jueves, 23 de abril de 2020

MARTES. La guerrilla




Estuve algún tiempo masticando qué escribir sobre el City del campin de San Andrés y la guerrillera que me invitó a jugar ahí. Porque siempre me han intrigado los equipos que lo tienen todo para ganar pero que al final, por alguna razón, no ganan nunca. Supuse que el tema hay que abordarlo sin ambages pero al mismo tiempo sin la frialdad a la que invita cada fracaso en su descripción.
Ser parte de un equipo como el City no fue sencillo, por más que me metí en la cabeza la idea de que conmigo en el arco la cosa sería diferente, de que yo era lo que hacía falta para campeonar, justo como me lo había dicho Cabañas (la guerrillera de la que he hecho mención), al final me encontré en el medio de una situación que al día de hoy no sé explicar, ¿qué pasó? ¿Por qué no ganamos? 
Sin embargo, empecemos por el principio. La forma más sabrosa de disfrutar el fútbol es cuando este se sirve crudo, como la venganza y los aguacates, y es así, de esa manera, en cómo se come el fútbol en el campin de San Andrés Tetepilco, uno de esos pueblos de origen mexica que se quedaron atrapados en la mancha urbana de la Ciudad de México y en el tiempo, un territorio en donde mantienen la dignidad, la bravura y el celo provincial del barrio urbano.
En la cancha de San Andrés no hay alfombra y mucho menos la opulencia del pasto sintético, para sintéticos los juguetes sexuales. El piso es de cemento y gastado, con socavones que se tragarían a un elefante despistado y que si tienes la desgracia de derrapar en ellos te muelen las rodillas como a serranos en molcajete. Las bardas no son de madera, desde siempre han sido de piedra en honor a las pirámides que le dieron origen al asentamiento. No hay una malla que evite que la pelota se ponga en órbita, si eres mala para pegarle a la pelota, tendrás que ir a buscarla entre los bochos destartalados, los perros callejeros y la selva lóbrega que se tiene por jardinera de camellón. El banquillo del equipo que haga de local es la calle principal, con su tiendita de abarrotes y el puesto de palomitas con salsa Valentina, la del visitante es un callejón oscuro al otro extremo, atrás de una de las porterías la vendimia de alitas crujientes de pollo hace su agosto mientras que detrás del arco contrario, por la oscuridad, no se paran ni las gallinas.
En San Andrés no hay una camarita grabando los partidos, el recuerdo de las hazañas que ahí se gestan se trasmiten de boca en boca y así se aseguran que el mito permanezca.
Ahí, la jugadora veleidosa y de pose no tiene lugar, la inexperta está prácticamente vetada, si no se sabe jugar no se puede jugar, punto. Para aprender a jugar están las canchas en las azoteas de los mall y los gimnasios caros, aunque nada mejor como la calle. Si eres de las que lloran porque te cometen falta, este no es tu lugar, lárgate.
Pero no se confundan, la gente de aquí no es miserable ni mucho menos mezquina, eso se lo dejan a los catrines de traje y corbata, aquí la gente te cobija si demuestras que no vienes a jode y riegas el concreto del campo con el sudor de tu frente. Por eso el campin de San Andrés es onírico a su modo, hermoso para jugar.
También se asume que nadie en su sano juicio querría ir a jugar ahí y menos pagar por ello, por eso no se andan con fantasías burguesas de arbitrajes caros, cuotas de inscripción impagables y registros manufacturados por “despachos” de diseño mediocres.
En resumen, para una guardameta sudaca y montaraz como yo, el campin de San Andrés era el paraíso en donde podía probarme a mí misma.
La que me invitó a jugar en esa sucursal del infierno de Millerntor fue Cabañas, la guerrillera contumaz de las canchas del Anáhuac.
Cabañas era una jugadora veterana y portentosa, con arrojos, de disparo letal, técnica depurada y carácter a prueba de todo. Era una de esas raras almas que tienen la capacidad de pensar mientras están jugando, leyendo el juego, midiendo las situaciones, elucubrando salidas para sorprender al rival, inventando siempre la gran jugada. Como goleadora era implacable pero como persona era un pan de dios, amable y sencilla. Su familia era dueña de la mitad de los aguacates del mundo… bueno, no de tantos, pero tenían un puesto en el mercado de La Merced del fruto preferido de Huitzilopochtli.
La Merced había sido por muchos años, antes de la existencia de la Central de Abastos, el mercado más importante de la Ciudad de México, y hoy en día seguía siendo uno de los más concurridos con sus pasillos siempre llenos y sus puestos a rebosar de vegetales y otros productos. Fueron los aguacates el insumo principal en mi transacción con el City de Cabañas por una temporada: me ligué al club a cambio de una bolsa con tres paltas reales, ese tipo de contratos no los logra tener ni Cristiano Ronaldo.
El equipo se llamaba City y no me pregunten el por qué. No sé si alguna de las fundadoras del equipo sabían de Guardiola y sus pupilos. Tampoco me parecía que alguna de ellas hubiera estado jamás en Manchester, y sin duda el medio geográfico donde se encontraba el campin de San Andrés no tenía nada que ver con el puerto marítimo, el rock and roll y la enemistad con los Red Devils que habitaban Old Trafford. El nombre del equipo era por demás, un misterio.
Cabañas me había contado que el City me necesitaba, su última portera las había abandonado en semifinales del torneo anterior y eso había causado que el City sucumbiera en la final por el campeonato. Era la historia de un equipo que siempre quedaba segundo luego de comandar todo el campeonato, un Cruz Azul en toda regla, con todo lo aciago que eso conllevaba.
Así pues, el City de Cabañas me imbuyó, ellos necesitaban una arquera y a mí me gustaban los aguacates, fue el intercambio perfecto.
 Mi primera visita al campin no me impresionó, aunque llevaba muchos años jugando en las burguesas canchas de pasto sintético, el ánimo de haber nacido en los campos de tierra y lodo de Cuemanco no me había aminado en todo ese tiempo. Conocía el ambiente de esas canchas de barrio de Iztapalapa donde es mejor no contestar a la hinchada que mira los juegos y que sin más se burla e insulta bajo los efectos del cannabis.
Me llamó la atención de que en ese rincón olvidado por dios tuvieran la modalidad de fútbol mixto en la liga, una variante más acorde a las canchas de la Colonia del Valle o de Coyoacán, no se diga de la Condesa o de la Roma. Sin embargo, poco a poco me fui dando cuenta de que esta apertura escondía sus matices, en primer lugar las reglas eran igual de condescendientes con las mujeres porque “no nos vayamos a romper”. En segundo lugar, el árbitro, que era siempre el mismo hombre mayor, tenía un punto de vista tradicional sobre lo que una mujer es en relación con un hombre y eso le hacía marcar cada cosa tan terrible… esos errores de interpretación acentuaban todavía más su condición improvisada como juez de fútbol, vamos que ni siquiera tenía uniforme de árbitro.
La grada también te hacía saber que ahí en San Andrés no es que fueran muy progresistas, es que a alguien se le había ocurrido la idea del fútbol mixto y ya. Los gritos sexistas y homofóbicos nunca faltaban; supongo que, en realidad, las mujeres de la zona se habían ganado el derecho a jugar a base de denuedo y resistencia estoica, nada de concesiones por parte de los machos.
Eso sí, los integrantes hombres de nuestro cuadro eran dignos caballeros águila, sin complejos ni prejuicios inútiles que les impidieran pedir el máximo rendimiento a sus pares mujeres. El comandante del City era Lucio, un hombre de aspecto lánguido y ya entrado en los cuarenta; eso sí, a pesar de la edad podía competir sin problemas con los jóvenes gladiadores de veinte años. En las incipientes arrugas de su rostro, a Lucio se lo notaban las miles de batallas futboleras y en su juego comprobabas que aquel sujeto era, a lo menos, un brujo del balón. Siempre gambeteando, siempre a tiempo para hacer las coberturas y siempre limpio, casi nunca cometía faltas. Toda la tribu del City confiaba en su chamán, y para mí era un placer verlo jugar, un honor compartir la cancha con alguien tan lucido en el juego.
Las reglas decían que dos de los cuatro cuartos que duraba cada partido debían alternarse en la portería un hombre y una mujer. De esa forma, yo compartía la custodia del arco con Vic, un arquero de complexión obesa y carácter bonachón. Vic siempre tenía el chiste justo para hacernos reír y al mismo tiempo no dejaba que ningún balón entrara en su portería durante los partidos. Su cuerpo robusto era una fisonomía para despistar pues en el campo se movía como gato bocarriba y quién sabe de dónde sacaba tanto reflejo para atajar, además era técnicamente muy correcto como guardameta.
El cuadro lo completaba la juventud, la potestad y pundonor de Gus, un chico que parecía la versión de Lucio con veinte años menos, tan bueno era el muchacho.
El trino masculino no podría ser nada sin su complemento femenino. Encontrar mujeres que jugaran bien y que aceptasen jugar en las rudas condiciones del campin de San Andrés no era cosa sencilla, eso era un calvario para muchos equipos, pero el City las tenía aunque no de sobra. Además de Cabañas que ya la he descrito como una gran jugadora, estaban Diana y Dayana. La primera era una delantera letal que tenía una hija de cinco años adorable a la que llevaba cada martes al campo, era inspirador ver a esa pequeña pateando la pelota antes de empezar cada partido, ahí estaba el futuro, señores, ahí y no en otras cosas. Dayana era, por su parte, una crack cortada con la misma tijera que Cabañas, mucha técnica, poderío y gol.
En ese equipo no cabían más, si alguna nueva llegaba se iba a estrellar directo con eso de calentar la banca. Si de afuera se gritaba cambio las de adentro hacían como que no oían.
Y era afuera en donde estaba el pilar de ese conjunto, se llamaba Linda y no jugaba, solo era presidenta, tesorera, secretaría y directora técnica de esa mixtura llamada City. Ni siquiera se ponía la remera de juego, que era la versión rosa del City de la Premier, ni cuando nos faltaba una. Era simple, Linda se limitaba a cumplir su papel y no se metía en problemas que no podía resolver.
Lo cierto es que yo estaba acostumbrada a ser una diferencia en los equipos que jugaba, un factor que daba triunfos. Pero por razones que aún no alcanzo a explicarme, en el City nunca lo fui. En casi veinte partidos que duró la temporada regular no recuerdo haber hecho ninguna atajada notable, absolutamente ninguna. Nunca fui determinante para quedarnos con los tres puntos. Es que el City era tan bueno que la portera salía sobrando.
Yo pensaba que en la fase final, en esas locuras de eliminación directa, la situación iba a ser distinta. Incluso así me lo había pintado Cabañas cada juego, que en la liguilla realmente íbamos a jugarnos nuestra suerte. Pero cada martes yo tenía un paseo, era raro el gol que me metían y generalmente eran goles concebidos de tiros inasibles que ni dios podía detener. Casi todo el resto del tiempo de los partidos, el City monopolizaba la pelota y se la pasaba tratando de hacer goles.
Y no es que los rivales fuesen unos idiotas, de hecho del segundo hasta el último lugar de aquella liga eran equipos de mucho cuidado y talante, con grandes jugadores y jugadoras. La única vez que pasamos de anotar diez goles en un partido al último lugar, esa noche ese mismo equipo nos anotó cinco tantos haciendo más que decoroso el marcador.
Así, la percepción que me quedó es que fui una espectadora más del paso arrollador del City, de las grandes jugadas de Lucio, de los desbordes de Gus y de los goles de Cabañas, Diana y Dana. Los únicos partidos que perdimos fueron porque Lucio estuvo lesionado y no se presentó o cuando jugamos incompletos, fuera de eso todo me hacía pensar que nadie en la fase final nos podría ganar.
En las semifinales el ambiente no era tan festivo, había mucha gente alrededor para mirar el juego, pero no se sentía tensión. Un partido antes se jugaba la otra semifinal y cuando entramos a la cancha todos esperaban que aquello fuera un mero trámite.
Lucio ya estaba en plenitud otra vez, Gus había llegado temprano, Vic hacía bromas mientras Linda llenaba la hoja de alineación, mis tres compañeras peloteaban en la cancha y el otro equipo las miraba sin temor.
Hoy me es evidente que esa confianza de los rivales era porque durante la semana se habían puesto a pensar en cómo es que podrían ganarnos, hoy lo recuerdo y no puedo pensar en otra cosa que en una estrategia de su parte.
En cambio, en el emporio del City nunca se hacía eso de estudiar al rival, de plantear un partido, ¿para qué?
En mi punto de vista el juego en aquella canchita, con sus bardas sus dimensiones diminutas y su piso de concreto, dejaban mucho margen a la suerte, por lo tanto una estrategia como tal, como las que suelen darse en el fútbol de once contra once, no cabían realmente en aquellas azarosas circunstancias. Por lo tanto aquello nos cayó de sorpresa y ni siquiera nos dimos cuenta.
El partido siguió un script de rutina: partido cerrado y disputado, con pocas opciones de gol claras aunque de estas hubo para completar la docena, y al final un empate que dejó todo el drama en los penales. El ambiente era de incredulidad, hasta el rival parecía sorprendido de haber logrado llegar a esa instancia, se habían jugado todo a su disciplina y el premio se lo habían sacado. A esa instancia de los penaltis ellos sin duda llegaron con mejor ánimo, en cambio en el City se habían comenzado a cocinar la molestia y la insatisfacción: algún reclamo por aquí, otra indirecta por allá.
Y la serie se realizó. Ni siquiera hubo que alargar tanto. Yo nada pude hacer en lo que me correspondió. Vic tampoco. Ya ni siquiera me acuerdo quién falló de nuestra parte, pero eso fue todo.
Nos habían echado fuera y yo ni siquiera había sudado, es que en el fútbol la vida se abre o se cierra en un parpadeo. Ni para echar maldiciones por la derrota hubo lugar, cada quién se lo guardó adentro y solo con el paso de los días de la semana siguiente la flor que era el City se marchito, perdió uno a uno sus pétalos y el equipo dejó de existir. Aquella semifinal había sido el último partido de un equipo que no podía perder, pero que perdió otra vez.
Cabañas me siguió invitando, sin resquemar, a otros proyectos y equipos. Yo la invitaba también a algunos partidos amistosos y no pocas veces nos encontrábamos como rivales sobre las arenas de batalla futbolera de la ciudad. El más notable de esos proyectos a los que me invitó fue el de las Chivas de la cancha de fútbol rápido de la Jopa de la alcaldía Venustiano Carranza. Ahí llegamos a ser bicampeonas juntas.
La liga era nueva y en un comienzo le costó hacerse de equipos con calidad. Además Cabañas armó un equipo muy sólido y superior a los demás planteles de la liga.
El hombre que llevaba el comando de esa guerrilla era Justo, un hombre calmado de buena visión como director técnico y que asimismo era dueño de la tiendita de abarrotes de la cancha.
No hay que soslayar que Cabañas me seguía dando aguacates por ir a jugar, Justo nos daba bebidas rehidratantes durante los partidos y eso acentuaba el estatus del Chivas en la liga de Jopa.
Es injusto decir que ganamos caminando esos primeros dos campeonatos, pero así fue. Y eso fue muy malo para el tercer campeonato.
La ínclita cancha de Jopa era una alfombra de fútbol rápido de bardas de cemento con medidas reglamentarias y eso último, más que su alfombra sacra y decente, la hacían una cancha linda, de esas que favorecen a los equipos técnicos. Estaba localizada en la Alcaldía de la Venustiano Carranza, cerca del mercado de La Merced y de lo que antiguamente había sido el Canal de La Viga, ahora convertido en avenida.
El barrio retenía el aspecto del antiguo pueblo de La Viga, del viejo deportivo Venustiano Carranza inaugurado en los años treinta y de sus casas resistentes a ser vendidas a los ladrones inmobiliarios que despachan donde sea una torre de departamentos. El paso de los trenes del Metro con sus vías elevadas se podían ver desde la portería este de la cancha. A la espalda de ese arco los balones se volaban al patio y estacionamiento de un edificio de la policía local. La cancha contaba con un estacionamiento que podía ser ocupado por una decena de carros, y sobre esa plancha se levantaba la única tribuna, de láminas y fierros, de la cancha. En los partidos importantes, esa tribuna llena podía llegar a ser intimidante. La zona de bancas estaba toda hecha de concreto, como las bardas y la portería del lugar. El alumbrado era suficiente y se podría decir que mucho mejor que el de muchas canchas. Si llovía el agua no se acumulaba como en lago de cuenca cerrada, ahí había un buen drenaje.
 Como ya dije, Cabañas reclutó buenas jugadoras, técnicas y además acostumbradas a ganar: estaban Violeta, Uva, Aidé, Yeka o Fany, solo por mencionar algunas. Esa pista y sus buenas jugadoras hacían casi imposible que alguien nos ganara. De hecho, nuevamente, yo casi siempre me la pasaba en un vagabundeo por mi área, incluso en las finales que ganamos no hubo nunca una duda o predicamento.
Fue en el tercer torneo donde la cosa cambió: los equipos mejoraron, entraron algunos equipos más competitivos y lo peor fue que nuestras jugadoras cayeron en las garras de la victoria. Como nunca perdíamos y nunca parecía que fuéramos a perder, la arrogancia comenzó a crecer en ese grupo, no hacían falta discursos de elogio hacia nosotras, con el invicto eterno bastaba. El día de la tercera final jugamos contra el mismo equipo al que le habíamos ganado las dos finales anteriores. Mientras que para ellas era muy importante el ganar, el lograr su hazaña, para nosotras parecía una rutina, un mero trámite; no había abulia de nuestra parte, pero parecía tan fácil que a mí, al menos, no me emocionaba y eso que era una final. A la distancia ahora lo sé, lo insulso no era el partido, era yo.
Durante la temporada ya había señales de que aquel equipo tenía un tendón de Aquiles: era un equipo que fallaba innumerables ocasiones de gol fáciles. A pesar de ello siempre se ganaban los desafíos por tres o cuatro goles de diferencia, pero las fallas eran increíbles y quizás hasta vergonzosas; como no pasaba nada, como no había consecuencias negativas, el equipo no notó el hedor de su pecado.
Durante la final aquella escuadra a la que nos enfrentábamos salió con el cuchillo entre los dientes a morirse en la cancha, mientras que nosotras salimos como siempre a driblar, dar un toque de más, tardarse un tiempo, como si posáramos para la foto, intentar el adorno y luego fallar. Todo estaba bien, todo era válido, menos fallar.
Durante toda la primera mitad el juego fue de nosotras, el rival corría con el corazón en mano, pero perseguían sombras. Sin embargo, ese dominio nunca se reflejó en el marcador: Cero a cero.
Cabañas estaba que se la llevaba la chingada, ella también había notado la falta de gol del equipo y lo peor, parecía saberse enferma de la misma malaria que las demás, pues por más seria que intentaba ser frente al arco no más sus disparos no entraban.
De pronto, cada portera rival se convertía en heroína y la guardameta de esa noche de final se encontró todas las pelotas que intentaban ser gol de nuestra parte. El embrujo no se detuvo, empeoró.
A unos minutos de terminar la primera parte ocurrió el milagro de la milla de Jopa. Las rivales improvisaron un ataque aprovechando una pérdida de balón de nuestra parte a la altura del medio campo. El asedió sucedía por la banda izquierda y la jugadora rival perseguía un balón filtrado que logró controlar con problemas y la marca de una de mis defensas ya muy encima.
Por el centro, la compañera que había robado el balón y se lo había filtrado corría pidiendo la pelota en muy franca posición de gol pues mi otra defensa la había descuidado.
La poseedora de la pelota jadeaba por el esfuerzo, su postura soslayada la obligó a recargarse sobre la barda con su brazo derecho. Desde ese lugar se impulsó y nunca quedó claro si iba a encarar a mi defensa o…
Juro por dios que la rival que estaba por la banda la vio a su compañera y entendió que esa era su mejor opción, se lo ví en la mirada durante un instante y desde ahí decidí comenzar mi recorrido hacía el achique de aquel posible pase, descuidando mi poste… descuidé mi poste.
Supongo que mi defensa que la marcaba también pensó lo mismo pues tampoco se le ocurrió bloquear un tiro que para cualquier jugadora de nivel hubiese sido complicado, para las rivales aquello pintaba más que imposible.
Pero le pegó mal, la rival le pegó mal a la pelota en su intento de pase, y le salió un churro sin mucha fuerza hacía mi portería. Como yo estaba ya en camino hacia otros destinos que nunca ocurrieron, aquel fiasco de pase se convirtió en tiro que entró pidiendo permiso y pegado al poste que se suponía yo debía proteger. Era el uno a cero y volvió a comenzar una película ya vista antes en Maracaná en 1950.
Cuando ellas hicieron el dos a cero al comienzo de la segunda parte, ya todos se habían dado cuenta: esa no la íbamos a ganar. Justo, el entrenador, me sustituyó en la portería luego del segundo gol, yo había comenzado a contestar algunos gritos procedentes de la grada y eso fue interpretado por mi banca como que ya no estaba concentrada en el juego. Era cierto, me había fugado y ya no me interesaba el marcador, se me había zafado un tornillo, aunque desde hacía mucho que estaba loca, y ni siquiera reclamé el cambio.
Recuerdo haber estado, ya desde el banco, muy molesta con mis compañeras que seguían en un carnaval de fallas frente a la portería rival, no le hacían un gol ni al arcoíris… ¡no le hacían gol ni al viejo arco de veinte metros de altura y diez de ancho de la entrada del pueblo de La Viga!
Cabañas acortó distancias como quebrando el maleficio, pero a cambio las rivales aprovecharon un error de la compañera que me sustituyó como portera e hicieron el tres a uno.
Entre todo el desplome del Chivas de Jopa la más clara fue Yanet, la compañera eterna de Cabañas y que todavía era principiante en eso del fútbol, casi todo el tiempo se la pasaba en la banca y a veces, cuando llegaba a jugar, cometía errores básicos que no dejaban que se le terminara de tener absoluta confianza. Creo que en realidad nadie le dijo algo serio debido a esos hierros, salvo Cabañas que era exigente con ella, ya saben, si te regaña es porque le importas a alguien. Esa final quizás fue su mejor partido y es triste que no haya podido salir de ahí con la victoria, creo que Yanet se merecía ser la heroína de esa noche y eso hubiera completado la obra. Pero no fue, los hubiera no existe y el fútbol a veces se salta los méritos.
Tan solo el árbitro anunció el final del juego, yo salí disparada fuera del campo de Jopa, me conozco y sé que en esas situaciones una no tiene nada bueno que decir y si algo hubiese sido obligada a hablar lo hubiera escupido con veneno e inquina de víbora de cascabel las más absurdas tonterías. Puedo ser muy estúpida, a veces puedo ser realmente mentecata.
Las demás si se quedaron a recoger el trofeo de segundo lugar y las respeto por ello. Me gustaría ser de esas personas, de las que no toman la vida tan en serio como para escribir ríos de tinta sobre partidos que ya nadie tendría razones para acordarse. Me gustaría ser normal.
 Pero lo cierto es que pude regresar a medianamente pedir disculpas a las chicas de Chivas, a Justo, a Cabañas y a la alfombra de Jopa por el papelón protagonizado. Fue unas semanas después para la final de torneo de copa en donde fuimos derrotadas nuevamente pero ya sin la etiqueta de invencibles.
Ganar o perder es parte del juego, de la vida, y a veces una cosa maquilla o esconde a la otra, detrás de la victoria se esconde la derrota y detrás de la derrota aparece, luminosa, la victoria. Supongo que en este caso, como en el de muchos, el mayor beneficio de todo, lo único que quedó después del juego, del fútbol, fueron las personas, las amistades. Hoy en día le pago los aguacates a mi mentora, ella y Yanet siguen vendiendo frutas en el mercado de La Merced. Ya no jugamos ni jugaremos juntas, solo Huitzilopochtli sabe hasta donde y cuando se detendrá la guerrillera Cabañas pues ella sigue y seguirá jugando muchos años más.

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