martes, 4 de diciembre de 2018

MIÉRCOLES. Nunca dejes de creer




Nadie sabe quién fue la primera, mucho menos se conocen sus razones o motivaciones, si lo intentó sola o en conjunto con otras, si se coló a un partido con hombres con o sin el consentimiento de ellos; pero sabemos que existió, la Eva de la pelota de estas tierras. ¿O será más correcto llamarle la Lilith de la pelota?, pues las mujeres que han jugado fútbol han sido demonizadas a lo largo de la historia pues atentamos directamente contra aquello que llaman la “mística femenina”. Y sí, una mujer tan valiente y tan en rebelión no podía haber salido de la costilla de ningún hombre.
Sabemos que nuestras abuelas antes de los españoles si le entraban a eso del juego de pelota, pero sobre las primeras que lo jugaron tal y como es ahora el juego, con las reglas de los ingleses, sabemos prácticamente nada. No debió haber pasado mucho tiempo luego de aquel primer juego varonil en Real del Monte en 1899 (¿o fue en Orizaba?), para que quizás ahí mismo las primeras lo intentaran. A pesar del anonimato, aquellas adelitas del balompié, se merecen la gloria. ¿Juego oficial? No, para eso tendrían que pasar muchas décadas.
En cierta forma, ese primer partido se juega cada día en algún rincón de México por una u otra mujer, no importa la edad, el carácter del juego o su resultado, ese primer juego es todavía acción de emancipación, es conocer una puerta de escape efectiva rumbo a la felicidad.
El equipo que arbitrariamente coloqué en el día miércoles ofreció esa oportunidad, la del primer partido, a varias mujeres de los férreos barrios de la Juventino Rosas, Tlacotal, Tlazintla, Los Reyes, San Miguel, Santa Anita y Zapotla,  no muy lejos del gran mercado de la Viga y de la avenida del mismo nombre que otrora fuera un canal abarrotado de chalupas y flores. El día es arbitrario porque la liga femenil del bajo-puente de Coyuya acomodaba los distintos compromisos durante la semana, así una semana juegabas martes y la otra quizás en viernes.
Además, esta liga tenía la particularidad de tener una primera y una segunda división femenina, privilegios de saber organizar bien las cosas. Los partidos de las féminas se intercalaban entre los de las ligas varoniles, lo cual también da un ambiente distinto en las tribunas de tubo metálico y techo de lámina que rodean la cancha. Finalmente, hay que decir que era una liga popular, de esas que defienden el territorio y que todavía preguntan a sus equipos agremiados sobre las decisiones que se toman.
El equipo llevaba por nombre Atlético, y no solo otorgaba esa primera oportunidad a sus mujeres de jugar al fútbol, también asumía el riesgo de acompañar eso y de hacerlas competir en la segunda división de la liga del bajo-puente de Coyuya.
El entrenador y entusiasta del equipo era un joven de mirada sincera que tenía el mismo nombre del primer hombre según la Biblia: Adán. De este chico, el equipo debe también su nombre pues él llevaba en el corazón, vayan a saber ustedes la razón, los colores del Atlético de Madrid. Sabía todo sobre esa escuadra, tenía todo suvenir de ese equipo históricamente opacado por la merenguera multinacional contra la que, temporada tras temporada, el Atlético jugaba el clásico de Madrid.

Conozco muchos mexicanos enamorados del Real Madrid vía Hugo Sánchez, la generación galáctica o el atractivo ególatra de CR7, seguramente hoy hay muchos más adeptos del Barcelona por Messi y el hermoso juego del estilo Guardiola, pero ¿el Atlético de Madrid? Sin duda el renacer campeón de los últimos años de la mano del “Cholo” Simeone ha ayudado mucho, pero lo de Adán databa de antes de ese renacimiento, quizás provenía desde la gloria del doblete del 96…
Y por eso le puso Atlético al proyecto de un equipo femenil compuesto de mujeres que nunca antes habían jugado un partido oficial en liga o, incluso, nunca antes habían pateado una pelota.
Adán se arropó de gente valiosa para llevar a cabo la empresa, Alex y Pablo que cumplían con la función de ser su fiel cuerpo técnico. Porque el Atlético entrenaba. No hay que ser ilusas, la práctica hace al maestro, la palabra habilidad viene de “hábito”, comenzar a jugar para llegar a ser buena no es cosa de magia ni se logra únicamente con buenos deseos y metafísica, hace falta trabajo y por esa labor estos chicos no cobran ni un solo peso a las integrantes de su escuadra.
Cada miércoles, si no tocaba juego, estos chicos y las jugadoras del conjunto, se reunían en la explanada de la alcaldía de Iztacalco para practicar fútbol ante el desconcierto de los vendedores de esquites, los guardias de las puertas o los pocos burócratas que salían ya tarde de las oficinas de los edificios de gobierno. Era un lugar que ofrecía pocas comodidades para la práctica del juego, su mejor atributo era la plancha de concreto inmensa y libre de obstáculos. No había vestidores, ni porterías, ni rejas que evitaran que los balones se escaparan cientos de metros de dónde se entrenaba.
Si llovía el cemento se ponía resbaloso y ahí terminaba la práctica. Entrenar en esas duras condiciones aportaba un poco más de emotividad al ímpetu que le ponían esos jóvenes a la leyenda del Atlético femenil de la liga de Coyuya. 
Ese trabajo había dado sus frutos en poco tiempo, el equipo llegó a la final de ascenso, pero por una bronca (sí, en el fútbol femenil también ocurren), la final fue suspendida y la liga decidió no darle el ascenso a ninguno de los equipos que luchaban por ello. Ese lamentable episodio representó una espina clavada en el alma del Atlético, una cuenta pendiente que debían sanar y superar.
Para entonces, en aquella final perdida a los golpes, en el equipo ya estaba otra de las piezas claves del club y es que no le puedes otorgar todo el peso a la formación de jugadoras: necesitas ejemplos a seguir, referentes con experiencia, requieres al menos un marinero que ya sepa mover las velas durante una tormenta, y esa jugadora de vasta práctica y amplio nivel de juego era Ruth, de quién ya he escrito en este libro. Ella participó en ese camino de los entrenamientos, el de colocar fundamentos básicos del juego en aquellas valientes mujeres. Fue ella quién me pidió que para la siguiente temporada, luego de aquella final violenta, me hiciera cargo de la portería del Atlético. Yo acepté, cómo no iba hacerlo, si Ruth hubiese sido pirata del siglo XVI (y no me la imagino siendo otra cosa en esa época) yo hubiera sido su contramaestre en algún viaje al fin del mundo. Fue así que terminé por emular a los Abel Resino, Molina, de Gea, Courtois, Oblak, el “Mono” Burgos y Lola Gallardo.
Para esa temporada también llegó otro de los flamantes refuerzos del club, una joven de nombre Karlita que rondaba los veinte años apenas, y que fue apodada como “la fantasma” por su impresionante capacidad para correr toda la cancha y robar balones a las contrarias. A su corta edad ya acumulaba miles de partidos a cuestas pues sacaba jugo a las ventajas de su generación: una época más suave en eso de juzgar a las mujeres que se atrevían a jugar a la pelota. Para tal movilidad en el campo su cuerpo ligero le ayudaba, si no era futbolista lo tenía todo para ser gimnasta. Mientras jugaba la alegría de hacerlo se podía leer en su mirada. Su seguridad en su juego contrastaba con las de sus compañeras que todavía combatían con las dudas que provocaba el miedo al error, y que poco a poco enterraban ese temor en cada entrenamiento y en cada partido.
Con esas herramientas, la mística de un club como el Atlético de Madrid del “Cholo” Simeone encajaba como anillo al dedo, apostar por el esfuerzo para darle tiempo al pulimiento del talento, en donde todas participan y mejoran, poco a poco, escalón por escalón, al irle agregando fútbol a ese arrojo, potenciando sus virtudes, al tiempo de cada una.
En el Atlético de Coyuya no había ninguna jugadora que no estuviera convencida del método, ni siquiera las refuerzos llegadas de fuera, que bien podían asumir una actitud mezquina desde la simplona irreverencia del “yo sé jugar y tú no” faltaban a esa fe.
Lo cierto es que el paso durante la temporada del Atlético fue tranquilo, salvo algunos inconvenientes, la calificación a la fase final nunca estuvo comprometida. Se notaba, en todo caso, la diferencia entre un equipo que entrena y otros que no lo hacen.
Cuando hubo momento de enfrentar al líder de la competencia, perdimos ese partido por uno a cero, pero aquello fue un dejo de tranquilidad, a todas nos quedó la impresión de que aquella escuadra no era invencible ni era más maravillosa que la nuestra.
Durante los cuartos de final se consiguió el pase con holgura. En la semifinal fue que el asunto se hizo complicado y se ganó apenas por un gol de Ruth en los minutos finales del encuentro. Al término de ese partido de angustia, el equipo entró en discusión. Aquello era estupendo, las que jugaban menos tiempo exigían participar más, lindo problema para cualquier entrenador, el tener gente que se muera por jugar en lugar de tropa que se esconda en la banca para no tomar grandes responsabilidades. La que había pedido más minutos con más fuerza había sido Caro, una joven alta y espigada, de rostro fino y ojos despiertos, y que era de las que tenían poca experiencia.
Para mí era bueno tener a Caro entre mis defensas porque cuando a las contrarias se les acababan los argumentos para atacarnos comenzaban a meter balonazos a nuestra área por arriba y ahí siempre estaba Caro, que iba muy bien por lo alto para despejar todo en el juego aéreo; de hecho, en los cuartos de final, así había terminado el partido, con despeje de ella producto de uno de esos globos lanzados por el enemigo.
La discusión solo hizo más fuerte el vínculo entre esas mujeres y llegó el día de la final por el ascenso. Esta es la crónica de ese ascenso, de ese “nunca dejes de creer”, de ese Atlético que luchó por ser de primera.
Ruth y yo llegamos a la cancha bastante tarde y en taxi, como si el propio nervio del partido que se nos venía no fuese suficiente y hubiera que agregarle la ansiedad de nuestro coche atrapado entre el tráfico de la gran ciudad.
Cuando llegamos, lo primero que se notaba era que el graderío estaba lleno, había familias por todos lados, algunos ya tenían la cerveza preparada y otros, cínicos, ya se la habían comenzado a beber desde mucho antes.
Normalmente nos cambiábamos en alguno de los niveles de una de esas tribunas, la que daba a los carriles centrales del eje vial, pero en esa ocasión era imposible encontrar lugar en esa zona. Al llegar tarde, ya todas las demás compañeras y rivales estaban listas y preparadas, muchas de ellas habían traído a los padres, a la pareja, a los hijos o a los amigos, aquel ambiente era el de una fiesta, no cabía ni un alma.
Adán no parecía tener ningún sobresalto, todo parecía resuelto y cuando me vio su semblante me pareció de absoluta tranquilidad. Esa paz no parecía tener nada que ver con nuestra llegada, era como los árabes que creen en la expresión maktub: está escrito, una certeza, una visión que daba seguridad ante lo que pudiera pasar. Adán me preguntó si yo estaba lista y asentí, salvo el asunto de ponerme los zapatos y los guantes, yo me sentía completamente preparada.
Al no haber sitio para sentarme a ponerme los zapatos, tuve que hacerlo de pie a las puertas de la cancha donde estaban ya formadas las jugadoras de ambos cuadros y una mujer de la liga les tomaba los nombres y checaba que todas tuviesen registro, las cachirules estaban prohibidas.
Mis compañeras se notaban exacerbadas enfundadas en aquella remera en rayas rojas y blancas que es la típica indumentaria del cuadro colchonero. Las expresiones eran de ansia, alguna se frotaba los dedos de las manos para espantar un frío que llegaba desde adentro. Nirvana, una de nuestras jugadoras de medio campo de esas que nunca claudicaban en el esfuerzo, llevaba puesto un gorro de esos para los días de invierno que asemejaba más a la capucha de un duende mágico… y magia era lo que necesitábamos esa noche, no se quitó el gorro hasta que tuvo que entrar ya a jugar. Otras preferían no mirar a ninguna parte, ni a las rivales, ni a las compañeras, ni a la grada, ni a la cancha, pero mucho menos al piso pues no era tiempo de agachar la cabeza.
Di mi nombre e ingresé al campo todavía atándome los cordones de los zapatos. A mí no me espantaban el murmullo de aquel campo lleno de gente y de su ambiente de final; estaba sosegada sin más allá de ese nervio rutinario antes de cada juego, ese nervio que, me había prometido, si un día dejaba de sentirlo era momento de dejar de jugar.
Adán nos juntó a todas cerca de la que sería nuestra banca y no dijo ninguna arenga, había que liberar aquello de las manos de la  tensión y por eso soltó la única petición: “ya están aquí, disfruten”. Todo el parado táctico se había dispuesto antes de ese momento, algunas habían asistido el día anterior a ver un vídeo del equipo contrario que Alex, uno de los del cuerpo técnico ya mencionado, había grabado la fecha en que las rivales habían jugado la semifinal. El antagonista estaba estudiado. Además, decir alguna cosa más cuando se tenía la estructura del tiempo, el trabajo y la constancia de toda una temporada en aquellos segundos previos al inicio hubiese sido redundante.
Se anunció el cuadro que empezaría justo antes de que el cuerpo arbitral llamara a juego.
Enfrente, las rivales, superlíderes del torneo y quienes nos habían ganado por uno a cero en la liga, si tuvieron algo más parecido a un ritual de iniciación de partido; su uniforme en color oscuro, su postura seria y sin muchas expresiones me hacían pensar que también para ellas eso de las finales no era algo nuevo. Para Ruth tampoco, ella estaba como pez en el agua, sonreía, daba las últimas indicaciones y animaba a las otras colchoneras que, para ellas si era, a lo mucho, su segunda final; y para como había acabado la primera, no era para más que estuvieran asaltadas por la crispación de los nervios.
Saludé a los palos de mi portería, remendé la red en los puntos en donde no estaba bien atada al aparejo de la portería, también dije hola a la noche clara y fría de noviembre y a las torres del alumbrado de la cancha que nos permitían no estar en tinieblas para esa hora. A lo lejos se escuchaba el rumor de los motores que circulaban por el eje vial. El público estaba a la expectación. Observé a mis dos centrales acomodadas en sus puestos, hacían los últimos movimientos de calentamiento. ¡Diablos!, al llegar tarde tampoco me había dado tiempo de calentar, así que mientras el árbitro central y las capitanas de ambos equipos escogían balones, improvisé un movimiento de brazos y piernas que me permitiera escribir esta crónica señalando que al menos calenté los músculos un poco.
Y el árbitro pitó el comienzo. Aquel inicio fue tiesto en ambas escuadras. Las imprecisiones y equivocaciones menores fueron protagonistas hasta que cada uno de los dos equipos se acomodó en la cancha y comenzó a realizar lo planeado. Nosotras tuvimos las primeras oportunidades de marcar pero nuestros tiros salieron desviados. En los pocos disparos de nuestra parte que fueron a portería se demostró que la guardameta del otro equipo era muy capaz.
En mi área la cosa era tranquila, era evidente que la táctica de aquellas rivales era comernos en los espacios largos, pero su primera oportunidad clara de gol llegó de forma distinta, con un saque banda por la izquierda del marco que yo defendía. Se notó que aquello les era rutina, el saque se realizó hacía nuestra área congestionada de delanteras y defensas, una de ellas “peinó” la pelota más adentro de la zona de peligro donde la delantera número nueve se anticipó a Lulú, mi central izquierda, y picó un remate de cabeza sorpresivo y bastante bueno que alcancé a sacar con mi mano izquierda, pero no del todo… la pelota pegó en el poste izquierdo y luego en el talón de Lulú que seguía desconcertada. Intenté desesperadamente coger la pelota pero no la alcancé, y por fortuna tampoco la alcanzó la otra de las delanteras de ellas que merodeaban el área. La redonda se paseó, literalmente, por la línea de gol de mi marco antes de saludar a mi poste derecho y encontrar el despeje rotundo de una de nosotras, creo que fue Karlita, hacía el tiro de esquina. Me reí de aquel milagro, estábamos vivas.
Pero el alivio no duró, fue como he dicho, en el aprovechamiento de los espacios largos, que ellas encontraron su gol. Una pelota que no supimos despejar. La nueve de ellas encontró un callejón para colarse rumbo a nuestra portería desde el medio campo y, cuando la última de mis defensas salió al paso, la delantera tocó un pase preciso a su derecha donde otra de sus compañeras entró como el rayo.
La nueva dueña de la pelota se plantó delante de mí, completamente sola, con todo el tiempo del mundo, ya nadie la alcanzaría, y definió como marcan los cánones: fuerte, raso y colocado. La puso sobre el poste que yo tenía que cubrir, había sido un error de principiante y era el uno a cero del partido.
Dolió sacar la pelota de entre la red, pero se me escapó un grito de “¡Vamos!” mientras lo hacía, más que para mis compañeras, ese grito era para mí.
De haber seguido en esa situación al terminar el primer tiempo aquello se habría complicado demasiado. Mis defensas, Lulú, Yaz, Debi y Brenda ya no dejaron pasar nada más, ¿quién necesitaba a Godín si estaban estas mujeres? Algunas de ellas ya hasta se atrevían a pisar la pelota con elegancia, arriesgaban de más nuestra seguridad, pero qué importaba lo seguro si lo que se celebraba era esa libertad para jugar, como eso ninguna ausencia de riesgo era más valiosa.
Karlita como siempre, bajaba y subía, era el motor de ese equipo, a lo Simeone o Raúl García en sus mejores tiempos pero sin las faltas de estos. Ruth en cambio trataba de ponerle toque a ese remolino de estrés, a lo Caminero, colocaba las pausas y los silencios donde la sinfonía lo necesitaba, trataba de arrancarle las faltas a las rivales y así tener un tiro libre a favor y la posibilidad de emular a Milinko Pantić.
Adelante, nuestras dos delanteras, Vanesa y Fernanda, estaban muy lejos de ser algo como Diego Costa o Griezmann, de hecho, estaban muy lejos de ser lo regular que ellas habían sido durante la temporada. Permanecían muy cargadas a la banda, no pedían la pelota, ahí había un cuadro típico de temor a fallar. Recepcionaban y la pelota nos les quedaba a modo, siempre larga; iban por lo alto (las dos tenían buena estatura para ir por arriba) y sus remates se perdían, intentaban el regate pero lo anunciaban tanto que le daban a las defensas contrarias media vida para reaccionar. Aquella dupla necesitaba que el primer tiempo terminara.
Fue Ruth la que, luego de armar una pared y terminar con disparo contundente, empató el juego a uno. A todo el pueblo del Atlético le regresó el alma al cuerpo en ese momento.
El árbitro mandó a todo el mundo al descanso y cada equipo se dirigió hasta su banca donde ya esperaban las indicaciones, los consejos y los reproches. Yo sentía que, a pesar de la gran carga emocional que nos jugaba en contra, estábamos bien, desde la defensa habíamos tratado de salir jugando y con personalidad lo habíamos logrado. Cuando el rival nos tapaba las salidas en corto yo buscaba en el despeje a Ruth, pues como se me había educado desde muy pequeña: la pelota debía ir siempre al diez (“la” diez en este caso).
Se les hizo la indicación a las delanteras de que tuvieran confianza y eso fue un conjuro pues lo que ocurrió fue…
¡Gol! Apenas el árbitro había reanudado el juego, no pasó ni un minuto de la segunda parte y Vane, con un tiro de fuera del área raso y pegado al palo izquierdo de la portera, había marcado el gol que ahora nos ponía en ventaja. Vane había sido, luego de Ruth, nuestra manera más simple de encontrar el gol durante todo el campeonato, era una delantera que buscaba combinarse con sus compañeras, pero que si se encontraba solitaria no temía aventurarse en eso de regatear hasta a dos defensas si era necesario, poseía un buen tiro de media distancia y así había encontrado el gol esa noche de superación de límites propios.
El pueblo colchonero estalló en júbilo, mis compañeras se abrazaron de alegría, pero entonces comenzó el asedio de nuestra portería por parte de un rival que ahora debía matar o morir, ya no podían echarse a esperar y aprovechar el espacio en largo. O planteaban algo importante o se morían de nada, y vaya que nos la pusieron complicada.
La gente dice que tuve al menos dos buenos lances, lo cierto es que a mí me parecieron rutinarios, no me quedé con la sensación de que mi marco hubiese estado realmente en serio peligro y el partido se iba metiendo en el embudo de los minutos finales.
Nosotras no podíamos encontrar el gol que nos ampliara la ventaja. Aquello iba a ser de serie de penales por empate agónico o de triunfo nuestro por ajustado marcador.
Conforme el tiempo se escapaba, el temor crecía cada vez más. Fue entonces que ocurrió la jugada que realmente me heló la sangre cual magia negra de invierno.
Ellas tenían una gran jugadora que portaba la número diez. Básicamente, durante casi todo el juego, mis mediocampistas y defensas la habían secado, pero era de esas de personalidad felina que esperan a su presa antes de gastar energía inútilmente en persecución desesperada.
Así ocurrió, en uno de esos rebotes de medio campo, a ella le cayó la pelota con una inusitada ventaja, se llevó en regate, que pareció lo más fácil de este mundo, a mi última defensa, no perdió el equilibrio al hacer el paso final y quedó mano a mano conmigo.
Una gota de sudor frío me escurrió por la mejilla cuando salí al borde de mi área en aquel intento de achique último. Los pasos hacia la frontera entre mi territorio de portera y el campo ignoto los realicé de manera algo torpe y apurada, no había tiempo que perder ni espacio para regalar. 
Ella alzó la vista, las buenas jugadoras siempre lo hacen antes de definir. Se miraba tan tranquila…
Era ya muy tarde para intentar la finta a lo Jorge Campos y por supuesto, no me iba a despatarrar al estilo Peter Shilton. No, a esa delantera le iba a costar trabajo. Hice lo que mis padres futbolísticos me habían enseñado se hace en esos casos frente al pelotón de fusilamiento: el Cristo. Planté la rodilla izquierda sobre el suelo y doblé un poco mi pierna de ese lado hacía afuera para cubrir la mayor cantidad de espacio posible. La rodilla derecha no tocó el suelo, era el punto de resorte por si el intento no era por los costados sino por encima de aquella cruz imaginaria. Mis brazos los coloqué un poco más cerca de mi torso a diferencia de como los tiene el salvador cristiano en todos los cristos de madera del mundo. Mis manos no tenían clavos pero puse las palmas bien abiertas como si cada centímetro de la extensión de cada uno de mis dedos fuera necesario en ese escorzo antes del desenlace.
La número diez de ellas pateó con la parte interna de su pie derecho y la pelota me pasó por un costado, apenas un poco por encima del talón de mi pie izquierdo.
Mi vida futbolística la miré pasar… los campos de tierra de Cuemanco, la plancha de pavimento de los partidos en la calle, el lindo césped del Centro de Capacitación y su escuelita de fútbol, me pareció sentir en mi lengua el rancio resabio del caucho de las nuevas canchas sintéticas que se te mete en los zapatos de forma molesta; por mi cabeza pasaron cada partido de aquel campeonato y de todos los campeonatos anteriores, cada buena atajada celebrada y cada gol en contra lamentado, observé también el rostro de aquellas compañeras colchoneras que siempre me habían hecho sentir que yo era un regalo del cielo para ese equipo en un mundo donde las porteras somos un bien escaso.
Y vi a Jimmy Floyd Hasselbaink, aquel delantero holandés de color que fue Pichichi, fallar aquel penalti que en el año 2000 significó el descenso del Atlético de Madrid a la segunda división del fútbol español, su rictus de dolor, un gesto que pensé yo iba a repetir…
No quise mirar de inmediato, pero el “¡uhhh!” del público me lo anunció: la número diez de ellas había mandado la pelota a un lado, se había fallado el gol del partido, el gol del título, el gol del ascenso.
Puse la mano izquierda sobre el piso y ya más tranquila me volví a mirar dónde había quedado la pelota. Los latidos de mi corazón bajaron al punto normal. El árbitro señalaba el saque de meta y no sabía que en realidad me señalaba a mí, de manera personal, que: usted sigue viva y en juego.
Los minutos posteriores fueron un trámite. Esa falla sepultó no solo a aquella buena jugadora sino a todas sus compañeras. Nosotras seguimos en nuestra alerta hasta que el árbitro dijo que era todo con un tremendo silbatazo.
La bulla del campeón se hizo. Todas mis compañeras corrieron a abrazarse nuevamente. Yo mantuve la serenidad y solo se me ocurrió caminar hasta mi colega que vivía el infortunio, como lo hizo Kahn con Cañizares en aquella final de Champions hace casi veinte años, ya habría tiempo para celebrar, primero había que ser solidarias con la compañera de soledad. La otra guardameta me ofreció un tímido “felicidades” y nos dimos la mano y un abrazo.
El Atlético festejó, se tomaron las fotos y se elevaron al cielo los hurra respectivos. Se obtuvo el trofeo y se recibieron todos los halagos y felicitaciones. Es muy probable que el torneo siguiente, ya en la primera división, nuestra realidad sea muy distinta. Estaremos peleando por no descender, por mantener la categoría, por dar buenos partidos para no recibir sendas goleadas; pero al final del día, este proyecto, pase lo que pase, es un hermoso intento de hacer las cosas en el fútbol. Estoy enamorada de este Atlético que le da cabida a muchas que en otros equipos no tendrían lugar salvo para estar en la banca y cooperar con el pago del arbitraje, que las convierte en protagonistas de su propia historia, de este “nunca dejes de creer” del joven Adán y sus once demonios mujeres. Estaba… estaba escrito.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

MARTES. La Unión Deportiva de Mujeres Santa Fe




El Santa Fe era el equipo al que le correspondían los días martes de nuestra existencia. Jugaba en una canchita de fútbol rápido localizada en el techo de un gimnasio de renombre en la ciudad, y había sido fundado por Chío, una de esas amazonas que ya acumulaban años de andar jugando, una de esas otras mujeres igual de enfermas por el fútbol que por alguna razón maravillosa no pueden dejar de jugar aunque las lesiones lo impidan (ella se recuperó de su rodilla y sus ligamentos rotos).
El gimnasio era un complejo de tres niveles que ofrecía a sus usuarios cientos de bandas caminadoras, canchas de pádel, vestidores y vapor, alberca olímpica y cafetería con productos light para hacer permanecer la sensación de que en todo momento, incluso comiendo un postre, se estaba cuidando la línea. El acceso era controlado rigurosamente y el último nivel de aquel edificio era el que había sido utilizado para ofrecer fútbol de azotea.

La cancha era más pequeña que lo permitido para una cancha de fútbol rápido, así que solo se jugaba cinco contra cinco. La alfombra y las tablas de madera que formaban un redondel en las esquinas hacían creíble que aquel diminuto espacio era en realidad una cancha. Una red evitaba que el balón saliera volando hacía la calle y la canchita de fútbol compartía la azotea con otra de básquet que también era enana en proporciones.
Este lugar era de los más humildes que se podían encontrar en su tipo en la ciudad. Había sitios más ostentosos y onerosos para jugar en azoteas, que ofrecían incluso un ambiente mucho más hipster y los partidos se grababan y se transmitían por internet (como si alguien viera nuestros juegos además de los usuarios mismos).
La canchita donde jugaba el Santa Fe no dejaba de tener ese sabor a fútbol transgénico, así mismo era lo más cerca que podíamos estar de cumplir la ilusión de jugar en el Teatro de los Sueños, ¡había vestidores, háganme el reverendo favor! Era la versión que la gentrificación nos ofrecía acerca del fútbol: un lugar nice en el cual, luego del partido, podías bajar a tomarte un café o una cerveza artesanal con tus amigas.
Acerca del nombre del equipo, Chío contó alguna vez que no sabía qué nombre ponerle pues era principiante en aquello de formar y llevar equipos, por ello se decantó por el nombre del lugar en que uno de sus compañeros trabajaba: el complejo financiero de Santa Fe. El lugar, era una historia llena de abuso de poder, dinero y necedad, un terreno extenso donde la oligarquía del país encontró el sitio perfecto para por fin aislarse de la clase popular que ya abarrotaba la Ciudad de México. Sobre los cerros del occidente de la metrópoli que antes habían sido minas, construyeron una sub-urbe alternativa que expresaba su deseo de un mundo ideal, es decir, sin gente humilde. Sin embargo, en cierta forma fallaron, porque sus oficinas no pudieron llenarlas de gente bien, tuvieron que reclutar a la misma clase godín de la que esperaban por fin separase para siempre.
Y los amigos de Chío trabajaban en una de esas oficinas en el complejo de Santa Fe y ella decidió ponerle así al equipo. Lo de Unión Deportiva de Mujeres es un derecho que se tomó la autora para apaciguar su pensamiento izquierdoso y su culpa por aquello de jugar en la cúpula de una plaza comercial.
El equipo se formó con otras amigas de Chío, pero a aquel batido de jugadoras talentosas le faltaba el cementante que antes era la unión y la fuerza de todo equipo de fútbol que se respetara: en el Santa Fe la integrantes no eran estudiantes de una misma escuela, no trabajaban en la misma oficina y no vivían en el mismo barrio. El sentido de identidad en el Santa Fe era complicado, salvo el gusto por el juego y la amistad que cada integrante podía tener con la fundadora del equipo, no había ninguna otra cosa que uniera emocionalmente a aquel conjunto.
También habrá quien diga que hoy en día así son casi todos los equipos amateurs, y a falta de estadísticas habría que asumir al menos que podría ser; pero el que algo sea la norma no significa de antemano que este bien o sea el mejor modo.
Chío, fundadora y capitana, era una jugadora de diez, mediocampista que lo mismo robaba balones que acomodaba pases con toda la ventaja para las delanteras, una cinco que a Cruyff le hubiese encantado tener en su Barça si alguna vez al genio de Holanda se le hubiese ocurrido formar un equipo de damas. Y esa referencia al Barcelona es el mejor halago que se le puede hacer a esta jugadora.
Sus amigas también jugaban bien.
La guardameta se llamaba Bárbara y tenía reflejos y técnica notables, una agilidad felina saltaba al paso luego de pocos minutos de juego y ya no dudabas de que ahí había una gran guardameta que sacaba de quicio a las delanteras rivales cuando salía en plan de muralla china.
En la defensa, Yara era aquella que despejaba todo lo que le llegaba, sin problemas ni riesgos, por falta de más defensoras naturales o nominales le acompañaban, ya sea Lou, una mediocampista con más características de diez, de enganche elegante, que de defensa.
El medio campo en una cancha tan pequeña como la de aquel mall era prácticamente inexistente, por lo que se podía afirmar que de la defensa se podía pasar al ataque hasta por rebote. Ergo, no se podía hablar de jugar el medio campo, un espacio minúsculo de la cancha que casi todo el resto de los equipos se saltaba, sin más, con un pelotazo.
Arriba estaban una serie de jugadoras que individualmente la rompían, pero que nunca se pudieron acomodar en lo colectivo.
Laura era la más killer de todas, rostro de muñeca que no rompe un plato pero que con un tiro letal y mucho gol, no corría tanto pues esperaba el momento justo como si de una patera negra a la caza de su presa se tratara.
Jeni era la otra jugadora en ataque, ligera de cuerpo y andar casi inocente, tenía un regate en corto muy eficiente y también sabía definir con frialdad, era la más generosa en eso del sacrificio para bajar a defender.
También, estaba Karen, alta, de cabello corto y con menos técnica que sus dos acompañantes, pero con una capacidad para alcanzar los rebotes y para el remate de cabeza que la hacían experta en los goles imposibles, a veces ni ella misma se creía las joyas de anotaciones que hacía.
En los últimos días del equipo, y ante la falta de jugadoras constantes, se había integrado Melina, una argentina de cabello rubio que jugaba también adelante, con mucho tesón y que, cada que erraba una jugada, soltaba maldiciones en las que incluía frecuentemente la expresión: la concha de tu madre.

Y poco más que eso era el Santa Fe en donde la autora encajaba en la defensa para dar algo de calma a un juego que, en esa cancha tan pequeña y bardeada, se desarrollaba a velocidades estresantes.
El resto de los equipos de la liga eran buenos, había gente capaz en todos ellos, pero además se repetía un patrón: a varias de las jugadoras de esa liga te las podías encontrar como compañeras o rivales en el resto de las ligas de fútbol de la zona. Hacen falta números para hacer una aseveración del tipo “creo que no más allá de un grupo de cien mujeres alimentábamos el desarrollo de la docena de ligas amateur de la zona sur de la Ciudad de México”, pero esa era la impresión.
Por supuesto, luego del boom mediático de la liga femenil profesional, muchas mujeres que no se habían atrevido a jugar tomaron coraje y se lanzaron a la cancha sin importar su nivel de juego; por lo tanto, no faltaban en todas las ligas equipos nuevos formados de inexpertas. Aunque eran refrescantes, este tipo de equipos también venían acompañados de las dificultades propias de la gente que por el solo hecho de intentar algo creen que ya tienen derecho a todo.
Regresando al Santa Fe, aquellas mujeres terminaron aquel primer campeonato apenas arriba de la media tabla. El talento y la capacidad no alcanzaban cuando se jugaba con una jugadora o hasta dos menos y cuando en el resto de los equipos también había calidad. Algunas veces los otros conjuntos también llegaban incompletos y la cosa se emparejaba, pero entonces aparecía la mala suerte que acompaño al Santa Fe desde su nacimiento de probeta, con goles imposibles de fallar que se fallaban, rebotes que terminaban de forma trágica dentro de nuestra portería, o pifias arbitrales que terminaban, también, dentro de nuestra portería. Sin embargo, ese devenir errante y casi gitano era la ligera amalgama de aquel conjunto al que le costaba un esfuerzo demandante hacerse manada dentro del campo.
En el Santa Fe un martes firmábamos un partido de ensueño, daba gusto vernos jugar, y al martes siguiente dábamos cátedra de errores y despistes, daba pena vernos jugar. Aquel performance de cuarenta minutos cada martes era, entre toda su incertidumbre, la manera en que se encontraba gusto y placer por hacer lo que nos encanta, por el juego que deleita, y hasta transgresor a pesar de estar encapsulado dentro de aquel centro comercial.
De esa forma, cada gol, cada pared, gambeta o jugada brava, desafiaba el orden de las cosas, nos ponía cerca del cielo y nos hacía no faltar cada martes a las jugadoras del Santa Fe. No era solo compromiso, no había ahí un masoquismo mal entendido, era que a veces las cosas salían tan hermosas en el juego del Santa Fe que valía la pena intentarlo cada martes.
Así nadie entendía a las jugadoras inconstantes, cómo era que podían permitirse perderse de aquellos intentos. Quizás era que a ellas nadie les había mostrado que el fútbol podía serlo todo o nada, y quizás nunca lloraron una eliminación de nadie en una copa del mundo, sus razones tendrán las jugadoras inconstantes del mundo.
Lo cierto es que desde el comienzo fuimos muy pocas, y aunque cada semana se decía que se buscarían más jugadoras, estás escasas veces se terminaban quedando en el equipo. Ese era el Santa Fe que se coló hasta la liguilla, fase final de aquel campeonato.
La ida de los cuartos de final la habíamos empatado y, debido a esos esfuerzos infructuosos de justicia que se han inventado en el futbol para desempatar un partido, el equipo estaba obligado a ganar el partido de vuelta ya que el rival había terminado arriba en la posición general de la tabla luego del torneo regular. ¿Qué se puede decir? Así son las liguillas, en México somos expertos en eso de inventar estos desempates, en Sudamérica lo saben por la Libertadores y en Europa por la Champions, ya sean goles de visitante, mejor posición en la tabla o terceros partidos en cancha neutral, el empate no puede prevalecer pues solo puede ganar uno.
Y estaba el Santa Fe en esa situación de equipo que no termina de encontrarse ni afuera ni adentro de la cancha.
El previo al partido había lesionadas, jugadoras agotadas (en estado de vejez explicó una), compañeras que llegarían tarde, uniforme incompleto y una de esas lluvias que no terminan nunca de caer y parece que durarán toda la maldita noche. Con la cancha mojada, con la desventaja de tener que ganar, nos presentábamos las que éramos, las que pudimos ser, pero no comenzamos tan mal, de hecho todo mejoró como por hechicería y, aunque terminamos pidiendo la hora, logramos remontar el marcador. Esa noche nos tomamos la foto del equipo, era un momento para guardar, estábamos en la siguiente ronda, la vida era buena.
Fue en la semifinal que todo el brillo alcanzó apenas para no perder por más de un gol y dejar todo para el partido de vuelta.
Las rivales eran una de esas escuadras llenas de jugadoras muy hábiles que poco saben del juego. Esto es, mujeres con mucha capacidad, habilidad y oficio, pero nulo entendimiento del valor del fútbol que practican; para este tipo equipos el campo de juego es un buen lugar para humillar a quien se deje, consideran que los árbitros siempre les marcan en contra y, entre tantos reclamos, cualquier psicólogo diagnosticaría paranoia; además, saturaran negativamente el ambiente de cada partido con mofas y reclamos dentro y fuera de la cancha. Nunca faltan equipos como esos en todas las ligas del mundo. Nadie está para juzgar estas formas, son válidas y de hecho ganan y mucho, la altanería no se sostiene con derrotas, pero quizás no saben que ganar de cualquier forma, por absoluta que sea, es perder en cierta manera junto a todas. En resumen, la marrullería, otra de esas malas costumbres en modo de copy-paste del fútbol varonil, daba a algunos equipos la falsa sensación de empoderamiento femenino.
Y el Santa Fe, cuya unión como equipo apenas estaba en cocimiento, terminó contagiado de ese ambiente pesado en la semifinal.
Nuevamente apenas justas, con las cargas de la vida diaria de cada una, la que llegaba tarde por el tráfico, la que había tenido un mal día en el trabajo, la que había pasado insomnio, la que no se sentía bien de salud, la que tenía problemas con la familia o con la pareja. En el Santa Fe hablábamos poco de nosotras mismas y de la vida de las otras; sabíamos que tal o cual era pareja de tal o cual, quizás que una vivía al norte o al sur de la ciudad, que una trabajaba hasta tarde pero quién sabe en qué tipo de empleo, éramos un rompecabezas que trataba cada martes de unirse dentro de la cancha. No teníamos un entrenador ni guía, éramos como una horda de bárbaros sin general que tenían en esa semifinal, frente de si y a la cual enfrentarse, una experimentada legión romana… y así nos fue.
Las rivales pusieron muy temprano mayor distancia y para cuando nuestro juego comenzó a nivelar las cosas ya íbamos abajo por tres tantos. No nos levantamos más, en cambio el rival aumentó su ventaja y el sueño escapó, como había escapado todas las veces anteriores en todos los planos en los que una apuesta el afecto en el juego, así dolió perder aquel partido.
Una por dentro se siente miserable pero es deber guardar las formas, porque ganar o perder es parte del juego y de hecho, las probabilidades de ganar del Santa Fe eran más un lanzamiento de dados que una certeza basada en la lógica.
Lo cierto es que nos ganaron bien, alguna de mis compañeras dejó la explicación contundente de que las rivales eran superiores en técnica y no solo en majaderías, y lo eran; pero una no podía dejar de preguntarse cuál hubiese sido el resultado si este Santa Fe aventurero hubiese salido en una de esas noches de belleza y perfección, una noche de gracia para esa manada.
Otra situación negativa de ese partido fue que la liga en ese partido puso dos árbitros y no uno, y nos cobró como si de un colegiado con gafete FIFA se tratara. Una entiende las razones de los dueños de las ligas para hacer ciertas cosas que aumenten o garanticen su tasa de ganancia, una entiende que hasta en este nivel amateur el fútbol es un negocio, pero eso no puede manchar la pelota (no pongo el versículo de la cita, pero ustedes saben quién la dijo) y los dueños de las ligas es algo que pocas veces pueden ver. Nosotras reclamamos el alza del coste a pagar, pero al final lo asumimos pues suponíamos que era mejor ganar o perder en la cancha que fuera.
Para colmo, existían los partidos por el tercer puesto, otra mala costumbre adquirida de las Copas del Mundo masculinas, que tiene su razón de ser, tanto en las copas del mundo como en las ligas amateurs más anónimas del mundo, en lo económico. Deportivamente representa la terrible posibilidad de perder dos veces o de ganar algo que nadie quiere: el tercer lugar.
El Santa Fe nos presentamos en tiempo y forma a disputar ese nefasto partido por el tercer puesto, pero el otro equipo había decidido no asistir (sensatas las rivales). La liga sabía que el otro equipo no asistiría y aun así no lo comunicó, se decidió poner un equipo sustituto de última hora para no perder en lo económico. Y ese fue el acabose de la mala suerte del Santa Fe, la infamia no fue permitida dos veces y no jugamos por el tercer puesto, decidimos abandonar la liga antes que representar la simulación. Se podrá decir que atentamos contra el fair-play y quizás; pero cuando las razones son económicas y solo eso ¿dónde queda el deportivismo? A la FIFA y a los dueños de las ligas del mundo, amateurs o profesionales, solo les interesa una cosa ante todo: mantener su beneficio económico, y ahí el fair play pierde dimensión y la rebelión contra eso cobra cierto sentido. 
Así mismo, se podrá decir que la del Santa Fe fue una grande derrota, pero importa mucho como se interpreten los hechos de un equipo de fútbol, y mucho más cuando se trata de uno de mujeres. Luego de desairar el tercer puesto, las jugadoras del Santa Fe bajamos a uno de los bares de la plaza comercial y bebimos mucha cerveza juntas, como si hubiéramos ganado, no había nada que celebrar pero nos quedamos juntas por última vez.
Luego de una hora en comunión de botanas y bebidas, bajaron al mismo bar las que nos habían derrotado en la semifinal, nos contaron que les habían cometido una seria injusticia y por ello habían perdido la final. Y claro, los equipos que siempre ganan creen que solo pueden perder por complot. Como colofón, aquel equipo insultó a la liga y despreciaron ser premiadas por el segundo puesto. Las que ganaron el campeonato, entre las que había jugadoras que yo conocía, me contaron una versión más simple de los hechos de aquella final, muy diferente a la del robo en despoblado del que las que las otras se sentían víctimas. ¿A quién creerle? Supongo que a ambas, cada quien cuenta las cosas “a cómo le va en la feria”.
Y aquel bar parecía ser sede de las que desprecian trofeos que no sean los de primer lugar, pero nosotras no nos sentíamos robadas, al contrario, nos embargaba la sensación de haber hecho lo correcto y el enojo que alguna pudiera tener ya se había diluido con la cerveza, las botanas y la charla.
Todo había sido muy rápido, lo cierto es que al menos durante esos pocos días en que duró el Santa Fe, cada una dejó en la cancha un pedazo de sí misma para aquel intento de colectivo. Aquel Santa Fe que no estuvo junto ni seis meses, no se reunirá veinte años después alrededor de un asado para recordar su paso en ese único torneo que alcanzó a jugar, tampoco se acordarán mucho de nosotras en esa liga; pero quedó ese sabor, ese sentimiento, el de caminar juntas esos meses con la vida libre como único beneficio, el de la belleza al menos durante algunos partidos, el de la rebelde unión de mujeres de Santa Fe, manada que, al día de hoy que se escriben estas líneas, todavía está en busca de un bosque en donde cazar.

*Pocos meses después, parte del Santa Fe, manteniendo el nombre, jugó un torneo en la competitiva liga del Estadio Azteca de los sábados, reforzado por Jessy Suárez, Magali Díaz, Diana Trigueros y Laura Callejas, el equipo dio algunos muy buenos partidos y marcó goles memorables. Fuimos eliminadas durante la liguilla, en serie de penales, durante el único torneo que jugamos ahí.

miércoles, 26 de septiembre de 2018

LUNES. Balas Perdidas.



Como en cualquier urbe occidental, el lunes se le presentaba espeso a los habitantes de la Ciudad de México que obedecían horarios de oficina, ejecutaban deberes domésticos impostergables o atendían al llamado de campanas escolares que anunciaban el comienzo de una primera clase en un punto del día en el que todavía no se había asomado ni el sol. El andar viscoso por las calles se volvía tan inhumano que ya no valía la pena ni preguntarse la razón por la que se soportaban trayectos de treinta minutos a dos horas enlatado en un automóvil particular, apachurrado en un autobús o respirando un coctel de perfumes, desodorantes y sobacos en un atestado vagón del metro. Conforme la mañana iba aclarando, el cuerpo se adaptaba nuevamente a la rutina y se resignaba a saberse atrapado, nueva e inevitablemente, en el primer día de la semana.
Para cuando el reloj marcaba la una de la tarde, las calles continuaban bulliciosas pues, según testimonian los taxistas y conductores de UBER,  ya no había momento del día en que la ciudad estuviese tranquila. El proletariado que se mudó de la fábrica a la oficina salía cual marabunta de los edificios hacia los puestos de comida callejeros para improvisar el almuerzo. Y luego de esa pausa, que sabía un poco al fin de semana que recién nos había abandonado, todos regresaban al puesto de trabajo, porque había que ganarse el pan y, principalmente, pagar las deudas.
Entonces, entre las cinco y las ocho de la noche se producía el escape milagroso rumbo a casa si no había horas extra que cubrir. Los estudiantes del turno matutino que habían huido poco antes de las aulas, habían sido reemplazados por los del turno vespertino que tenían el dudoso privilegio de mirar desde casa la mañana de ese lunes con altos niveles de smog. En fin, la noche del lunes no dibujaba ninguna esperanza porque de antemano se sabía que mañana solo sería martes.
Los lunes, malditos sean los lunes.
Es entendible entonces que el lunes y el fútbol estén peleados desde tiempos inmemoriales (pregunten sino a los aficionados del Eintracht Fránkfurt). Sin embargo, desde hace algunos años, los jugadores amateur de la Ciudad de México sabemos que cualquier día es justo y bueno para jugar, incluso el lunes. Por supuesto, esto ya lo sabían desde hacía mucho todos los niños que convertían patios o calles en campos de juego, pero por alguna razón los adultos lo habían olvidado. Pero un día, las ligas de aficionados comenzaron a explotar espacios cada vez más pequeños para jugar y crearon canchas en casi cualquier rincón de las ciudades tacañas que habían expulsado a los campos de fútbol once (con todo y su césped o barro) del escenario. Esos nuevos y diminutos espacios atendieron la demanda de tiempo de juego que el fin de semana ya no alcanzaba a cubrir, y fue ahí que apareció la rutina futbolera semanal diaria para los adultos; aquello fue como volver a ser niños otra vez.
Hoy en día, al menos en Ciudad de México, ese monstro de más de veinte millones de habitantes, es posible jugar un partido cada día de la semana, de lunes a lunes. Los hombres se beneficiaron de ello casi desde el comienzo, pero la particularidad de este texto es que aquí se cuenta la versión de esa mitad del fútbol que, incluso si llega al sueño profesional, está condenada por cultura a jugar el partido desde la desventaja, siempre de visitante, eternamente destinada a ver cada partido desde la platea de sol a la que también le da la lluvia. Esa parte del fútbol es la femenina, en este caso específico, la de las brujas pamboleras de una fracción de la porción sur de la Ciudad de México.
Ciudad de México es fútbol por todas partes, desde el amanecer del siglo XX y sus campos de tierra en los barrios de la Condesa y la Roma que vieron nacer a las escuadras del Atlante, el América o el Necaxa, hasta los días de adulto maduro del Estadio Azteca y sus dos copas del mundo de apellido Pelé y Maradona. La actualidad del fútbol local está ahora ligada a la televisión como dueña, a los programas de polémica futbolera y a las denostaciones entre las diversas aficiones a través de las redes sociales y actos violentos.
Más abajo, en el amateurismo, conforme la ciudad crecía a lo largo del siglo XX, los campos de juego iban quedando cada vez más lejanos y desterrados, sustituidos por torres de departamentos al estilo Pani, y solo algunos permanecieron estoicos entre la mancha urbana que devoraba todo tipo de áreas verdes. Cuando mi generación era pequeña, a mediados de la época de 1980, ya era evidente que a nuestra ciudad le hacían falta parques, árboles y césped. En cambio, le sobraba smog, automóviles, delincuencia y estrés; era un feo lugar para crecer, era un mal lugar para vivir, pero era lo que teníamos para jugar fútbol.
Hoy, año mundialista del 2018, la ciudad no ha cambiado mucho. Se presume progresista y ciertamente algo hay de eso: algunos ciudadanos tomaron seriamente la defensa de cada árbol de esta urbe y algunos de ellos sostienen batallas imposibles de ganar en contra de los especuladores inmobiliarios obsesionados en construir más condominios que nadie habitará. Una variante de estos usureros son los que comenzaron a aprovechar el poco espacio disponible para llevar el producto del fútbol a los jugadores amateur todos los días de la semana. Así, nos pusieron primero, a principios de los noventa, canchas de fútbol rápido, una variante del fútbol sala con el terreno de juego limitado por bardas de madera, como para evitar que la fantasía se escapara por falta de técnica. Este tipo de  variante del juego fue popular en los noventa y los centros donde se concentraban estás canchas llevaban nombres sugerentes a la velocidad que, debido a las bardas,  tomaba el juego. A mediados de la década del 2000, esta variante del juego perdió popularidad, las bardas de las canchas, comúnmente construidas en madera, se pudrieron al paso de los años y a alguien se le ocurrió sustituirlas por canchas de una nueva variante mucho más barata de mantener: el fútbol 7.
En el fútbol rápido había cinco jugadores de campo más el portero y se jugaban cuatro tiempos (cuartos) de diez a quince minutos cada uno. En el fútbol siete, como su cabalístico nombre lo indica, se permiten seis jugadores de campo más un guardameta y ya no hay bardas de ningún tipo que evitan que la pelota (más chica que la de fútbol once) salga del terreno de juego, además de que solo hay dos tiempos de veinte minutos de duración cada uno. Y así, esas canchas de fútbol siete fueron apareciendo como contagio por toda la ciudad, solo en algunos pocos sitios la nostalgia triunfó sobre la moda haciendo prevalecer una que otra cancha de fútbol rápido.
Como las dimensiones de una cancha de fútbol siete son todavía considerables para una ciudad en la que cada metro cuadrado tasa su precio en oro (exagero, pero no mucho), algunos especuladores aprovecharon espacios más pequeños, o incluso azoteas de edificios o centros comerciales, para versiones de futbol cinco o de menos jugadores; ya solo nos falta ver si alguno no hace (y cobra por) una liga de fútbol solo, de 1  contra 1.
Volvamos a nuestro día, ese lunes, justo nos tocaba jugar en una cancha de futbol cinco no apta para claustrofóbicos; una canchita ubicada a unas cuantas cuadras de su casa (aquí ustedes responden: muchas gracias). La canchita compartía, irónicamente, espacio con dos canchas de fútbol soccer (de las poquísimas que quedaban en el interior de la ciudad) y una de futbol siete, además de cuatro campos de beisbol (¡todavía más escasos!).
Orientada de norte a sur, estaba la legendaria cancha uno del sindicato de Tranviarios, su césped era sagrado pues ahí, cuando la liga era de las mejores de la ciudad entre los años 70 y 90 del siglo pasado, varios exjugadores profesionales (“talacha” le decimos en México a esta especie de semi-profesionalismo) jugaron en los equipos de esa liga. Todas las escuadras podían presumir al menos una figura que en años anteriores había pisado la Primera División, varios la segunda o tercera divisiones, y no podías jugar sobre ese césped si no habías pasado, cuando menos, por las reservas de alguno de los clubes profesionales del país. En aquel entonces, la pipiolera gustaba de entrar al medio tiempo de los partidos para pelotear en la cancha y no pocas veces aprovechaba para pedir autógrafos a los jugadores famosos. Eran tiempos de esplendor.
La cancha ya se separaba entonces de la avenida Municipio Libre por una reja habitada por enredaderas, la entrada estaba sobre uno de los costados de la cancha y, paralelo al campo, estaban los vestidores de jugadores y árbitros (con regaderas) más una pequeña tienda donde se vendían refrescos Lulu y Crush. Al límite de este complejo, estaba el pequeño graderío techado del lado Este (había otro idéntico del lado Oeste) que eran apenas unas cinco filas de asientos de concreto; y sobre estas gradas los viejos empleados del sindicato se sentaban a mirar los juegos a los que no les faltaba calidad y emoción, aquello era como el Parque Asturias resucitado en concreto y lámina luego de ser quemado.
Atrás de las porterías había varios árboles acomodados en fila india que hacían la función de recogepelotas estáticos poco eficaces. Más al sur estaba la cancha dos y, entre el lugar que dejaba el graderío Este con la calle, había un pequeño espacio pavimentado que era utilizado como estacionamiento. Y sobre este pequeño estacionamiento de treinta metros de largo por trece de ancho (sí, exactamente trece) es que, cerca del año 2014, se construyó la canchita de fútbol cinco de Tranviarios. Al pavimento solo le colocaron encima una capa de pasto sintético, se ubicaron algunas sillas para conformar las banca de los equipos local y visitante, y se instaló un marcador electrónico. Un pequeño graderío, techado en lámina, completaba el marco.
El equipo de los lunes lleva aún hoy por nombre las Balas Perdidas, y es uno de esos casos de sobreviviente de tiempos antiguos, épocas en las que las ligas de fútbol para mujeres eran una rareza, algo más difícil de ver que un leopardo de las nieves sobre avenida Periférico. Por supuesto, en esos años de principios de siglo, las Balas Perdidas no jugaban en la canchita de Tranviarios (que ni siquiera existía en esos ayeres), no, jugaban en la liga del Ajusco, la del Colegio Madrid, que por mucho tiempo fue el oasis del fútbol femenil amateur de la parte sur de la ciudad. Y comenzaron como Dios manda, como un equipo de fútbol once, algo ya muy escaso en estos días.
Diana fue una de las fundadoras del club, ella lleva ya más de veinte años jugando. Su historia era como la de muchas, como la de todas, primero, por falta de ligas exclusivamente femeninas, jugó en equipos mixtos de niños. Para cuando fundó con otras de sus amigas a las Balas Perdidas, ya tenía un buen recorrido por las canchas.
Diana cuenta que Pol llegó a las Balas poco tiempo después de su fundación. La llegada de Pol significó el establecimiento de la institución de la gran capitana del equipo, aunque Pol no siempre fue una líder, al principio era reservada y no se le veían entonaciones de ser una cabecilla de un grupo de guerrilleras.
Como fuese, Pol cambió de carácter y se echó a las Balas Perdidas al hombro y, hasta el día de hoy, portando siempre la cinta de capitán y no pocas veces siendo su mejor jugadora, lo mismo trabaja en la defensa que asume el papel de goleadora. La actuaria de casi cuarenta años de edad no solo pone orden dentro de la cancha sino también fuera, en la cuenta del pago de los arbitrajes y otros asuntos relacionados con la logística del club.
Helles era la última de las que quedaban de la vieja guardia, de los días pasados sobre el césped de las canchas del Ajusco. Su perfil era tranquilo y lo expresaba no solo en la precisión de sus pases, también en la preparación de sus postres y pasteles que eran un completo placer al paladar. Su talante ligero y recorrido por todo el campo de juego, como si no se cansase nunca, hacían creer que por algún lugar había encontrado la fuente de la juventud eterna, o quizás solo se trataba de llevar una buena alimentación y estar en paz. Alguna vez hablamos del origen de su nombre, que se lo debe a Hele, un personaje de la mitología griega cuya muerte ahogada a las puertas del estrecho de los Dardanelos le da nombre también al cabo que abre las puertas del Mar Negro allá en Turquía. De hecho, ese angosto paso es histórico por la tragedia de haber sido escenario de la campaña de Gallipoli durante la Primera Guerra Mundial, y es, por lo tanto, un cementerio de soldados de esos tiempos. Y, justamente, las Balas Perdidas parecían jugar cada lunes una batalla contra la falta de jugadoras y las probabilidades, a veces las salvaban las granizadas y las tormentas de rayos típicas del otoño, pero no siempre.
A estas tres mosqueteras que quedaban no les hacía falta técnica ni hábito. Lo que ya no alcanzaban a cubrir las fuerzas, la potencia o el ímpetu de tener veinte años, lo cubría la experiencia. Pero tenían ese serio problema de que no eran suficientes ni para mantener un equipo de fútbol cinco, por ello, se hicieron a la tarea de buscar refuerzos, actividad que prácticamente era una constante dentro del club.
Yo llegué a las Balas Perdidas apenas ese mes de agosto. Fue de la mano de Tania, una jugadora que ya no estaba en el equipo pues había emigrado a los Estados Unidos.
De Tanía escribiré mucho más sustanciosamente en estos pergaminos pues tendré que hablar de sus Naranjas, por hoy solo diré que Tanía me invitó a jugar a las Balas Perdidas con el objetivo de ocupar la portería durante las semifinales del torneo de verano en la canchita de Tranviarios. Quisiera poder decir que mi integración resultó en el mayor de los éxitos, pero la realidad fue que perdimos aquel partido de semifinal y también el del tercer puesto… menudo refuerzo el mío.
Para el siguiente torneo, el paso del equipo fue irregular y hasta desalentador, las Balas Perdidas navegamos casi todo el tiempo en la media tabla y, al final, quedamos fuera de la posibilidad de pelear por el campeonato.
Las ligas amateur de la Ciudad de México (y supongo que del mundo entero), para no perder económicamente durante la fase de finales, se inventaron los llamados torneos de consolación con todos aquellos equipos que no alcanzaron a calificar. A este campeonato se le llama de distintas maneras, en la mayor parte recibe el dudoso nombre de torneo de copa, en otros se es más honesto y se le llama copa para pichones. En fin que ese torneo nos tocó jugarlo a las Balas Perdidas y lo ganamos. Fue uno de esos triunfos que de antemano una sabe que tienen poco valor, que vale más ser eliminada en la primera ronda de las finales de a de veras que ser campeona de la copa para pichones. Además, para ese entonces, las Balas Perdidas comenzaron a crear el sello que las distinguía hasta hoy: jugar siempre en condiciones precarias, con una jugadora menos cada partido pues en ese entonces varias de las jugadoras de antes, incluida Tania, ya se habían ido del club. Algunas jugadoras nuevas llegaron, otras venían y no se quedaban.
La semana anterior, en un lunes de angustia, habíamos enfrentado al equipo de Cabañas, una de esas jugadoras notables por su calidad y amor al juego, y cuyas compañeras no eran menos capaces, eran de las mejores de la liga.
Las de Cabañas estaban completas esa noche y eran un conjunto de mucho toque y tenencia de la pelota y quizás eso nos convino, pues de haber sido un equipo más vertical y contundente el de esa noche, muy probablemente nos habría ido muy mal.
A nosotras, como marcaba la tradición, nos hacía falta una jugadora. Así, les entregamos el trámite del partido y apostamos a la defensa ultranza con la esperanza de mantener el marcador lo más próximo a no perder la dignidad además del aliento.
 Por su parte, las de Cabañas apostaron a la paciencia y al traslado de la pelota, seguramente entre ellas se animaban diciéndose la frase que todo futbolista se dice cuando las cosas no comienzan a salir bien: “va a caer, es cuestión de tiempo”.
Fue esa una queda de esfuerzo y efectividad casi al cien por ciento pues los tres contragolpes que tuvimos los cambiamos por gol, cada que las de Cabañas anotaban nosotras, de manera improbable, alcanzábamos. El gol del empate, el último, el del tres a tres, ocurrió a pocos minutos del final y fue para mí un alivió, como si me rescataran de la muerte cuando ya abordaba la barca que cruzaba el Aqueronte. El milagro había ocurrido, habíamos salido vivas de esa y de otras anteriores de similar factura.
Al final de ese juego, les dije a las Balas Perdidas que no podíamos estar viviendo de heroísmo cada lunes porque hasta a los más queridos hijos de los dioses del estadio se les acababa la suerte algún día. Necesitábamos sustentar en algo más firme nuestra cosecha de puntos en esa temporada o de lo contrario volveríamos a quedar fuera de las finales. Por alguna razón, llegó el martes, el miércoles y los demás días sin que realmente pasara algo, o que nosotras hiciéramos alguna cosa para solucionar nuestra situación.
Y era lunes otra vez. Nuevamente, solo éramos cuatro. El rival era otro de esos equipos serios que en un descuido te pueden meter diez goles en un partido si no opones la necesaria resistencia, el Tam Team, jugadoras con talento, jóvenes, ordenadas y que sin lugar a dudas entrenaban o llevaban mucho tiempo jugando juntas, cualquiera de las dos cosas podía explicar su armonía como conjunto que se asemejaba más a una familia.
De hecho, desde su creación, la liga femenil de los lunes en la canchita de Tranviarios se había caracterizado por tener muy buenos equipos y jugadoras, algunas de las que ahí estuvieron ahora formaban parte de la Liga MX profesional femenil. Sus escuadras campeonas habían siempre sido de abolengo. Sin embargo, casi como a cualquier liga, a la de Tranviarios se le acusaba de mal arbitraje, de tener preferencias, de ser un cabaret donde en cada fase de liguilla desfilaban “cachirules”, jugadoras de alto nivel que no ponían un pie durante la temporada regular y que de pronto aparecían en la fase final para reforzar a algún equipo. Y es que había dinero en juego, los primeros lugares se llevaban un premio económico y, como ocurre casi siempre cuando el capital se une al deporte, la mente de los dueños de equipos, de las jugadoras y de los propios organizadores de la ligas, se nubla.
Al fin rumores, a la que escribe esto no le consta y sobre el arbitraje, lo único que se puede escribir es que era cuestionable al mismo nivel del arbitraje que hay desde los juegos de niños hasta la primera división profesional varonil, algo que ni el VAR podrá solucionar nunca, gracias al cielo.
En fin, en el chat de las Balas Perdidas, a unas pocas horas antes del encuentro, se discutía si nos presentaríamos o, de manera canalla, optaríamos por faltar y perder por default. Al final, la resignación nos detuvo en aquello de cometer el crimen de no asistir y así decidimos presentarnos y que pasara lo que tuviera que pasar.
El dueño de la liga, Rafa, un joven entusiasta del fútbol femenil, nos había propuesto, con tal de no hacer frente a un juego perdido por default, encontrarnos algún refuerzo para esa noche. Ante esa esperanza es que nos inclinamos por no dejar plantado a nuestro rival.
Una como guardameta tiene a veces este tipo de previas, llenas de tomarse las tragedias que se vienen de la mejor forma, una especie de sabiduría para no volverse loca porque las goleadas en contra que te toman por sorpresa son experiencias amargas, traumas que afectan tu personalidad, que nunca se te borrarán de la mente (investiguen sobre el caso del portero Nicky Salapu de Samoa Americana que se comió los 31 goles de parte de la selección de Australia en plena eliminatoria mundialista). Esa noche, yo tenía esa sensación de que me iban a llenar la canasta y que había que tomarlo con serenidad. Si salíamos con un cinco a cero era un buen negocio, pensaba.

Por el pasillo que daba de la puerta a la cancha apareció entonces la primera señal de que aquello sería épico, era Ruth, nuestro flamante refuerzo recién conseguido por el dueño de la liga.
Mis compañeras balas  no sabían de Ruth, pero yo sí, se trataba de una de las jugadoras más fascinantes que hasta entonces me había tocado conocer, tenía una técnica depurada y un gran tiro de pierna zurda, cuando la vi llegar se me iluminó el horizonte.
Ruth ya estaba vestida con un jersey azul que imitaba el uniforme oficial de las Balas Perdidas que en ese momento era una réplica de uno de esos del Barcelona, vayan ustedes a saber con certeza la campaña exacta y si había sido el segundo o tercer uniforme del club culé; eso sí, ya llevaban impresas esas remeras el logo de la aerolínea catarí.
Además, Ruth siempre tenía una sonrisa en su rostro cada que me la encontraba por las canchas del mundo (bueno, solo de la Ciudad de México), dentro del campo demostraba toda la bondad que sentía por el buen trato a la pelota, esta misericordia casi tan bíblica como su nombre, la combinaba con un oficio que le permitía competir en cualquier situación. Era, en resumen, una guerrillera de esas que juegan mejor cuando todo está en contra, además era al menos diez años menor que Diana, Pol, Helles y yo.
“Con esta chica ganamos”, me alegré.
Ruth me saludó contenta de verme otra vez en otra cancha. Bromeamos y hasta reímos.
Ya todo estaba completo, se presentaron los balones, las jugadoras ya tenían atadas sus cabelleras, el árbitro ya había checado los registros, las guardametas ya portábamos nuestros guantes y no había lluvia, era otra noche de lunes perfecta. Y así, con el ánimo a tope por la certeza de que los milagros en las Balas Perdidas pueden repetirse una y otra vez sin dejar de ser mágicos, fue que comenzó el juego.
Las rivales comenzaron dudosas el partido, no fueron lo suficientemente atrevidas como para comerse el flan que tenían enfrente.
En cambio, nosotras, salimos a ser agraciadas y en dos sendos contragolpes pusimos el marcador a nuestro favor: 2-0. Ruth era el centro de gravedad de aquello, Pol por fin tenía una socia con la cual conjurar buen fútbol, Helles le daba la dinámica al equipo y Diana, Diantia como le decían sus amigas, la fundadora de las Balas Perdidas, no erraba ninguna pelota.
En la portería yo la pasé tranquila hasta que el rival entendió que aquello no iba ser salir a cazar tortugas. Apretaron el acelerador y, antes del final de la primera parte, pusieron las cosas un poco más lógicas: empate a dos goles.
En el medio tiempo nos preguntamos cómo estábamos. Yo andaba preocupada porque asumía que el físico no nos iba a alcanzar para terminar el juego con ese milagroso empate, pero el resto de mis compañeras no compartían mi temor, al menos no lo manifestaron. Aquella reunión de equipo al medio tiempo fue más alegre que angustiosa.
Para la segunda parte el rival volvió a regodearse con la pelota. La número diez de ellas de nombre Liliana Orozco, repartía caños a mis compañeras pero, como el rayo, aparecía algún relevo a manera de marca escalonada y la desarmaban. Por otra parte, el poste evitó la caída de nuestra puerta en al menos dos ocasiones y eso me hizo saber que Dios, el de los cristianos, el de los musulmanes y el de los budistas si lo tuvieran, estaba con nosotras.
El asunto se iba metiendo en el callejón del final del tiempo reglamentario. A pocos minutos del término del partido hubo una falta un poco delante de nuestro medio campo. Pedí la pelota para cobrar la falta y hacer que Dianita se fuera más arriba y la delantera de ellas estuviese obligada a seguirla. Otra de las delanteras se paró a la distancia reglamentaria para hacer de única barrera. Le pegué a la de gajos con el empeine un poco de lado y le metí dentro una oración  en la que al menos le pedía a la providencia del fútbol que la pelota no regresara nunca al campito de Tranviarios. Pero la providencia nos dio mucho más que aquello,  la pelota se coló por el ángulo que le tocaba cubrir a la portera y cuando besó las redes me retornó el alma al cuerpo. Un poco de estrés y de herrumbre se me cayeron de tajo.
Mis compañeras estaban ya exhaustas y desgastadas, pero entendieron la importancia de su papel en esos últimos minutos: defender ese gol como si se tratara del último pozo de agua en el medio del desierto.
Y el asedio hacia nuestras murallas fue furioso por parte del rival. Como colofón, el Team Tam había destrozado la semana anterior por 19-1 a su rival en turno esa noche, no llevaban ninguna derrota y marchaban muy por encima de nosotras en la tabla de posiciones. Seguramente, aquel inesperado tres a dos a falta de pocos minutos para terminar el partido las tenía que poner en predicación y confusión, aquello era inexplicable, porque esas cuatro ancianas (la que escribe también está a un paso de los cuarenta años) y una refuerzo de carácter de profecía bíblica, les estaban arrebatando lo que se suponía iba a ser un simple trámite en su camino a la cima. Quizás por ello, su prisa y esfuerzo fue temible en esos últimos minutos, fueron bravas y valientes, no solo su número diez, Lili, acarreaba peligro a nuestro marco, su hermana Andrea, de disparo letal, también nos puso en serio predicamento, hasta Marlene, su defensa, se animó a ir al ataque; pero el sortilegio, por una de esas cosas extrañas del juego, las abandonó.
Fue ahí que volvió a aparecer Ruth para retener la pelota, sacar las faltas a las rivales, meter la pierna fuerte en la marca y pedirme calma en todo momento. Pol ya estaba más ocupada por defender que atacar y Helles y Diana sabían que no había marguen de error, si fallaban una sola vez aquello se volvería a empatar.
En ese filo de navaja hubiésemos terminado el partido sino es porque nuevamente los dioses nos favorecieron. En uno de los poquísimos tiros de esquina que tuvimos, una defensa de ellas rompió la pelota con un globo alto que iba a caer en mi zona fuera de mi área, ahí la bajé de pechito. La jugadora más adelantada de ellas ya iba a mi caza. Le puse tan bien el pecho a la redonda que esta hizo una linda parábola en corto y hacía arriba y le volví a meter el pecho cuando volvió a bajar, aquello fue como amamantar un niño en rebozo, y cuando la delantera rival ya estaba muy cerca de capitalizar mi exceso de confianza, le pegué con la derecha sin dejarla caer, nuevamente la intención era mandarla a donde fuese; pero, como un proyectil en tiro parabólico, la pelota cruzó todo el campo y volvió a colgarse de la misma escuadra por la que había entrado en el tiro libre, era otro homenaje a José Luis Chilavert, otro gol de guardameta. Aquello fue la locura.
Debo aclarar que probablemente esos dos goles no hubiesen sido si la portera titular de las Tam Team hubiese estado en el marco ese día, porque era excelente guardameta y llevaba varios juegos lesionada y durante esos partidos hacía de DT de su equipo.
En ocasiones anteriores les había tocado a Helles o a Diana ser las heroínas del partido, más veces ese honor había pertenecido a Pol, pero por aquella extraña ocasión, aquel gusto me había correspondido y lo disfruté con la alegría que daba la victoria inverosímil.
Y ahí, en medio de la tranquilidad del cuarto gol, el tiempo terminó de consumirse, el milagro era, otra vez, marca registrada de las Balas Perdidas. Nos abrazamos y nos tomamos una foto para conmemorar la hazaña. Se nos ordenó desalojar la banca pues otro partido se llevaría a cabo y así terminó un lunes más de aquel drama llamado Balas Perdidas.
Un equipo de larga vida, un hermoso conjunto de mujeres que son ya hechiceras honoris causa del fútbol de esta ciudad, una ciudad que sabe que poco a poco, conforme avanza el reloj de esa noche, se libra, un minuto a la vez, de que sea lunes… los benditos lunes.




*Meses después, tuve la fortuna de ser parte también del Tam Team de Lili, Andrea, Paou y Marlene, durante un breve periodo, en las canchas del Estadio Azteca, fue un honor.
**Jugué con las Balas Perdidas varios años más, se incorporaron en ese tiempo buenas jugadoras como Chaio, Denis, la Niña, y Clarita, con ellas ganamos y perdimos siempre al estilo Balas Perdidas, con el corazón en la mano y hasta el último aliento. 

  Jorge Peñaloza, el Cobi , era el capitán del equipo de fútbol que representaba a Segundo Alfa en la liga local escolar de la secundaria Té...