Puede
ser que una sola victoria baste para demostrar, a algunos equipos, que el mal
paso no tiene su razón en lo que se hace en la cancha sino en situaciones
externas, inevitables, lejos del control de las jugadoras, de los entrenadores,
parece hasta cosa de cartomancia aunque su sentido es más lógico, a veces un
equipo no se completa simplemente porque el universo así no lo desea. Las tuzas
de Zapata tenían un record interminable de derrotas en la primera división Liga
Mexicana de Fútbol Femenil (LIMEFFE), esas derrotas no eran solo eso, eran
auténticos pasaportes para todos los equipos contrarios para mejorar su
deferencia de goles. Siempre había cinco o más goles de diferencia. Sin
embargo, la estadística escondía algunas circunstancias, como el que las Tuzas
casi siempre encaraban con una, dos o hasta tres jugadoras menos cada partido.
La
dueña del equipo, una entusiasta señora llamada Hebe, había tenido que
volver a jugar cuando esa ya no era su
labor, solo por no dejar a la deriva a sus niñas, para no ver la situación
desde fuera con la impotencia que eso implica, al menos dentro del campo se
podía dejar el alma en cada jugada.
Las
niñas, eran casi todas menores de veinte años, algunas nativas de la localidad
de Emiliano Zapata en el estado de Hidalgo, en el medio de los llanos de Apan;
otras habían sido reclutadas en el extremo norte de la Ciudad de México pues no
había suficientes mujeres en la pequeña localidad, que gustaran de jugar
fútbol, como para armar un equipo completo con reservas y todo. Zapata estaba
muy cerca de Apan, pero a unos cincuenta kilómetros del primer rasgo urbano de
la Ciudad de México.
Yo no
era del norte de la ciudad, sino muy al sur, pero fui llamada a defender el
arco por invitación de la principal joya del equipo, la joven defensora del
orden y de la ley, la policía Jessica Hayde, encargada de cuidar la puerta del
legendario Deportivo Fragata de Coyoacán, en donde la tribu de Fútbol Unión
entrenaba cada mañana. Nos dimos cuenta casi de inmediato que Jessica traía el
fútbol en la sangre, no pocas veces nos observaba entrenar y alguna vez le
informó a Fede, el lugarteniente de Fútbol Unión, que ella también jugaba y que
además lo hacía bien. No dudamos de ello ni Fede ni yo, porque enfundada en el
uniforme que portaba con orgullo, Jessica poseía un semblante seguro pero al
mismo tiempo afable, su estatura no era mucha, llevaba el cabello corto como
niño y era dichosa de mostrar su placa como guardiana de la ley, no parecía ser
de esas que se echan flores a lo pendejo, no era una habladora. Da siempre
gusto conocer gente a la que le apasiona su profesión y que además ame el
fútbol.
Poco a
poco comencé a platicar más con ella, a conocerla y entonces un día me invitó a
un partido como refuerzo. Ella también era parte de la tropa que ese día iba a
ayudar a las llamadas Tuzas.
Las
Tuzas eran tuzas por su condición como filial oficial del Club Pachuca, la cuna
del Fútbol Mexicano, el equipo de Miguel Calero, de Pablo Hernán Gómez, de
Franco Jara, de la copa Sudamericana conseguida en 2006, único título
continental de un equipo mexicano fuera de la mediocre zona de CONCACAF, de
Mónica Ocampo y de la arquera Godínez en la Liga Femenil MX. El equipo de la
camiseta en barras azules con la publicidad de la compañía cementera para
demostrar que se es de Hidalgo, con el short azul y la certeza de que en Real
del Monte se había llevado acabo el primer partido de fútbol en este país.
En ese
cotejo al que Jessica y yo asistimos como socorro, la Tuzas jugaban un amistoso
en contra de otra filial del Pachuca, en este caso de la localidad de Zumpango,
también en la zona limítrofe del estado de Hidalgo y el Estado de México, de
las carreteras a Pachuca con sus puestos de barbacoa a un lado del camino. La
cancha de esas tuzas estaba a las afueras de la mancha urbana y no muy lejos
del lago del mismo nombre que la localidad, rodeada en tres de sus flancos con
sembradíos de maíz, en el otro flanco estaba la carretera hacía Tepotzotlán.
Esa
tarde de sábado no nos fue tan mal, perdimos solo por dos a uno y Jessica anotó
el gol nuestro, un gran gol hay que decirlo. Ese juego fue transmitido por el
canal de deportes de Tecamac y al final del partido el reportero que cubría el
evento se acercó a entrevistar a Jessica, la impresión que dejamos fue buena y
entonces, Hebe, que ese día no jugó por tener elementos suficientes (hasta dos
cambios hubo), comenzó a pensar que Jessica y yo podíamos estar para toda la
temporada que recién comenzaba. Y así fue, o más o menos.
Casi
desde los siguientes partidos me fui dando cuenta que el equipo tenía problemas
para conseguir jugadoras. Eso afectaba mucho cuando jugabas contra otros
equipos completos y que entrenaban durante la semana. Al estar divididas entre
Zapata, a tres horas de la Ciudad de México, y la zona norte de la gran urbe, a
la altura de Texcoco, las Tuzas Zapata no podían entrenar como conjunto. A
veces si iban completas pero si Jessica faltaba, gran parte del accionar del
equipo se derrumbaba, como ya dije, la mayoría de las jugadoras del equipo eran
muy jóvenes y apenas estaban comenzando a aprender, no se les podía pedir que
fueran como la comandante Jessica, seguras de sí mismas y de su juego, al menos
no todavía.
Aquí no
se va a describir el hilo interminable de derrotas de las Tuzas, sino esa única
victoria que conseguimos y que nos demostró que si fuéramos un equipo no
separado por la distancia, seríamos un gran club, una máquina que podía hacer
buen fútbol. La distancia era eso que, desde mi punto de vista, no dejaba ser
constantes a esas mujeres futbolistas, y tampoco a mí, que no estaba
acostumbrada a pasar hasta tres horas en el trasporte público.
Me
levanté al borde de las seis de la mañana y tomé el metro para recorrer más de
treinta estaciones y hacer tres transbordos, en sábado el tren va a medio
llenar y por fortuna en todo el trayecto pude estar sentada. En la estación más
lejana de todo el sistema de transporte me encontraría con el chofer de la
micro que Hebe contrataba cada sábado para llevar a las jugadoras a donde fuera
que fuese el partido. Abordé el vehículo luego de reconocer al chofer y una de
esas mini-vans que sirven de lunes a viernes como transporte público y a las
que les entran casi veinte personas fácilmente.
El
automóvil tomó dirección rumbo a Texcoco, cerca de ahí recogimos a otras
jugadoras del equipo, entre ellas a Jessica (gracias al cielo ella jugó ese
partido) que era acompañada de Cecilia Bedolla, otra refuerzo para ese día,
además estaba Jimena, capitana no solo en la cancha sino fuera, la mano derecha
de Hebe. Nuestro transporte comenzó entonces su trayecto, primero por el valle de
Teotihuacán y Otumba, por la autopista a Tulancingo.
Hebe y
algunas otras jugadoras que residían en Zapata ya estaban en el deportivo donde
se realizaría el juego. A nosotras, en cambio, nos faltaba todavía mucho
camino. Un choque, entre varios automóviles, retrasó el trayecto durante varios
minutos, avanzamos muy lentamente y Jessica sugirió comprar tamales a un
costado de la carretera para amainar el hambre y salir un poco de la levedad
del tráfico.
Cuando
no portaba el uniforme de policía, Jessica era muy diferente, dicharachera,
alegre y risueña, sus ojos se encendían y eran pizpiretos, hacía bromas y
jugaba con todo el mundo, esa era una Jessica que yo todavía conocía poco.
Además, se notaba que ella y Bedolla eran amigas entrañables pues eran pura química.
En
cambio, yo, como siempre, iba en silencio casi absoluto; las demás tampoco
hablaban mucho, aquel era un cuadro silencioso que solo llegaba a romper
Jessica con algún chascarrillo de ella o de Bedolla o de ambas. Y las risas de
todas, fue, después de todo un buen viaje.
Cuando
la carretera estuvo despejada, el viento volvió a ingresar intempestivo por las
ventanas del colectivo, pero ahora mucho más frío que en la Ciudad de México o
sus alrededores.
En la
carretera a Apan, ya de dos carriles, comenzó a llover copiosamente y la tierra
emitió ese dulce aroma de cuando se empapa. El agua escurría por las ventanas
del vehículo alargando la forma de las gotas como hilos delgados hasta que
lograba arrancarlas del cristal. Lo único malo es que el fresco iba en aumento,
las nubes grises no se abrían, la llovizna asemejaba a una leve escarcha y yo
sabía que el valle de Apan podía ser así de helado, pero no tanto; para colmo,
cuando llegamos el viento era de borrasca. Nos habíamos acostumbrado al calor
dentro de la Van y por ello, cuando abrimos la puerta al llegar a la cancha, a
no menos de tres le dieron ganas de regresar al interior del vehículo.
Zapata
era una localidad pequeña, casi todo giraba en torno a la calle principal, en
el pueblo las casas eran de una o dos plantas con sus azotehuelas coronadas por
tinacos de plástico y sus zaguanes de lámina; el trazo español, en cuadricula,
hacía que se pareciera mucho a una colonia de las afueras de la Ciudad de
México, pero el canto de las aves, el cacarear de las gallinas y hasta el
chillido de algún cerdo te recordaban que estabas ya en el hermoso campo del
interior.
El
complejo deportivo de Emiliano Zapata tenía dos canchas de medidas
reglamentarias, separadas ambas por una estructura de mampostería que hacía de
graderío y que estaba techada con una amplia lámina plateada y una serie de
pinos y encinos dispuestos en fila entre los dos campos. Detrás de la portería
norte había una barda de ladrillos que separaban al deportivo de un inmenso
campo de maíz. De reata a la portería contraria había un pequeño bosque y luego
la plancha de cemento que servía de estacionamiento y que era donde estaba
aparcada nuestra van y el autobús de las rivales. Al otro costado del campo,
donde se apostó nuestro rival de esa tarde, había un barda enana de apenas un
metro de alto que también separaba al deportivo del inerme llano interminable.
Visto así, el complejo con ese tiempo atmosférico, una podía fácilmente
regresar a las tardes de entrenamiento en Viena, Austria, o si te decían que
estabas en un partido en Inglaterra o en Escocia si te lo creías, un cono
volcánico del cuaternario en el horizonte, casi oculto por las nubes, era lo
único que te hacía dudar de que no estuvieras en otro país.
El
equipo rival, una chicas llegadas desde Zitácuaro, de estirpe mazahua y
herencia tarasca, ya estaban en el lugar y se refugiaban debajo del techo del
graderío ya mencionado, tiritaban de frío. Habían estado calentado pero ante
nuestra tardanza el estar sobre la cancha solo hizo que se congelaran, vaya
calentamiento.
El
uniforme de las michoacanas era una camiseta rosa y pantaloncillo en negro, se
llamaban Huracán, como el Globo de Argentina, también decían ser una academia
de formación, en este caso femenil, y la juventud de sus jugadoras lo corroboraba.
El frío
seguía de insidioso y se sufría cada cosa que se hacía: cambiarse, calentar y
pararse en esa cancha magníficamente empastada pero con una cápita de hielo
todavía rasurando el césped. Algunas trataron de combatir el tiempo glacial
comprando un café en un puesto que vendía algunas comidas sencillas para la
merienda, pero no parecía funcionar, no dejaban de temblar ni las que tomaban
café ni las que no tomaban.
Yo no
tomé infusión ni nada, me cambié y fui directo hacía uno de los arcos para
saludarlo y empezar a calentar, fue una tortura, parecía que eran las siete de
la mañana pero ya pasaba del medio día. Uno de los chicos tuzos me ayudó en mis
ejercicios y es que las Tuzas no solo eran equipo femenil, tenían su
contraparte varonil, a la que por cierto le iba mucho mejor que a la femenil en
su torneo. De hecho, Hebe me mencionó con orgullo que uno de sus hijos estaba
ya a las puertas de debutar con el Pachuca de la Primera División, se veía
realmente contenta por ello.
El
árbitro al fin llamó a juego. Éramos once jugadoras exactas para comenzar el
partido, no habría cambios, y para entonces nuestro record no eran tan malo
como llegó a ser, tres derrotas al comienzo del campeonato que recién
comenzaba, así que todavía existía mutua confianza, ilusión y rango de error.
Fue
justamente un error de Jimena, que jugaba la lateral derecha, lo que abrió el
marcador. Fue un balón largo por su banda, ella ganó la posición pero la rival
corrió detrás de ella y la presionó. Yo salí de mi área para pedirle la pelota
y que ella pudiera descargar el juego, pero el pase me lo dio muy corto y la
jugadora rival aprovechó para robar la pelota, conmigo fuera del arco, todo fue
fácil para la de Michoacán y ya íbamos abajo por uno a cero.
Jimena
se lamentó, pidió perdón, pero nadie se enojó ni se desanimó por el suceso,
como dije, la confianza en nosotras mismas todavía era muy alta y no teníamos
tiempo para andar con las zarandajas de reclamarle a una compañera por un error
que fortuitamente le puede pasar a cualquiera.
Las de
Zitácuaro se asentaron mejor que nosotras al campo rápido y mojado, pero bastó
que Jessica comenzara a tomar la pelota para que nuestro juego mejorara.
Además, la tal Bedolla también era buena jugadora y se convirtió en la mejor
socia de Jessica al ataque, juntas comenzaron a deshilvanar el dominio en el
que las rivales nos tenían.
Las de
Huracán entonces acudieron más frecuentemente al contragolpe y al latigazo
largo. Yo sé jugar mi área, pero esa tarde no fue realmente necesario, en la
central jugó una chica que, Hebe decía, era nativa de Apan y también era su
primer partido con nosotras (otra debutante, otra refuerzo). La chica la había
impresionado a Hebe algunos partidos atrás al tenerla como rival, y no tardó mucho en sorprenderme a mí, Mariana
era su nombre, tenía una clase inusitada, una visión de juego muy superior a
todas y quizás solo pecaba de siempre salir driblando ¡desde nuestra zona
defensiva!, con tal desparpajo que hasta las delanteras contrarias se quedaban
sin entender nada.
Con
Mariana, con Bedolla, con Jessica y con el trabajo táctico de las demás,
siempre muy limpio y correcto, empezamos a inclinar la balanza a nuestro favor.
En la delantera también había otro suceso, una chica de apenas doce años de
nombre Alin que no parecía una niña asustada ni mucho menos, era hábil y rápida,
sabía jugar la chamaca y eso inflaba el alma y el orgullo, esta sí que era una
cantera.
Entre
Alin y yo había veintiocho años de diferencia, yo era una especie de Dino Zoff,
pero no en una copa del mundo, ¡un mundial de la categoría sub-17! La brecha
generacional era enorme, no solo con Alin, hasta Jessica era muy joven todavía,
fuera de lo que hacíamos en la cancha, no teníamos ni una sola cosa en común,
ellas hablaban de su crush del momento, escuchaban música reggaetón,
compartían vídeos en Tik Tok y tenían la vida por delante.
Una en
cambio ya había cumplido todos sus sueños de juventud y jugado todos los
partidos posibles, a los cuarenta años una ya lo había visto casi todo de la
vida y el mundo, y no es que ya no quedara toda una vida por delante o que el
entusiasmo por las cosas se hubiera marchitado, no, pero rodeada de tanta
juventud una no podía evitar tener una mirada de nostalgia, de: esto yo ya lo
viví. Vale, cosas de vieja loca.
Regresemos
al partido, las visitantes, en un contragolpe, lograron el dos a cero. Fui a
sacar la pelota de dentro de mi portería y le grité con cierta molestia a
Jessica que ya se pusiera seria, la verdad es que el resultado era
completamente injusto.
Y Dios
mío que se puso sería. Primero avisó dos o tres veces, siempre con disparos de
larga distancia que pasaron cerca o que fueron bien atajados por la guardameta
rival. Pisaba la bola, cambiaba de ritmo, birlaba a las contrarias y todo
siempre con la vista arriba, bien en alto para no perder la geografía del
campo. Luego se animó a avanzar más y apoyarse más en paredes cortas con las
compañeras y en un tiro de media distancia el asunto se puso dos a uno, un
golazo.
Antes
de terminar la segunda parte, Jessica ya había logrado el empate con otro gran
gol de fuera del área y en la defensa ya también nos pusimos “las pilas” para
ya no dejar ni una sola oportunidad a las rivales. Con el tiempo cumplido,
todavía con la helada como marco geográfico de aquel partido, el árbitro nos
mandó al descanso. Se dieron las disposiciones tácticas, se arengaron los
ánimos, se le volvió a decir a Jimena que no pasaba nada, que había que seguir,
que estábamos bien.
Para la
segunda parte, las de Zitácuaro ya no llegaron. Tenían dos o tres buenas
jugadoras que se fueron apagando entre la falta de balones a modo y el exceso
de oportunidades de nuestra parte. Todo rindió fruto cuando Jessica terminó de
firmar su hat-trick, era un arcoíris, y desde ahí comenzó la defensa de
esa mínima ventaja.
El sol
se asomó un poco, mis manos ya no estaban tan entumidas, vaya que me hacía
falta el sereno, pero la suela de mi zapato derecho se desprendió, con todos
los tachones incluidos, ya eran unos zapatos viejos hay que decir. Despejar de
meta fue un suplicio para mí, lo tuve que ensayar con la pierna izquierda y no
me fue tan mal. También me asustaba que por ahí las de Zitácuaro me encontraran
mal colocada o en movimiento en alguno de sus intentos sin que yo tuviera ya
ninguna adherencia al pasto con pie derecho, y no es que chapaleara con el lodo
pero el campo estaba lo suficientemente resbaloso como para que la superstición
te jorobara en cualquier momento.
Pero ya
no hubo más, si acaso una atajada producto de un disparo sencillo por abajo y a
mi derecha que nació de un error de Jessica que se había bajado casi como
lateral izquierda pues al parecer se sentía lastimada. Luego me aclaró que ella
y Bedolla venían de jugar otro partido muy temprano en la mañana, divina
juventud que te permite jugar hasta tres partidos de soccer por día y en cada
uno ser el ángulo estético de la faena con goles y calidad.
Finalmente,
tuvieron algunos tiros de esquina las de Zitacuaro, pero todo eso lo
desperdiciaron eran un pespunte de errores ya al final del partido.
El
árbitro concluyó el desafío y nadie se abrazó, nadie festejó como si algo
importante se hubiese conseguido. No sabíamos lo que venía, los arcanos de
nuestro destino perdedor no eran imaginables. De haberlo sabido, que aquella
iba a ser nuestra única victoria, habríamos celebrado como si fuese el
campeonato mismo, hubiéramos disfrutado cada paso que dábamos al salir de
aquella cancha hermosamente empastada, con ese viento frío que ya era una brisa
que para entonces te besaba las mejillas.
Para
Jessica hacer tres goles, ser la heroína, era la rutina. No sabíamos que era la
última vez que jugaba para las Tuzas, a veces se le cruzaba el trabajo, a veces
otros partidos, a veces la distancia tan lejana era escarmiento suficiente, el
caso es que ningún partido más de esa temporada lo volvimos a jugar con once,
con esas once magníficas.
No fue
bueno el aspecto deportivo del equipo, pero estoy segura que de haber tenido
más recursos, más suerte y dos o tres jugadoras más, las de Zapata podrían
haber contado otra historia, una de triunfos.
Yo,
después de esa temporada no fui más, ya no era divertido, supongo se esperaba
mucho más de mi parte y hoy debo ser una de las decepciones más grandes en la
historia de las Tuzas, como cuando en la primera división llegan esos fichajes
bomba y muy caros que se quedan en cagada de pájaro y poco más.
Luego
de ese campeonato se vino la pandemia, escribo estas líneas durante el
confinamiento en casa voluntario, nadie juega fútbol, nadie patea en los campos
del mundo una pelota, ni Messi ni Jessica, ni nadie. Solo espero que cuando
todo esto termine, las Tuzas de Zapata vuelvan a jugar y que la suerte les
cambie y los dioses del estadio las favorezcan, a todas ellas, a Lizeth,
Ingrid, Ana, Tonanci, Alin y las que no puedo nombrar aquí porque no recuerdo o
no supe sus nombres, que Jessica, Bedolla y Jimena sigan y sigan levantando el
polvo de las canchas de fútbol de la zona norte de la ciudad, vamos chicas,
vamos.

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