sábado, 25 de abril de 2020

SÁBADO. Las Tuzas de Zapata




Puede ser que una sola victoria baste para demostrar, a algunos equipos, que el mal paso no tiene su razón en lo que se hace en la cancha sino en situaciones externas, inevitables, lejos del control de las jugadoras, de los entrenadores, parece hasta cosa de cartomancia aunque su sentido es más lógico, a veces un equipo no se completa simplemente porque el universo así no lo desea. Las tuzas de Zapata tenían un record interminable de derrotas en la primera división Liga Mexicana de Fútbol Femenil (LIMEFFE), esas derrotas no eran solo eso, eran auténticos pasaportes para todos los equipos contrarios para mejorar su deferencia de goles. Siempre había cinco o más goles de diferencia. Sin embargo, la estadística escondía algunas circunstancias, como el que las Tuzas casi siempre encaraban con una, dos o hasta tres jugadoras menos cada partido.
La dueña del equipo, una entusiasta señora llamada Hebe, había tenido que volver  a jugar cuando esa ya no era su labor, solo por no dejar a la deriva a sus niñas, para no ver la situación desde fuera con la impotencia que eso implica, al menos dentro del campo se podía dejar el alma en cada jugada.

Las niñas, eran casi todas menores de veinte años, algunas nativas de la localidad de Emiliano Zapata en el estado de Hidalgo, en el medio de los llanos de Apan; otras habían sido reclutadas en el extremo norte de la Ciudad de México pues no había suficientes mujeres en la pequeña localidad, que gustaran de jugar fútbol, como para armar un equipo completo con reservas y todo. Zapata estaba muy cerca de Apan, pero a unos cincuenta kilómetros del primer rasgo urbano de la Ciudad de México.
Yo no era del norte de la ciudad, sino muy al sur, pero fui llamada a defender el arco por invitación de la principal joya del equipo, la joven defensora del orden y de la ley, la policía Jessica Hayde, encargada de cuidar la puerta del legendario Deportivo Fragata de Coyoacán, en donde la tribu de Fútbol Unión entrenaba cada mañana. Nos dimos cuenta casi de inmediato que Jessica traía el fútbol en la sangre, no pocas veces nos observaba entrenar y alguna vez le informó a Fede, el lugarteniente de Fútbol Unión, que ella también jugaba y que además lo hacía bien. No dudamos de ello ni Fede ni yo, porque enfundada en el uniforme que portaba con orgullo, Jessica poseía un semblante seguro pero al mismo tiempo afable, su estatura no era mucha, llevaba el cabello corto como niño y era dichosa de mostrar su placa como guardiana de la ley, no parecía ser de esas que se echan flores a lo pendejo, no era una habladora. Da siempre gusto conocer gente a la que le apasiona su profesión y que además ame el fútbol.
Poco a poco comencé a platicar más con ella, a conocerla y entonces un día me invitó a un partido como refuerzo. Ella también era parte de la tropa que ese día iba a ayudar a las llamadas Tuzas.
Las Tuzas eran tuzas por su condición como filial oficial del Club Pachuca, la cuna del Fútbol Mexicano, el equipo de Miguel Calero, de Pablo Hernán Gómez, de Franco Jara, de la copa Sudamericana conseguida en 2006, único título continental de un equipo mexicano fuera de la mediocre zona de CONCACAF, de Mónica Ocampo y de la arquera Godínez en la Liga Femenil MX. El equipo de la camiseta en barras azules con la publicidad de la compañía cementera para demostrar que se es de Hidalgo, con el short azul y la certeza de que en Real del Monte se había llevado acabo el primer partido de fútbol en este país.
En ese cotejo al que Jessica y yo asistimos como socorro, la Tuzas jugaban un amistoso en contra de otra filial del Pachuca, en este caso de la localidad de Zumpango, también en la zona limítrofe del estado de Hidalgo y el Estado de México, de las carreteras a Pachuca con sus puestos de barbacoa a un lado del camino. La cancha de esas tuzas estaba a las afueras de la mancha urbana y no muy lejos del lago del mismo nombre que la localidad, rodeada en tres de sus flancos con sembradíos de maíz, en el otro flanco estaba la carretera hacía Tepotzotlán.
Esa tarde de sábado no nos fue tan mal, perdimos solo por dos a uno y Jessica anotó el gol nuestro, un gran gol hay que decirlo. Ese juego fue transmitido por el canal de deportes de Tecamac y al final del partido el reportero que cubría el evento se acercó a entrevistar a Jessica, la impresión que dejamos fue buena y entonces, Hebe, que ese día no jugó por tener elementos suficientes (hasta dos cambios hubo), comenzó a pensar que Jessica y yo podíamos estar para toda la temporada que recién comenzaba. Y así fue, o más o menos.
Casi desde los siguientes partidos me fui dando cuenta que el equipo tenía problemas para conseguir jugadoras. Eso afectaba mucho cuando jugabas contra otros equipos completos y que entrenaban durante la semana. Al estar divididas entre Zapata, a tres horas de la Ciudad de México, y la zona norte de la gran urbe, a la altura de Texcoco, las Tuzas Zapata no podían entrenar como conjunto. A veces si iban completas pero si Jessica faltaba, gran parte del accionar del equipo se derrumbaba, como ya dije, la mayoría de las jugadoras del equipo eran muy jóvenes y apenas estaban comenzando a aprender, no se les podía pedir que fueran como la comandante Jessica, seguras de sí mismas y de su juego, al menos no todavía.
Aquí no se va a describir el hilo interminable de derrotas de las Tuzas, sino esa única victoria que conseguimos y que nos demostró que si fuéramos un equipo no separado por la distancia, seríamos un gran club, una máquina que podía hacer buen fútbol. La distancia era eso que, desde mi punto de vista, no dejaba ser constantes a esas mujeres futbolistas, y tampoco a mí, que no estaba acostumbrada a pasar hasta tres horas en el trasporte público.
Me levanté al borde de las seis de la mañana y tomé el metro para recorrer más de treinta estaciones y hacer tres transbordos, en sábado el tren va a medio llenar y por fortuna en todo el trayecto pude estar sentada. En la estación más lejana de todo el sistema de transporte me encontraría con el chofer de la micro que Hebe contrataba cada sábado para llevar a las jugadoras a donde fuera que fuese el partido. Abordé el vehículo luego de reconocer al chofer y una de esas mini-vans que sirven de lunes a viernes como transporte público y a las que les entran casi veinte personas fácilmente.
El automóvil tomó dirección rumbo a Texcoco, cerca de ahí recogimos a otras jugadoras del equipo, entre ellas a Jessica (gracias al cielo ella jugó ese partido) que era acompañada de Cecilia Bedolla, otra refuerzo para ese día, además estaba Jimena, capitana no solo en la cancha sino fuera, la mano derecha de Hebe. Nuestro transporte comenzó entonces su trayecto, primero por el valle de Teotihuacán y Otumba, por la autopista a Tulancingo.
Hebe y algunas otras jugadoras que residían en Zapata ya estaban en el deportivo donde se realizaría el juego. A nosotras, en cambio, nos faltaba todavía mucho camino. Un choque, entre varios automóviles, retrasó el trayecto durante varios minutos, avanzamos muy lentamente y Jessica sugirió comprar tamales a un costado de la carretera para amainar el hambre y salir un poco de la levedad del tráfico.
Cuando no portaba el uniforme de policía, Jessica era muy diferente, dicharachera, alegre y risueña, sus ojos se encendían y eran pizpiretos, hacía bromas y jugaba con todo el mundo, esa era una Jessica que yo todavía conocía poco. Además, se notaba que ella y Bedolla eran amigas entrañables pues eran pura química.
En cambio, yo, como siempre, iba en silencio casi absoluto; las demás tampoco hablaban mucho, aquel era un cuadro silencioso que solo llegaba a romper Jessica con algún chascarrillo de ella o de Bedolla o de ambas. Y las risas de todas, fue, después de todo un buen viaje.
Cuando la carretera estuvo despejada, el viento volvió a ingresar intempestivo por las ventanas del colectivo, pero ahora mucho más frío que en la Ciudad de México o sus alrededores.
En la carretera a Apan, ya de dos carriles, comenzó a llover copiosamente y la tierra emitió ese dulce aroma de cuando se empapa. El agua escurría por las ventanas del vehículo alargando la forma de las gotas como hilos delgados hasta que lograba arrancarlas del cristal. Lo único malo es que el fresco iba en aumento, las nubes grises no se abrían, la llovizna asemejaba a una leve escarcha y yo sabía que el valle de Apan podía ser así de helado, pero no tanto; para colmo, cuando llegamos el viento era de borrasca. Nos habíamos acostumbrado al calor dentro de la Van y por ello, cuando abrimos la puerta al llegar a la cancha, a no menos de tres le dieron ganas de regresar al interior del vehículo.

Zapata era una localidad pequeña, casi todo giraba en torno a la calle principal, en el pueblo las casas eran de una o dos plantas con sus azotehuelas coronadas por tinacos de plástico y sus zaguanes de lámina; el trazo español, en cuadricula, hacía que se pareciera mucho a una colonia de las afueras de la Ciudad de México, pero el canto de las aves, el cacarear de las gallinas y hasta el chillido de algún cerdo te recordaban que estabas ya en el hermoso campo del interior.
El complejo deportivo de Emiliano Zapata tenía dos canchas de medidas reglamentarias, separadas ambas por una estructura de mampostería que hacía de graderío y que estaba techada con una amplia lámina plateada y una serie de pinos y encinos dispuestos en fila entre los dos campos. Detrás de la portería norte había una barda de ladrillos que separaban al deportivo de un inmenso campo de maíz. De reata a la portería contraria había un pequeño bosque y luego la plancha de cemento que servía de estacionamiento y que era donde estaba aparcada nuestra van y el autobús de las rivales. Al otro costado del campo, donde se apostó nuestro rival de esa tarde, había un barda enana de apenas un metro de alto que también separaba al deportivo del inerme llano interminable. Visto así, el complejo con ese tiempo atmosférico, una podía fácilmente regresar a las tardes de entrenamiento en Viena, Austria, o si te decían que estabas en un partido en Inglaterra o en Escocia si te lo creías, un cono volcánico del cuaternario en el horizonte, casi oculto por las nubes, era lo único que te hacía dudar de que no estuvieras en otro país.
El equipo rival, una chicas llegadas desde Zitácuaro, de estirpe mazahua y herencia tarasca, ya estaban en el lugar y se refugiaban debajo del techo del graderío ya mencionado, tiritaban de frío. Habían estado calentado pero ante nuestra tardanza el estar sobre la cancha solo hizo que se congelaran, vaya calentamiento.

El uniforme de las michoacanas era una camiseta rosa y pantaloncillo en negro, se llamaban Huracán, como el Globo de Argentina, también decían ser una academia de formación, en este caso femenil, y la juventud de sus jugadoras lo corroboraba.
El frío seguía de insidioso y se sufría cada cosa que se hacía: cambiarse, calentar y pararse en esa cancha magníficamente empastada pero con una cápita de hielo todavía rasurando el césped. Algunas trataron de combatir el tiempo glacial comprando un café en un puesto que vendía algunas comidas sencillas para la merienda, pero no parecía funcionar, no dejaban de temblar ni las que tomaban café ni las que no tomaban.
Yo no tomé infusión ni nada, me cambié y fui directo hacía uno de los arcos para saludarlo y empezar a calentar, fue una tortura, parecía que eran las siete de la mañana pero ya pasaba del medio día. Uno de los chicos tuzos me ayudó en mis ejercicios y es que las Tuzas no solo eran equipo femenil, tenían su contraparte varonil, a la que por cierto le iba mucho mejor que a la femenil en su torneo. De hecho, Hebe me mencionó con orgullo que uno de sus hijos estaba ya a las puertas de debutar con el Pachuca de la Primera División, se veía realmente contenta por ello.
El árbitro al fin llamó a juego. Éramos once jugadoras exactas para comenzar el partido, no habría cambios, y para entonces nuestro record no eran tan malo como llegó a ser, tres derrotas al comienzo del campeonato que recién comenzaba, así que todavía existía mutua confianza, ilusión y rango de error.
Fue justamente un error de Jimena, que jugaba la lateral derecha, lo que abrió el marcador. Fue un balón largo por su banda, ella ganó la posición pero la rival corrió detrás de ella y la presionó. Yo salí de mi área para pedirle la pelota y que ella pudiera descargar el juego, pero el pase me lo dio muy corto y la jugadora rival aprovechó para robar la pelota, conmigo fuera del arco, todo fue fácil para la de Michoacán y ya íbamos abajo por uno a cero.
Jimena se lamentó, pidió perdón, pero nadie se enojó ni se desanimó por el suceso, como dije, la confianza en nosotras mismas todavía era muy alta y no teníamos tiempo para andar con las zarandajas de reclamarle a una compañera por un error que fortuitamente le puede pasar a cualquiera.
Las de Zitácuaro se asentaron mejor que nosotras al campo rápido y mojado, pero bastó que Jessica comenzara a tomar la pelota para que nuestro juego mejorara. Además, la tal Bedolla también era buena jugadora y se convirtió en la mejor socia de Jessica al ataque, juntas comenzaron a deshilvanar el dominio en el que las rivales nos tenían.
Las de Huracán entonces acudieron más frecuentemente al contragolpe y al latigazo largo. Yo sé jugar mi área, pero esa tarde no fue realmente necesario, en la central jugó una chica que, Hebe decía, era nativa de Apan y también era su primer partido con nosotras (otra debutante, otra refuerzo). La chica la había impresionado a Hebe algunos partidos atrás al tenerla como rival,  y no tardó mucho en sorprenderme a mí, Mariana era su nombre, tenía una clase inusitada, una visión de juego muy superior a todas y quizás solo pecaba de siempre salir driblando ¡desde nuestra zona defensiva!, con tal desparpajo que hasta las delanteras contrarias se quedaban sin entender nada.
Con Mariana, con Bedolla, con Jessica y con el trabajo táctico de las demás, siempre muy limpio y correcto, empezamos a inclinar la balanza a nuestro favor. En la delantera también había otro suceso, una chica de apenas doce años de nombre Alin que no parecía una niña asustada ni mucho menos, era hábil y rápida, sabía jugar la chamaca y eso inflaba el alma y el orgullo, esta sí que era una cantera.
Entre Alin y yo había veintiocho años de diferencia, yo era una especie de Dino Zoff, pero no en una copa del mundo, ¡un mundial de la categoría sub-17! La brecha generacional era enorme, no solo con Alin, hasta Jessica era muy joven todavía, fuera de lo que hacíamos en la cancha, no teníamos ni una sola cosa en común, ellas hablaban de su crush del momento, escuchaban música reggaetón, compartían vídeos en Tik Tok y tenían la vida por delante.
Una en cambio ya había cumplido todos sus sueños de juventud y jugado todos los partidos posibles, a los cuarenta años una ya lo había visto casi todo de la vida y el mundo, y no es que ya no quedara toda una vida por delante o que el entusiasmo por las cosas se hubiera marchitado, no, pero rodeada de tanta juventud una no podía evitar tener una mirada de nostalgia, de: esto yo ya lo viví. Vale, cosas de vieja loca.
Regresemos al partido, las visitantes, en un contragolpe, lograron el dos a cero. Fui a sacar la pelota de dentro de mi portería y le grité con cierta molestia a Jessica que ya se pusiera seria, la verdad es que el resultado era completamente injusto.
Y Dios mío que se puso sería. Primero avisó dos o tres veces, siempre con disparos de larga distancia que pasaron cerca o que fueron bien atajados por la guardameta rival. Pisaba la bola, cambiaba de ritmo, birlaba a las contrarias y todo siempre con la vista arriba, bien en alto para no perder la geografía del campo. Luego se animó a avanzar más y apoyarse más en paredes cortas con las compañeras y en un tiro de media distancia el asunto se puso dos a uno, un golazo.
Antes de terminar la segunda parte, Jessica ya había logrado el empate con otro gran gol de fuera del área y en la defensa ya también nos pusimos “las pilas” para ya no dejar ni una sola oportunidad a las rivales. Con el tiempo cumplido, todavía con la helada como marco geográfico de aquel partido, el árbitro nos mandó al descanso. Se dieron las disposiciones tácticas, se arengaron los ánimos, se le volvió a decir a Jimena que no pasaba nada, que había que seguir, que estábamos bien.
Para la segunda parte, las de Zitácuaro ya no llegaron. Tenían dos o tres buenas jugadoras que se fueron apagando entre la falta de balones a modo y el exceso de oportunidades de nuestra parte. Todo rindió fruto cuando Jessica terminó de firmar su hat-trick, era un arcoíris, y desde ahí comenzó la defensa de esa mínima ventaja.
El sol se asomó un poco, mis manos ya no estaban tan entumidas, vaya que me hacía falta el sereno, pero la suela de mi zapato derecho se desprendió, con todos los tachones incluidos, ya eran unos zapatos viejos hay que decir. Despejar de meta fue un suplicio para mí, lo tuve que ensayar con la pierna izquierda y no me fue tan mal. También me asustaba que por ahí las de Zitácuaro me encontraran mal colocada o en movimiento en alguno de sus intentos sin que yo tuviera ya ninguna adherencia al pasto con pie derecho, y no es que chapaleara con el lodo pero el campo estaba lo suficientemente resbaloso como para que la superstición te jorobara en cualquier momento.
Pero ya no hubo más, si acaso una atajada producto de un disparo sencillo por abajo y a mi derecha que nació de un error de Jessica que se había bajado casi como lateral izquierda pues al parecer se sentía lastimada. Luego me aclaró que ella y Bedolla venían de jugar otro partido muy temprano en la mañana, divina juventud que te permite jugar hasta tres partidos de soccer por día y en cada uno ser el ángulo estético de la faena con goles y calidad.
Finalmente, tuvieron algunos tiros de esquina las de Zitacuaro, pero todo eso lo desperdiciaron eran un pespunte de errores ya al final del partido.
El árbitro concluyó el desafío y nadie se abrazó, nadie festejó como si algo importante se hubiese conseguido. No sabíamos lo que venía, los arcanos de nuestro destino perdedor no eran imaginables. De haberlo sabido, que aquella iba a ser nuestra única victoria, habríamos celebrado como si fuese el campeonato mismo, hubiéramos disfrutado cada paso que dábamos al salir de aquella cancha hermosamente empastada, con ese viento frío que ya era una brisa que para entonces te besaba las mejillas.
Para Jessica hacer tres goles, ser la heroína, era la rutina. No sabíamos que era la última vez que jugaba para las Tuzas, a veces se le cruzaba el trabajo, a veces otros partidos, a veces la distancia tan lejana era escarmiento suficiente, el caso es que ningún partido más de esa temporada lo volvimos a jugar con once, con esas once magníficas.
No fue bueno el aspecto deportivo del equipo, pero estoy segura que de haber tenido más recursos, más suerte y dos o tres jugadoras más, las de Zapata podrían haber contado otra historia, una de triunfos.
Yo, después de esa temporada no fui más, ya no era divertido, supongo se esperaba mucho más de mi parte y hoy debo ser una de las decepciones más grandes en la historia de las Tuzas, como cuando en la primera división llegan esos fichajes bomba y muy caros que se quedan en cagada de pájaro y poco más.
Luego de ese campeonato se vino la pandemia, escribo estas líneas durante el confinamiento en casa voluntario, nadie juega fútbol, nadie patea en los campos del mundo una pelota, ni Messi ni Jessica, ni nadie. Solo espero que cuando todo esto termine, las Tuzas de Zapata vuelvan a jugar y que la suerte les cambie y los dioses del estadio las favorezcan, a todas ellas, a Lizeth, Ingrid, Ana, Tonanci, Alin y las que no puedo nombrar aquí porque no recuerdo o no supe sus nombres, que Jessica, Bedolla y Jimena sigan y sigan levantando el polvo de las canchas de fútbol de la zona norte de la ciudad, vamos chicas, vamos.

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