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jueves, 23 de abril de 2020

JUEVES. Las geógrafas y la lonchería




Cuando Berenice me pidió que reforzara a su equipo de los días sábados, que jugaban fútbol 7 mixto en las tradicionales canchas de la Villa Olímpica al sur de la Ciudad de México, me le quedé mirando dubitativa. Ella era una excelente guardameta, de la vieja guardia, pero todavía excelente, de lo mejor que habían visto mis ojos, no me necesitaba. Sucedía que no me quería para el arco, me requería para la cancha pues le hacían falta jugadoras para enfrentar las semifinales del torneo ya que tres de sus jugadoras regulares se habían lesionado gravemente en los partidos anteriores inmediatos.
Supuse que aquello era un acto de desesperación, que bastaba con encontrar tres personas que al menos sirvieran de conos y acepté el encargo luego de comprender el aluvión en el que estaba metida junto a su equipo; además, los organizadores de la liga estaban dispuestos a registrarle jugadoras fuera de tiempo, entendiendo la desafortunada situación de sus elementos abatidos por cuestiones médicas. Así,  no había impedimentos y había que ayudar.
Los juegos se realizaban los sábados entre las tres y las cuatro de la tarde y eran de fútbol siete. Aquellas canchas de la Villa Olímpica eran tres campos emplazados sobre una planicie de las pocas que permitía el pedregal de lava del volcán Xitle, justamente la desafortunada Cuicuilco, ciudad sepultada por la erupción volcánica de hace 2,000 años, estaba a unos metros de las canchas y, de hecho, una especie de pirámide y yacía en el medio de las canchas.
En 1968 los organizadores de las Olimpiadas construyeron torres de departamentos en ese lugar para albergar a parte de los atletas que asistirían a la justa y luego, esos espacios fueron vendidos a la gente normal que en su momento pudo pagarlos y habitarlos.
Como casi todo microclima futbolero de esta ciudad, las canchas de la Villa habían comenzado como canchas de fútbol rápido durante la última década del siglo XX y habían sido transformadas a final de la década pasada en canchas de fútbol 7, que era lo que estaba de moda.
También, durante mucho tiempo, las canchas de la Villa habían albergado una liga femenil a la que esporádicamente llegué a jugar algunos pocos partidos como refuerzo de algún equipo. Pero para cuando Berenice me invitó, ya habían pasado muchos años de aquello.
El asunto con ese equipo mixto, mixto no solo en hombres y mujeres sino en que había geógrafos e ingenieros,  no salió muy bien pues, aunque estaba conformado en su parte masculina por jugadores bastante interesantes y en su parte femenina le quedaban jugadoras capaces y eficientes en lo suyo, nos dejaron fuera a las primeras de cambio en la semi-final.
El sabor amargo de nuestra temprana eliminación lo completó mi último intento de empatar a pocos minutos del final: un tiro desesperado pero bien ejecutado, que se fue a estrellar en la zona interna del crossbar para picar fuera, a muy pocos centímetros de ser gol. Sin VAR para espetar un reclamo legítimo, el tiempo se consumió y nuevamente un refuerzo de mi parte era infructuoso. Para colmo, el juego por el tercer lugar lo ganamos por de-fault.
Pese a la derrota, yo me sentía bien porque al fin había podido compartir la cancha con las geógrafas colegas como compañeras y ya no como rivales. Había sido un asunto resuelto luego de mucho tiempo.
A Berenice la había conocido desde la facultad, ambas habíamos tenido la insensatez de estudiar geografía, una carrera poco socorrida por el mercado laboral de este país y del mundo entero, pero así son las vocaciones, inevitables. Ella había sido de las mejores estudiantes de su generación, o al menos eso es lo que escuché, sus gafas y el que siempre me la topaba en el Instituto y en otros foros del estudio de la ciencia completaban el estereotipo. Luego de terminar la carrera supe poco de ella hasta que me la encontré en París, en una de esas reuniones que suelen tener los académicos y estudiantes de las ciencias dedicadas a los misterios de la conformación del relieve terrestre, nada que ver con el fútbol. En esa ocasión corroboré que ella era un as como estudiante y, ya para entonces, profesional en nuestro ramo: y es que a ese tipo de cofradías internacionales no accedía cualquiera, y mucho menos si eras de un país que desdeña la ciencia como lo es el nuestro.
Tiempo después, lo que son las cosas, la reencontré sobre las canchas de futbol del sur de la Ciudad, supongo que para ella también fue una sorpresa, ¿qué demonios haces tú aquí?, debe haber sido la pregunta que ambas nos formulamos al vernos en circunstancias tan distintas a las bibliotecas, la investigación científica y hasta de los entretenimientos recurrentes de las personas de nuestra edad y clase social. Porque es rara una mujer que juega al fútbol, pero es más rara una geógrafa que juega al fútbol.
En su momento me sorprendió que fuera una gran guardameta, tan buena para el estudio, tan buena la portería, Berenice era una polaridad inusitada.
Ana era otra geógrafa que yo había también conocido, aunque solo de vista, en los pasillos de la facultad o del Instituto de Geografía. A diferencia de Berenice, Ana era mediocampista. Qué difícil era jugar contra ella, era una guerrera dentro del campo, un muro de morrenas al final de una pendiente pronunciada. Además de cumplir con eso de recuperar pelota, Ana sabía qué hacer con ella y hasta goles maravillosos de media distancia hacía. Su semblante era ligero y no parecía cansarse nunca, también era la organizadora de aquellos equipos en los que Berenice llegaba a jugar, cuando no al menos participaba de manera directa. En el mixto de la Villa Olímpica ella jugaba, y poco tiempo pasó para que me invitara al proyecto de nombre curioso Lonchería de la canchita diminuta de la Gabriel Mancera.
El cuadro de geógrafas lo completaban Yanet y su hermana Irene, nunca hubo equipo más extraño en el universo futbolístico, quizás solo si las bibliotecarias o las arqueólogas se animaran  a formar uno, pero no creo.
Ya he dicho que en la Ciudad comenzaron a proliferar las canchas pequeñas y sus ligas chatarra que satisficieron el consumo futbolístico de la población pambolera de la urbe. La canchita de la Gabriel Mancera, que era el nombre de la avenida sobre la quedaba la fachada del complejo, era el ejemplo más fóbico de esos lugares, apenas cabían cinco jugadoras por equipo en ese espacio de dimensiones menores que el de una cancha de basquetbol.
Esa obsesión por sacarle dinero hasta a las canchas microscópicas había empatado bien con el concepto de la jaula de street soccer de la Nike, marca deportiva que a principios de la década de los 2000 puso de moda eso de jugar fútbol en espacios reducidos, así fueras Totti, Ronaldinho, Roberto Carlos o un adolescente cualquiera del resto del mundo. En la de Gabriel Mancera también las rejas y la malla que evitaba que los balones se fueran hacía el cielo, jugaban como las rejas de los comerciales de la marca deportiva, y ya solo hacía falta algún interprete del papel de Eric Cantona para completar el set.
La pelota podía salir por detrás de la potería en la canchita de Gabriel Mancera, porque solo en esa zona, con la reja y la red de la portería tan juntas una de otra, la redonda era imposible de jugar.
Más extraño aún, a la gente le gustaban esas versiones de fútbol más cercanas a la mesa de futbolín que al deporte sincero que se desarrollaba en canchas de cien metros de largo por cuarenta de ancho, con sus superficies irregulares de derrubios, tierra y pedazos de zacatonal. Supongo que ese gusto partía más de la comodidad que de la necesidad.
La clase social era irrelevante, a la cancha de Gabriel Mancera acudían mujeres de la clase media acomodada del sur de la ciudad, de las colonias Del Valle y Narvarte, pero en otros lugares había canchas similares en barrios populares (ya he descrito en este libro el campin de San Andrés y sus habitantes).
Otras veces las mujeres eran destinadas a jugar ahí bajo la creencia de que eran más débiles y se cansaban más rápido, o quizás era simplemente porque era complicado tener suficientes mujeres en la zona para llenar ligas de fútbol siete. Ese era el caso de una cancha en la colonia Roma que destinaba una hermosa y rampante cancha de fútbol siete para su liga varonil y una reducida y enana para forzar el fútbol cinco de mujeres. Ahí en esa cancha llegué jugar con un equipo conformado por algunas jugadoras del Tam Team de los lunes y del IPANEMA de los domingos, aunque también sin mucho éxito (nos quedamos igualmente en las semifinales). Aun así, la cancha de Gabriel Mancera era mucho más corta y menos ancha que la canchita de la Roma y que el campin de San Andrés.
Al principio me negué. No quería jugar ahí, no me llamaba la atención, no me parecía que eso fuera fútbol, pero la situación del proyecto Lonchería era similar al de Villa Olímpica. El equipo estaba próximo a jugar las finales del campeonato y se había quedado sin jugadoras, algunas eran las mismas que las que jugaban en Villa Olímpica; por lo tanto, había que hacer paro.
El Lonchería era un equipo, como su nombre lo dice, ligado a un local de venta de alimentos que durante un tiempo auspició el paso del equipo en los diversos campeonatos en los que participaba. En algún momento de la historia, que inició para ese equipo en 2015, ese vínculo se rompió y algunas jugadoras continuaron con el equipo y no se molestaron en cambiarle el nombre. Ana y Berenice llegaron a ese equipo y conformaron una escuadra competitiva que logró un primer campeonato en la liga de Gabriel Mancera junto a jugadoras como Irene Morales, Maleny Serafín Fabiola Briones e Ivanna. Para cuando me invitaron eran segundas en la tabla general y también contaron con la autorización de la liga para registrar jugadoras antes de las finales para compensar sus bajas por lesión.
En los cuartos de final el asunto fue una planicie, ganamos cómodamente por goleada, la cómoda ventaja que tuvimos desde el casi la mitad de la primera parte nos permitió hacer meandros que desembocaban en goles bonitos. Fue desde ese partido que yo noté una de las constantes en esa jaula: todas corrían durante los partidos como si la vida les fuera en ello, como si escaparan de algo. En cambio, yo decidí esa noche… caminar.
Fue simple, dabas dos o tres pasos y pasabas del ataque a la defensa en un instante. Cualquier tiro desde cualquier posición del propio campo era prácticamente un tiro de corta distancia que ponía en aprietos a todas las porteras del campeonato. Las porterías tenían una escala diminuta, de unos tres metros de largo por dos de alto, casi como porterías de fútbol sala. Si a eso añadimos lo que ya se ha dicho, que la pelota no salía más que atrás de las porterías, convertía a esos juegos en una especie de oportunidad para aplicar ampliamente la inteligencia por sobre la fuerza, la resistencia y el esfuerzo. No sé si alguien lo notó, pero en efecto, no troté en primer partido.
En el segundo ya hubo un poco más de necesidad de ser un poco más intensa, la cuesta fue más pronunciada, pero tampoco fue extremo, ganamos el partido de todas formas y en dos semanas la Lonchería ya estaba en la gran final otra vez.
La final fue durante los primeros días de diciembre, un poco antes del día de la Virgen de Guadalupe que paraliza la polis con sus peregrinaciones, pirotecnia y toneladas de basura. Ya casi no había posadas ni piñatas, pero la gente todavía se conglomeraba con el objetivo de mantener la tradición. Las casas de la ciudad ya presumían los adornos con luces navideñas y entre las cortinas ese mismo tipo de luces sugerían la silueta de los árboles de navidad. No era un invierno particularmente frío ni mucho menos glacial, pero un abrigo pasadas las seis de la tarde era, sin duda, recomendable.  La noche de la final tenía ese frío sugerente de lo que nos esperaba en enero.
Llegué al lugar, como a casi todas las canchas del rumbo, a bordo de mi bicicleta. Crucé la puerta azul por la que por la mañana entraban cientos de niños estudiantes pues la cancha estaba en el interior de una escuela primaria particular, de esas cuya colegiatura es alta.
Ese tipo de estrategias se habían convertido en una opción para numerosos escuelas privadas de la capital para poder aumentar sus ingresos: rentar sus espacios deportivos a usuarios y concesionarios externos. Los lasallistas de más al oeste lo habían hecho con tres de sus canchas de fútbol rápido y la liga ahí instalada cobraba caro para mantenerse con un buen margen de ganancia. La cancha de la colonia Roma que mencioné más arriba también estaba dentro de una escuela. En Gabriel Mancera solo había una cancha disponible, pero el gambusino que hacía de concesionario le sacaba todo el oro que podía.
Estar dentro de la escuela era una especie de aislamiento con el resto de la ciudad. Al interior del complejo solo estaban el árbitro, las jugadoras y sus acompañantes, no había posibilidad de curiosos improvisados. Los salones de clase estaban desiertos y a oscuras, el resto del patio, unos cien metros a lo profundo, no tenía tampoco iluminación. Durante la noche, poco quedaba del ambiente escolar y el follaje de los quercus, meciéndose con el viento por las noches, daban al paisaje un efecto espectral.
Nuestras rivales de esa noche mantenían el calor de la esperanza dándose ánimos entre ellas. Ahí, alguien hacía de entrenador o de director técnico y con sus instrucciones precisas y su lenguaje claro alimentaba ese ambiente de creer que todo era posible.
Yo, a unos metros a la distancia, sabía que no había forma en que sus rezos fueran escuchados, simplemente no podían ganarnos esa noche. Aquel anfiteatro estaba rodeado por puros simpatizantes de esas chicas que se miraban jóvenes y al mismo tiempo inexpertas. Bastaba verlas tratar de dominar el balón para saber que no tenían ninguna posibilidad contra nosotras, viejas montañas erosionadas por todas las derrotas posibles y que se las sabían de todas, todas. Lo cierto es que me veía en ellas: más joven yo había llegado a tener esa mirada de ilusión en la retina, me daban ganas de ser ellas, se disfruta más la incertidumbre de soñar con el triunfo que la certeza de saberse victoriosa. Al fin y al cabo, los partidos había que jugarlos y lo peor que podía hacer era confiarme, pero tampoco quería estar nerviosa.
Quizás mis compañeras no lo veían igual, pero incluso ellas me confesaron que el rival de esa noche no era el que ellas habían previsto que las enfrentara. Había equipos más poderosos que ahora pertenecían al abanico de conjuntos eliminados. De esa manera, teníamos ahí uno de esos milagros del fútbol, pero yo seguía en lo mío, no veía modo de que su buen ánimo les alcanzara para darnos un maracanazo. Más si se consideraba que La lonchería era un conjunto de jugadoras veteranas, la mayoría activas desde los tiempos de Maribel Domínguez y los primeros pasos de Charlyn Corral. Ya había canas en nuestras cabelleras y arrugas en las comisuras de nuestros rostros. Nuestros cuerpos ya no se recuperaban tan fácil de los partidos demandantes, el cansancio del trabajo de lunes a viernes o las borracheras nocturnas de fin de semana. Una tenía que ser cuidadosa con todo eso, con la hora de dormir, con la dosis del estimulante, con no recibir tantos golpes en un partido, pues volver a la carga ya no era como antes, una pradera hermosa. Sin embargo, esa vetusta apariencia del equipo escondía toda la sabiduría del juego mismo y eso se demostró sobre la cancha.
El partido comenzó. Nuevamente, todas como agua de río joven que baja por la montaña, rápidas y furiosas, desbordando la cancha y sin tiempo para pensar. Pasaron pocos minutos y abrimos el marcador sin muchos problemas. Luego, una de ellas me quitó el balón con una falta clara que el árbitro no marcó y ellas aprovecharon para lograr un empate a un gol. Ni me preocupé, pero si apunté las placas de la que me había golpeado, ya saben, cosas de vieja montaña.

Por alguna razón, ellas, al no tener suficientes recursos técnicos ni tácticos, estaban convencidas de que su fuego solo podía permanecer encendido a base de fuerza, esfuerzo y una especie de marrullerismo de principiante que era hasta inocente. Sus faltas, sus intentos de intimidación, no tenían el mismo efecto que tienen esas artes en jugadoras de buen nivel y años de experiencia.
Unas pocas jugadas después me volví a encontrar con la que me había golpeado y sin cometerle falta, pero cometiendo falta al mismo tiempo (la gente de fútbol sabrá de lo que hablo) hice que se fuera de bruces contra el suelo. El árbitro no marcó nada y ella estaba que se la llevaba el diablo. La deuda estaba saldada y ya durante el juego ninguna más me intentó sacar de quicio por la mala. A Sansón no le puedes ganar a las patadas.
Solo una de ellas podía llamarse una jugadora con cierta calidad. En realidad, era lo mismo, dependía del esfuerzo y de su potente disparo con la pierna derecha, pero sin duda tenía mucha más idea que el resto de sus compañeras. Ella nos había cascado el primer gol y su estatura y corpulencia competían con la mía. Era la que más futuro tenía como futbolista de aquella camada joven que era su equipo, pero esa noche iba a ser frustrante, no la íbamos a dejar. No fue tan difícil marcarla, no hubo ni que hacer faltas para anularla y es que, para poder disparar al arco dependía de sentirse cómoda y eso la hacía perder mucho tiempo que mis compañeras y yo aprovechábamos para taparle el espacio.
De nuestra parte, en cambio, había buen juego, con paredes, dribles y hasta algo de fantasía. Bere era bloque macizo de roca defendiendo la portería.
Al medio tiempo llegamos sin mucha extenuación. Teníamos una cómoda ventaja, habíamos hecho buenos goles y nuestro rival parecía ya entrar en la desesperación: ese momento en que la ilusión se muere lenta pero inminentemente, cuando la realidad te alcanza y sabes que no se podrá. Su público también había pasado del apoyo positivo al reproche infame de la derrota culpando al árbitro o a una acusación de juego sucio de nuestra parte. Para mí era muy simple, éramos mejores y ya.
 Para el segundo tiempo ellas redoblaron el esfuerzo y no se cansaron, en el entreverado encontraron los goles para ponerse a un solo tanto para darnos alcance. Su público ahora estaba exacerbado, eran lava fluida expulsada de un cono cinerítico. Eso combinado con la única debilidad que tenemos las viejas montañas: nos comenzamos a fatigar.
La cobertura se hacía tarde, ya no se iba por ese mal pase dado, ya no se alcanzaba a tapar el tiro de la rival. En ese desorden fue que nos comenzaron a apedrear el rancho, pero ahí estaba nuestra portera, Berenice, para sacarlo todo, absolutamente todo. Las rivales casi se vuelven locas de tanto malogro, su empeño no rendía frutos, justo cuando ya saboreaban el empate aparecía la mano salvadora de Berenice que volaba de palo a palo de la portería. No puedo dejar de confesar que por un momento, en el medio de aquel asedio, pensé realmente que lo del maracanazo iba a ocurrir, pero bastaron tres intervenciones improbables de Berenice para recuperar la confianza y decir: hoy no perdemos pero ni de chiste.
Sin embargo, un poco tarde nos dimos cuenta que ya habíamos acumulado un cierto número de faltas que nos ponían a una de que nos castigaran con un penal en contra. Ese escenario fue el que aprovecharon ellas, su director técnico y su porra para someter al árbitro a una presión incluso mayor de la necesaria para generar rocas metamórficas. A mí me daba la impresión de que, fuera de la cancha, había una sobrepoblación terrible, pero ese público no había crecido en número, había crecido en esperanza y estaban dispuestos a cambiar cualquier cosa en el mundo por una falta, ¡nos hubieran dado su reino por una falta a favor!  
La grande de ellas y su mejor jugadora comenzó entonces a retener la pelota y tratar de vender el foul al árbitro, pero nosotras, conscientes de la delgada lámina sobre la que estábamos todavía de pie y con el campeonato en la mano, no le dimos esa falta nunca. Cualquier empellón o tropezón de las rivales era reclamado como un robo en despoblado por todo el aparato rival. Y nosotras solo manteníamos el silencio, la calma, fuimos una roca, fuimos perfectas en esa labor quirúrgica de contener toda ofensa sin falta. Debo decir que, por ahí el árbitro se comió una o dos situaciones, que por ahí si las marca como falta nadie dice nada, pero es que las otras ya estaban tan obsesionadas con conseguir por esa vía reglamentaria su beneficio, que ya nadie les creía. Incluso llegaron a fallar oportunidades claras de marcar por estar pensando en que les señalaran la falta.
Como para compensar, el árbitro comenzó a alargar el final del partido de manera espantosa. Nuestro apocamiento se estaba comenzando a trasformar en una súplica llanera: “¡ya pítale, arbitro!”. Pero el final no llegaba y una tampoco encontraba el gol que nos diera tranquilidad. Como la regla permitía que la portera tomara la pelota con las manos así se la devolviera una de sus compañeras, Bere y yo comenzamos a jugar con eso, como se hacía antes de 1990 cuando esa regla era válida en todo el fútbol mundial.
Las fuentes más confiables dicen que el árbitro añadió seis minutos al tiempo regular, pero a mí me parecieron dos eras geológicas completas.
Después de todo, al final la Lonchería era nuevamente campeón y algunas de nuestras rivales cayeron en llanto. Lo cierto es que al menos muy dentro de mí, me hubiera gustado que ellas hubiesen logrado el empate, una siempre suele ponerse del lado del más débil y ellas con su garra y coraje habían casi logrado la hazaña. Pero también me daba gusto que no hubiese sido así porque les faltaba mucho por aprender, no solo en lo técnico-táctico, sino en la forma de comportarse dentro de una cancha. También me dio gusto ver a su público derrotado, porque tampoco fueron el público más respetuoso que se haya visto. Así pues, la dinámica del orden de las cosas estaba intacta, la montaña alta seguía reinando desde su cumbre, para quienes quisieran su lugar les tendría que costar.
A Bere la nombraron la mejor jugadora del partido. Era obvio, había sido nuestro rompeolas en medio de ese huracán y casi estoy segura que si el árbitro hubiera marcado el penal a favor de las rivales, Bere lo hubiera detenido.
Durante la premiación las rivales ya estaban más relajadas y hubo tiempo para los debidos y mutuos reconocimientos, ellas recuperaron la compostura
 Yo me mantuve al margen pues por tres partidos no me podía sentir parte del equipo. Las Lonchería me invitaron a regresar a jugar, pero me tomaban en el medio de mi retiro futbolístico. Ojalá hubiese sabido que mis compañeras geógrafas jugaban fútbol muchos años antes, así quizás hubiera podido compartir más tiempo con ellas en las canchas del sur de la ciudad de México. Como sea, el recuerdo que me queda es agradable y favorable.
Gracias al fútbol por la Lonchería, por las geógrafas futboleras, por los campeonatos, por los casi maracanazos y hasta por las canchas diminutas, gracias por todo.

martes, 22 de enero de 2019

VIERNES Los bandoleros del Wolverhampton






En este manuscrito donde se suponía que solo se iba a hablar de estrógenos y fútbol, se cuela la narrativa de un equipo de machos. Y es que no pretendo alimentar ninguna guerra en contra de ellos porque entiendo que el enemigo está dentro de cada una y de cada uno, en la estructura, los roles y esa forma funesta de despreciar la vida a la que llamamos machismo. Considero legítimo el miedo y la rabia de muchas; las aberrantes cifras de feminicidios y violencia en contra de las mujeres solo por ser mujeres lo validan, pero hoy prefiero que este partido que se juega en estas páginas sea una celebración de que, al menos en la cancha, las cosas pueden ser mejores y que desde el fútbol se puede aportar algo a eso que llamamos equidad.
Los equipos que se permiten tener entre sus miembros a quién sea, sea lo que sea, mientras muestre capacidad para jugar y aporte a la camaradería, son faros en este mundo continuamente cegado por la niebla.
Antes, las mujeres que querían jugar fútbol debían asumir eso de jugar con hombres en ligas masculinas pues no había opción; en cierta forma era triste y bastante difícil; más aún, cuando dentro o fuera de la cancha aparecían los Ku klux Klan del barrio, ¡upa, hijos de su rechingada madre, cómo fastidiaban esos mitoteros con sus gritos, burlas, quejas e insultos al acusar de marotas a las mujeres que se atrevían a jugar! Pero al mismo tiempo, esa encrucijada te permitía aprender de los mejores, porque hay que admitirlo: ellos, los hombres, habían sido los dueños casi absolutos de la pelota durante más de una centuria, y si una quiere aprender a volar no va con los peces, va con las aves. Hay que decirlo, las que nos curtimos en esos cielos fuimos siempre las de mayor nivel en las ligas femeniles cuando estas comenzaron a proliferar.
Si te tocaba tener por maestro a uno de esos gallardos que habían logrado llegar a eso de ser profesional en el fútbol, aquello era como saber que te estaba entrenado un jedi certificado tipo Obi-Wan Kenobi. Creo que muchas de la vieja guardia tuvimos ese honor. Ahora, gracias a la lucha y perseverancia de muchas, las nuevas generaciones tienen acceso a eso y más (jedi mujeres, por ejemplo).
Entremos en materia, el Wolverhampton de la liga Premier de los viernes en la cancha del Fragata de Coyoacán era un grupo de desertores. Todos ellos se habían separado de la gran nación de Fútbol Unión, institución fundada por Fede y que tenía un equipo de fútbol para cada día de la semana además de sesiones de entrenamientos.
Fede, un tipo delgado y de cabello crespo, era de esos pocos seres humanos sobre la tierra que habían hecho válido el sueño máximo de jugar en la primera división profesional. Carecía del carácter petulante de saberse privilegiado y en cambio tenía el don del trato amable con la gente, de no haber sido futbolista seguramente se hubiese dedicado con éxito a las relaciones públicas. Juro por estos ojos que eso de que había jugado en primera división no era un mito, era algo que podía comprobarse sobre la cancha, y lo que vi hacer a Fede en cada partido era de otro nivel. Cómo no confiar en tanto fútbol que desbordaba en cada partido, en cada recepción y en cada golpe perfecto a la pelota.
Entrené bajo las órdenes de Fede durante casi un año y fue de las mejores cosas que me pudieron pasar en la vida. Cuando me tocaba jugar en las ligas femeniles yo volaba sobre el campo, cuando me tocaba jugar en las ligas varoniles, lo aprendido en esos entrenamientos me ponía en situación de poder competir sin desmeritar a mi género, al contrario que creo que siempre lo puse en alto. Nunca fui tan prospera en mi juego, ni siquiera cuando tenía diecinueve años y pensaba que iba a vivir por siempre.
Pero todos los ciclos terminan y el mío en Futbol Unión terminó una noche templada de mayo. Atribulada y con el corazón contrito, decidí marcharme y pasaron algunos meses hasta que recibí la invitación de otros que habían salido de la orden de Fútbol Unión para conformar un equipo de parias. Jugaríamos las noches de los viernes. Era una invitación a sembrar sobre el rastrojo.
Algunos de ellos habían pasado por la nación de Fútbol Unión como parte de la gran Fiorentina de la liga del sábado, un equipo que había comenzado como el peor de todos los equipos de la liga y que para el final de nuestro último torneo había logrado alcanzar la calificación a la liguilla. Otros habían sido parte del Everton de los viernes e incluso algunos habían jugado tanto en el Everton como en la Fiorentina.
También, muchos de ellos habían servido bajo las órdenes de Fede en la gran batalla de Camaño, en contra de las huestes del Deportivo Achichipico.
El campo de Camaño era un severo llano de tierra en el fondo de un valle rodeado por mezquites y altozanos a los pies de la Sierra de Huatla. Era campo de fútbol solo porque la cal viva de sus líneas así lo ordenaba. El río Tepalcingo tenía un palco en uno de los costados de aquel campo y si alguna pelota caía en sus aguas durante la época de lluvias, ya se la podía dar por perdida. Sobre aquel acre lleno de anfractuosidades y rodeado de acequias, brazos artificiales del río, el Deportivo Achichipico acorralaba a sus rivales que se atrevían a retarlos. Para cualquier otro conjunto aquel campo hirsuto podría haber representado una terrible amenaza, pero no para la compañía que ese día llevó Fede, aquello era una aventura digna y emocionante para aquellos que se habían presentado ahí a jugar.
El partido aquel se jugó con una temperatura cercana a los cuarenta grados centígrados y nosotros estábamos en el plan de visitantes y de víctimas, las dos cosas a la vez. Al final de los noventa minutos reglamentarios, mis compañeros perdieron una ventaja de dos goles a cero y aquello se fue al tiempo extra con empate a dos, juego bastante parejo.
El trámite del partido había sido terrible, los de Achichipico no eran neófitos y algunos de ellos tenían bastante talento para el fútbol. En el alargue, el marasmo comenzó a ser insoportable y fueron los de Achichipico los que nos pusieron contra la pared; pero mis compañeros tuvieron el tesón para lograr terminar aquellos treinta minutos de locura con un 4-4. Los que mirábamos ya no éramos de palo, lo emocionante del juego nos había hecho brasas el alma.
El local terminó llevándose la serie de penales que continuó con el tenor dramático del resto del juego, pero nos habíamos ganado su respeto y a su vez ellos se habían ganado el nuestro. Fue una tarde grandiosa la de aquella batalla que terminó con los dos equipos bebiendo juntos, todo a base de cuatecomate y caguamas al por mayor. Y varios de los legionarios de aquella gesta de Camaño conformaban ahora el grupo de bandoleros del Wolverhampton.
 Durante la primera parte de la temporada nos fue bastante bien. Luego, pasó lo que suele pasar en casi todos los equipos amateurs del mundo: la gente comenzó a faltar. Hubo partidos en donde jugamos apenas con el mínimo de jugadores permitido y aun así logramos algunas victorias… o al menos logramos preservar la dignidad de manera decente. Pero el bache fue tan profundo que terminamos en el noveno lugar de la clasificación de entre veinte equipos. Sin embargo, no era algo tan malo para haber sido el primer torneo.
En la copa fue que comenzó a suceder lo mejor, aunque no sin contratiempos, fuimos pasando las distintas fases y para la última semana activa de diciembre nos encontramos con que jugaríamos la final en contra del Tottenham, un equipo de respeto en la liga.
A los veintiún días del mes de Diciembre del año 2018, en punto de las siete y media de la noche, sobre la grama sintética del Fragata que otrora había sido un terraplén de barro no menos desolador que el campo de Camaño, los jugadores del Wolver comenzaron a llegar.
Previamente, durante las horas anteriores al juego, ya se sabía que aquello volvería a ser un capítulo sostenido por  el heroísmo pues estábamos justos, no teníamos cambios. Solo uno de los integrantes, Daniel, había dejado abierta la posibilidad de aparecerse esa noche si lograba librarse del trabajo (mis bandoleros en la cancha debían soportar fuera de esta la rutina diaria del godin citadino que se gana el pan y el fútbol con el sudor de su frente).
En efecto, ese viernes tenía su atmósfera de mustio final de semana con ánimos de terminar en posada navideña con borrachera incluida, sin nada que ver con un partido de fútbol. Pero por alguna razón, el rival, la banda del Tottenham estaba completa, hasta podían hacer dos equipos esa noche si lo hubiesen querido.
Nuestra indumentaria era una camiseta en vivo color anaranjado con el escudo del lobo del lado del corazón, los pantaloncillos en negro y las calcetas del mismo anaranjado chillante. Mientras algunos ya peloteaban en nuestra mitad del terreno, otros se ajustaban las calcetas, colocaban las espinilleras, los botines o sepa dios que otros rituales previos hacían para amainar la maldita tensión de esa espera que estaba a punto de llegar su fin.
El alumbrado del campo descubría lo que podía. Los eucaliptos que rodeaban el complejo no parecían morirse de frío como si parecían hacerlo nuestros pocos acompañantes que nos apoyarían esa noche desde la grada, eran las familias o parte de, de algunos de mis compañeros. A una el helado ambiente se le olvidaría luego de unos minutos de juego, pero los que nos apoyaban, que eran poco más de una decena, lo tendrían que sentir todo el tiempo que durase el encuentro y fueron dignos en ello.
La terna arbitral ajustó el cronómetro y llamó a los capitanes de ambas escuadras al centro del campo para el protocolo correspondiente. De nuestra parte hubo duda sobre quién sería el capitán. Al final, Damián fue designado como nuestro comandante para esa noche de final. Todo estuvo listo y el central indicó que otra versión de la guerra por las ilusiones y esperanzas debía comenzar.
Nuestros primeros minutos fueron para desterrar la desconfianza que llevábamos dentro y que nos abatía el alma y hasta los pulmones. Teníamos una larga noche y debíamos encontrar el modo de salir abantes de aquel partido en el que nuestro triunfo pendía nomás de una brizna.
Aún no puedo explicar exactamente a qué se debió nuestro buen comienzo, pero así lo sentimos y realmente fuimos un engramado agraciado como equipo, quizás era la sensación de no tener nada que perder. El Tottenham, al verse superior y sentirse superior (nos habían ganado en la liga) llevó el gasto del encuentro durante ese principio de partido, le pusieron intensidad y fuerza; pero les sobró rudeza y quizás eso fue lo que también encendió los motores de la arcaica nave de deseo del Wolver.
El aspecto de aquellos lobos sobre la cancha era el de una desbandada de perdularios con algunos pocos agregados culturales, nada que ver con los cara pálida del verdadero Wolverhampton de la Liga Premier de Inglaterra donde jugaba el caballero águila Raúl Jiménez. Y nuestro juego era más parecido a eso, a estrategias de nómadas del desierto en tiempos de hambruna. El que el rival llegara queriendo guerrear fue lo que posiblemente más nos convino. De haber asumido otra actitud los del Tottenham quizás se habrían llevado el triunfo sin problemas, pero se habían atrevido a retar a aquellos viejos lobos que eran mis compañeros, esa insolencia nos impidió despedirnos de ese torneo como viles jamelgos.
Debo contarles ahora de mis compañeros: En la portería estaba uno de esos agregados culturales del equipo, era el Mae, el guardameta llegado desde el sur, de la tierra de los volcanes y áreas naturales protegidas, la gran Costa Rica de Keylor Navas y Gabelo Conejo. El tico era un alto y corpulento arquero de cabello siempre bien peinado y barba de candado. Como portero no desentonaba con la raza de los ya mencionados, si salía en una buena noche era seguro que ganaríamos, si salía en una mala le pasaría lo que a todos los arqueros del mundo que se equivocan, ingrata posición la de la portería.
Mae se la pasaba todo el juego gritando y regañando a su defensa. Yo daba gracias al cielo de siempre haber sido compañera de aquellos hombres y no su rival pues eran literalmente unos malditos en el juego, se las sabían de todas todas y gustaban de traer a pan rancio y meados a los delanteros rivales. Raúl era el dueño de esa central, un tronco robusto de piel morena y corte de cabello estilo militar, era un tipo que en el campo daba la impresión de ser un peñón pedregoso y hostil. Era duro con los contrarios, si estos soltaban la lengua él sacaba el hacha y desde ahí se veía a qué cuero le salían más correas. Por arriba era casi imbatible y solamente si lo tomaban mal parado en el espacio en largo es que realmente se volvía vulnerable, pero ese era el problema para los rivales, sorprenderlo. Afuera el tipo era de buen corazón, en realidad aquí los defensas los voy a describir secamente porque sobre el campo eran como planetas agrestes donde los delanteros rivales debían ir a mendigar balones, pero fuera siempre me parecieron grandes tipos.
El otro central era Armando, igualmente corpulento aunque con mucha más técnica que el resto de su defensa, lo cual nos servía para darnos mucha tranquilidad en la salida. Una de las laterales era de otro digno habitante del Tollan, con la calva completa y el pundonor desbordado, Morza era uno de esos guerreros que todos quieren tener en su ejército: incansable, inmisericorde y sin vergüenza de ir al ataque. En la otra lateral desfilaron un montón de jugadores que no se hallaron hasta que llegó Roberto, el último de los agregados culturales del equipo, llegado desde la tierra que a Cristóbal Colón le pareció el paraíso terrenal, la pequeña Venecia como la llamó el mentiroso de Vespucio, y que terminaría siendo la gran Venezuela. Su barba y su cabello largo le daban el aspecto de ser realmente uno de aquellos piratas que se ocultaban en los rincones del Orinoco en los tiempos de las calaveras y galeones. Roberto había dicho durante mucho tiempo que era delantero, pero el fútbol no se atiene a lo que una le dice, el balompié es el que te coloca en la posición donde eres más apto, y eso le pasó a Roberto que encontró en esa visión de la lateral la paz futbolística.
La defensa la completaba David, un auténtico barril de pólvora. Lo mismo jugaba la central que la lateral, y en ambos puestos, por lo alambicado de su juego, se notaba su origen de mozo educado en las inferiores de algún equipo profesional. Pero era de mecha corta, si un rival lo molestaba David lo hacía pagar, y no lo expulsaban por las faltas que cometía, no, lo echaban por lo que dichas infracciones podían desencadenar después: le sacaron más tarjetas en el campeonato por sus reclamos que por sus golpes certeros a las piernas de los rivales. Era muy sensible a las injusticias y los árbitros no suelen ser justos en ningún caso, y así explotaba el polvorín.
Esa defensa mantuvo vivo al equipo durante varios partidos a lo largo del torneo. Sí, cometían errores pues eran humanos, pero luego de cada error los vi levantarse y seguir en la batalla cada vez.
El mediocampo del Wolverhampton fue un cabaret durante todo el torneo, era el sitio más inestable del equipo, por sus posiciones desfilaron multitud de jugadores que ya hasta los nombres de la mayoría los he olvidado.
El terrateniente de la zona era Diego, uno de esos tipos raros que le van al Atlante a pesar de todo. Diego había sido educado azulgrana y ese carácter era el que le ponía a cada pelota que disputaba en la contención del Wolver. Llevaba la calva expuesta como Morza y era sin duda el de más sapiencia a la hora de plantear un partido. Lucha, fortaleza y de vez en cuando un buen pase es lo que aportaba Diego. Yo era la escudero de ese hombre en esa zona del campo, corriendo a lo que él me indicara y llegando dónde él me dijera, la infantería del equipo con tipo de Juana de Arco descalichada, y no era algo que me desanimara, al contrario, servir para cualquier cosa en esos partidos, aportar aunque sea un regreso a toda velocidad al menos para hacer mosca al rival, me llenaba.
Por una de las bandas estaba esa noche el Yayo, ya no tenía el juego rasposo de los de más atrás (mucho menos yo lo tenía), pero su ida y vuelta por su banda era uno de los canales más transitados del Wolver para poder ir al ataque. Era un impredecible, lo mismo te hacía una jugada de crack que cometía una falla imperdonable. Ese día de la final jugó uno de sus juegos más brillantes, gracias a las estrellas que así fue.
Y esa noche jugamos con dos delanteros, qué insolencia la nuestra. El primero más recogido como falso nueve era Martín, un tipo alto a estilo Zlatan, y explosivo cuando tenía la pelota. En un juego había logrado anotar la friolera de cuatro goles prácticamente él solo… era así, a veces pasaba inadvertido y de pronto aparecía como un fantasma. En la semifinal, la cual ganamos por uno a cero él había hecho el único gol del partido. Era uno de los ídolos de aquel pueblo errante wolverino.
El otro delantero de esa noche era un caso anómalo pues era en realidad un guardavalla, pero como Mae estaba en la puerta y su juego de pies no era el mejor, la opción era mandar a Damián al ataque, a lo Jorge Campos. A diferencia del Brody de Acapulco, Damían era robusto y confiaba más en su fuerza que en inventarse filigranas. Era el poste ideal para el equipo, el tiempo que le daba al juego reteniendo la pelota era vital para que los demás nos pudiéramos agregar al frente de ataque. Hacía goles, algunos de factura tan notable que hacían que se nos olvidara que era arquero.
Hay que decirlo, nuestros delanteros eran capaces de sacar agua de las piedras cuando la situación parecía insostenible.
Ese era a grandes rasgos el Wolver que se plantó esa noche sobre el campo del Fragata, bandoleros sí, pero de los mejores.
La gente gusta de hacer comparaciones entre la edad de las cosas u animales con la edad humana, bueno, en edad humana el Wolver ya tenía arrugas y canas, casi todos los integrantes del equipo ya pasábamos de los treinta y no se asomaba en el equipo ningún canterano que resultara refrescante. Por lo anterior, el juego del Wolver era pausado y paciente, sostenido por la rutina de reducir los espacios pues en largo cualquiera de los jovencitos hábiles de los otros equipos podían machacarnos.
Regresando a la final, no hubo mucho tiempo para que se apareciera el primer mal augurio de la noche. Uno de los delanteros del otro equipo entró desbordando por el centro, justo por enfrente de las narices de nuestra intimidante defensa. Morza jura hasta hoy que él no tocó ni un pelo del cacique aquel que se desplomó dentro de nuestra área como si alguien le hubiera pegado un tiro desde lejos. Raúl lo seguía por detrás y quizás él si le puso alguna patada, vayan ustedes a saber. El caso es que el árbitro nos marcó en contra un penalti que ellos cambiaron por gol.
Ese tipo de cosas afectaban profundamente el ánimo del Wolver pero luego del gol en contra nadie se desesperó. Ni siquiera los árbitros fueron víctimas de nuestros reclamos pues no hubo ninguno. El caso es que continuamos tan tranquilos que pareció que nosotros les hubiésemos hecho el gol a ellos. Seguimos en tenor de concentración total en un juego que a pesar del gol no dejó de ser ríspido y cortado por las continuas faltas de uno y otro bando.
Alcanzamos en el marcador antes del final de la primera parte y fue por la misma vía de castigo que el primer gol, un penalti. Fue Damián esta vez el que cayó dentro del área de ellos. El árbitro, el mismo que nos había castigado en primera instancia a nosotros, le otorgó la infracción. Los rivales tampoco reclamaron mucho.
En un principio Damián parecía ser el que se iba a ser el encargado de hacer el tiro, pero Martín le pidió la pelota y cobró fuerte y al palo izquierdo del guardameta. Estábamos empatados y bien dice el dicho que caballo que alcanza gana.
Lo cierto es que, salvo la jugada del penal, no habíamos generado mucho peligro al arco de los rivales y ellos tampoco al nuestro, pero así es la vida y así es este juego tan incomprensible a veces.
El asunto es que nos tocó la buena fortuna de irnos al frente en el marcador en un tiro de esquina en donde Raúl, nuestro central, fue a rematar al área. El centro fue bueno y el remate lo fue más. Uno de los defensas todavía hizo un último esfuerzo por brincar y sacar la pelota con la cabeza pero esta lo superó en su parábola y lo único que logró el defensor fue hacerla rebotar con más fuerza sobre la parte superior de la red que colgaba de aquella portería. Y en algún punto esa madeja de hilos debió haber estado rota porque la pelota brincó fuera del marco y por un instante dio la impresión de que no había entrado, de que había pasado por encima del larguero. Para nuestra fortuna la ilusión óptica no engaño la vista de ninguno de los nazarenos y nadie tuvo que robarnos nada. Era gol de Raúl y era el dos a uno, estábamos perfectos.
Durante el descanso que nos supo a muy poco, acordamos que debíamos seguir igual, no bajar el ritmo ni la guardia. Los rivales estaban pegando pero nosotros también, no le íbamos a jugar al noble en esa guerra o nos llevarían por esclavos. Incluso en mi caso, ya me habían dado una patada, el contención de ellos, de esos golpes mala leche con la rodilla y hacia el muslo para que el dolor te acompañe todo el resto del juego y de la semana. Ni siquiera reclamé. Una debe aprender a callarse esas cosas y esperar mejor momento por si te las puedes cobrar de otra forma, como un gol o una buena jugada que escosa al rival en su orgullo; pero sin duda, si había alguien sobre ese terreno de juego en quién se vería ridículo quejarse, esa era mi persona. Había que recordar que  yo era la invasora y no ellos.
La liga dejaba incluso un camino para los palurdos, una salida legal para evitar la desgracia de permitir a una mujer en la cancha, la regla decía que un equipo podía negarse a que la mujer jugase y listo, los árbitros deberían respetar su posición y echarme. Entonces, en teoría, los rivales me soportaban pues ninguno aplicó jamás esa regla. Por supuesto, debo decir que gran parte, quizás un 99% de esos hombres, me mostraron siempre su respeto y me hicieron saber que, en el peor de los casos, mi presencia les importaba un comino.
Con el dos a uno nos presentamos a la segunda parte. Creo que todos nos habíamos guardado algo, no habíamos jugado al cien por ciento de nuestro esfuerzo durante la primera mitad pensando en que no teníamos cambios y que el rival los tenía de sobra.
A los pocos minutos de iniciada la segunda parte, en una jugada sobre las estribaciones del medio campo, el mismo gigante patagón de ellos que me había dado una patada en el primer tiempo, le asestó una plancha a David a la altura del abdomen. La pelota había estado en disputa y quizás eso no dejó en buen juicio a los árbitros para ver aquello como fue, dejaron correr la jugada y casi nos cascan un gol por no entender cómo es que no se había sancionado ni falta. Pero David apuntó las placas y él mismo asestó, también a la altura del medio campo, una patada certera a uno de los rivales como quién piala una res en despoblado.
El diez de ellos salió diciendo maldiciones, que éramos unos cerdos y que la chingada madre que nos había parido a todos. Yo le recordé la patada anterior y le dije que dejara de llorar lo que no podía defender con su juego. Para colmo de ellos, desperdiciaron ese tiro libre a su favor con un disparo infame y me dieron la razón. 
Conforme avanzaba la segunda parte, Mae comenzó a tener más y más participación. Para nuestra fortuna, era de esas noches en las que hasta la fortuna lo acompañaba. En una jugada salió un poco tarde a los pies de un rival pero alcanzó a tocar la pelota con las patas y el delantero tuvo que quedarse con las ganas de festejar el empate. Y cada vez nos cansábamos más más y más pero claveteamos nuestra portería a base de esfuerzo y agallas.
A mí ya me temblaban las piernas de tanta ida y vuelta porque lo cierto es que también les apedreábamos el área de vez en cuando a esos del Tottenham, no solo nos defendíamos. Pero también era verdad que a ellos se los iba comiendo la noche, cada segundo que pasaba los acercaba más a la desgracia y esa presión los llevaba a dar mal un pase, a errar sus disparos o medir mal los tiempos. A cada bando se lo comían, de a poco, sus propias angustias.
Y entonces ocurrió la jugada del partido de la que hasta el día de hoy bebo como si fuera vino de dulces sarmientos. La pelota quedó bailando solitaria por mi banda y corrí en dirección hacia ella con un rival a mis espaldas. Lo medí tan bien que cuando cuchareé la redonda él quedó pagando para siempre, vilmente engañado. El brusco cambio de dirección me puso con toda la pradera derecha para correr y en eso confié, en el tranco largo, pero el cinco de ellos tenía otros planes. Ni siquiera lo vi llegar. Me cargó con toda su furia y me puso el codo casi en el pescuezo. Di un costalazo al suelo cual vaca cansada, pero la indignación me hizo levantarme de inmediato para buscar una explicación sobre el rostro de aquel malnacido. Y no sé bien quién lo gritó, si fue desde su banca, él mismo o alguno de sus compañeros de campo, el caso es que se escuchó fuerte y claro: “Este juego es para hombres”. La guerra había sido declarada desde hacía tiempo, pero aquello era una estrategia tan deslucida y poco honorable como ridícula.
El árbitro amonestó al infractor y aquello no pasó de reclamos y dimes y diretes y la debida retahíla de reproches. Tampoco hicimos mucho con ese tiro libre pero la pelota volvió a llegar a Mae, nuestro meta, quien me puso una joya de despeje al pie tan precisa que es injusto llamarla despeje, aquello fue un pase en toda regla desde su área hasta la mitad del campo. Recibí la pelota dejándola correr y me topé con el lateral de ellos que salió a cerrar. Con la bocha en total posesión, giré hacía mi portería de nueva cuenta y de reojo vi que el medio de ellos por esa banda me quería hacer el dos contra uno, pero venía mal perfilado el pobre. Lo tomé a horcajadas sobre el césped y el caño fue el chasco que cerró la noche. La pelota le rozó un poco sobre la pantorrilla derecha al rival y eso me convino más pues la linda que todos aman quedó ahí muerta para que yo pudiera dar el pase con mayor tranquilidad. Más de uno gritó el ¡ole! y algunos remataron con risas.
No, señores, este juego no es para hombres, no solo al menos, este juego es para todos.
 La pelota le quedó a Damián con un mundo de opciones para elegir pues Martín estaba también mano a mano y con espacio. Pero el guardavalla ingénito avanzó, se perfiló y de fuera del área sacó un tiro tan potente y preciso como un rayo láser que pegó en el tubo de atrás de la portería de ellos y levantó el grito de gol de nuestro pueblo. El rebote había sido tan rápido que alguno de sus defensas juró que la pelota no había entrado. Yo misma pensé que aquella pelota, o no había entrado o había ido tan rápido en su viaje que por un segundo se había integrado al hiperespacio.
Como fuera, era el tres a uno y el callejón del tiempo era cada vez más estrecho.
A pesar de la adrenalina derramada por el tercer gol yo ya estaba exhausta y miraba constantemente el reloj del pizarrón electrónico del campo. Y fue que la buena estrella nos dejó otra sorpresa para los tiempos difíciles. Había llegado Daniel, tarde pero había llegado. Él era un buen jugador, de esos que tratan bien a la pelota y la retienen.
Fue así que observé desde aquel parián que era nuestra banca, los minutos que quedaban en el reloj. Todo hubiese sido menos tenso si no es porque Martín decidió regalarle a todos los presentes un final cardiaco: perdió una pelota y en su festinación por recuperarla cometió una falta y, por segunda vez en la noche, los contrarios cobraron desde los once pasos. ¡Maldición!
Mae no pudo atajar el disparo pero durante el protocolo del penalti mis compañeros perdieron más tiempo que el que hubiera perdido cualquiera en la insulsa fila para comprar tortillas. Cuando la pelota estuvo sobre el centro del campo para que nosotros reanudáramos el juego, el reloj marcaba que quedaba únicamente minuto y medio. ¿Cuán largo puede ser un minuto y medio? Tan largo como la eternidad o lo que duran mil repúblicas y un imperio.
Ellos todavía tuvieron una última chance para empatar aquel drama sobre nuestra resistencia, pero su último disparo salió desviado.
Los árbitros no añadieron mucho. Soterrado el Tottenham, algunos de sus integrantes todavía querían camorra y armar bochinche, pero ninguno de mis compañeros se enganchó con las provocaciones y mejor se entregaron al jolgorio. Otros nos felicitaron por el triunfo demostrando su grandeza como guerreros que saben que en estas batallas futboleras hay siempre otra oportunidad para tomar revancha.
Mientras nos tomábamos la foto del recuerdo, Morza nos confió que era la primera vez que ganaba un trofeo. El tipo llevaba millones de leguas de viaje futbolero y hasta ese día había podido ganar algo.
Y terminó el asunto. Ganar arregla cualquier equipo por perdido que esté, y en cierta forma nosotros necesitábamos esa copa bruñida para permanecer en nuestro peregrinaje errante como mercenarios en aquel templo futbolístico llamado Fragata.
Yo me llevé varias cosas de ese juego y de ese campeonato con el Wolverhampton, cosas para atesorar.
Cada uno contará historias sobre todo esto que pasó y diremos a quienes nos escuchen que todo fue verdad, la batalla de Camaño, la deserción, y esa final que le arrebatamos al orden de las cosas. La esperanza sigue intacta y el ánimo está crecido, y vamos juntos, porque el fútbol es de todos, el fútbol es para todos, para los altos, los bajos, los gordos y los delgados, para los que siguen las reglas y para los que las rompen, para los bandoleros, para los grandes maestros del juego y los que apenas si saben jugarlo, y sí, también es para todas nosotras.

  Jorge Peñaloza, el Cobi , era el capitán del equipo de fútbol que representaba a Segundo Alfa en la liga local escolar de la secundaria Té...