domingo, 27 de enero de 2019

DOMINGO. Las hermanas




Por un momento, hasta los motores de los carros de la avenida Taxqueña dejaron de hacer ruido, si hubiera habido mariachis sobre la cancha estos también hubieran callado. La portera de ellas había colocado bien su barrera, con dos de sus jugadoras más altas; no puso más, pensando quizá en que el tiro libre se cobraría desde Alaska.
La pelota ya estaba en su sitio, quieta, tan enmudecida como todo lo demás.
Algunas de mis compañeras aguardaban un posible centro o un rebote cerca del área, casi sin respirar pero sin dejar de participar en el juego de jalones y desmarques. Sé que la hermana Susy, mi central, se quedó atrás, cerca de nuestra portería, porque eso de que las porteras cobren los tiros libres siempre implica que una defensa pueda hacerse cargo de ser el último salvamento por si todo sale mal.
Y el mutismo lo rompió otro insulto de ellos, los de la porra rival que, embrutecidos por el alcohol y envalentonados por el anonimato, se creían muy graciosos y se la habían pasado todo el partido escupiéndonos ofensas soeces a mis compañeras y al árbitro. Solo ellos se rieron de su propia mofa, quizás porque ya tenían hartos a todos los demás en la tribuna, pero los soportaban porque era evidente que estaban en el clímax de su vicio.
Yo regresé la mirada a la pelota que debía golpear, sin decir nada, sin quejarme de nada.
El árbitro pitó. A todo le volvió la propiedad del sonido y golpeé la redonda con la seguridad de haberle metido suficiente embrujo para que pasara por encima de la barrera. Y la pasó. Luego se colgó del ángulo y el grito de gol se le escapó a mi pueblo, a las hermanas, a las del club Sisters que ahora se iban arriba en el marcador por uno a cero en una tensa final por el campeonato de liga.
La avenida regresó a su escándalo, los pájaros cantaron, los niños rieron de nuevo, el vendedor de frutas anunció su producto con un grito de su voz tiesa, y si hubiera habido mariachis… hubieran seguido la fiesta; pero en cambio, ellos no, ellos se quedaron callados, no se les escuchó insulto alguno, luego del gol los ebrios enmudecieron. Dicen que los borrachos siempre dicen la verdad, así que su silencio, luego del gol en contra, fue sincero.
 Las Sisters eran un homenaje a la fraternidad desde su nombre. Habían sido fundadas por hermanas sanguíneas, como el Necaxa de los Once Hermanos de la década de los veintes, pero con el pasar de los años habían terminado adoptando en la familia a otro mundo de jugadoras que nada tenían que ver con el lazo sanguíneo original. Eran, sin embargo, selectivas; no invitaban a cualquiera y, por eso, cuando recibí la invitación de pertenecer a esa prole de mujeres futboleras me sentí afortunada.
La madre superiora del asunto era Monse; además era la guardameta. Poco después de que llegué yo, ella tuvo una infortunada lesión en su mano derecha y yo tuve que salir al paso para suplirla en el arco. A pesar de ello, siempre estuvo en cada partido del equipo desde la tribuna, apoyando a sus hermanas.

Antes de mi inclusión, yo había jugado varias veces en contra de las Sisters en la liga de la Alberca Olímpica, siempre fueron un equipo complicado, e incluso nos derrotaron alguna vez en una semifinal que se extendió hasta los penales. Desde entonces me parecían un equipo muy sólido, con orden y objetivos.
Al principio jugué con ellas en la canchita de FitCenter, en el corazón de la mercantil colonia Portales, en lo alto del techo de un edificio de cuatro niveles. Ahí, en ese fútbol que literalmente se andaba por las nubes, quedamos terceras.
Por esas mismas fechas logramos el campeonato en la cancha de Calacas, muy cerca del Viaducto Río de la Piedad y del lugar en donde había estado el legendario parque Asturias, esa noche de campeonato Monse tuvo una actuación impecable defendiendo el marco y no recibió ni un solo gol.
Sin embargo, y sin minimizar el resto de su rica historia como club, en esta crónica atendemos a contar lo que sucedió en la liga dominical femenil de Culhuacán, conocida por su nombre comercial Alfer, y que era presidida por Rubén, hijo de la dueña de la legendaria liga de la liga femenil de la Alberca Olímpica de los domingos.
La liga no tenía mucho tiempo de haber sido fundada, pero ahí las Sisters ya habían conseguido un subcampeonato y un tercer lugar.
También a esa liga yo llegué a jugar, pero enrolada en otro equipo, el mítico Porto, club que desapareció en el abandono luego de que sus fundadoras no pudieron conseguir más jugadoras para reforzar a un plantel que nunca pudo hacer válidos los pronósticos de tenerlo todo para ser un equipo ganador. El abandono de las fundadoras no pudo ser sostenido por las pocas refuerzos que quedamos y un día nos cansamos de aquello.
Luego de salir del Porto acepté la invitación de jugar con Sisters y el mandato era poder lograr esta vez el campeonato. Había madera para conseguirlo, las hermanas jugaban, vaya que si jugaban.
Durante la temporada regular el Sisters punteó arriba todo el campeonato y en la liguilla el primer escaño fue bien librado. Para la semifinal, el obstáculo fue mucho más complicado, las chicas de Resto del Mundo que eran un buen equipo. El partido estuvo a nuestro favor por uno a cero gran parte del tiempo, pero ellas empataron ya casi sobre la hora y el asunto tuvo que irse a la definición por penales.
Las porteras adivinamos todos los tiros pero cada uno de los turnos terminaron en gol pese a nuestros esfuerzos y lances en busca de atajar la gloria. Fue el último penal de ellas el que tuve la fortuna de detener gracias a la indicación del hermano Luiz, el director técnico de las Sisters, de aguantar en el centro de mi portería, justo a donde la última cobradora de Resto del Mundo mandó la pelota. Fue un triunfo inextremis y realmente nos alivió no haber sido eliminadas por aquel equipo que sin duda hubiese sido un digno finalista.
Así pues, las Sisters volvían a acceder a una final que se llevó a cabo una semana después, en un domingo frío y brumoso de enero en punto de las cuatro de la tarde.
Las rivales eran otro equipo de mucho cuidado, las Cuervas. Un equipo ávido de lograr el campeonato y que vestían con la camiseta albiceleste de la Argentina, por carácter les quedaba justa esa franela. Ese día las Cuervas tenían buenas jugadoras de sobra, pero sin duda destacaba la que llamaban Mary, una de las mejores jugadoras de la liga y cuya clase para jugar era notable, su postura, sus dribles… era evidente que había sido entrenada por grandes maestros de este deporte.
Las Sisters, en cambio, esa tarde no tendríamos cambios, y ni siquiera tuvimos cuidado de llevar suficiente agua. Nos conformábamos con sabernos un buen conjunto, pero también uno que no se confía, que nunca subestima al rival. La semifinal en contra del Resto del Mundo nos había dejado la enseñanza de no dejar crecer al contrario, de liquidarlo en cuanto se pudiera para evitar resurrecciones innecesarias.
Esa tarde de final, el sol ya estaba cargado hacía el suroeste y sus rayos eran factor para quién defendiera la portería norte de la cancha más grande del deportivo Culhuacanes. Esa portería era la que me tocaría defender el primer tiempo y era la que daba hacía la avenida Taxqueña, una calle de seis carriles divididos en dos sentidos por un camellón que servía de casa a una serie de eucaliptos.
La cancha tenía buenas medidas para jugar al fútbol siete en su largo y en su ancho, pero su alfombra lucía ya muy desgastada por los elementos naturales. Le faltaba caucho y le sobraban semillas de eucalipto, árboles que no se limitaban a habitar el camellón de la avenida sino que ocupaban todo el parque Culhuacán. El vergel ocupaba una cuadra entera del poblado de pasado prehispánico, con sus canchas de básquet, algunas pequeñas de fútbol y mucho prado para que los niños jugaran; los días domingo el lugar se llenaba de familias, vendedores ambulantes de algodones de azúcar, nieves y raspados. Era un escenario extraño entre aquella modernidad inhumana de dispositivos móviles propia del siglo XXI.
Regresando al partido, ni siquiera había comenzado el primer tiempo cuando ocurrió la primera anomalía de la tarde: el dueño de la liga, Rubén, sería el árbitro. Tenía gente más capacitada para ello pero había decidido mandar a sus otros árbitros a pitar el juego por el tercer puesto o a disfrutar de la tarde en la comodidad de sus casas. Nos explicó que la razón era que el equipo Cuervas no se llevaba bien con el otro árbitro disponible, pero la razón nos parecía a todas insuficiente, casi ridícula. Rubén no era árbitro y si aquello ardía, le faltaría el oficio de nazareno para sacarlo adelante. Él chico era sin duda una buena persona, amable y tranquilo, atributos que poco sirven a la hora de conducir un partido de final de liga con catorce leonas despiertas y hambrientas.
  Luego de esa confusión, por la cual el juego se retrasó en su comienzo unos minutos, todas las jugadoras ya estaban en sus puestos, Rubén solo tenía un silbato y era lo único que tenía de silbante pues no llevaba la vestimenta óptima para esas ocasiones, estaba, en lo dicho, vestido de civil. En la grada oriente estaba casi toda la porra visitante y los curiosos, en su opuesto estaba nuestro poco pero entusiasta apoyo: nuestra lesionada Monse, la hermana Jessy (también lesionada), Erik, esposo de la hermana China, y sus hijos.
El caso de la hermana Jessy era una tragedia para el club, ella se había lesionado durante la temporada (fractura por bache malnacido de la cancha) luego de haber sido la goleadora del club. A cualquier equipo al que le quiten a su goleador sufre cualquiera que sea el camino, y nosotras lo sufríamos, lo padecimos el resto de la temporada. En gran medida, si se nos daba la divina gracia de quedar campeonas ese título iría especialmente dedicado, tanto para la hermana Monse como para la hermana Jessy.
Los primeros minutos del juego fueron un choque de esfuerzos y buen fútbol de ambos equipos. Las Cuervas apostaron por lo obvio, darle la pelota al diez, a su mejor jugadora, Mary, quien desde el medio campo generó la mayoría de los numerosos ataques de su equipo. Para mi fortuna, la nueve de ellas no estaba en su día y le costaba devolver las paredes que la diez le pintaba e incluso fallaba en la recepción de la pelota y en los tiros a gol.
También fue cierto que a la hermana China salió en una de esas tardes providenciales en que como defensa cortas todo y hasta se dio el lujo de agregarse constantemente al ataque, sin miedos ni conjeturas. La hermana China llevaba siempre el cabello atado en trenza pulcra, era delgada y de piel cobriza, además de ser una de esas pocas jugadoras que no les molestaba usar maquillaje al jugar. Además era valiente y se iba con esa tranquilidad al ataque porque la hermana Susy, mi central, era la que se quedaba en la retaguardia.
Esa tarde la hermana Susy no había salido con la confianza del resto de la temporada, yo la notaba nerviosa y casi nos hacen un gol por una descoordinación que ella y yo tuvimos cerca de nuestra área al intentar despejar. Como ya dije, la nueve de ellas estaba con el santo de espaldas esa tarde y desaprovechó el regalo que le dimos vaciando su disparo por un costado de nuestra portería.
Para colmo, en un choque fuerte con una de las delanteras rivales durante los primeros minutos del partido, la hermana Susy recibió uno de esos golpes llamados dormilones y el dolor la molestó casi todo el juego; se notaba, pero nunca abandonó, al contrario, mantuvo a raya a las rivales y cuando hubo que despejar lo hacía sin miramientos.
En el medio campo, cargada por la derecha estaba la hermana Viri, uno de los refuerzos de esa temporada y que tenía el don de la calma y la cadencia para tocar la pelota. Casi siempre resolvía bien las jugadas aunque en eso pareciera tardarse mil años, además tenía un buen tiro a gol y no rehuía a defender con callo cuando las contrarias atacaban. En ese primer tiempo estuvo más ocupada en las labores defensivas pues las Cuervas sumaban mucha gente al ataque, era evidente que nos habían estudiado en nuestro funcionamiento.
En el medio estaba la joya de la corona del Sisters, la hermana Jeny, una joven de complexión ligera y habilidad como dios manda. Era la que mejor entendía el juego y la media cancha era su hogar, ahí solía recuperar balones y luego, con la redonda bien pegada al pie, avanzaba entre las rivales como en slalom de esquiador. Por esa forma de juego constantemente recibía faltas, pero ese día, ante la falta de un árbitro de profesión, las rivales la estaban cocinando de patadita en patadita, evitando su avance y su libertad para ir al frente. Y eso confirmaba mi aseveración de que las rivales nos habían estudiado, pusieron tanta atención en la hermana Jeny que confiaban en que eso nos cortara todo el juego, y durante gran parte del primer tiempo eso fue justamente lo que sucedió.
Jugando más libre estaba la hermana Ivette, cabello siempre bien peinado e inteligente para jugar, parecía jugar más al ajedrez que al fútbol. Si la partida era de jugar raso y por abajo, Ivette destacaba pues siempre era precisa, si el asunto era brusco, como el de esa tarde, ella pasaba más tiempo tratando de quitar pelotas a las contrarias sin mucho éxito.
Y arriba estaba la hermana Sara. Mis despejes esa tarde siempre iban hacia ella porque era excelente para cubrir y recibir la pelota aún en un estanque lleno de tiburones, como fue casi siempre aquella tarde. Era un ejemplo de tesón y voluntad, persistentemente daba la vuelta sobre las defensas, pero esa tarde, por alguna razón, decidía avanzar por la banda izquierda (que no era su perfil) en lugar de por la derecha. Por ello, a pesar de tomar ventaja por pura potencia de piernas sobre las contrarías, no atinaba a disparar con fuerza y colocación con su pierna no hábil para terminar sus escapes. Además, tardaba mucho en darse la vuelta pues las defensas de Cuervas no eran en absoluto inocentes ni contemplativas, siempre marcaban de a dos y muy de cerca a Sara quién en ese primer tiempo estaba viendo su suerte bastante negra.
Nosotras no tuvimos una chance realmente muy clara de abrir el marcador, pero las Cuervas si tuvieron al menos dos. La primera nació del error de Susy y mío que ya he relatado; una segunda se armó por la magia de Mary, la mejor de las Cuervas, cuando una pelota le quedó botando por su banda derecha y la recibió, no le mató el bote, al contrario, avanzó aprovechando la parábola y justo antes de que la pelota cayera le pegó como con un tubo hacía mi portería. Yo había dado algunos pasos para achicar, intento desesperado y leyendo que le iba a pegar con todo. El tiro me pasó por la derecha, me estiré todo cuanto pude sintiendo el esfuerzo en cada una de las vértebras de mi espalda, y volé por los aires. Sé que le saqué esa pelota de la escuadra superior derecha y le robé el grito de gol a su pueblo, que ya para entonces había comenzado la letanía de burlas e insultos hacía nosotras. La pelota pasó por encima del travesaño. Yo di tremendo costalazo sobre el suelo sintético de la cancha de Culhuacán al caer y se me escapó una lágrima al saber que había realizado una de las mejores atajadas de mi vida, una de esas que sueña toda portera, despojar una pelota de gol a la escuadra.
El primer tiempo se fue así, conmigo adolorida, con la hermana Susy adolorida, con la hermana China en plan grande, con la hermana Viri en desgaste, con la hermana Jeny anulada, con la hermana Ivette sin pesar y con la hermana Sara chocando contra el muro plantado por las Cuervas. No estábamos bien, pero el cero a cero lo teníamos bien ganado, nos había costado.
Ante la situación, el hermano Luiz debía ajustar o moríamos. Marcó los errores cometidos y planteó una nueva estrategia pensada para sobrevivir y vencer en la segunda parte.
Las Sisters siempre habían destacado por tocar mejor la pelota durante todo el campeonato, pero las Cuervas programaban un escenario difícil para hacer eso, con su garra e invasión de nuestro medio campo. Así que esa vez debimos ser versátiles y apostamos por el contragolpe, saltar las líneas y defender bien atrás, invitarlas a entrar a las Cuervas para que ellas dejaran en mano a mano a la hermana Sara, que ya no intentaría por la izquierda sino por el centro.

La segunda parte comenzó y Cuervas volvió a acomodarse mejor sobre el campo, pero nosotras nos mantuvimos tranquilas pues ese era el trámite que habíamos planeado. Un poco más retrasadas, ellas comenzaron a entrar y poco a poco los contragolpes de la hermana Sara fueron siendo más peligrosos, ella comenzó a tomar confianza y sabía que pronto terminaría cazando a su presa, una pelota buena, solo una necesitaba y no fallaría.
Pero el gol no caía, ni de uno ni de otro lado, las delanteras de ambos cuadros estaban siendo derrotadas por la defensa de ambos equipos. El cero a cero se hacía cada vez más peligroso para todas y las porterías parecían malditas y en divorcio con el gol.
Los que si eran unos malditos eran los borrachos de la barra de las Cuervas que seguían en su plan de creerse los amos del universo. A mí ya me habían dado unas ganas de irlos a callar, pero siempre me enseñaron que los mirones gritan y, en cambio, una juega, y con juego una debe de responderles.
Entonces sucedió. La hermana Sara encontró petróleo adelante del medio campo: una falta que Rubén esta vez sí quiso marcar. Y ocurrió lo del tiro libre que abrió este texto, mi homenaje a José Luis Chilavert y Rogerio Ceni.
El sincero silencio de los borrachos que, aun entre su embrutecimiento debió haberles atormentado, fue la corroboración de que la pelota había entrado, era gol. En cuanto vi que la bala entró corrí hacía mi portería vuelta loca, pero no sin antes volverme hacía los borrachos y mostrarles con mis manos el gesto de la “V” de la victoria, ningún insulto, nada de caer a su nivel, solo el simple acento de que aquel cerrojo se había roto y nuestro triunfo que parecía ahora más probable.

Que siguieran bebiendo, que siguieran molestando, nosotras teníamos el juego donde lo queríamos.
Con la obligación de alcanzar, Cuervas comenzó a sustituir el orden por la desesperación y eso nos abrió los espacios para que los pases de la hermanas Viri o Ivette hacia la hermana Sara fueran más amenazantes.
También, en base a la obligación de saberse abajo, las Cuervas comenzaron a apedrearnos el rancho, pero las hermanas Susy y China estuvieron siempre a tiempo para sacar cualquier peligro.
Las Cuervas siguieron marcando muy de cerca a la hermana Jeny, pero también ella encontró más lugar para quitarse a una o a dos rivales y acarrear la pelota lejos de nuestra portería, ganar un saque de banda o hasta cobrar un tiro de esquina.
Se moría la segunda parte y uno de los ataques de las Cuervas terminó en mis manos y desde ahí le lancé un potente despeje a la hermana Sara que hizo la finta de ir a recibirlo pero en lugar de eso la dejó botar. La última defensa quedó confundida y superada por la treta, sin embargo el bote no le favoreció mucho a la hermana Sara. El balón se fue largo. Ella  aceleró como chita en sabana africana en busca de esa pelota que la portera ya había salido también a buscar fuera de su área.
El choque de trenes fue brutal, a máxima velocidad y sin ningún miedo.
La pelota quedó entre las dos jugadoras que representaron una nueva versión de la guerra de los mundos, una buscando anotar y la otra tratando de salvar su portería.
Sé que la pelota la tocó antes la portera, algunas dicen que con la mano, pero el rebote golpeó a la hermana Sara y la pelota, mansamente, como una gota de rocío resbalando por la ventana en un día frío de ese invierno, siguió camino rumbo a la portería de las Cuervas. Y casi sin querer cruzó la línea de gol. Fue el cielo, fue la confirmación, fue una fiesta.
Las Cuervas reclamaron falta pero Rubén no era árbitro, así que en sus antecedentes habían encontrado su perdición.
La hermana Sara quedó derrumbada unos minutos por el dolor del golpe, pero la portera de ellas se quedó todavía más tiempo sin recuperarse. Esos minutos de espera nos dieron el respiro que necesitábamos para tomar fuerzas, enfriar el partido, que digo enfriar, ¡poner en una congeladora en gélido Polo Norte el partido!, y así poder terminar el segundo tiempo con algo de fuerza en los pulmones y en las piernas.
Cuando por fin se hubo reanudado el juego, las Cuervas parecían ya muy desorientadas. Aun así, Rubén les dio vida al marcarles un penal a favor por acumulación de faltas. Si anotaban ese penal tenían tiempo suficiente para poner el juego color de hormiga, en tensión máxima, en el límite de “el último minuto también tiene sesenta segundos”.
Esa tarde yo ya había acumulado una riqueza inmensa con la atajada de mi vida y un gol de tiro libre, por lo que me parecía justo que la mancha de no rime con la portería en ceros quedara registrada. Sin embargo, así son las cosas, Mary era derecha. Lo supe desde que colocó la pelota y dio dos pasos hacia atrás. Yo me paré sobre la línea de mi marco en la postura clásica que había aprendido de los arqueros de antaño, Jorge Campos, Pat Bonner o el gran Goyco, nada que ver con las faramallas y pelotudeces de los porteros de ahora.
Rodillas flexionadas, codos sobre los muslos, vista al frente, al balón, como para invitarlo a venir.
La diez arrancó su carrera y una da un pasito adelante con la pierna derecha, para no romper la regla que impide que te muevas antes pero que te permite tener el resorte suficiente. Te mueves como que te vas para la izquierda pero súbitamente, cuando ella ya pateó, te lanzas a la derecha, tu mejor lado, el más fuerte y el que comúnmente elijen las jugadoras derechas. Y la sacas. Botando queda la pelota y creo que fue la hermana China la que la terminó rompiendo para siempre afuera de nuestra área.
De los borrachos ni una nota, ni un eructo. La falla terminó de derrotar a las Cuervas que todavía tuvieron que recibir el tercer gol otra vez por medio de la hermana Sara. Los últimos minutos se fueron plácidos.
Rubén decidió que era momento de terminar y me derrumbé sobre mi área. Alguna de mis compañeras lanzó un grito de triunfo y el resto de las hermanas comenzaron a felicitarse mutuamente.
Las Cuervas se reunieron cerca del medio campo, en un horrible lugar en donde les daba el sol en la cara. En el medio de aquella desolación alguna de ellas, dicen que su capitana, se sacó de la manga la idea de ganar aquello en la mesa aludiendo que la hermana Sara había jugado alcoholizada.
El chiste se contaba solo, las que habían sido apoyadas todo el partido por personas ebrias ahora querían ganar acusando a una de nosotras de haber abusado del alcohol.
La hermana confesó que había bebido la noche del sábado, pero vamos, una jugadora ebria no te juega un partido y te hace dos goles con defensas tan duras marcándola; y una persona cruda no aguanta dos piques de ida y vuelta antes de morirse de deshidratación sobre el campo. Sara no estaba en ninguna de esas condiciones y para prueba estaba su juego.
Las Cuervas argumentaron que habían reportado a la hermana Sara desde el medio tiempo, pero no respondieron a la pregunta de por qué no haberse negado a jugar sin que Rubén resolviera la situación. Visto desde nuestro punto de vista aquello parecían patadas de ahogado.
Al final, Rubén llamó a su árbitro experimentado, ese que las Cuervas no habían querido que les arbitrara. El árbitro revisó a la hermana Sara y dictaminó que el aliento alcohólico no representaba una causal para anular el resultado del juego.
El mitote terminó con las Cuervas no muy satisfechas, pero una de ellas se acercó a hasta nosotras y nos pidió disculpas por su nefasta porra. Esa jugadora, puso en alto los blasones de su equipo demostrando que se especialmente grande en la derrota.
Ser hábil en el juego no significa necesariamente que sepas jugar, especialmente esto es válido en el fútbol, donde, como decía Casciari, una pone lo que es. De esta forma, hay un montón de gente que cree que le gusta el fútbol, que creen que juegan bien, que lo dominan todo, que son muy chingones… casi siempre esta gente peca de lo contrario, de no haber entendido nada sobre el juego. Se ciegan por los trofeos y el éxito. Ignoran el máximo de los valores del fútbol: el respeto. Se saltan en automático otro gran valor del juego: el compañerismo.
Esa tarde las Sisters recibieron un trofeo que, de no haberlo recibido, no les habría quitado nada en la vida, porque en el juego hay cosas mucho más trascedentes que ganar finales; como jugar con tus amigas, con tu familia, con tus hermanas... porque las hermanas, a diferencia de los trofeos y los títulos, perduran para siempre.

martes, 22 de enero de 2019

VIERNES Los bandoleros del Wolverhampton






En este manuscrito donde se suponía que solo se iba a hablar de estrógenos y fútbol, se cuela la narrativa de un equipo de machos. Y es que no pretendo alimentar ninguna guerra en contra de ellos porque entiendo que el enemigo está dentro de cada una y de cada uno, en la estructura, los roles y esa forma funesta de despreciar la vida a la que llamamos machismo. Considero legítimo el miedo y la rabia de muchas; las aberrantes cifras de feminicidios y violencia en contra de las mujeres solo por ser mujeres lo validan, pero hoy prefiero que este partido que se juega en estas páginas sea una celebración de que, al menos en la cancha, las cosas pueden ser mejores y que desde el fútbol se puede aportar algo a eso que llamamos equidad.
Los equipos que se permiten tener entre sus miembros a quién sea, sea lo que sea, mientras muestre capacidad para jugar y aporte a la camaradería, son faros en este mundo continuamente cegado por la niebla.
Antes, las mujeres que querían jugar fútbol debían asumir eso de jugar con hombres en ligas masculinas pues no había opción; en cierta forma era triste y bastante difícil; más aún, cuando dentro o fuera de la cancha aparecían los Ku klux Klan del barrio, ¡upa, hijos de su rechingada madre, cómo fastidiaban esos mitoteros con sus gritos, burlas, quejas e insultos al acusar de marotas a las mujeres que se atrevían a jugar! Pero al mismo tiempo, esa encrucijada te permitía aprender de los mejores, porque hay que admitirlo: ellos, los hombres, habían sido los dueños casi absolutos de la pelota durante más de una centuria, y si una quiere aprender a volar no va con los peces, va con las aves. Hay que decirlo, las que nos curtimos en esos cielos fuimos siempre las de mayor nivel en las ligas femeniles cuando estas comenzaron a proliferar.
Si te tocaba tener por maestro a uno de esos gallardos que habían logrado llegar a eso de ser profesional en el fútbol, aquello era como saber que te estaba entrenado un jedi certificado tipo Obi-Wan Kenobi. Creo que muchas de la vieja guardia tuvimos ese honor. Ahora, gracias a la lucha y perseverancia de muchas, las nuevas generaciones tienen acceso a eso y más (jedi mujeres, por ejemplo).
Entremos en materia, el Wolverhampton de la liga Premier de los viernes en la cancha del Fragata de Coyoacán era un grupo de desertores. Todos ellos se habían separado de la gran nación de Fútbol Unión, institución fundada por Fede y que tenía un equipo de fútbol para cada día de la semana además de sesiones de entrenamientos.
Fede, un tipo delgado y de cabello crespo, era de esos pocos seres humanos sobre la tierra que habían hecho válido el sueño máximo de jugar en la primera división profesional. Carecía del carácter petulante de saberse privilegiado y en cambio tenía el don del trato amable con la gente, de no haber sido futbolista seguramente se hubiese dedicado con éxito a las relaciones públicas. Juro por estos ojos que eso de que había jugado en primera división no era un mito, era algo que podía comprobarse sobre la cancha, y lo que vi hacer a Fede en cada partido era de otro nivel. Cómo no confiar en tanto fútbol que desbordaba en cada partido, en cada recepción y en cada golpe perfecto a la pelota.
Entrené bajo las órdenes de Fede durante casi un año y fue de las mejores cosas que me pudieron pasar en la vida. Cuando me tocaba jugar en las ligas femeniles yo volaba sobre el campo, cuando me tocaba jugar en las ligas varoniles, lo aprendido en esos entrenamientos me ponía en situación de poder competir sin desmeritar a mi género, al contrario que creo que siempre lo puse en alto. Nunca fui tan prospera en mi juego, ni siquiera cuando tenía diecinueve años y pensaba que iba a vivir por siempre.
Pero todos los ciclos terminan y el mío en Futbol Unión terminó una noche templada de mayo. Atribulada y con el corazón contrito, decidí marcharme y pasaron algunos meses hasta que recibí la invitación de otros que habían salido de la orden de Fútbol Unión para conformar un equipo de parias. Jugaríamos las noches de los viernes. Era una invitación a sembrar sobre el rastrojo.
Algunos de ellos habían pasado por la nación de Fútbol Unión como parte de la gran Fiorentina de la liga del sábado, un equipo que había comenzado como el peor de todos los equipos de la liga y que para el final de nuestro último torneo había logrado alcanzar la calificación a la liguilla. Otros habían sido parte del Everton de los viernes e incluso algunos habían jugado tanto en el Everton como en la Fiorentina.
También, muchos de ellos habían servido bajo las órdenes de Fede en la gran batalla de Camaño, en contra de las huestes del Deportivo Achichipico.
El campo de Camaño era un severo llano de tierra en el fondo de un valle rodeado por mezquites y altozanos a los pies de la Sierra de Huatla. Era campo de fútbol solo porque la cal viva de sus líneas así lo ordenaba. El río Tepalcingo tenía un palco en uno de los costados de aquel campo y si alguna pelota caía en sus aguas durante la época de lluvias, ya se la podía dar por perdida. Sobre aquel acre lleno de anfractuosidades y rodeado de acequias, brazos artificiales del río, el Deportivo Achichipico acorralaba a sus rivales que se atrevían a retarlos. Para cualquier otro conjunto aquel campo hirsuto podría haber representado una terrible amenaza, pero no para la compañía que ese día llevó Fede, aquello era una aventura digna y emocionante para aquellos que se habían presentado ahí a jugar.
El partido aquel se jugó con una temperatura cercana a los cuarenta grados centígrados y nosotros estábamos en el plan de visitantes y de víctimas, las dos cosas a la vez. Al final de los noventa minutos reglamentarios, mis compañeros perdieron una ventaja de dos goles a cero y aquello se fue al tiempo extra con empate a dos, juego bastante parejo.
El trámite del partido había sido terrible, los de Achichipico no eran neófitos y algunos de ellos tenían bastante talento para el fútbol. En el alargue, el marasmo comenzó a ser insoportable y fueron los de Achichipico los que nos pusieron contra la pared; pero mis compañeros tuvieron el tesón para lograr terminar aquellos treinta minutos de locura con un 4-4. Los que mirábamos ya no éramos de palo, lo emocionante del juego nos había hecho brasas el alma.
El local terminó llevándose la serie de penales que continuó con el tenor dramático del resto del juego, pero nos habíamos ganado su respeto y a su vez ellos se habían ganado el nuestro. Fue una tarde grandiosa la de aquella batalla que terminó con los dos equipos bebiendo juntos, todo a base de cuatecomate y caguamas al por mayor. Y varios de los legionarios de aquella gesta de Camaño conformaban ahora el grupo de bandoleros del Wolverhampton.
 Durante la primera parte de la temporada nos fue bastante bien. Luego, pasó lo que suele pasar en casi todos los equipos amateurs del mundo: la gente comenzó a faltar. Hubo partidos en donde jugamos apenas con el mínimo de jugadores permitido y aun así logramos algunas victorias… o al menos logramos preservar la dignidad de manera decente. Pero el bache fue tan profundo que terminamos en el noveno lugar de la clasificación de entre veinte equipos. Sin embargo, no era algo tan malo para haber sido el primer torneo.
En la copa fue que comenzó a suceder lo mejor, aunque no sin contratiempos, fuimos pasando las distintas fases y para la última semana activa de diciembre nos encontramos con que jugaríamos la final en contra del Tottenham, un equipo de respeto en la liga.
A los veintiún días del mes de Diciembre del año 2018, en punto de las siete y media de la noche, sobre la grama sintética del Fragata que otrora había sido un terraplén de barro no menos desolador que el campo de Camaño, los jugadores del Wolver comenzaron a llegar.
Previamente, durante las horas anteriores al juego, ya se sabía que aquello volvería a ser un capítulo sostenido por  el heroísmo pues estábamos justos, no teníamos cambios. Solo uno de los integrantes, Daniel, había dejado abierta la posibilidad de aparecerse esa noche si lograba librarse del trabajo (mis bandoleros en la cancha debían soportar fuera de esta la rutina diaria del godin citadino que se gana el pan y el fútbol con el sudor de su frente).
En efecto, ese viernes tenía su atmósfera de mustio final de semana con ánimos de terminar en posada navideña con borrachera incluida, sin nada que ver con un partido de fútbol. Pero por alguna razón, el rival, la banda del Tottenham estaba completa, hasta podían hacer dos equipos esa noche si lo hubiesen querido.
Nuestra indumentaria era una camiseta en vivo color anaranjado con el escudo del lobo del lado del corazón, los pantaloncillos en negro y las calcetas del mismo anaranjado chillante. Mientras algunos ya peloteaban en nuestra mitad del terreno, otros se ajustaban las calcetas, colocaban las espinilleras, los botines o sepa dios que otros rituales previos hacían para amainar la maldita tensión de esa espera que estaba a punto de llegar su fin.
El alumbrado del campo descubría lo que podía. Los eucaliptos que rodeaban el complejo no parecían morirse de frío como si parecían hacerlo nuestros pocos acompañantes que nos apoyarían esa noche desde la grada, eran las familias o parte de, de algunos de mis compañeros. A una el helado ambiente se le olvidaría luego de unos minutos de juego, pero los que nos apoyaban, que eran poco más de una decena, lo tendrían que sentir todo el tiempo que durase el encuentro y fueron dignos en ello.
La terna arbitral ajustó el cronómetro y llamó a los capitanes de ambas escuadras al centro del campo para el protocolo correspondiente. De nuestra parte hubo duda sobre quién sería el capitán. Al final, Damián fue designado como nuestro comandante para esa noche de final. Todo estuvo listo y el central indicó que otra versión de la guerra por las ilusiones y esperanzas debía comenzar.
Nuestros primeros minutos fueron para desterrar la desconfianza que llevábamos dentro y que nos abatía el alma y hasta los pulmones. Teníamos una larga noche y debíamos encontrar el modo de salir abantes de aquel partido en el que nuestro triunfo pendía nomás de una brizna.
Aún no puedo explicar exactamente a qué se debió nuestro buen comienzo, pero así lo sentimos y realmente fuimos un engramado agraciado como equipo, quizás era la sensación de no tener nada que perder. El Tottenham, al verse superior y sentirse superior (nos habían ganado en la liga) llevó el gasto del encuentro durante ese principio de partido, le pusieron intensidad y fuerza; pero les sobró rudeza y quizás eso fue lo que también encendió los motores de la arcaica nave de deseo del Wolver.
El aspecto de aquellos lobos sobre la cancha era el de una desbandada de perdularios con algunos pocos agregados culturales, nada que ver con los cara pálida del verdadero Wolverhampton de la Liga Premier de Inglaterra donde jugaba el caballero águila Raúl Jiménez. Y nuestro juego era más parecido a eso, a estrategias de nómadas del desierto en tiempos de hambruna. El que el rival llegara queriendo guerrear fue lo que posiblemente más nos convino. De haber asumido otra actitud los del Tottenham quizás se habrían llevado el triunfo sin problemas, pero se habían atrevido a retar a aquellos viejos lobos que eran mis compañeros, esa insolencia nos impidió despedirnos de ese torneo como viles jamelgos.
Debo contarles ahora de mis compañeros: En la portería estaba uno de esos agregados culturales del equipo, era el Mae, el guardameta llegado desde el sur, de la tierra de los volcanes y áreas naturales protegidas, la gran Costa Rica de Keylor Navas y Gabelo Conejo. El tico era un alto y corpulento arquero de cabello siempre bien peinado y barba de candado. Como portero no desentonaba con la raza de los ya mencionados, si salía en una buena noche era seguro que ganaríamos, si salía en una mala le pasaría lo que a todos los arqueros del mundo que se equivocan, ingrata posición la de la portería.
Mae se la pasaba todo el juego gritando y regañando a su defensa. Yo daba gracias al cielo de siempre haber sido compañera de aquellos hombres y no su rival pues eran literalmente unos malditos en el juego, se las sabían de todas todas y gustaban de traer a pan rancio y meados a los delanteros rivales. Raúl era el dueño de esa central, un tronco robusto de piel morena y corte de cabello estilo militar, era un tipo que en el campo daba la impresión de ser un peñón pedregoso y hostil. Era duro con los contrarios, si estos soltaban la lengua él sacaba el hacha y desde ahí se veía a qué cuero le salían más correas. Por arriba era casi imbatible y solamente si lo tomaban mal parado en el espacio en largo es que realmente se volvía vulnerable, pero ese era el problema para los rivales, sorprenderlo. Afuera el tipo era de buen corazón, en realidad aquí los defensas los voy a describir secamente porque sobre el campo eran como planetas agrestes donde los delanteros rivales debían ir a mendigar balones, pero fuera siempre me parecieron grandes tipos.
El otro central era Armando, igualmente corpulento aunque con mucha más técnica que el resto de su defensa, lo cual nos servía para darnos mucha tranquilidad en la salida. Una de las laterales era de otro digno habitante del Tollan, con la calva completa y el pundonor desbordado, Morza era uno de esos guerreros que todos quieren tener en su ejército: incansable, inmisericorde y sin vergüenza de ir al ataque. En la otra lateral desfilaron un montón de jugadores que no se hallaron hasta que llegó Roberto, el último de los agregados culturales del equipo, llegado desde la tierra que a Cristóbal Colón le pareció el paraíso terrenal, la pequeña Venecia como la llamó el mentiroso de Vespucio, y que terminaría siendo la gran Venezuela. Su barba y su cabello largo le daban el aspecto de ser realmente uno de aquellos piratas que se ocultaban en los rincones del Orinoco en los tiempos de las calaveras y galeones. Roberto había dicho durante mucho tiempo que era delantero, pero el fútbol no se atiene a lo que una le dice, el balompié es el que te coloca en la posición donde eres más apto, y eso le pasó a Roberto que encontró en esa visión de la lateral la paz futbolística.
La defensa la completaba David, un auténtico barril de pólvora. Lo mismo jugaba la central que la lateral, y en ambos puestos, por lo alambicado de su juego, se notaba su origen de mozo educado en las inferiores de algún equipo profesional. Pero era de mecha corta, si un rival lo molestaba David lo hacía pagar, y no lo expulsaban por las faltas que cometía, no, lo echaban por lo que dichas infracciones podían desencadenar después: le sacaron más tarjetas en el campeonato por sus reclamos que por sus golpes certeros a las piernas de los rivales. Era muy sensible a las injusticias y los árbitros no suelen ser justos en ningún caso, y así explotaba el polvorín.
Esa defensa mantuvo vivo al equipo durante varios partidos a lo largo del torneo. Sí, cometían errores pues eran humanos, pero luego de cada error los vi levantarse y seguir en la batalla cada vez.
El mediocampo del Wolverhampton fue un cabaret durante todo el torneo, era el sitio más inestable del equipo, por sus posiciones desfilaron multitud de jugadores que ya hasta los nombres de la mayoría los he olvidado.
El terrateniente de la zona era Diego, uno de esos tipos raros que le van al Atlante a pesar de todo. Diego había sido educado azulgrana y ese carácter era el que le ponía a cada pelota que disputaba en la contención del Wolver. Llevaba la calva expuesta como Morza y era sin duda el de más sapiencia a la hora de plantear un partido. Lucha, fortaleza y de vez en cuando un buen pase es lo que aportaba Diego. Yo era la escudero de ese hombre en esa zona del campo, corriendo a lo que él me indicara y llegando dónde él me dijera, la infantería del equipo con tipo de Juana de Arco descalichada, y no era algo que me desanimara, al contrario, servir para cualquier cosa en esos partidos, aportar aunque sea un regreso a toda velocidad al menos para hacer mosca al rival, me llenaba.
Por una de las bandas estaba esa noche el Yayo, ya no tenía el juego rasposo de los de más atrás (mucho menos yo lo tenía), pero su ida y vuelta por su banda era uno de los canales más transitados del Wolver para poder ir al ataque. Era un impredecible, lo mismo te hacía una jugada de crack que cometía una falla imperdonable. Ese día de la final jugó uno de sus juegos más brillantes, gracias a las estrellas que así fue.
Y esa noche jugamos con dos delanteros, qué insolencia la nuestra. El primero más recogido como falso nueve era Martín, un tipo alto a estilo Zlatan, y explosivo cuando tenía la pelota. En un juego había logrado anotar la friolera de cuatro goles prácticamente él solo… era así, a veces pasaba inadvertido y de pronto aparecía como un fantasma. En la semifinal, la cual ganamos por uno a cero él había hecho el único gol del partido. Era uno de los ídolos de aquel pueblo errante wolverino.
El otro delantero de esa noche era un caso anómalo pues era en realidad un guardavalla, pero como Mae estaba en la puerta y su juego de pies no era el mejor, la opción era mandar a Damián al ataque, a lo Jorge Campos. A diferencia del Brody de Acapulco, Damían era robusto y confiaba más en su fuerza que en inventarse filigranas. Era el poste ideal para el equipo, el tiempo que le daba al juego reteniendo la pelota era vital para que los demás nos pudiéramos agregar al frente de ataque. Hacía goles, algunos de factura tan notable que hacían que se nos olvidara que era arquero.
Hay que decirlo, nuestros delanteros eran capaces de sacar agua de las piedras cuando la situación parecía insostenible.
Ese era a grandes rasgos el Wolver que se plantó esa noche sobre el campo del Fragata, bandoleros sí, pero de los mejores.
La gente gusta de hacer comparaciones entre la edad de las cosas u animales con la edad humana, bueno, en edad humana el Wolver ya tenía arrugas y canas, casi todos los integrantes del equipo ya pasábamos de los treinta y no se asomaba en el equipo ningún canterano que resultara refrescante. Por lo anterior, el juego del Wolver era pausado y paciente, sostenido por la rutina de reducir los espacios pues en largo cualquiera de los jovencitos hábiles de los otros equipos podían machacarnos.
Regresando a la final, no hubo mucho tiempo para que se apareciera el primer mal augurio de la noche. Uno de los delanteros del otro equipo entró desbordando por el centro, justo por enfrente de las narices de nuestra intimidante defensa. Morza jura hasta hoy que él no tocó ni un pelo del cacique aquel que se desplomó dentro de nuestra área como si alguien le hubiera pegado un tiro desde lejos. Raúl lo seguía por detrás y quizás él si le puso alguna patada, vayan ustedes a saber. El caso es que el árbitro nos marcó en contra un penalti que ellos cambiaron por gol.
Ese tipo de cosas afectaban profundamente el ánimo del Wolver pero luego del gol en contra nadie se desesperó. Ni siquiera los árbitros fueron víctimas de nuestros reclamos pues no hubo ninguno. El caso es que continuamos tan tranquilos que pareció que nosotros les hubiésemos hecho el gol a ellos. Seguimos en tenor de concentración total en un juego que a pesar del gol no dejó de ser ríspido y cortado por las continuas faltas de uno y otro bando.
Alcanzamos en el marcador antes del final de la primera parte y fue por la misma vía de castigo que el primer gol, un penalti. Fue Damián esta vez el que cayó dentro del área de ellos. El árbitro, el mismo que nos había castigado en primera instancia a nosotros, le otorgó la infracción. Los rivales tampoco reclamaron mucho.
En un principio Damián parecía ser el que se iba a ser el encargado de hacer el tiro, pero Martín le pidió la pelota y cobró fuerte y al palo izquierdo del guardameta. Estábamos empatados y bien dice el dicho que caballo que alcanza gana.
Lo cierto es que, salvo la jugada del penal, no habíamos generado mucho peligro al arco de los rivales y ellos tampoco al nuestro, pero así es la vida y así es este juego tan incomprensible a veces.
El asunto es que nos tocó la buena fortuna de irnos al frente en el marcador en un tiro de esquina en donde Raúl, nuestro central, fue a rematar al área. El centro fue bueno y el remate lo fue más. Uno de los defensas todavía hizo un último esfuerzo por brincar y sacar la pelota con la cabeza pero esta lo superó en su parábola y lo único que logró el defensor fue hacerla rebotar con más fuerza sobre la parte superior de la red que colgaba de aquella portería. Y en algún punto esa madeja de hilos debió haber estado rota porque la pelota brincó fuera del marco y por un instante dio la impresión de que no había entrado, de que había pasado por encima del larguero. Para nuestra fortuna la ilusión óptica no engaño la vista de ninguno de los nazarenos y nadie tuvo que robarnos nada. Era gol de Raúl y era el dos a uno, estábamos perfectos.
Durante el descanso que nos supo a muy poco, acordamos que debíamos seguir igual, no bajar el ritmo ni la guardia. Los rivales estaban pegando pero nosotros también, no le íbamos a jugar al noble en esa guerra o nos llevarían por esclavos. Incluso en mi caso, ya me habían dado una patada, el contención de ellos, de esos golpes mala leche con la rodilla y hacia el muslo para que el dolor te acompañe todo el resto del juego y de la semana. Ni siquiera reclamé. Una debe aprender a callarse esas cosas y esperar mejor momento por si te las puedes cobrar de otra forma, como un gol o una buena jugada que escosa al rival en su orgullo; pero sin duda, si había alguien sobre ese terreno de juego en quién se vería ridículo quejarse, esa era mi persona. Había que recordar que  yo era la invasora y no ellos.
La liga dejaba incluso un camino para los palurdos, una salida legal para evitar la desgracia de permitir a una mujer en la cancha, la regla decía que un equipo podía negarse a que la mujer jugase y listo, los árbitros deberían respetar su posición y echarme. Entonces, en teoría, los rivales me soportaban pues ninguno aplicó jamás esa regla. Por supuesto, debo decir que gran parte, quizás un 99% de esos hombres, me mostraron siempre su respeto y me hicieron saber que, en el peor de los casos, mi presencia les importaba un comino.
Con el dos a uno nos presentamos a la segunda parte. Creo que todos nos habíamos guardado algo, no habíamos jugado al cien por ciento de nuestro esfuerzo durante la primera mitad pensando en que no teníamos cambios y que el rival los tenía de sobra.
A los pocos minutos de iniciada la segunda parte, en una jugada sobre las estribaciones del medio campo, el mismo gigante patagón de ellos que me había dado una patada en el primer tiempo, le asestó una plancha a David a la altura del abdomen. La pelota había estado en disputa y quizás eso no dejó en buen juicio a los árbitros para ver aquello como fue, dejaron correr la jugada y casi nos cascan un gol por no entender cómo es que no se había sancionado ni falta. Pero David apuntó las placas y él mismo asestó, también a la altura del medio campo, una patada certera a uno de los rivales como quién piala una res en despoblado.
El diez de ellos salió diciendo maldiciones, que éramos unos cerdos y que la chingada madre que nos había parido a todos. Yo le recordé la patada anterior y le dije que dejara de llorar lo que no podía defender con su juego. Para colmo de ellos, desperdiciaron ese tiro libre a su favor con un disparo infame y me dieron la razón. 
Conforme avanzaba la segunda parte, Mae comenzó a tener más y más participación. Para nuestra fortuna, era de esas noches en las que hasta la fortuna lo acompañaba. En una jugada salió un poco tarde a los pies de un rival pero alcanzó a tocar la pelota con las patas y el delantero tuvo que quedarse con las ganas de festejar el empate. Y cada vez nos cansábamos más más y más pero claveteamos nuestra portería a base de esfuerzo y agallas.
A mí ya me temblaban las piernas de tanta ida y vuelta porque lo cierto es que también les apedreábamos el área de vez en cuando a esos del Tottenham, no solo nos defendíamos. Pero también era verdad que a ellos se los iba comiendo la noche, cada segundo que pasaba los acercaba más a la desgracia y esa presión los llevaba a dar mal un pase, a errar sus disparos o medir mal los tiempos. A cada bando se lo comían, de a poco, sus propias angustias.
Y entonces ocurrió la jugada del partido de la que hasta el día de hoy bebo como si fuera vino de dulces sarmientos. La pelota quedó bailando solitaria por mi banda y corrí en dirección hacia ella con un rival a mis espaldas. Lo medí tan bien que cuando cuchareé la redonda él quedó pagando para siempre, vilmente engañado. El brusco cambio de dirección me puso con toda la pradera derecha para correr y en eso confié, en el tranco largo, pero el cinco de ellos tenía otros planes. Ni siquiera lo vi llegar. Me cargó con toda su furia y me puso el codo casi en el pescuezo. Di un costalazo al suelo cual vaca cansada, pero la indignación me hizo levantarme de inmediato para buscar una explicación sobre el rostro de aquel malnacido. Y no sé bien quién lo gritó, si fue desde su banca, él mismo o alguno de sus compañeros de campo, el caso es que se escuchó fuerte y claro: “Este juego es para hombres”. La guerra había sido declarada desde hacía tiempo, pero aquello era una estrategia tan deslucida y poco honorable como ridícula.
El árbitro amonestó al infractor y aquello no pasó de reclamos y dimes y diretes y la debida retahíla de reproches. Tampoco hicimos mucho con ese tiro libre pero la pelota volvió a llegar a Mae, nuestro meta, quien me puso una joya de despeje al pie tan precisa que es injusto llamarla despeje, aquello fue un pase en toda regla desde su área hasta la mitad del campo. Recibí la pelota dejándola correr y me topé con el lateral de ellos que salió a cerrar. Con la bocha en total posesión, giré hacía mi portería de nueva cuenta y de reojo vi que el medio de ellos por esa banda me quería hacer el dos contra uno, pero venía mal perfilado el pobre. Lo tomé a horcajadas sobre el césped y el caño fue el chasco que cerró la noche. La pelota le rozó un poco sobre la pantorrilla derecha al rival y eso me convino más pues la linda que todos aman quedó ahí muerta para que yo pudiera dar el pase con mayor tranquilidad. Más de uno gritó el ¡ole! y algunos remataron con risas.
No, señores, este juego no es para hombres, no solo al menos, este juego es para todos.
 La pelota le quedó a Damián con un mundo de opciones para elegir pues Martín estaba también mano a mano y con espacio. Pero el guardavalla ingénito avanzó, se perfiló y de fuera del área sacó un tiro tan potente y preciso como un rayo láser que pegó en el tubo de atrás de la portería de ellos y levantó el grito de gol de nuestro pueblo. El rebote había sido tan rápido que alguno de sus defensas juró que la pelota no había entrado. Yo misma pensé que aquella pelota, o no había entrado o había ido tan rápido en su viaje que por un segundo se había integrado al hiperespacio.
Como fuera, era el tres a uno y el callejón del tiempo era cada vez más estrecho.
A pesar de la adrenalina derramada por el tercer gol yo ya estaba exhausta y miraba constantemente el reloj del pizarrón electrónico del campo. Y fue que la buena estrella nos dejó otra sorpresa para los tiempos difíciles. Había llegado Daniel, tarde pero había llegado. Él era un buen jugador, de esos que tratan bien a la pelota y la retienen.
Fue así que observé desde aquel parián que era nuestra banca, los minutos que quedaban en el reloj. Todo hubiese sido menos tenso si no es porque Martín decidió regalarle a todos los presentes un final cardiaco: perdió una pelota y en su festinación por recuperarla cometió una falta y, por segunda vez en la noche, los contrarios cobraron desde los once pasos. ¡Maldición!
Mae no pudo atajar el disparo pero durante el protocolo del penalti mis compañeros perdieron más tiempo que el que hubiera perdido cualquiera en la insulsa fila para comprar tortillas. Cuando la pelota estuvo sobre el centro del campo para que nosotros reanudáramos el juego, el reloj marcaba que quedaba únicamente minuto y medio. ¿Cuán largo puede ser un minuto y medio? Tan largo como la eternidad o lo que duran mil repúblicas y un imperio.
Ellos todavía tuvieron una última chance para empatar aquel drama sobre nuestra resistencia, pero su último disparo salió desviado.
Los árbitros no añadieron mucho. Soterrado el Tottenham, algunos de sus integrantes todavía querían camorra y armar bochinche, pero ninguno de mis compañeros se enganchó con las provocaciones y mejor se entregaron al jolgorio. Otros nos felicitaron por el triunfo demostrando su grandeza como guerreros que saben que en estas batallas futboleras hay siempre otra oportunidad para tomar revancha.
Mientras nos tomábamos la foto del recuerdo, Morza nos confió que era la primera vez que ganaba un trofeo. El tipo llevaba millones de leguas de viaje futbolero y hasta ese día había podido ganar algo.
Y terminó el asunto. Ganar arregla cualquier equipo por perdido que esté, y en cierta forma nosotros necesitábamos esa copa bruñida para permanecer en nuestro peregrinaje errante como mercenarios en aquel templo futbolístico llamado Fragata.
Yo me llevé varias cosas de ese juego y de ese campeonato con el Wolverhampton, cosas para atesorar.
Cada uno contará historias sobre todo esto que pasó y diremos a quienes nos escuchen que todo fue verdad, la batalla de Camaño, la deserción, y esa final que le arrebatamos al orden de las cosas. La esperanza sigue intacta y el ánimo está crecido, y vamos juntos, porque el fútbol es de todos, el fútbol es para todos, para los altos, los bajos, los gordos y los delgados, para los que siguen las reglas y para los que las rompen, para los bandoleros, para los grandes maestros del juego y los que apenas si saben jugarlo, y sí, también es para todas nosotras.

  Jorge Peñaloza, el Cobi , era el capitán del equipo de fútbol que representaba a Segundo Alfa en la liga local escolar de la secundaria Té...