Cuando Berenice
me pidió que reforzara a su equipo de los días sábados, que jugaban fútbol 7
mixto en las tradicionales canchas de la Villa Olímpica al sur de la Ciudad de
México, me le quedé mirando dubitativa. Ella era una excelente guardameta, de
la vieja guardia, pero todavía excelente, de lo mejor que habían visto mis ojos,
no me necesitaba. Sucedía que no me quería para el arco, me requería para la
cancha pues le hacían falta jugadoras para enfrentar las semifinales del torneo
ya que tres de sus jugadoras regulares se habían lesionado gravemente en los
partidos anteriores inmediatos.
Supuse
que aquello era un acto de desesperación, que bastaba con encontrar tres
personas que al menos sirvieran de conos y acepté el encargo luego de
comprender el aluvión en el que estaba metida junto a su equipo; además, los
organizadores de la liga estaban dispuestos a registrarle jugadoras fuera de
tiempo, entendiendo la desafortunada situación de sus elementos abatidos por
cuestiones médicas. Así, no había
impedimentos y había que ayudar.
Los
juegos se realizaban los sábados entre las tres y las cuatro de la tarde y eran
de fútbol siete. Aquellas canchas de la Villa Olímpica eran tres campos
emplazados sobre una planicie de las pocas que permitía el pedregal de lava del
volcán Xitle, justamente la desafortunada Cuicuilco, ciudad sepultada por la
erupción volcánica de hace 2,000 años, estaba a unos metros de las canchas y,
de hecho, una especie de pirámide y yacía en el medio de las canchas.
En 1968
los organizadores de las Olimpiadas construyeron torres de departamentos en ese
lugar para albergar a parte de los atletas que asistirían a la justa y luego,
esos espacios fueron vendidos a la gente normal que en su momento pudo pagarlos
y habitarlos.
Como
casi todo microclima futbolero de esta ciudad, las canchas de la Villa habían
comenzado como canchas de fútbol rápido durante la última década del siglo XX y
habían sido transformadas a final de la década pasada en canchas de fútbol 7,
que era lo que estaba de moda.
También,
durante mucho tiempo, las canchas de la Villa habían albergado una liga femenil
a la que esporádicamente llegué a jugar algunos pocos partidos como refuerzo de
algún equipo. Pero para cuando Berenice me invitó, ya habían pasado muchos años
de aquello.
El
asunto con ese equipo mixto, mixto no solo en hombres y mujeres sino en que
había geógrafos e ingenieros, no salió
muy bien pues, aunque estaba conformado en su parte masculina por jugadores
bastante interesantes y en su parte femenina le quedaban jugadoras capaces y
eficientes en lo suyo, nos dejaron fuera a las primeras de cambio en la
semi-final.
El
sabor amargo de nuestra temprana eliminación lo completó mi último intento de
empatar a pocos minutos del final: un tiro desesperado pero bien ejecutado, que
se fue a estrellar en la zona interna del crossbar para picar fuera, a
muy pocos centímetros de ser gol. Sin VAR para espetar un reclamo legítimo, el
tiempo se consumió y nuevamente un refuerzo de mi parte era infructuoso. Para
colmo, el juego por el tercer lugar lo ganamos por de-fault.
Pese a
la derrota, yo me sentía bien porque al fin había podido compartir la cancha
con las geógrafas colegas como compañeras y ya no como rivales. Había sido un
asunto resuelto luego de mucho tiempo.
A
Berenice la había conocido desde la facultad, ambas habíamos tenido la
insensatez de estudiar geografía, una carrera poco socorrida por el mercado
laboral de este país y del mundo entero, pero así son las vocaciones,
inevitables. Ella había sido de las mejores estudiantes de su generación, o al
menos eso es lo que escuché, sus gafas y el que siempre me la topaba en el
Instituto y en otros foros del estudio de la ciencia completaban el estereotipo.
Luego de terminar la carrera supe poco de ella hasta que me la encontré en
París, en una de esas reuniones que suelen tener los académicos y estudiantes
de las ciencias dedicadas a los misterios de la conformación del relieve
terrestre, nada que ver con el fútbol. En esa ocasión corroboré que ella era un
as como estudiante y, ya para entonces, profesional en nuestro ramo: y es que a
ese tipo de cofradías internacionales no accedía cualquiera, y mucho menos si
eras de un país que desdeña la ciencia como lo es el nuestro.
Tiempo
después, lo que son las cosas, la reencontré sobre las canchas de futbol del
sur de la Ciudad, supongo que para ella también fue una sorpresa, ¿qué demonios
haces tú aquí?, debe haber sido la pregunta que ambas nos formulamos al vernos
en circunstancias tan distintas a las bibliotecas, la investigación científica
y hasta de los entretenimientos recurrentes de las personas de nuestra edad y
clase social. Porque es rara una mujer que juega al fútbol, pero es más rara
una geógrafa que juega al fútbol.
En su
momento me sorprendió que fuera una gran guardameta, tan buena para el estudio,
tan buena la portería, Berenice era una polaridad inusitada.
Ana era
otra geógrafa que yo había también conocido, aunque solo de vista, en los
pasillos de la facultad o del Instituto de Geografía. A diferencia de Berenice,
Ana era mediocampista. Qué difícil era jugar contra ella, era una guerrera dentro
del campo, un muro de morrenas al final de una pendiente pronunciada. Además de
cumplir con eso de recuperar pelota, Ana sabía qué hacer con ella y hasta goles
maravillosos de media distancia hacía. Su semblante era ligero y no parecía
cansarse nunca, también era la organizadora de aquellos equipos en los que
Berenice llegaba a jugar, cuando no al menos participaba de manera directa. En
el mixto de la Villa Olímpica ella jugaba, y poco tiempo pasó para que me
invitara al proyecto de nombre curioso Lonchería de la canchita diminuta de la
Gabriel Mancera.
El
cuadro de geógrafas lo completaban Yanet y su hermana Irene, nunca hubo equipo
más extraño en el universo futbolístico, quizás solo si las bibliotecarias o
las arqueólogas se animaran a formar
uno, pero no creo.
Ya he
dicho que en la Ciudad comenzaron a proliferar las canchas pequeñas y sus ligas
chatarra que satisficieron el consumo futbolístico de la población pambolera
de la urbe. La canchita de la Gabriel Mancera, que era el nombre de la avenida
sobre la quedaba la fachada del complejo, era el ejemplo más fóbico de esos
lugares, apenas cabían cinco jugadoras por equipo en ese espacio de dimensiones
menores que el de una cancha de basquetbol.
Esa
obsesión por sacarle dinero hasta a las canchas microscópicas había empatado
bien con el concepto de la jaula de street soccer de la Nike, marca deportiva
que a principios de la década de los 2000 puso de moda eso de jugar fútbol en
espacios reducidos, así fueras Totti, Ronaldinho, Roberto Carlos o un
adolescente cualquiera del resto del mundo. En la de Gabriel Mancera también
las rejas y la malla que evitaba que los balones se fueran hacía el cielo,
jugaban como las rejas de los comerciales de la marca deportiva, y ya solo
hacía falta algún interprete del papel de Eric Cantona para completar el set.
La
pelota podía salir por detrás de la potería en la canchita de Gabriel Mancera, porque
solo en esa zona, con la reja y la red de la portería tan juntas una de otra,
la redonda era imposible de jugar.
Más
extraño aún, a la gente le gustaban esas versiones de fútbol más cercanas a la
mesa de futbolín que al deporte sincero que se desarrollaba en canchas de cien
metros de largo por cuarenta de ancho, con sus superficies irregulares de
derrubios, tierra y pedazos de zacatonal. Supongo que ese gusto partía más de
la comodidad que de la necesidad.
La
clase social era irrelevante, a la cancha de Gabriel Mancera acudían mujeres de
la clase media acomodada del sur de la ciudad, de las colonias Del Valle y
Narvarte, pero en otros lugares había canchas similares en barrios populares
(ya he descrito en este libro el campin de San Andrés y sus habitantes).
Otras
veces las mujeres eran destinadas a jugar ahí bajo la creencia de que eran más
débiles y se cansaban más rápido, o quizás era simplemente porque era
complicado tener suficientes mujeres en la zona para llenar ligas de fútbol siete.
Ese era el caso de una cancha en la colonia Roma que destinaba una hermosa y
rampante cancha de fútbol siete para su liga varonil y una reducida y enana
para forzar el fútbol cinco de mujeres. Ahí en esa cancha llegué jugar con un
equipo conformado por algunas jugadoras del Tam Team de los lunes y del IPANEMA
de los domingos, aunque también sin mucho éxito (nos quedamos igualmente en las
semifinales). Aun así, la cancha de Gabriel Mancera era mucho más corta y menos
ancha que la canchita de la Roma y que el campin de San Andrés.
Al
principio me negué. No quería jugar ahí, no me llamaba la atención, no me
parecía que eso fuera fútbol, pero la situación del proyecto Lonchería era
similar al de Villa Olímpica. El equipo estaba próximo a jugar las finales del
campeonato y se había quedado sin jugadoras, algunas eran las mismas que las
que jugaban en Villa Olímpica; por lo tanto, había que hacer paro.
El
Lonchería era un equipo, como su nombre lo dice, ligado a un local de venta de
alimentos que durante un tiempo auspició el paso del equipo en los diversos
campeonatos en los que participaba. En algún momento de la historia, que inició
para ese equipo en 2015, ese vínculo se rompió y algunas jugadoras continuaron
con el equipo y no se molestaron en cambiarle el nombre. Ana y Berenice
llegaron a ese equipo y conformaron una escuadra competitiva que logró un
primer campeonato en la liga de Gabriel Mancera junto a jugadoras como Irene
Morales, Maleny Serafín Fabiola Briones e Ivanna. Para cuando me invitaron eran
segundas en la tabla general y también contaron con la autorización de la liga
para registrar jugadoras antes de las finales para compensar sus bajas por
lesión.
En los
cuartos de final el asunto fue una planicie, ganamos cómodamente por goleada,
la cómoda ventaja que tuvimos desde el casi la mitad de la primera parte nos
permitió hacer meandros que desembocaban en goles bonitos. Fue desde ese
partido que yo noté una de las constantes en esa jaula: todas corrían durante
los partidos como si la vida les fuera en ello, como si escaparan de algo. En
cambio, yo decidí esa noche… caminar.
Fue
simple, dabas dos o tres pasos y pasabas del ataque a la defensa en un
instante. Cualquier tiro desde cualquier posición del propio campo era
prácticamente un tiro de corta distancia que ponía en aprietos a todas las
porteras del campeonato. Las porterías tenían una escala diminuta, de unos tres
metros de largo por dos de alto, casi como porterías de fútbol sala. Si a eso
añadimos lo que ya se ha dicho, que la pelota no salía más que atrás de las
porterías, convertía a esos juegos en una especie de oportunidad para aplicar
ampliamente la inteligencia por sobre la fuerza, la resistencia y el esfuerzo.
No sé si alguien lo notó, pero en efecto, no troté en primer partido.
En el
segundo ya hubo un poco más de necesidad de ser un poco más intensa, la cuesta
fue más pronunciada, pero tampoco fue extremo, ganamos el partido de todas
formas y en dos semanas la Lonchería ya estaba en la gran final otra vez.
La
final fue durante los primeros días de diciembre, un poco antes del día de la
Virgen de Guadalupe que paraliza la polis con sus peregrinaciones, pirotecnia y
toneladas de basura. Ya casi no había posadas ni piñatas, pero la gente todavía
se conglomeraba con el objetivo de mantener la tradición. Las casas de la
ciudad ya presumían los adornos con luces navideñas y entre las cortinas ese
mismo tipo de luces sugerían la silueta de los árboles de navidad. No era un
invierno particularmente frío ni mucho menos glacial, pero un abrigo pasadas
las seis de la tarde era, sin duda, recomendable. La noche de la final tenía ese frío sugerente
de lo que nos esperaba en enero.
Llegué
al lugar, como a casi todas las canchas del rumbo, a bordo de mi bicicleta.
Crucé la puerta azul por la que por la mañana entraban cientos de niños
estudiantes pues la cancha estaba en el interior de una escuela primaria
particular, de esas cuya colegiatura es alta.
Ese
tipo de estrategias se habían convertido en una opción para numerosos escuelas
privadas de la capital para poder aumentar sus ingresos: rentar sus espacios
deportivos a usuarios y concesionarios externos. Los lasallistas de más al
oeste lo habían hecho con tres de sus canchas de fútbol rápido y la liga ahí
instalada cobraba caro para mantenerse con un buen margen de ganancia. La
cancha de la colonia Roma que mencioné más arriba también estaba dentro de una
escuela. En Gabriel Mancera solo había una cancha disponible, pero el gambusino
que hacía de concesionario le sacaba todo el oro que podía.
Estar
dentro de la escuela era una especie de aislamiento con el resto de la ciudad.
Al interior del complejo solo estaban el árbitro, las jugadoras y sus
acompañantes, no había posibilidad de curiosos improvisados. Los salones de
clase estaban desiertos y a oscuras, el resto del patio, unos cien metros a lo
profundo, no tenía tampoco iluminación. Durante la noche, poco quedaba del
ambiente escolar y el follaje de los quercus, meciéndose con el viento
por las noches, daban al paisaje un efecto espectral.
Nuestras
rivales de esa noche mantenían el calor de la esperanza dándose ánimos entre
ellas. Ahí, alguien hacía de entrenador o de director técnico y con sus
instrucciones precisas y su lenguaje claro alimentaba ese ambiente de creer que
todo era posible.
Yo, a
unos metros a la distancia, sabía que no había forma en que sus rezos fueran
escuchados, simplemente no podían ganarnos esa noche. Aquel anfiteatro estaba
rodeado por puros simpatizantes de esas chicas que se miraban jóvenes y al
mismo tiempo inexpertas. Bastaba verlas tratar de dominar el balón para saber
que no tenían ninguna posibilidad contra nosotras, viejas montañas erosionadas
por todas las derrotas posibles y que se las sabían de todas, todas. Lo cierto
es que me veía en ellas: más joven yo había llegado a tener esa mirada de
ilusión en la retina, me daban ganas de ser ellas, se disfruta más la
incertidumbre de soñar con el triunfo que la certeza de saberse victoriosa. Al
fin y al cabo, los partidos había que jugarlos y lo peor que podía hacer era
confiarme, pero tampoco quería estar nerviosa.
Quizás
mis compañeras no lo veían igual, pero incluso ellas me confesaron que el rival
de esa noche no era el que ellas habían previsto que las enfrentara. Había
equipos más poderosos que ahora pertenecían al abanico de conjuntos eliminados.
De esa manera, teníamos ahí uno de esos milagros del fútbol, pero yo seguía en
lo mío, no veía modo de que su buen ánimo les alcanzara para darnos un
maracanazo. Más si se consideraba que La lonchería era un conjunto de jugadoras
veteranas, la mayoría activas desde los tiempos de Maribel Domínguez y los
primeros pasos de Charlyn Corral. Ya había canas en nuestras cabelleras y
arrugas en las comisuras de nuestros rostros. Nuestros cuerpos ya no se
recuperaban tan fácil de los partidos demandantes, el cansancio del trabajo de
lunes a viernes o las borracheras nocturnas de fin de semana. Una tenía que ser
cuidadosa con todo eso, con la hora de dormir, con la dosis del estimulante,
con no recibir tantos golpes en un partido, pues volver a la carga ya no era
como antes, una pradera hermosa. Sin embargo, esa vetusta apariencia del equipo
escondía toda la sabiduría del juego mismo y eso se demostró sobre la cancha.
El
partido comenzó. Nuevamente, todas como agua de río joven que baja por la
montaña, rápidas y furiosas, desbordando la cancha y sin tiempo para pensar.
Pasaron pocos minutos y abrimos el marcador sin muchos problemas. Luego, una de
ellas me quitó el balón con una falta clara que el árbitro no marcó y ellas aprovecharon
para lograr un empate a un gol. Ni me preocupé, pero si apunté las placas de la
que me había golpeado, ya saben, cosas de vieja montaña.
Por
alguna razón, ellas, al no tener suficientes recursos técnicos ni tácticos,
estaban convencidas de que su fuego solo podía permanecer encendido a base de
fuerza, esfuerzo y una especie de marrullerismo de principiante que era hasta
inocente. Sus faltas, sus intentos de intimidación, no tenían el mismo efecto
que tienen esas artes en jugadoras de buen nivel y años de experiencia.
Unas
pocas jugadas después me volví a encontrar con la que me había golpeado y sin
cometerle falta, pero cometiendo falta al mismo tiempo (la gente de fútbol
sabrá de lo que hablo) hice que se fuera de bruces contra el suelo. El árbitro
no marcó nada y ella estaba que se la llevaba el diablo. La deuda estaba
saldada y ya durante el juego ninguna más me intentó sacar de quicio por la
mala. A Sansón no le puedes ganar a las patadas.
Solo
una de ellas podía llamarse una jugadora con cierta calidad. En realidad, era
lo mismo, dependía del esfuerzo y de su potente disparo con la pierna derecha,
pero sin duda tenía mucha más idea que el resto de sus compañeras. Ella nos
había cascado el primer gol y su estatura y corpulencia competían con la mía.
Era la que más futuro tenía como futbolista de aquella camada joven que era su
equipo, pero esa noche iba a ser frustrante, no la íbamos a dejar. No fue tan
difícil marcarla, no hubo ni que hacer faltas para anularla y es que, para
poder disparar al arco dependía de sentirse cómoda y eso la hacía perder mucho
tiempo que mis compañeras y yo aprovechábamos para taparle el espacio.
De
nuestra parte, en cambio, había buen juego, con paredes, dribles y hasta algo
de fantasía. Bere era bloque macizo de roca defendiendo la portería.
Al
medio tiempo llegamos sin mucha extenuación. Teníamos una cómoda ventaja,
habíamos hecho buenos goles y nuestro rival parecía ya entrar en la
desesperación: ese momento en que la ilusión se muere lenta pero
inminentemente, cuando la realidad te alcanza y sabes que no se podrá. Su
público también había pasado del apoyo positivo al reproche infame de la
derrota culpando al árbitro o a una acusación de juego sucio de nuestra parte.
Para mí era muy simple, éramos mejores y ya.
Para el segundo tiempo ellas redoblaron el
esfuerzo y no se cansaron, en el entreverado encontraron los goles para ponerse
a un solo tanto para darnos alcance. Su público ahora estaba exacerbado, eran
lava fluida expulsada de un cono cinerítico. Eso combinado con la única
debilidad que tenemos las viejas montañas: nos comenzamos a fatigar.
La
cobertura se hacía tarde, ya no se iba por ese mal pase dado, ya no se
alcanzaba a tapar el tiro de la rival. En ese desorden fue que nos comenzaron a
apedrear el rancho, pero ahí estaba nuestra portera, Berenice, para sacarlo
todo, absolutamente todo. Las rivales casi se vuelven locas de tanto malogro,
su empeño no rendía frutos, justo cuando ya saboreaban el empate aparecía la
mano salvadora de Berenice que volaba de palo a palo de la portería. No puedo
dejar de confesar que por un momento, en el medio de aquel asedio, pensé
realmente que lo del maracanazo iba a ocurrir, pero bastaron tres
intervenciones improbables de Berenice para recuperar la confianza y decir: hoy
no perdemos pero ni de chiste.
Sin
embargo, un poco tarde nos dimos cuenta que ya habíamos acumulado un cierto
número de faltas que nos ponían a una de que nos castigaran con un penal en
contra. Ese escenario fue el que aprovecharon ellas, su director técnico y su
porra para someter al árbitro a una presión incluso mayor de la necesaria para
generar rocas metamórficas. A mí me daba la impresión de que, fuera de la
cancha, había una sobrepoblación terrible, pero ese público no había crecido en
número, había crecido en esperanza y estaban dispuestos a cambiar cualquier
cosa en el mundo por una falta, ¡nos hubieran dado su reino por una falta a
favor!
La
grande de ellas y su mejor jugadora comenzó entonces a retener la pelota y
tratar de vender el foul al árbitro, pero nosotras, conscientes de la
delgada lámina sobre la que estábamos todavía de pie y con el campeonato en la
mano, no le dimos esa falta nunca. Cualquier empellón o tropezón de las rivales
era reclamado como un robo en despoblado por todo el aparato rival. Y nosotras
solo manteníamos el silencio, la calma, fuimos una roca, fuimos perfectas en
esa labor quirúrgica de contener toda ofensa sin falta. Debo decir que, por ahí
el árbitro se comió una o dos situaciones, que por ahí si las marca como falta
nadie dice nada, pero es que las otras ya estaban tan obsesionadas con
conseguir por esa vía reglamentaria su beneficio, que ya nadie les creía.
Incluso llegaron a fallar oportunidades claras de marcar por estar pensando en
que les señalaran la falta.
Como
para compensar, el árbitro comenzó a alargar el final del partido de manera
espantosa. Nuestro apocamiento se estaba comenzando a trasformar en una súplica
llanera: “¡ya pítale, arbitro!”. Pero el final no llegaba y una tampoco
encontraba el gol que nos diera tranquilidad. Como la regla permitía que la
portera tomara la pelota con las manos así se la devolviera una de sus
compañeras, Bere y yo comenzamos a jugar con eso, como se hacía antes de 1990
cuando esa regla era válida en todo el fútbol mundial.
Las
fuentes más confiables dicen que el árbitro añadió seis minutos al tiempo
regular, pero a mí me parecieron dos eras geológicas completas.
Después
de todo, al final la Lonchería era nuevamente campeón y algunas de nuestras
rivales cayeron en llanto. Lo cierto es que al menos muy dentro de mí, me
hubiera gustado que ellas hubiesen logrado el empate, una siempre suele ponerse
del lado del más débil y ellas con su garra y coraje habían casi logrado la
hazaña. Pero también me daba gusto que no hubiese sido así porque les faltaba
mucho por aprender, no solo en lo técnico-táctico, sino en la forma de
comportarse dentro de una cancha. También me dio gusto ver a su público
derrotado, porque tampoco fueron el público más respetuoso que se haya visto.
Así pues, la dinámica del orden de las cosas estaba intacta, la montaña alta
seguía reinando desde su cumbre, para quienes quisieran su lugar les tendría
que costar.
A Bere
la nombraron la mejor jugadora del partido. Era obvio, había sido nuestro
rompeolas en medio de ese huracán y casi estoy segura que si el árbitro hubiera
marcado el penal a favor de las rivales, Bere lo hubiera detenido.
Durante
la premiación las rivales ya estaban más relajadas y hubo tiempo para los
debidos y mutuos reconocimientos, ellas recuperaron la compostura
Yo me mantuve al margen pues por tres partidos
no me podía sentir parte del equipo. Las Lonchería me invitaron a regresar a
jugar, pero me tomaban en el medio de mi retiro futbolístico. Ojalá hubiese
sabido que mis compañeras geógrafas jugaban fútbol muchos años antes, así quizás
hubiera podido compartir más tiempo con ellas en las canchas del sur de la
ciudad de México. Como sea, el recuerdo que me queda es agradable y favorable.
Gracias
al fútbol por la Lonchería, por las geógrafas futboleras, por los campeonatos,
por los casi maracanazos y hasta por las canchas diminutas, gracias por todo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario