ya no se iba por ese mal pase dado, ya no se alcanzaba a tapar el tiro de la rival. En ese desorden fue que nos comenzaron a apedrear el rancho, pero ahí estaba nuestra portera, Berenice, para sacarlo todo, absolutamente todo. Las rivales casi se vuelven locas de tanto malogro, su empeño no rendía frutos, justo cuando ya saboreaban el empate aparecía la mano salvadora de Berenice que volaba de palo a palo de la portería. No puedo dejar de confesar que por un momento, en el medio de aquel asedio, pensé realmente que lo del maracanazo iba a ocurrir, pero bastaron tres intervenciones improbables de Berenice para recuperar la confianza y decir: hoy no perdemos pero ni de chiste.
Sin embargo, un poco tarde nos dimos cuenta que ya habíamos acumulado un cierto número de faltas que nos ponían a una de que nos castigaran con un penal en contra. Ese escenario fue el que aprovecharon ellas, su director técnico y su porra para someter al árbitro a una presión incluso mayor de la necesaria para generar rocas metamórficas. A mí me daba la impresión de que, fuera de la cancha, había una sobrepoblación terrible, pero ese público no había crecido en número, había crecido en esperanza y estaban dispuestos a cambiar cualquier cosa en el mundo por una falta, ¡nos hubieran dado su reino por una falta a favor!  
La grande de ellas y su mejor jugadora comenzó entonces a retener la pelota y tratar de vender el foul al árbitro, pero nosotras, conscientes de la delgada lámina sobre la que estábamos todavía de pie y con el campeonato en la mano, no le dimos esa falta nunca. Cualquier empellón o tropezón de las rivales era reclamado como un robo en despoblado por todo el aparato rival. Y nosotras solo manteníamos el silencio, la calma, fuimos una roca, fuimos perfectas en esa labor quirúrgica de contener toda ofensa sin falta. Debo decir que, por ahí el árbitro se comió una o dos situaciones, que por ahí si las marca como falta nadie dice nada, pero es que las otras ya estaban tan obsesionadas con conseguir por esa vía reglamentaria su beneficio, que ya nadie les creía. Incluso llegaron a fallar oportunidades claras de marcar por estar pensando en que les señalaran la falta.
Como para compensar, el árbitro comenzó a alargar el final del partido de manera espantosa. Nuestro apocamiento se estaba comenzando a trasformar en una súplica llanera: “¡ya pítale, arbitro!”. Pero el final no llegaba y una tampoco encontraba el gol que nos diera tranquilidad. Como la regla permitía que la portera tomara la pelota con las manos así se la devolviera una de sus compañeras, Bere y yo comenzamos a jugar con eso, como se hacía antes de 1990 cuando esa regla era válida en todo el fútbol mundial.
Las fuentes más confiables dicen que el árbitro añadió seis minutos al tiempo regular, pero a mí me parecieron dos eras geológicas completas.
Después de todo, al final la Lonchería era nuevamente campeón y algunas de nuestras rivales cayeron en llanto. Lo cierto es que al menos muy dentro de mí, me hubiera gustado que ellas hubiesen logrado el empate, una siempre suele ponerse del lado del más débil y ellas con su garra y coraje habían casi logrado la hazaña. Pero también me daba gusto que no hubiese sido así porque les faltaba mucho por aprender, no solo en lo técnico-táctico, sino en la forma de comportarse dentro de una cancha. También me dio gusto ver a su público derrotado, porque tampoco fueron el público más respetuoso que se haya visto. Así pues, la dinámica del orden de las cosas estaba intacta, la montaña alta seguía reinando desde su cumbre, para quienes quisieran su lugar les tendría que costar.
A Bere la nombraron la mejor jugadora del partido. Era obvio, había sido nuestro rompeolas en medio de ese huracán y casi estoy segura que si el árbitro hubiera marcado el penal a favor de las rivales, Bere lo hubiera detenido.
Durante la premiación las rivales ya estaban más relajadas y hubo tiempo para los debidos y mutuos reconocimientos, ellas recuperaron la compostura
 Yo me mantuve al margen pues por tres partidos no me podía sentir parte del equipo. Las Lonchería me invitaron a regresar a jugar, pero me tomaban en el medio de mi retiro futbolístico. Ojalá hubiese sabido que mis compañeras geógrafas jugaban fútbol muchos años antes, así quizás hubiera podido compartir más tiempo con ellas en las canchas del sur de la ciudad de México. Como sea, el recuerdo que me queda es agradable y favorable.
Gracias al fútbol por la Lonchería, por las geógrafas futboleras, por los campeonatos, por los casi maracanazos y hasta por las canchas diminutas, gracias por todo.

  Jorge Peñaloza, el Cobi , era el capitán del equipo de fútbol que representaba a Segundo Alfa en la liga local escolar de la secundaria Té...