La
imagen la tengo bien clara en mi cabeza, todavía y a pesar de los años;
domingo, dos de la tarde como era casi siempre, el caucho de la alfombra
sintética que quemaba los pies, un partido importante de esos de eliminatoria,
Mich, la capitana del equipo, con su cabello lacio y negro, suelto y al viento,
portando unas gafas de sol que ocultaban las señales de, al menos, no haber
dormido, y en la mano derecha un vaso de poliuretano, de esos a los que cabe un
litro de cerveza con su tapita de plástico y el popote incrustado por el centro
de esa tapa. Mich dentro de la cancha, despejando al fin del mundo un balón
filtrado por nuestras rivales que se quedaron igual de perplejas que el resto.
Tan solo la pelota abandonó el campo, muy lejos de todo, el arbitró le pidió
que se quitara los lentes y le preguntó inquisitivamente qué era lo que
contenía el vaso.
—¡Agua,
Profe, solo es agua! —mentimos todas entre tremenda risotada.
Luego
de años y años de defender la maglia de las Mininas, me llegó el turno
de cambiar de equipo. Muchas temporadas besé el escudo minino profesando amor
eterno a esos colores en vino y en negro, pero como a muchos en el fútbol un
día me tocó cambiar y tuve que aprender a amar otras banderas. No es fácil, a
las aficiones del mundo les parece muy sencilla la existencia de lo apátrida,
pero no es así, no es tan simple y al mismo tiempo tiene su encanto. Me dolió
dejar de jugar para las Mininas, pero qué le íbamos a hacer, era momento de
recorrer el mundo de equipos que conformaban la liga femenil de la Alberca
Olímpica de los domingos por la tarde.
Ya como
jugadora libre, me abrió las puertas uno de los equipos más tradicionales de la
liga, uno que nunca había podido salir campeón y que tenía la reputación de la
inconstancia. Eran las chicas del Rival más Débil, y desde su nombre se
adivinaba el jolgorio que las caracterizaba.
El nombre del equipo había sido tomado de un
popular programa de la televisión abierta en el país en donde los concursantes
debían jugar estratégicamente contra sus oponentes en el arte de responder
preguntas de cultura general y algunas no tanto, los cuestionamientos a veces
rayaban en el nivel de especialidad académica con mención honorífica. La
conductora del programa debía mostrar una personalidad pedante y despectiva
hacía los participantes que decidían, de manera democrática eso sí, a cuál de
los adversarios eliminar en cada ronda. Se asumía que quienes podían aparentar
ser tontos podrían librar más y más etapas del juego sin ser votados para
abandonar, en cambio aquellos que demostraban ser muy listos eran eliminados.
Supongo
que Mitch y las demás pensaron en ese juego de apariencias cuando le pusieron
el nombre al equipo, un juego de palabras que hacía dudar a todas las rivales y
que en cierta manera se sostenía cabalmente pues, el Rival, realmente no
parecía tener mucho cuando mirabas a esas chicas desde afuera del campo. En
primer lugar, no tenían uniformes nuevos, en el mundo actual hay que cambiar de
camiseta cada año, de mínimo cada dos; de esa forma algunas pocas portaban la
casaca en azul oscuro original y el resto, las que nos íbamos incorporando con
los años, debíamos adquirir una camiseta que fuera parecida, eso no siempre se
lograba de la mejor forma y ahí nos tenían a todas con múltiples variante del
azul oscuro en todas sus tonalidades, por ahí la del París, acá la del Chelsea,
una de visitante del Bayern Munich, en fin.
En
segundo lugar, para reforzar la apariencia, casi ninguna portaba calcetas
altas, ya no digamos espinilleras. A veces los árbitros recordaban que era su
deber hacer valer el reglamento y pedían que al menos las jugadoras de cancha
se subieran las calcetas hasta debajo de la rodilla, pero eso pasó pocas veces.
Así,
entre aquella falta de parafernalia, el Rival no daba la impresión de ser un
equipo de cuidado ni importante. No era una estrategia pensada, no era como en
el programa de televisión donde había que disfrazarse, es solo que el equipo
era así y ya; no importaba mucho.
Cuando
me aceptaron para ser parte, ellas ya habían jugado varias temporadas y casi
siempre calificaban a las finales, así que nadie las tomaba por un flan, al
contrario, en el torneo que jugué con ellas fuimos un conjunto de
constelaciones, una alineación que daba miedo a cualquiera.
Para la
temporada en la que yo entré, se incorporó Jessie Roldán, una de las mejores
jugadoras en la historia de la liga, joven goleadora y muy técnica. Ella había
jugado varias temporadas para el multicampeón Barcelona y la enfrenté varias
veces como rival con muy malas experiencias para contar, ella y su equipo
siempre se llevaban la victoria, por fortuna ahora era mi compañera. Jessie era
capaz de generar jugadas claras donde todo parecía henchido de defensas,
proclive siempre a ganar y a ser campeona de goleo, sin que le molestara jugar
de defensa o de media, todo parecía hacerlo bien.
Yo por
mi parte llevé al equipo a Chio (ver el capítulo del Santa Fe), que era una
todo terreno con mucha experiencia y buen juego; y a Jenny (igual del Santa
Fe), una delantera cuyo estilo romariano encajaba perfecto con la
personalidad del club.
Además,
el Rival ya tenía buenas jugadoras. Mich era la líder de la defensa,
irreverencia y rudeza cuando se requería cada cosa, y procaz para ir al ataque
sí era necesario; ahí, a veces compartía la central con Sof, una chica alta y
de cabello claro que era la más disciplinada tácticamente hablando, o con Alex,
una angloparlante de cabello cobrizo que también podía jugar de media pues era
de esas elementos de ida y vuelta, box to box como se denominan inglés a
este tipo de jugadoras; de hecho, la vocación defensiva casi no existía, la
semántica de este equipo era la de atacar.
Del
medio campo para adelante el equipo no tenía desperdicio y eso era irrecusable,
donde caía la pelota había una crack. Bere era la otra capitana del barco, en
la cancha era la número diez con la pausa para dar el pase preciso y mantener
la confianza, meditabunda y amable, organizadora del medio campo y de la vida
de ese equipo. Gabriela era la joven joya del club, gustaba de encarar y era
valiente al intentar sus jugadas, también tenía gol. Karime, segundo nombre
regate, era un fenómeno, el camino al éxito más seguro del equipo. Esta chica
de complexión como de venado veloz podía llevarse a todo el equipo contrario si
se lo proponía (y algunas veces lo hizo). En el campo su camino al gol parecía
expedito, las rivales solo le servían como conos. Tenía una media de unos cinco
goles por partido y su fama se extendió hasta
hacerla llegar a jugar en la Primera División de la Liga MX profesional, pero
ese torneo jugaba todavía con nosotras.
Adelante
Paola era la rematadora del equipo, atávica centro delantera de esas que
esperan la oportunidad para aprovechar cualquier pelota y convertir rebotes o
pases en gol, aunque también con la capacidad de inventarse una jugada genial o
fantástica. Finalmente, Dana y yo nos alternábamos la portería sin ningún orden
específico, a veces tocaba cuidar el arco y que Dana jugara, a veces tocaba
jugar en cancha y Dana atajaba.
Hay que
aclarar que esta no era una tierra de nadie donde cada una hacia lo que quería,
era una entropía muy bien ordenada, con libertad y sin lo prosaico de obtener
el resultado a como diera lugar. Tan buenas jugadoras, como conectadas
inalámbricamente una con la otra y que se combinaban para hacer un buen equipo.
Quiero creer que nuestros partidos eran divertidos para el público.
A
primera instancia, esa alineación era la envidia de los demás equipos en la
liga, pero sucedía que, como he advertido, una característica fundamental del
Rival era su inconsistencia. El equipo llegó a
estar completo muy pocas veces.
Alguna
vez llegamos a jugar contra las Tuzas que eran las que realmente nos podían
quitar el campeonato. Ellas eran un equipo que iba de cancha en cancha de la
Ciudad de México coleccionando campeonatos, endosando goleadas inmisericordes a
los equipos que no tenían nivel y dejando siempre la impresión de que eran
invencibles. No eran como nosotras, su disertación consistía ganar y barrer con
el contrario, ganar siempre. Esa tarde jugamos casi todo el partido contra
ellas con una menos, no teníamos cambios y aun así no hubo ninguna hecatombe,
de hecho fue un lindo partido que termino 8-6, si, una feria de goles. Ese día
hasta yo me di el lujo de anotar un golazo de esos desde medio campo y a Karime
solo la pudieron parar por medio de faltas pueriles.
Pese a
la consuetudinaria falta de un cuadro base,
y que a veces eso de jugar con una o dos jugadoras menos se repetían con
equipos mucho menos poderosos que las Amazonas, normalmente con lo que había
alcanzaba para ganar y eso nos mantenía siempre arriba en la tabla general.
Cuando llegaban a estar todas aquello era un poema y es una pena no tener
ningún registro de eso en imagen.
Había
un clásico que el Rival jugaba en ese entonces. Resulta que el equipo alguna
vez había llevado otro nombre, las Black Girls, eran numerosas pero no
ganadoras. Hubo una guerra civil dentro de esa escuadra y el grupo se dividió
en dos partes. Unas formaron el Rival y el resto, un tanto más tarde, fundaron
otro equipo con nombre en acrónimo como de secretaría estatal. Y cuando tocaba
enfrentarse a las otrora compañeras, no se podía perder. Bere nos lo decía, ese
juego no se puede perder, sin embargo yo no recuerdo que hayamos ganado alguna
vez el clásico mientras yo fui jugadora del Rival. Una de las jugadoras, la más
joven, Gabriela, jugó en los dos equipos y es que el lazo de hermandad y
amistad, al parecer, nunca se rompió del todo.
Ya
cerca de la liguilla volvimos a enfrentar a las Tuzas, no había modo de
ganarles, y esa vez fue un desastre. El partido estaba parejo, dos a dos, con
nosotras consientes de ser el segundo lugar general, disfrutábamos del partido,
era un lindo partido hasta que en una escapada por la banda la número diez de
las Tuzas, de nombre Nini y nivel de juego digno del dorsal que portaba en la
espalda, recortó hacía afuera a mi defensa y sin mucho ángulo apostó por un
tiro potente a media altura, muy cerca de donde yo me encontraba ya haciendo el
achique. Fue muy rápido, no alcancé a hacer bien el movimiento de mis manos y
la pelota me golpeó a gran velocidad casi de forma directa en mi dedo meñique
de la mano izquierda. Sentí que se había roto algo, pensé en un hueso, quizás.
De todas formas esa pelota se fue al fondo de mi arco pues yo me retorcía de
dolor y me olvidé del balón por un momento, cuando quise reaccionar ya era
tarde, por muy poco la pelota había cruzado la línea de gol.
Me
llevaba un carajo. Casi con lágrimas en los ojos me quité el guante de la mano
izquierda y observé mi dedo meñique completamente deforme, fuera de posición.
Recordé a mi papá, que también había sido guardameta, como, en una situación
similar, le había pedido a alguno de sus compañeros que le acomodara el dedo
tirando súbitamente hacía adelante.
Ya ni
recuerdo a quién se lo pedí, pero funcionó, al menos eso pareció pues el
sufrimiento amainó y mi dedo parecía estar de vuelta en su lugar, sin embargo
en la siguiente jugada de ataque de las Tuzas, nuevamente Nini se coló por la
banda, pero ahora del lado contrario, y esta vez lanzó un centro alto que la
nueve de ellas, Ianma, remató forzada y por ello sin mucha fuerza pero hacia mi
arco por mi lado izquierdo… sin fuerza, no fue un buen remate. Cuando iba recoger
esa pelota, el movimiento natural era con
mano izquierda, la que estaba lastimada y cuando el balón pegó sobre la
palma del guante, nuevamente el padecimiento fue atroz, por acto reflejo retiré
mi mano zurda y la pelota entró a mi arco mansita y sin objeciones.
Me
volvía a llevar un carajo. Era el cuatro a dos para ellas y yo entendí el
vaticinio de aquello, que si seguía en el partido todo iba a terminar muy mal.
Pedí mí cambio, era inútil prorrogarlo más. Dana lo hizo mucho mejor que lo que
lo hubiera hecho yo, pero a pesar de ello y que por ahí intente alguna cosa
como jugadora de campo, las Tuzas nos dieron palo por nueve a tres.
No
recuerdo si faltaban solo dos partidos para los cuartos de final o más, el caso
es que para nuestra cita con el destino yo no estaba recuperada. Por el chat
del equipo avisé que no iba de portera. Sof
ni Alex estarían para ese partido, Gabriela ya jugaba para las antípodas
del nombre de acrónimo y Karime ya se había ido a jugar a la Primera división.
Aun así quedaba un buen equipo para ese día y el antecedente haber ganado a las
poderosas Queens por tres a cero en uno de los últimos partidos de la temporada
regular nos daba la esperanza de flirtear con la victoria, esa tarde Jessie
había dado un juego memorable. Sin embargo, algunas de las que si iban a poder
estar ese domingo, no rompieron la rutina de los sábados por la noche; en
realidad, en ningún equipo del mundo amateur y para ningún partido por más
importante que sea, se ayuna el sábado por la noche, es que hay cosas más
importantes en la vida, ¿capisci?
Lo que
pudo presentarse del Rival se presentó, en las condiciones que pudieron. Mich,
Chio y otras llegaron tarde, algunas tardísimo, empezamos con jugadoras menos y
conmigo al arco en calidad de inválida. En cuanto hubo con quién realizar el
cambio en la portería lo realizamos y se suponía que yo me quedaría como
jugadora de campo. Fue cuando pasó el bandazo de Mich, sus lentes oscuros y el
vaso de efluvios etílicos.
Inmediatamente
de que el árbitro pasó por alto la incorrección, jugamos con una jugadora de
más por al menos cinco minutos, así como se lee, con una más durante casi cinco
minutos… dentro de la cancha conté dos o tres veces cuántas éramos, di un pase,
corrí una diagonal, volvía a contar y ya segura de las matemáticas, con toda
discreción, salí del campo. Las compañeras que estaban en banca me debatieron
mi salida y yo solo respondí que contarán cuántas éramos. Chio y Jessie, que
estaban adentro de la cancha, me exigían regresar a la misma y ya más molesta les
grité que contarán bien. Por fortuna, ni el árbitro ni las rivales se dieron
cuenta y hasta un gol hicimos siendo una más.
Hay
días malos y luego hay días peores, ese fue uno de los días peores, nada nos
salía, la magia nos abandonó, los goles nos dieron la espalda, la suerte nos
dijo que no y hasta el árbitro por ahí nos marcó una o dos cosas en contra e
injustas que enterraron más nuestro coraje. Qué le vamos a hacer, entre tanta
promiscuidad con todos los errores existentes en el fútbol nos llevó la chingada
esa tarde.
Miré
casi todo el partido desde la banca, impotente por no poder defender nuestro
arco. Observé como sucedieron cada uno de los goles de las rivales que no
barrieron ese día como por cinco a dos. Todos los equipos habían apostado por
nosotras en esa eliminatoria, las Tuzas y las Queens nos esperaban en
semifinales, pero el Rival fue el Rival ese día, irreverente, parrandero e
impredecible, no fue a las semifinales porque no quiso.
Por
unos minutos todas aguantamos cada una como podía su contrariedad, Jessie se
desquitó golpeando con rabia la pelota contra la red de una de las porterías,
un gol que ya no contaba, Chio movía la cabeza de un lado a otro negándose a
aceptar la humillación, Jenny, Dana, Bere y las demás tenían el semblante mustio
de la cruda realidad que era más cruda que la resaca de la noche de sábado.
Yo
tenía una bronca por dentro que me destazaba el hígado, no es lo más sano que
el último partido de una para un equipo tan alegre sea tan agreste.
No me
mal interpreten, no adjudico esa derrota a nuestra indisciplina, porque
indisciplinadas como éramos ganamos muchos otros partidos y nos desbordamos de
alegría, y también perdimos otros y no dolía tanto. Tampoco era que los otros
equipos de esa liga, y de todas las ligas del mundo en general, eran academias
estrictas de disciplina y buenos modales, en todos los equipos se contaban
historias similares de desfachatez. Quizás es que lo habíamos creído, que
mirabas la lista de integrantes del equipo y decías, esta fiesta está galáctica
y por ahí pensamos que no nos podía pasar eso de perder en las finales. Quizás
es solo que por más linda que sea la fiesta, el resultado siempre tiene un peso
significativo en el balance de las cosas, perder importa.
Y todo
lo que dije en el párrafo anterior, en el Rival duró cinco minutos. Luego de la
contracción que supuso la derrota y de aceptar que se estaba fuera, que el
siguiente juego sería una práctica infumable, sobrevino la consciencia de que
la vida sigue, de que el espectáculo debe continuar, de que alguien, por favor,
suba el volumen de la música otra vez, porque la fiesta del Rival no había, ni
con mucho, terminado.
No sé,
el punto es que unas semanas después me despedí del equipo y ya solo las vi, a
las chicas del Rival, como rivales en la cancha, yo ya defendía otro
estandarte, otros colores. No, la vida de apátrida no es fácil.
Estas
líneas las hubiera escrito todavía con la culpa sino es porque hace no muchos
días logre ver al Rival campeonar, en el pináculo de su trayectoria deportiva. Estaban
casi todas, Mich, Bere, Dana, Alex, Jessie… yo misma les tomé la imagen con el
trofeo del torneo de Copa y un poquito de la pena se me quitó de encima, me
acuclille para prender la foto y en silencio aproveché esa postura para
pedirles perdón, perdón por haberme ido tan temprano de la fiesta. Es la foto
de la portada de este texto en su versión de blog, ¡ya tenían uniformes nuevos!
y estaban con una sonrisa de oreja a oreja, como las vi casi siempre todo el
tiempo que estuve junto a ellas, disfrutaban, gozaban, vivían.

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