Estuve
algún tiempo masticando qué escribir sobre el City del campin de San Andrés y
la guerrillera que me invitó a jugar ahí. Porque siempre me han intrigado los
equipos que lo tienen todo para ganar pero que al final, por alguna razón, no
ganan nunca. Supuse que el tema hay que abordarlo sin ambages pero al mismo
tiempo sin la frialdad a la que invita cada fracaso en su descripción.
Ser
parte de un equipo como el City no fue sencillo, por más que me metí en la
cabeza la idea de que conmigo en el arco la cosa sería diferente, de que yo era
lo que hacía falta para campeonar, justo como me lo había dicho Cabañas (la
guerrillera de la que he hecho mención), al final me encontré en el medio de
una situación que al día de hoy no sé explicar, ¿qué pasó? ¿Por qué no
ganamos?
Sin
embargo, empecemos por el principio. La forma más sabrosa de disfrutar el
fútbol es cuando este se sirve crudo, como la venganza y los aguacates, y es
así, de esa manera, en cómo se come el fútbol en el campin de San Andrés
Tetepilco, uno de esos pueblos de origen mexica que se quedaron atrapados en la
mancha urbana de la Ciudad de México y en el tiempo, un territorio en donde
mantienen la dignidad, la bravura y el celo provincial del barrio urbano.
En la
cancha de San Andrés no hay alfombra y mucho menos la opulencia del pasto
sintético, para sintéticos los juguetes sexuales. El piso es de cemento y
gastado, con socavones que se tragarían a un elefante despistado y que si
tienes la desgracia de derrapar en ellos te muelen las rodillas como a serranos
en molcajete. Las bardas no son de madera, desde siempre han sido de piedra en
honor a las pirámides que le dieron origen al asentamiento. No hay una malla
que evite que la pelota se ponga en órbita, si eres mala para pegarle a la
pelota, tendrás que ir a buscarla entre los bochos destartalados, los perros
callejeros y la selva lóbrega que se tiene por jardinera de camellón. El
banquillo del equipo que haga de local es la calle principal, con su tiendita
de abarrotes y el puesto de palomitas con salsa Valentina, la del visitante es
un callejón oscuro al otro extremo, atrás de una de las porterías la vendimia
de alitas crujientes de pollo hace su agosto mientras que detrás del arco
contrario, por la oscuridad, no se paran ni las gallinas.
En San
Andrés no hay una camarita grabando los partidos, el recuerdo de las hazañas
que ahí se gestan se trasmiten de boca en boca y así se aseguran que el mito
permanezca.
Ahí, la
jugadora veleidosa y de pose no tiene lugar, la inexperta está prácticamente
vetada, si no se sabe jugar no se puede jugar, punto. Para aprender a jugar
están las canchas en las azoteas de los mall y los gimnasios caros,
aunque nada mejor como la calle. Si eres de las que lloran porque te cometen
falta, este no es tu lugar, lárgate.
Pero no
se confundan, la gente de aquí no es miserable ni mucho menos mezquina, eso se
lo dejan a los catrines de traje y corbata, aquí la gente te cobija si
demuestras que no vienes a jode y riegas el concreto del campo con el sudor de
tu frente. Por eso el campin de San Andrés es onírico a su modo, hermoso para
jugar.
También
se asume que nadie en su sano juicio querría ir a jugar ahí y menos pagar por
ello, por eso no se andan con fantasías burguesas de arbitrajes caros, cuotas
de inscripción impagables y registros manufacturados por “despachos” de diseño
mediocres.
En
resumen, para una guardameta sudaca y montaraz como yo, el campin de San Andrés
era el paraíso en donde podía probarme a mí misma.
La que
me invitó a jugar en esa sucursal del infierno de Millerntor fue Cabañas, la
guerrillera contumaz de las canchas del Anáhuac.
Cabañas
era una jugadora veterana y portentosa, con arrojos, de disparo letal, técnica
depurada y carácter a prueba de todo. Era una de esas raras almas que tienen la
capacidad de pensar mientras están jugando, leyendo el juego, midiendo las
situaciones, elucubrando salidas para sorprender al rival, inventando siempre
la gran jugada. Como goleadora era implacable pero como persona era un pan de
dios, amable y sencilla. Su familia era dueña de la mitad de los aguacates del
mundo… bueno, no de tantos, pero tenían un puesto en el mercado de La Merced
del fruto preferido de Huitzilopochtli.
La
Merced había sido por muchos años, antes de la existencia de la Central de Abastos,
el mercado más importante de la Ciudad de México, y hoy en día seguía siendo
uno de los más concurridos con sus pasillos siempre llenos y sus puestos a
rebosar de vegetales y otros productos. Fueron los aguacates el insumo
principal en mi transacción con el City de Cabañas por una temporada: me ligué
al club a cambio de una bolsa con tres paltas reales, ese tipo de contratos no
los logra tener ni Cristiano Ronaldo.
El
equipo se llamaba City y no me pregunten el por qué. No sé si alguna de las
fundadoras del equipo sabían de Guardiola y sus pupilos. Tampoco me parecía que
alguna de ellas hubiera estado jamás en Manchester, y sin duda el medio
geográfico donde se encontraba el campin de San Andrés no tenía nada que ver
con el puerto marítimo, el rock and roll y la enemistad con los Red Devils que
habitaban Old Trafford. El nombre del equipo era por demás, un misterio.
Cabañas
me había contado que el City me necesitaba, su última portera las había
abandonado en semifinales del torneo anterior y eso había causado que el City
sucumbiera en la final por el campeonato. Era la historia de un equipo que
siempre quedaba segundo luego de comandar todo el campeonato, un Cruz Azul en
toda regla, con todo lo aciago que eso conllevaba.
Así
pues, el City de Cabañas me imbuyó, ellos necesitaban una arquera y a mí me
gustaban los aguacates, fue el intercambio perfecto.
Mi primera visita al campin no me impresionó,
aunque llevaba muchos años jugando en las burguesas canchas de pasto sintético,
el ánimo de haber nacido en los campos de tierra y lodo de Cuemanco no me había
aminado en todo ese tiempo. Conocía el ambiente de esas canchas de barrio de
Iztapalapa donde es mejor no contestar a la hinchada que mira los juegos y que
sin más se burla e insulta bajo los efectos del cannabis.
Me
llamó la atención de que en ese rincón olvidado por dios tuvieran la modalidad
de fútbol mixto en la liga, una variante más acorde a las canchas de la Colonia
del Valle o de Coyoacán, no se diga de la Condesa o de la Roma. Sin embargo,
poco a poco me fui dando cuenta de que esta apertura escondía sus matices, en
primer lugar las reglas eran igual de condescendientes con las mujeres porque
“no nos vayamos a romper”. En segundo lugar, el árbitro, que era siempre el
mismo hombre mayor, tenía un punto de vista tradicional sobre lo que una mujer
es en relación con un hombre y eso le hacía marcar cada cosa tan terrible… esos
errores de interpretación acentuaban todavía más su condición improvisada como
juez de fútbol, vamos que ni siquiera tenía uniforme de árbitro.
La
grada también te hacía saber que ahí en San Andrés no es que fueran muy
progresistas, es que a alguien se le había ocurrido la idea del fútbol mixto y
ya. Los gritos sexistas y homofóbicos nunca faltaban; supongo que, en realidad,
las mujeres de la zona se habían ganado el derecho a jugar a base de denuedo y
resistencia estoica, nada de concesiones por parte de los machos.
Eso sí,
los integrantes hombres de nuestro cuadro eran dignos caballeros águila, sin
complejos ni prejuicios inútiles que les impidieran pedir el máximo rendimiento
a sus pares mujeres. El comandante del City era Lucio, un hombre de aspecto
lánguido y ya entrado en los cuarenta; eso sí, a pesar de la edad podía
competir sin problemas con los jóvenes gladiadores de veinte años. En las
incipientes arrugas de su rostro, a Lucio se lo notaban las miles de batallas
futboleras y en su juego comprobabas que aquel sujeto era, a lo menos, un brujo
del balón. Siempre gambeteando, siempre a tiempo para hacer las coberturas y
siempre limpio, casi nunca cometía faltas. Toda la tribu del City confiaba en
su chamán, y para mí era un placer verlo jugar, un honor compartir la cancha
con alguien tan lucido en el juego.
Las
reglas decían que dos de los cuatro cuartos que duraba cada partido debían
alternarse en la portería un hombre y una mujer. De esa forma, yo compartía la
custodia del arco con Vic, un arquero de complexión obesa y carácter bonachón.
Vic siempre tenía el chiste justo para hacernos reír y al mismo tiempo no
dejaba que ningún balón entrara en su portería durante los partidos. Su cuerpo
robusto era una fisonomía para despistar pues en el campo se movía como gato
bocarriba y quién sabe de dónde sacaba tanto reflejo para atajar, además era
técnicamente muy correcto como guardameta.
El
cuadro lo completaba la juventud, la potestad y pundonor de Gus, un chico que
parecía la versión de Lucio con veinte años menos, tan bueno era el muchacho.
El
trino masculino no podría ser nada sin su complemento femenino. Encontrar
mujeres que jugaran bien y que aceptasen jugar en las rudas condiciones del
campin de San Andrés no era cosa sencilla, eso era un calvario para muchos
equipos, pero el City las tenía aunque no de sobra. Además de Cabañas que ya la
he descrito como una gran jugadora, estaban Diana y Dayana. La primera era una
delantera letal que tenía una hija de cinco años adorable a la que llevaba cada
martes al campo, era inspirador ver a esa pequeña pateando la pelota antes de
empezar cada partido, ahí estaba el futuro, señores, ahí y no en otras cosas.
Dayana era, por su parte, una crack cortada con la misma tijera que Cabañas,
mucha técnica, poderío y gol.
En ese
equipo no cabían más, si alguna nueva llegaba se iba a estrellar directo con
eso de calentar la banca. Si de afuera se gritaba cambio las de adentro hacían
como que no oían.
Y era
afuera en donde estaba el pilar de ese conjunto, se llamaba Linda y no jugaba,
solo era presidenta, tesorera, secretaría y directora técnica de esa mixtura
llamada City. Ni siquiera se ponía la remera de juego, que era la versión rosa
del City de la Premier, ni cuando nos faltaba una. Era simple, Linda se
limitaba a cumplir su papel y no se metía en problemas que no podía resolver.
Lo
cierto es que yo estaba acostumbrada a ser una diferencia en los equipos que
jugaba, un factor que daba triunfos. Pero por razones que aún no alcanzo a
explicarme, en el City nunca lo fui. En casi veinte partidos que duró la
temporada regular no recuerdo haber hecho ninguna atajada notable, absolutamente
ninguna. Nunca fui determinante para quedarnos con los tres puntos. Es que el
City era tan bueno que la portera salía sobrando.
Yo
pensaba que en la fase final, en esas locuras de eliminación directa, la
situación iba a ser distinta. Incluso así me lo había pintado Cabañas cada
juego, que en la liguilla realmente íbamos a jugarnos nuestra suerte. Pero cada
martes yo tenía un paseo, era raro el gol que me metían y generalmente eran
goles concebidos de tiros inasibles que ni dios podía detener. Casi todo el
resto del tiempo de los partidos, el City monopolizaba la pelota y se la pasaba
tratando de hacer goles.
Y no es
que los rivales fuesen unos idiotas, de hecho del segundo hasta el último lugar
de aquella liga eran equipos de mucho cuidado y talante, con grandes jugadores
y jugadoras. La única vez que pasamos de anotar diez goles en un partido al
último lugar, esa noche ese mismo equipo nos anotó cinco tantos haciendo más
que decoroso el marcador.
Así, la
percepción que me quedó es que fui una espectadora más del paso arrollador del
City, de las grandes jugadas de Lucio, de los desbordes de Gus y de los goles
de Cabañas, Diana y Dana. Los únicos partidos que perdimos fueron porque Lucio
estuvo lesionado y no se presentó o cuando jugamos incompletos, fuera de eso
todo me hacía pensar que nadie en la fase final nos podría ganar.
En las
semifinales el ambiente no era tan festivo, había mucha gente alrededor para
mirar el juego, pero no se sentía tensión. Un partido antes se jugaba la otra
semifinal y cuando entramos a la cancha todos esperaban que aquello fuera un
mero trámite.
Lucio
ya estaba en plenitud otra vez, Gus había llegado temprano, Vic hacía bromas
mientras Linda llenaba la hoja de alineación, mis tres compañeras peloteaban en
la cancha y el otro equipo las miraba sin temor.
Hoy me
es evidente que esa confianza de los rivales era porque durante la semana se
habían puesto a pensar en cómo es que podrían ganarnos, hoy lo recuerdo y no
puedo pensar en otra cosa que en una estrategia de su parte.
En
cambio, en el emporio del City nunca se hacía eso de estudiar al rival, de plantear
un partido, ¿para qué?
En mi
punto de vista el juego en aquella canchita, con sus bardas sus dimensiones
diminutas y su piso de concreto, dejaban mucho margen a la suerte, por lo tanto
una estrategia como tal, como las que suelen darse en el fútbol de once contra
once, no cabían realmente en aquellas azarosas circunstancias. Por lo tanto
aquello nos cayó de sorpresa y ni siquiera nos dimos cuenta.
El
partido siguió un script de rutina: partido cerrado y disputado, con pocas
opciones de gol claras aunque de estas hubo para completar la docena, y al
final un empate que dejó todo el drama en los penales. El ambiente era de
incredulidad, hasta el rival parecía sorprendido de haber logrado llegar a esa
instancia, se habían jugado todo a su disciplina y el premio se lo habían
sacado. A esa instancia de los penaltis ellos sin duda llegaron con mejor
ánimo, en cambio en el City se habían comenzado a cocinar la molestia y la
insatisfacción: algún reclamo por aquí, otra indirecta por allá.
Y la
serie se realizó. Ni siquiera hubo que alargar tanto. Yo nada pude hacer en lo
que me correspondió. Vic tampoco. Ya ni siquiera me acuerdo quién falló de
nuestra parte, pero eso fue todo.
Nos
habían echado fuera y yo ni siquiera había sudado, es que en el fútbol la vida
se abre o se cierra en un parpadeo. Ni para echar maldiciones por la derrota
hubo lugar, cada quién se lo guardó adentro y solo con el paso de los días de
la semana siguiente la flor que era el City se marchito, perdió uno a uno sus
pétalos y el equipo dejó de existir. Aquella semifinal había sido el último
partido de un equipo que no podía perder, pero que perdió otra vez.
Cabañas
me siguió invitando, sin resquemar, a otros proyectos y equipos. Yo la invitaba
también a algunos partidos amistosos y no pocas veces nos encontrábamos como
rivales sobre las arenas de batalla futbolera de la ciudad. El más notable de
esos proyectos a los que me invitó fue el de las Chivas de la cancha de fútbol
rápido de la Jopa de la alcaldía Venustiano Carranza. Ahí llegamos a ser
bicampeonas juntas.
La liga
era nueva y en un comienzo le costó hacerse de equipos con calidad. Además
Cabañas armó un equipo muy sólido y superior a los demás planteles de la liga.
El
hombre que llevaba el comando de esa guerrilla era Justo, un hombre calmado de
buena visión como director técnico y que asimismo era dueño de la tiendita de
abarrotes de la cancha.
No hay
que soslayar que Cabañas me seguía dando aguacates por ir a jugar, Justo nos
daba bebidas rehidratantes durante los partidos y eso acentuaba el estatus del
Chivas en la liga de Jopa.
Es
injusto decir que ganamos caminando esos primeros dos campeonatos, pero así
fue. Y eso fue muy malo para el tercer campeonato.
La
ínclita cancha de Jopa era una alfombra de fútbol rápido de bardas de cemento
con medidas reglamentarias y eso último, más que su alfombra sacra y decente,
la hacían una cancha linda, de esas que favorecen a los equipos técnicos.
Estaba localizada en la Alcaldía de la Venustiano Carranza, cerca del mercado
de La Merced y de lo que antiguamente había sido el Canal de La Viga, ahora
convertido en avenida.
El
barrio retenía el aspecto del antiguo pueblo de La Viga, del viejo deportivo
Venustiano Carranza inaugurado en los años treinta y de sus casas resistentes a
ser vendidas a los ladrones inmobiliarios que despachan donde sea una torre de
departamentos. El paso de los trenes del Metro con sus vías elevadas se podían
ver desde la portería este de la cancha. A la espalda de ese arco los balones
se volaban al patio y estacionamiento de un edificio de la policía local. La
cancha contaba con un estacionamiento que podía ser ocupado por una decena de
carros, y sobre esa plancha se levantaba la única tribuna, de láminas y
fierros, de la cancha. En los partidos importantes, esa tribuna llena podía
llegar a ser intimidante. La zona de bancas estaba toda hecha de concreto, como
las bardas y la portería del lugar. El alumbrado era suficiente y se podría
decir que mucho mejor que el de muchas canchas. Si llovía el agua no se
acumulaba como en lago de cuenca cerrada, ahí había un buen drenaje.
Como ya dije, Cabañas reclutó buenas
jugadoras, técnicas y además acostumbradas a ganar: estaban Violeta, Uva, Aidé,
Yeka o Fany, solo por mencionar algunas. Esa pista y sus buenas jugadoras
hacían casi imposible que alguien nos ganara. De hecho, nuevamente, yo casi
siempre me la pasaba en un vagabundeo por mi área, incluso en las finales que
ganamos no hubo nunca una duda o predicamento.
Fue en
el tercer torneo donde la cosa cambió: los equipos mejoraron, entraron algunos
equipos más competitivos y lo peor fue que nuestras jugadoras cayeron en las
garras de la victoria. Como nunca perdíamos y nunca parecía que fuéramos a
perder, la arrogancia comenzó a crecer en ese grupo, no hacían falta discursos
de elogio hacia nosotras, con el invicto eterno bastaba. El día de la tercera
final jugamos contra el mismo equipo al que le habíamos ganado las dos finales
anteriores. Mientras que para ellas era muy importante el ganar, el lograr su
hazaña, para nosotras parecía una rutina, un mero trámite; no había abulia de
nuestra parte, pero parecía tan fácil que a mí, al menos, no me emocionaba y
eso que era una final. A la distancia ahora lo sé, lo insulso no era el
partido, era yo.
Durante
la temporada ya había señales de que aquel equipo tenía un tendón de Aquiles:
era un equipo que fallaba innumerables ocasiones de gol fáciles. A pesar de
ello siempre se ganaban los desafíos por tres o cuatro goles de diferencia,
pero las fallas eran increíbles y quizás hasta vergonzosas; como no pasaba
nada, como no había consecuencias negativas, el equipo no notó el hedor de su
pecado.
Durante
la final aquella escuadra a la que nos enfrentábamos salió con el cuchillo
entre los dientes a morirse en la cancha, mientras que nosotras salimos como
siempre a driblar, dar un toque de más, tardarse un tiempo, como si posáramos
para la foto, intentar el adorno y luego fallar. Todo estaba bien, todo era
válido, menos fallar.
Durante
toda la primera mitad el juego fue de nosotras, el rival corría con el corazón
en mano, pero perseguían sombras. Sin embargo, ese dominio nunca se reflejó en
el marcador: Cero a cero.
Cabañas
estaba que se la llevaba la chingada, ella también había notado la falta de gol
del equipo y lo peor, parecía saberse enferma de la misma malaria que las
demás, pues por más seria que intentaba ser frente al arco no más sus disparos
no entraban.
De
pronto, cada portera rival se convertía en heroína y la guardameta de esa noche
de final se encontró todas las pelotas que intentaban ser gol de nuestra parte.
El embrujo no se detuvo, empeoró.
A unos
minutos de terminar la primera parte ocurrió el milagro de la milla de Jopa.
Las rivales improvisaron un ataque aprovechando una pérdida de balón de nuestra
parte a la altura del medio campo. El asedió sucedía por la banda izquierda y
la jugadora rival perseguía un balón filtrado que logró controlar con problemas
y la marca de una de mis defensas ya muy encima.
Por el
centro, la compañera que había robado el balón y se lo había filtrado corría
pidiendo la pelota en muy franca posición de gol pues mi otra defensa la había
descuidado.
La
poseedora de la pelota jadeaba por el esfuerzo, su postura soslayada la obligó
a recargarse sobre la barda con su brazo derecho. Desde ese lugar se impulsó y
nunca quedó claro si iba a encarar a mi defensa o…
Juro
por dios que la rival que estaba por la banda la vio a su compañera y entendió
que esa era su mejor opción, se lo ví en la mirada durante un instante y desde
ahí decidí comenzar mi recorrido hacía el achique de aquel posible pase,
descuidando mi poste… descuidé mi poste.
Supongo
que mi defensa que la marcaba también pensó lo mismo pues tampoco se le ocurrió
bloquear un tiro que para cualquier jugadora de nivel hubiese sido complicado,
para las rivales aquello pintaba más que imposible.
Pero le
pegó mal, la rival le pegó mal a la pelota en su intento de pase, y le salió un
churro sin mucha fuerza hacía mi portería. Como yo estaba ya en camino hacia
otros destinos que nunca ocurrieron, aquel fiasco de pase se convirtió en tiro
que entró pidiendo permiso y pegado al poste que se suponía yo debía proteger.
Era el uno a cero y volvió a comenzar una película ya vista antes en Maracaná
en 1950.
Cuando
ellas hicieron el dos a cero al comienzo de la segunda parte, ya todos se
habían dado cuenta: esa no la íbamos a ganar. Justo, el entrenador, me
sustituyó en la portería luego del segundo gol, yo había comenzado a contestar
algunos gritos procedentes de la grada y eso fue interpretado por mi banca como
que ya no estaba concentrada en el juego. Era cierto, me había fugado y ya no
me interesaba el marcador, se me había zafado un tornillo, aunque desde hacía
mucho que estaba loca, y ni siquiera reclamé el cambio.
Recuerdo
haber estado, ya desde el banco, muy molesta con mis compañeras que seguían en
un carnaval de fallas frente a la portería rival, no le hacían un gol ni al
arcoíris… ¡no le hacían gol ni al viejo arco de veinte metros de altura y diez
de ancho de la entrada del pueblo de La Viga!
Cabañas
acortó distancias como quebrando el maleficio, pero a cambio las rivales
aprovecharon un error de la compañera que me sustituyó como portera e hicieron
el tres a uno.
Entre
todo el desplome del Chivas de Jopa la más clara fue Yanet, la compañera eterna
de Cabañas y que todavía era principiante en eso del fútbol, casi todo el
tiempo se la pasaba en la banca y a veces, cuando llegaba a jugar, cometía
errores básicos que no dejaban que se le terminara de tener absoluta confianza.
Creo que en realidad nadie le dijo algo serio debido a esos hierros, salvo
Cabañas que era exigente con ella, ya saben, si te regaña es porque le importas
a alguien. Esa final quizás fue su mejor partido y es triste que no haya podido
salir de ahí con la victoria, creo que Yanet se merecía ser la heroína de esa
noche y eso hubiera completado la obra. Pero no fue, los hubiera no existe y el
fútbol a veces se salta los méritos.
Tan
solo el árbitro anunció el final del juego, yo salí disparada fuera del campo
de Jopa, me conozco y sé que en esas situaciones una no tiene nada bueno que
decir y si algo hubiese sido obligada a hablar lo hubiera escupido con veneno e
inquina de víbora de cascabel las más absurdas tonterías. Puedo ser muy
estúpida, a veces puedo ser realmente mentecata.
Las
demás si se quedaron a recoger el trofeo de segundo lugar y las respeto por
ello. Me gustaría ser de esas personas, de las que no toman la vida tan en
serio como para escribir ríos de tinta sobre partidos que ya nadie tendría razones
para acordarse. Me gustaría ser normal.
Pero lo cierto es que pude regresar a
medianamente pedir disculpas a las chicas de Chivas, a Justo, a Cabañas y a la
alfombra de Jopa por el papelón protagonizado. Fue unas semanas después para la
final de torneo de copa en donde fuimos derrotadas nuevamente pero ya sin la
etiqueta de invencibles.
Ganar o
perder es parte del juego, de la vida, y a veces una cosa maquilla o esconde a
la otra, detrás de la victoria se esconde la derrota y detrás de la derrota aparece,
luminosa, la victoria. Supongo que en este caso, como en el de muchos, el mayor
beneficio de todo, lo único que quedó después del juego, del fútbol, fueron las
personas, las amistades. Hoy en día le pago los aguacates a mi mentora, ella y
Yanet siguen vendiendo frutas en el mercado de La Merced. Ya no jugamos ni
jugaremos juntas, solo Huitzilopochtli sabe hasta donde y cuando se detendrá la
guerrillera Cabañas pues ella sigue y seguirá jugando muchos años más.

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