miércoles, 19 de diciembre de 2018

SÁBADO. Cuéntame una de piratas y doctoras.




El juego es medicina para el alma. A la gente que ha perdido las ganas de vivir deberían de prescribirles jugar cualquier cosa, pero si es fútbol mejor. No solo por su simpleza, casi tan primitiva que por ese solo hecho parecería un remedio natural, sino porque, cuando es bien jugado, el fútbol alegra la vida.
Hay equipos que juegan maravillosamente, algunos alcanzan ese nivel de elevación, casi espiritual, porque lo practican, trabajan y entrenan. Lo anterior es un buen método, pero también se puede lograr la armonía al juntar talento, como cuando juntas buenos músicos para que toquen juntos, y esto último es lo que eran las Buitras Negras, un pequeño montón de buenas jugadoras que se reunían cada sábado en la liga de fútbol siete de la alcaldía de la Benito Juárez.
La cancha de la alcaldía era una como tantas de la nueva epidemia del fútbol de dinero como último fin, que se instalaron durante la década que corre mientras se escribe este libro. Nada extraordinaria por sí misma; enclavada sí en un lugar que tenía ya varios años de ser un centro del deporte de esa zona de la ciudad: el deportivo de la Benito Juárez, con sus múltiples canchas de básquetbol, voleibol y su alberca techada. Antes de su construcción, el sitio de la cancha ya era sede de ceremonias futboleras al estilo callejero: al ser una topografía plana recubierta de cemento, el lugar era perfecto para armar las populares retas futboleras de la juventud de aquellos ayeres. Quizás por ello, el destino quiso que ese espacio, que bien podía haber servido para cualquier otra cosa, fuese una cancha de esas de pasto sintético.
Como toda liga, la de esa cancha comenzó siendo solo para hombres (mercado seguro al cual apostar) y solo se pensó en las mujeres hasta que estas lo pidieron. Una en especial, María José, conocida más por MaJo y capitana ya desde entonces de las Buitras Negras, se detuvo un día a contemplar la cancha y se dio valor para entrar a la pequeña oficina improvisada con muros y techo de lámina, para preguntar si no había una liga femenil. La administradora de la liga le contestó que no (no podía ser de otro modo), pero le pidió que dejara sus datos por si alguna vez la divina providencia se apiadaba de las mujeres futbolistas de la zona y, por puritito milagro, se juntaban cuatro equipos más, además de las Buitras Negras, para conformar una liga femenil. El milagro, como todos los buenos milagros, tardó en cuajar casi un año, y el anuncio se dio: las chicas tendrían liga.
Las Buitras Negras eran buitras por alma mater. Eran egresadas de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional que en su emblema detenta un cóndor que es el rey de los buitres (y tal vez de todas las aves), razón por la cual, los equipos deportivos representativos de esa facultad llevan el nombre del carroñero. Fue en ese lapso donde muchas de las jugadoras del equipo pulieron sus habilidades futbolísticas además de las del bisturí.
Las Buitras eran negras, ya no por el color de las plumas de las aves, sino por una fusión extraña con piratas del juego cuya única paga era la vida libre: las bucaneras del Perla Negra, equipo fundado por egresadas del colegio salesiano Don Bosco.
¿Cómo es que esas médicos y esas piratas terminaron navegando juntas? Resultó que los equipos representativos de ambas instituciones habían tenido en algún momento al mismo entrenador, el maestro Rafa. Y por ese nexo fue que todas ellas se conocieron en algún momento. La vida quiso que las que jugaban bien se juntaran, así funciona el universo.
Sin embargo, aquella mezcla no era armoniosa solamente por la capacidad individual de cada una de las integrantes del equipo; MaJo lo explicaba de manera  clara: aquello funcionaba porque además eran amigas. Y claro, se nota cuando los que juegan son amigos y no solamente compañeros en la cancha (preguntarle a Luis Suárez y a Messi), es una energía que suele traducirse sobre la cancha. Así, aquella hermandad no solo se reunía semana a semana para el partido respectivo, se juntaban para muchas otras cosas: desayunos, cenas, fiestas, posadas, borracheras, aquelarres u orgías.
Al momento en que me ofrecieron navegar en esa nave pirata tripulada por doctoras, ya casi todas las marineras del Perla Negra, que poseían un juego exquisito, se habían bajado del barco (quizás en alguna playa paradisiaca de sexo y amor), la única que quedaba era Ruth, de quién ya se ha escrito en este libro.
El equipo para entonces ya había sido dos veces campeón de la liga de la alcaldía Benito Juárez, pero la última final la habían perdido debido a que su guardameta de entonces también había abandonado la nave. Así pues, la expectación era que el equipo saliera nuevamente campeón y recuperara el brillo de otros viajes.
El derrotero por la liga fue de un mar en calma con pocas borrascas. Desde el primer juego me fue evidente de que no había nada que enseñarles a esas mujeres acerca del juego o de la vida, aquellas doctoras, y la pirata que quedaba, sabían navegar en aguas tormentosas. Yo solo llegué a cumplir la tarea que se me había encomendado y gustaba del viaje.
Más o menos, la tripulación de las Buitras Negras era esta:
MaJo jugaba la defensa y como toda capitana de barco se la pasaba dictando disposiciones y asignando tareas, aún durante los juegos ella organizaba las cosas y mantenía la atención de todas en el objetivo del campeonato. Varias veces me dijo, más con sus expresivos ojos que con sus palabras, lo importante que era ganar el torneo, poner las cuentas claras con equipos como el Shakhtar, el Botafogo y las Acalizas; era imposible negarle alguna cosa a aquella capitana, y yo, que soy de una mente muy influenciable, hice mía esa necesidad de conseguir el triunfo.
MaJo, también daba el grito de ánimo para no dejar caer al equipo cuando el mar se ponía picado; además, mantenía las cábalas vivas, porque de nada sirve jugar bien si todo el tiempo se tiene mala suerte.
Para apuntalar la defensa, las Buitras se habían hecho de los servicios de la más selecta de las defensoras de los siete mares, Sussy. Esa chica de piel morena y cabello corto era una auténtica joya: siempre bien ubicada, técnica pulcra, pases justos, buen juego aéreo, temple de hielo y si le daba la gana podía salir de su zona a regatear rivales. Cuando no tenía la pelota y el mar estaba en calma, su postura con la espalda bien recta y la mirada atenta, te daban una confianza infinita de que por su zona ninguna delantera contraría podría pasar nunca. Como cancerbera, para mí, era una enorme tranquilidad tener a Sussy en el campo, una autentica bendición. 
Aline era la otra central, había estado fuera casi toda la temporada por una fractura en su brazo. Ella representaba la bravura en ese conjunto que a veces se pasaba de preciosista, no tenía absolutamente nada de piedad para con las delanteras rivales a las que solía traer a pan y agua. Si había que dar un pase preciso lo hacía, pero casi siempre optaba por no correr riesgos y despejar la pelota lejos de nuestro campo. Su labor la tenía muy clara: las rivales no pasarán.
Ocasionalmente, Jimena ocupaba un lugar en la defensa. Ella era otra de esas jugadoras muy correctas y seguras en casi cualquier tarea dentro del campo de juego, era un eslabón siempre confiable en el juego de pases y pases que las Buitras solían desarrollar. La forma en como colocaba el cuerpo y golpeaba la pelota demostraban los años y años de práctica del fútbol a lado de gente que evidentemente sabía jugarlo; decía haber aprendido aquello en la calle y se notaba ese sabor a asfalto y concreto en su desempeño. Siendo mediocampista, casi siempre por alguna de las bandas, explotaba su gran golpeo de pelota para anotar goles hermosos de media distancia.
La media cancha era lo mejor de esta marinería, para empezar ahí estaba Ruth, su buen golpeo con ambas piernas, su carácter de filibustera y su técnica acabada; además, nadie sabía leer un partido como ella lo hacía y, por si faltara algo, si la cosa se ponía seria y peliaguda, tanto que las cábalas no bastaban, Ruth anotaba y asunto resuelto. Desde la toldilla de esa nave, Ruth bebía ron al tiempo que tomaba el timón guiando el barco de las Buitras Negras hacia nuevos rumbos cada partido.
Su compañera en ese mediocampo era otra pieza fina del buen juego llamada Adriana, curtida en las artes marciales la chica tenía un ida y vuelta constante, un gran regate, mucha potencia y un carácter de carbón encendido en anafre perfecto para asar carne (o nopalitos para los vegetarianos); es decir, lo suficientemente caliente para ponerle intensidad a su juego, pero controlado para no perder la cabeza en faltas, reclamaciones o altercados que la pudieran llevar a la lamentable vergüenza de la tarjeta roja como, contaba ella misma, solía ocurrirle en sus primeros partidos.
Mención especial merece la “Señora”, que era otra de las jugadoras fundadoras de la escuadra, pero por una lesión se había tenido que alejar de las canchas, aun así acompañó al equipo en varios juegos desde afuera o desde la banca. Las Buitras siempre me decían que la Señora tenía magia en los pies y que su lesión había sido una tragedia para el equipo, por ello la mantenían dentro de la tripulación como elemento místico.
La media la completaba la Potra, refuerzo que también había llegado en la misma temporada que yo. Ella era más aquietada y elegante para jugar, de esas que driblan en una baldosa a baja velocidad y que no tienen duda de hacer goles si hay que hacerlos.
La delantera de las Buitras, por su parte, era un coctel de variedades, si esas ofensivas salían en su día podían empacharse de tantos y tantos goles que hacían, pero si no les daba la gana una podía verles fallas realmente descomunales.
Keren era la que mayor registro goleador tenía en esa escuadra. Una de esas delanteras que saben dónde estar para anotar, rápida y certera en su definición. Su cuerpo era ligero y su cabello abundante y rebelde, tanto que a veces, durante los juegos, sostenía batallas más acaloradas para atar su cabello que con las defensas rivales; era muy hábil para sacar las faltas a las contrarias y obtener así buenas oportunidades en tiros de castigo que podían hacer válidos Ruth o Adriana.
Carla (así, con “C”), era la que comúnmente hacía de poste y rematadora, siempre con una sonrisa en el rostro, no importaba la situación, Carla parecía siempre estar de buen humor. También llevaba el cabello corto aunque eso sí, con estilo; iba bien por arriba y se las arreglaba para lograr a veces remates imposibles.
La terna goleadora la completaba Miriam Pulido, una de esas almas raras en el fútbol femenil que ante la necesidad y la belleza de una jugada prefieren lo segundo, quizás para mostrarnos a todas lo horrendas que suelen ser las jugadas necesarias; vamos que hasta escorpiones intentaba. También era de complexión delgada y no parecía tener mucha potencia ni fuerza, pero para suplir eso estaban su imaginación, su inteligencia y sus jugadas de fantasía.
Ser arquera de las Buitras a veces era realmente aburrido, había sábados en que mi única función era la de recogepelotas. Pero eso tiene su chiste dentro, porque la confianza y la derrota son hermanas y una debía estar atenta a cualquier ataque que pudieran lograr armar las diferentes rivales. Siempre lista, al final, el objetivo estaba claro y si por mi culpa ese barco encallaba no me lo hubiera podido perdonar jamás.
Ese fue el equipo que en todo el campeonato perdió solo dos partidos. El primero porque yo no estaba aún y tuvieron que improvisar bajo los tres palos (sin albur), y el segundo porque aunque muy buenas, este equipo también pecaba de no siempre ser constante en todas sus responsabilidades futbolísticas; así, una vez se les ocurrió faltar a medio equipo un sábado y jugando con dos jugadoras menos se había cuajado la más terrible de las derrotas: un seis a cero, conmigo en el arco y para que vean que una portera medianamente buena no hace equipo completo. Las perpetradoras de aquella humillación a las Buitras había venido de parte de las Panteras de Laura Callejas, Jessy Suárez y Natalia Kinsky, un equipo que iba a ser protagonista en la fase final de la liga. Aquello fue una llamada de atención muy a tiempo como dirían los comentaristas de la televisión deportiva.
Debido a esos dos resultados negativos el equipo no pudo detentar la primera posición del campeonato. Aunque empatamos en puntos con el Acaliza, nuestra diferencia de goles no era tan buena como la de ellas y por eso terminamos detrás.

Además, las Acaliza se llevaron el campeón goleador, el mejor ataque y la mejor defensa. En la última jornada nos enfrentamos para decidir el liderato de la competencia y teníamos que golearlas para aspirar a ser primeras. Les ganamos pero solo por cuatro a dos. A pesar del desaguisado que significó ser segundas en casi todos los rubros, a mí me quedó claro que, aunque eran buenas jugadoras, ordenadas, capaces y que podían tácticamente cambiar de acuerdo al rival, no nos iban a poder ganar si es que nos tocaba enfrentarnos con ellas en las fases finales. Simplemente me parecía que la ecuación era clara: orden contra orden gana el que tenga más talento.
Las Buitras casi nunca se ocupaban de la táctica. Ponían un parado inicial, pero jugaban guiadas por instinto. Sin embargo, sabían averiguar cuál era su mejor posición dentro del campo. Si algo hacía corto circuito, alguna lo notaba y daba un grito, una indicación o lo expresaba al medio tiempo y santo remedio. Las Buitras jugaban por naturaleza y en esa naturaleza había un orden implícito que no requería de algún director técnico para implementarlo; siguiendo con el ejemplo de los músicos, cuando las Buitras se juntaban ellas hacían música para bailar.
Por esas cosas chocarreras de las ligas de futbol, a la fase final entrarían dieciséis equipos de veinte (háganme ustedes el reverendo favor), un solo partido a eliminación directa. En resumen, parecía que el torneo regular y la fase final eran dos torneos diferentes, que las diecinueve semanas anteriores solo habían servido para acomodar a los equipos del uno al dieciséis; es decir, un desperdicio de tiempo que premiaba a los equipos más malos.
En fin, tuvimos que atenernos y el primer escaño fue justamente el equipo que había terminado en la posición número quince, para completar el cuadro negativo, ellas solo eran cinco chicas esa mañana y las apabullamos con un 14-0. Solo hicimos lo que marcaban los cánones: el respeto al rival se muestra dando lo mejor de una, nada de lujos, tonterías o piedad. Una que ha estado del otro lado, en medio del dolor de ser goleada, sabe que eso es justamente lo que se aprecia del rival, que quiera hacerte más goles.
A la siguiente semana el rival en turno era uno entusiasta y más sólido, realmente dieron un buen partido. Esa vez ganamos por seis a dos.
Para las semifinales quedaban las Acalizas, el Botafogo (aquellas que nos habían ganado el primer partido de la temporada), y las Panteras de Laura Callejas que habían eliminado a Shakhtar, gran favorito de esa llave, además de nosotras. Las Acalizas derrotaron con mucho trabajo y discutidas decisiones arbitrales a las Panteras, en tanto que nosotras logramos cobrar revancha con un cinco a cero que dejó las cosas claras contra el buen juego del Botafogo.
Como ya he dicho, las ligas son necias en eso de perpetuar los partidos por el tercer puesto y el Botafogo logró ganar la de bronce a costa de las Panteras. Terminado ese duelo, llegó la hora de la final, la de las Acalizas contra las Buitras.
A las once horas con treinta minutos, en una mañana de sábado con cierta bruma decembrina, los dos equipos ya estaban en el campo colonizando cada una su mitad de la cancha.
En las tribunas que rodeaban al complejo, los respectivos familiares, amigos y curiosos comenzaban a acomodarse para observar aquello. A pesar del día soleado el ambiente era gélido para el sensible criterio de los habitantes de la cuenca de México. Las hojas de los encinos que rodeaban la cancha ni se movían, no había viento. Esos encinos tiraban sobre una mitad del campo una sombra debajo de la cual el frío se sentía con más intensidad. También, bajo el resguardo de la negrura de esos árboles, estaban colocadas una hilera de bancas de metal para los espectadores. En la cabecera norte había dos pequeñas gradas techadas de lona, sobre el sobrante de esa lona que colgaba hacía afuera se leían las palabras “local” en una y “visitante” en la otra. El conjunto de aquella mañana era triunfal hasta en los ojos de los curiosos que no entendían la razón de tanta gente reunida alrededor de la canchita de fútbol.
La terna arbitral, que vestían esa mañana de azul celeste, iba con calma. Por el contrario, en las jugadoras podía leerse la tensión del momento.
La gente de la liga solicitó a los dos equipos improvisar un protocolo de inicio de partido en el cuál las jugadoras entrarían formadas y saludarían a la afición desde el centro del campo. Luego un apretón de manos a los árbitros y finalmente a cada una de las rivales. El acto no tomó más de cinco minutos y, aunque quizás desde afuera se vio bonito, solo acumuló más tensión en las jugadoras.
Las Acaliza llevaban una camiseta a rayas verticales rojas y blancas con pantaloncillos en negro y calcetas del mismo tono.
Nosotras vestíamos alguna camiseta versión tercera del uniforme del Real Madrid en color morado.
Yo llevaba, como guardameta, la misma camiseta que había portado en toda la liguilla, la de local de River Plate, con el short en negro y las calcetas en rojo. Durante la liguilla, a orden expresa de MaJo, las camisetas no las habíamos podido meter a la lavadora ni lavar a mano para que no perdieran su “poder ganador”, como si el sudor apestoso del sobaco de cada una sirviera para tal propósito cósmico. Sin embargo, la veda de limpieza estaba levantada para el día de la final, supongo que por cuestión de imagen: no sería agradable que el día en que más fotos se tomaran todas llevásemos camisetas asquerosas y hediondas.
       Las Buitras se pararon como siempre, dos defensas, dos medias y dos delanteras, porque los buenos equipos se pueden dar el lujo de jugar con dos o tres delanteras si así lo prefieren. En cambio, las Acalizas optaron por la inteligencia y se acomodaron sólidas abajo y con solo una delantera, la cual, hay que decirlo, era una muy buena jugadora, campeona goleadora, de composición ligera y rápida en movimientos.
En el resto del deportivo se desarrollaban otras actividades, pero sin duda la mayor parte de la gente rodeaba la cancha de futbol siete. Algunos sentados, otros de pie, todos portaban algún suéter para protegerse del fresco. Solo se escuchaban los murmullos de lo que comentaban entre ellos y alguna risa socarrona rompía ese siseo. Las jugadoras que habían representado el partido por el tercer lugar se habían quedado a ver el juego y esperaban su culminación para participar en la ceremonia de premiación que estaba programada para el final de nuestro juego.
El partido comenzó pero las Buitras no asistieron a su compromiso por la gran final, en su lugar había ahí una variedad considerable del miedo a perder. Estaba prohibido arriesgar y ese no era el espíritu de aquel equipo. Eso le convino a las Acalizas que en ese desorden encontraron la forma de anular a las más talentosas de las Buitras y se las ingeniaron para ser peligrosas a base de pelotazos y balonazos al área buscando un error nuestro en el juego aéreo.
Aun así, la primera acción de peligro fue un espectacular disparo de Jimena que tomó de volea cerca del medio campo… la pelota fue como un proyectil a gran velocidad a estrellarse contra el larguero y pico, por muy poco, fuera de la zona de gol. Aquel disparo a lo Oliver Atom no fue suficiente para incorporar confianza y tranquilidad a las galenas que siguieron tiesas en el campo, apostando por la fuerza antes que por el toque de la pelota. Además, los pocos disparos a gol que luego de ese drama se intentaron fueron contenidos por la portera de ellas que demostró ser de muy buena cepa.
Fueron las propias Buitras las que les pusieron en bandeja de plata las oportunidades más claras de anotar a las Acalizas, que tampoco estaban precisas y calmadas en el campo. En realidad, completaban menos pases que nosotras, pero sin duda se abrigaban más en ese vórtice de confusión que las Buitras.
Al querer salir jugando con MaJo, ella intentó regresarme la pelota pero lo hizo mal y se lo entregó a la rival, por fortuna salí a achicar a tiempo y la delantera me estrelló el balón en las espinilleras, aquello había estado muy cerca.
MaJo no es de esas que sepan salir jugando así que asumí el error como mío. Luego intenté salir jugando con Sussy pues ella nunca falla, era la seguridad andando y resultó que ella también, ese día, falló. La pelota la dejó muy corta y la delantera nuevamente me exigió, esta vez tuve que arrojarme en lance urgente sobre la pelota para impedir el primer gol. Cuando Aline también hizo un error similar era claro que ese no era nuestro día para salir jugando y entonces Sussy dio la orden: ¡Rompe todo!
Y así lo hice, cada despeje era un albur, una salida a la “viva México”, a ver quién la agarraba en ese mar lleno de compañeras y contrarias. A veces Ruth lograba prevalecer, pero le costaba un mundo controlar la pelota y darse vuelta entre dos contrarias. A veces las contrarias le ganaban la pelota, pero como he dicho, tampoco andaban finas y la perdían a las primeras de cambio.
Jimena estaba perdida, Carla no agarraba ni una sola pelota, cada esfuerzo de Adriana era infructuoso y, para colmo, nuestra banca estaba mermada.
Miriam se había fracturado un hueso cuyo nombre jamás se me logró grabar en la memoria, y eso hizo que se perdiera casi toda la temporada, no podía jugar la final pero esa mañana se presentó junto a nosotras como apoyo moral y técnico, a todas nos alegraba esa lealtad para con las Buitras. Miriam daba indicaciones generales, pero se concentraba especialmente en Jimena, que era su pareja, y era exigente con ella: “¡Jime, deja de estar hablando y juega!”, se le escuchó gritar desde la banca, por dar un ejemplo.
Por otro lado, la Potra, la flamante refuerzo de esa temporada, había sido expulsada en la semifinal por doble tarjeta amarilla, una de esas tarjetas por una falta que nunca cometió y otra por una incorrección; es decir, por tonterías estaba esa mañana en la banca, con su uniforme puesto pero impedida para jugar por la sanción disciplinaria.
Keren, por su parte, llevaba arrastrando una lesión en la rodilla que le había impedido seguir compitiendo por el título de goleo individual del campeonato; para la final ella si podía jugar si era necesario, pero llevaba puesta sobre su rodilla lastimada una rodillera tan grande que aquello parecía una prótesis en lugar de otra cosa.
En resumen, esa mañana nuestra banca no era la mejor y se sumó que Aline había llegado tarde (sí, hay gente que llega tarde a una final, aunque ustedes no lo crean).
En esa banca nuestras fieles compañeras impedidas de participar en el campo, jugaban su propio partido de nervios. Al límite del colapso nuestras habitantes del banquillo espetaban gritos e indicaciones apresuradas y a una desde adentro esas cosas le servían, a veces no logras entender lo que te gritan, pero escuchar ese barullo te dice que hay alguien ahí que está contigo.
Y en ese mar lleno de peligros encontramos la apertura del marcador. Dicen que hubo una mano de una de nuestras jugadoras, no fue sancionada por el árbitro que dejó correr la jugada, la pelota todavía la tenían las de Acaliza, pero Carla fue a presionar al medio campo de ellas y consiguió robar la redonda, acto seguido puso un pase para dejar sola a Adriana con la portería de frente. Adriana miró, tiró y cobró, a otra cosa, el gol era nuestro. Aquello fue el uno a cero y no faltaba mucho para que el primer tiempo terminara.
Las Acalizas reclamaron furiosas la injusticia de la supuesta mano no marcada. El árbitro, con justa razón, se refugió en su criterio, y yo desde el marco me tranquilicé un poco, cualquier ventaja en esas circunstancias era bienvenida.
 El resto de la primera parte siguió siendo dominada por el esfuerzo, la garra y la reyerta. Mucho amontonamiento en la media cancha cuando nosotras atacábamos. En cambio, cuando las Acalizas requerían atacar, se saltaban esa zona de tráfico pesado con pelotazos directos al área que Lorena, su delantera, trataba de bajar. Lo mejor que nos pudo pasar fue el final del primer tiempo.
El sudor ya escurría por los semblantes de mis compañeras que parecían haber jugado por horas, años o hasta milenios. La piel untuosa reflejaba el descontento de esa primera parte horrenda y casi falta por completo de buen fútbol. Miriam lo hizo notar, MaJo señalaba una serie interminable de errores. Un viejo de casta humilde que siempre veía los juegos de esa liga sabatina, nos gritaba desde afuera que nuestra media cancha no existía; vaya descubrimiento, no había que ser un experto para saber lo que ocurría, las Buitras, que tan bien jugaban, habían sido asaltadas por el nerviosismo.
Cada una opinaba acerca de lo que se estaba haciendo mal y Ruth apuntó hacía lo que desde ese momento se podía mejorar.
Por otro lado, aquel medio tiempo debió haber sido muy duro para las Acalizas, saber que habían hecho bien su estrategia, pero que por una falla del árbitro estaban, a pesar de todo, abajo en el marcador. Sin embargo, tenían el juego todavía en las manos, el desenlace estaba del lado de que quien le “echara más ganas” y tuviera un “poquito de suerte”.
  El segundo tiempo comenzó y, aunque mejoramos un poco, aquello siguió en horrendo tenor para nosotras. Logramos llevar la pelota hasta más allá del medio campo, cerca del área de ellas y eso dejó un poco de más espacio entre la última línea y nuestra portería. Era una falsa sensación de tranquilidad. Las Acalizas no cesaron en eso del pelotazo, pero entre más amplio fue el espacio para moverse aquello fue más difícil para su delantera que no pudo acometer alguna jugada de peligro en varios minutos.
Hubo solo un pequeño momento en el juego en que las Buitras regresaron de entre los muertos, dejaron de carroñar y se pusieron a cazar a la presa. Salí jugando con Sussy, tocamos la pelota lateralmente, luego arriba, al medio campo donde tampoco la perdieron, pase y pase, pin, pin, y todo terminó en un buen disparo. La siguiente jugada fue otra similar, con menos transición, la pelota le cayó a Jimena que estaba recargada ligeramente sobre la banda izquierda de nosotras y disparó un rayo raso y al poste de la portera que se le terminó yendo la pelota por entre el brazo y el torso. Era el dos a cero y la sensación de hacer bien las cosas me regresó al cuerpo. Ganar por uno a cero con ese gol surgido de una jugada dudosa hubiese sido lo mismo que perder; por eso, ahora con el dos a cero ya no había lugar para las suspicacias.
Acaliza se abrió completamente al riesgo, no podían morirse de nada y empujaron con ímpetu el juego hasta nuestro medio campo. Su gente las impulsaba en ese último y desesperado esfuerzo. Tuvieron algunas jugadas claras que pasaron cerca, pero que no terminaban en gol.
Pero entonces, Adriana perdió la pelota un poco más adelante del medio campo en un dos contra uno que le hicieron las rivales y Jimena salió a cortar la jugada, pero lo hizo tan mal que con un simple toque hacía el centro del campo donde estaba otra de sus compañeras, la jugadora de las Acaliza que había recuperado previamente la pelota, la dejó pagando para siempre.
La jugadora de Acaliza que recibió la pelota la regresó de primera intensión en una hermosa pared que dejó sola a la que le había dado el pase; esta última se plantó frente a mí, pero en vez de aceptar el desafío del uno contra uno, se decantó por un pase hacia el costado donde me pareció que MaJo tenía todas las de ganar pues iba marcando por dentro a la posible receptora.
MaJo jura, al día de hoy, que esa jugadora a la que marcaba le hizo falta y que de esa forma le ganó la pelota en el borde de nuestra área. Alcancé a detener con el cuerpo su primer tentativa pero el rechace le quedó a la otra jugadora que en un principio no había aceptado el reto de tener un mano a mano con la portera pero que había acompañado la jugada, y en la segunda oportunidad que le dio el destino a las Acalizas no fallaron y cambiaron nuestro error por su gol. Aquello nuevamente apestaba.
Animadas por el empate, por su público, por la adrenalina y por la situación de que solo les hacía falta un miserable gol, las Acalizas se lanzaron con furia contra nuestra portería.
Desde la banca, nuestras compañeras nos pedían tranquilidad, y aquello era como pedir agua en el medio del desierto, simplemente no había.
Luego de dos lances para sacar dos remates de la delantera de ellas comencé mentalmente a prepárame para la definición por penales, porque aquello parecía solo cuestión de tiempo, ellas lo iban a empatar. La sangre se me comenzó a helar, quedaban no más de cinco minutos para el final.
En el graderío el apoyo de las Acalizas había crecido al punto de la locura, celebraban hasta los tiros de esquina en su favor. Ellas comenzaban su camino hacia la heroicidad y nosotras no articulábamos más de tres pases seguidos; así, la orden fue nuevamente: ¡rompan todo!
En esa tormenta, en ese mar picado, fue que apareció la última de las piratas, la dueña del Perla Negra, nuestra Anne Bonny. Un saque de banda a nuestro favor. Ellas que no pudieron despejar. La pelota, huérfana de dueña, se alargó unos metros sobre el límite del área de ellas hasta que se acercó, mansa y rebotando ligeramente, hasta donde Ruth estaba. Ella le dio un toque sutil pero la pelota le botó un poco más alto de lo esperado, se elevó a una altura que no quedó de otra… Ruth se inventó una media tijera, a lo Manuel Negrete, para no perder más tiempo y aquel remate fue seco y directo contra la red. Había sido una hermosa ejecución, una genialidad para tiempos de vacas flacas, había sido el tres a uno que volvía marcar de forma justa las diferencias.
Aquel fue un golpe tremendo del cual las Acaliza ya no se pudieron levantar. Incluso su gente no supo cómo regresar el ánimo a sus jugadoras.  No habría definición por penales.
Es más, las Buitras tuvieron unos minutos para regresar al buen juego y en una combinación de pases encontraron a Carla sola junto a la línea de gol para simplemente cobrar. Ella, como si le molestaran los goles fáciles, echó la pelota por encima del travesaño, cosa que de haberse intentado de esa forma resultaba mucho más complicada que ponerla dentro de la portería. El grito de toda la gente fue de lamentación seguido por las risas de incredulidad que son obvias en estos casos que parecen imposibles. A Carla se le pusieron los cachetes como para tostar chiles, pero la sonrisa que juega fútbol no perdió el ánimo ni la vergüenza y pocos minutos después volvió a fallar otra acción similar, así nomás, como quien no quiere la cosa.
Entre el regreso de las Buitras, el carnaval de Carla y la desaparición de las Acaliza del campo, el resto del tiempo se fue y el árbitro dio por terminado el segundo tiempo, el partido y el campeonato. Las médicos pasaron de forma inmediata al festejo, como si hubieran encontrado la cura para todas las enfermedades del mundo o, más imposible aún, como si le hubieran encontrado la solución a todos los problemas del sector público de salud.
Las finales son extrañas, rara vez resultan en buenos partidos, pero es que hay que ganar hasta los partidos más feos. Las Buitras se traicionaron un poco al abandonar lo que habían sido durante todo el campeonato en esa final, y poco faltó para que lo pagarán muy caro. De las victorias suele aprenderse poco, pero este triunfo dejó en ellas la sensación de que había errores que no podían volver a cometer. Para mí el asunto fue la comprobación de la ecuación: cuando el desorden se enfrenta contra otro desorden (porque eso fue la final), gana quien tiene más talento.
Esa noche las Buitras celebraron, a su manera, ese campeonato. Estuvieron juntas, como su capitana lo había explicado, un equipo que no solo está unido dentro del campo sino en todo momento. Y en esa leperocracia sexodiversa y comunal está garantizada la hermandad si es que alguna vez los trofeos dejan de llegar, porque las Buitras son así, buenas para la salud. Aquí somos las Buitras Negras y nos gusta el buen fútbol.

martes, 4 de diciembre de 2018

MIÉRCOLES. Nunca dejes de creer




Nadie sabe quién fue la primera, mucho menos se conocen sus razones o motivaciones, si lo intentó sola o en conjunto con otras, si se coló a un partido con hombres con o sin el consentimiento de ellos; pero sabemos que existió, la Eva de la pelota de estas tierras. ¿O será más correcto llamarle la Lilith de la pelota?, pues las mujeres que han jugado fútbol han sido demonizadas a lo largo de la historia pues atentamos directamente contra aquello que llaman la “mística femenina”. Y sí, una mujer tan valiente y tan en rebelión no podía haber salido de la costilla de ningún hombre.
Sabemos que nuestras abuelas antes de los españoles si le entraban a eso del juego de pelota, pero sobre las primeras que lo jugaron tal y como es ahora el juego, con las reglas de los ingleses, sabemos prácticamente nada. No debió haber pasado mucho tiempo luego de aquel primer juego varonil en Real del Monte en 1899 (¿o fue en Orizaba?), para que quizás ahí mismo las primeras lo intentaran. A pesar del anonimato, aquellas adelitas del balompié, se merecen la gloria. ¿Juego oficial? No, para eso tendrían que pasar muchas décadas.
En cierta forma, ese primer partido se juega cada día en algún rincón de México por una u otra mujer, no importa la edad, el carácter del juego o su resultado, ese primer juego es todavía acción de emancipación, es conocer una puerta de escape efectiva rumbo a la felicidad.
El equipo que arbitrariamente coloqué en el día miércoles ofreció esa oportunidad, la del primer partido, a varias mujeres de los férreos barrios de la Juventino Rosas, Tlacotal, Tlazintla, Los Reyes, San Miguel, Santa Anita y Zapotla,  no muy lejos del gran mercado de la Viga y de la avenida del mismo nombre que otrora fuera un canal abarrotado de chalupas y flores. El día es arbitrario porque la liga femenil del bajo-puente de Coyuya acomodaba los distintos compromisos durante la semana, así una semana juegabas martes y la otra quizás en viernes.
Además, esta liga tenía la particularidad de tener una primera y una segunda división femenina, privilegios de saber organizar bien las cosas. Los partidos de las féminas se intercalaban entre los de las ligas varoniles, lo cual también da un ambiente distinto en las tribunas de tubo metálico y techo de lámina que rodean la cancha. Finalmente, hay que decir que era una liga popular, de esas que defienden el territorio y que todavía preguntan a sus equipos agremiados sobre las decisiones que se toman.
El equipo llevaba por nombre Atlético, y no solo otorgaba esa primera oportunidad a sus mujeres de jugar al fútbol, también asumía el riesgo de acompañar eso y de hacerlas competir en la segunda división de la liga del bajo-puente de Coyuya.
El entrenador y entusiasta del equipo era un joven de mirada sincera que tenía el mismo nombre del primer hombre según la Biblia: Adán. De este chico, el equipo debe también su nombre pues él llevaba en el corazón, vayan a saber ustedes la razón, los colores del Atlético de Madrid. Sabía todo sobre esa escuadra, tenía todo suvenir de ese equipo históricamente opacado por la merenguera multinacional contra la que, temporada tras temporada, el Atlético jugaba el clásico de Madrid.

Conozco muchos mexicanos enamorados del Real Madrid vía Hugo Sánchez, la generación galáctica o el atractivo ególatra de CR7, seguramente hoy hay muchos más adeptos del Barcelona por Messi y el hermoso juego del estilo Guardiola, pero ¿el Atlético de Madrid? Sin duda el renacer campeón de los últimos años de la mano del “Cholo” Simeone ha ayudado mucho, pero lo de Adán databa de antes de ese renacimiento, quizás provenía desde la gloria del doblete del 96…
Y por eso le puso Atlético al proyecto de un equipo femenil compuesto de mujeres que nunca antes habían jugado un partido oficial en liga o, incluso, nunca antes habían pateado una pelota.
Adán se arropó de gente valiosa para llevar a cabo la empresa, Alex y Pablo que cumplían con la función de ser su fiel cuerpo técnico. Porque el Atlético entrenaba. No hay que ser ilusas, la práctica hace al maestro, la palabra habilidad viene de “hábito”, comenzar a jugar para llegar a ser buena no es cosa de magia ni se logra únicamente con buenos deseos y metafísica, hace falta trabajo y por esa labor estos chicos no cobran ni un solo peso a las integrantes de su escuadra.
Cada miércoles, si no tocaba juego, estos chicos y las jugadoras del conjunto, se reunían en la explanada de la alcaldía de Iztacalco para practicar fútbol ante el desconcierto de los vendedores de esquites, los guardias de las puertas o los pocos burócratas que salían ya tarde de las oficinas de los edificios de gobierno. Era un lugar que ofrecía pocas comodidades para la práctica del juego, su mejor atributo era la plancha de concreto inmensa y libre de obstáculos. No había vestidores, ni porterías, ni rejas que evitaran que los balones se escaparan cientos de metros de dónde se entrenaba.
Si llovía el cemento se ponía resbaloso y ahí terminaba la práctica. Entrenar en esas duras condiciones aportaba un poco más de emotividad al ímpetu que le ponían esos jóvenes a la leyenda del Atlético femenil de la liga de Coyuya. 
Ese trabajo había dado sus frutos en poco tiempo, el equipo llegó a la final de ascenso, pero por una bronca (sí, en el fútbol femenil también ocurren), la final fue suspendida y la liga decidió no darle el ascenso a ninguno de los equipos que luchaban por ello. Ese lamentable episodio representó una espina clavada en el alma del Atlético, una cuenta pendiente que debían sanar y superar.
Para entonces, en aquella final perdida a los golpes, en el equipo ya estaba otra de las piezas claves del club y es que no le puedes otorgar todo el peso a la formación de jugadoras: necesitas ejemplos a seguir, referentes con experiencia, requieres al menos un marinero que ya sepa mover las velas durante una tormenta, y esa jugadora de vasta práctica y amplio nivel de juego era Ruth, de quién ya he escrito en este libro. Ella participó en ese camino de los entrenamientos, el de colocar fundamentos básicos del juego en aquellas valientes mujeres. Fue ella quién me pidió que para la siguiente temporada, luego de aquella final violenta, me hiciera cargo de la portería del Atlético. Yo acepté, cómo no iba hacerlo, si Ruth hubiese sido pirata del siglo XVI (y no me la imagino siendo otra cosa en esa época) yo hubiera sido su contramaestre en algún viaje al fin del mundo. Fue así que terminé por emular a los Abel Resino, Molina, de Gea, Courtois, Oblak, el “Mono” Burgos y Lola Gallardo.
Para esa temporada también llegó otro de los flamantes refuerzos del club, una joven de nombre Karlita que rondaba los veinte años apenas, y que fue apodada como “la fantasma” por su impresionante capacidad para correr toda la cancha y robar balones a las contrarias. A su corta edad ya acumulaba miles de partidos a cuestas pues sacaba jugo a las ventajas de su generación: una época más suave en eso de juzgar a las mujeres que se atrevían a jugar a la pelota. Para tal movilidad en el campo su cuerpo ligero le ayudaba, si no era futbolista lo tenía todo para ser gimnasta. Mientras jugaba la alegría de hacerlo se podía leer en su mirada. Su seguridad en su juego contrastaba con las de sus compañeras que todavía combatían con las dudas que provocaba el miedo al error, y que poco a poco enterraban ese temor en cada entrenamiento y en cada partido.
Con esas herramientas, la mística de un club como el Atlético de Madrid del “Cholo” Simeone encajaba como anillo al dedo, apostar por el esfuerzo para darle tiempo al pulimiento del talento, en donde todas participan y mejoran, poco a poco, escalón por escalón, al irle agregando fútbol a ese arrojo, potenciando sus virtudes, al tiempo de cada una.
En el Atlético de Coyuya no había ninguna jugadora que no estuviera convencida del método, ni siquiera las refuerzos llegadas de fuera, que bien podían asumir una actitud mezquina desde la simplona irreverencia del “yo sé jugar y tú no” faltaban a esa fe.
Lo cierto es que el paso durante la temporada del Atlético fue tranquilo, salvo algunos inconvenientes, la calificación a la fase final nunca estuvo comprometida. Se notaba, en todo caso, la diferencia entre un equipo que entrena y otros que no lo hacen.
Cuando hubo momento de enfrentar al líder de la competencia, perdimos ese partido por uno a cero, pero aquello fue un dejo de tranquilidad, a todas nos quedó la impresión de que aquella escuadra no era invencible ni era más maravillosa que la nuestra.
Durante los cuartos de final se consiguió el pase con holgura. En la semifinal fue que el asunto se hizo complicado y se ganó apenas por un gol de Ruth en los minutos finales del encuentro. Al término de ese partido de angustia, el equipo entró en discusión. Aquello era estupendo, las que jugaban menos tiempo exigían participar más, lindo problema para cualquier entrenador, el tener gente que se muera por jugar en lugar de tropa que se esconda en la banca para no tomar grandes responsabilidades. La que había pedido más minutos con más fuerza había sido Caro, una joven alta y espigada, de rostro fino y ojos despiertos, y que era de las que tenían poca experiencia.
Para mí era bueno tener a Caro entre mis defensas porque cuando a las contrarias se les acababan los argumentos para atacarnos comenzaban a meter balonazos a nuestra área por arriba y ahí siempre estaba Caro, que iba muy bien por lo alto para despejar todo en el juego aéreo; de hecho, en los cuartos de final, así había terminado el partido, con despeje de ella producto de uno de esos globos lanzados por el enemigo.
La discusión solo hizo más fuerte el vínculo entre esas mujeres y llegó el día de la final por el ascenso. Esta es la crónica de ese ascenso, de ese “nunca dejes de creer”, de ese Atlético que luchó por ser de primera.
Ruth y yo llegamos a la cancha bastante tarde y en taxi, como si el propio nervio del partido que se nos venía no fuese suficiente y hubiera que agregarle la ansiedad de nuestro coche atrapado entre el tráfico de la gran ciudad.
Cuando llegamos, lo primero que se notaba era que el graderío estaba lleno, había familias por todos lados, algunos ya tenían la cerveza preparada y otros, cínicos, ya se la habían comenzado a beber desde mucho antes.
Normalmente nos cambiábamos en alguno de los niveles de una de esas tribunas, la que daba a los carriles centrales del eje vial, pero en esa ocasión era imposible encontrar lugar en esa zona. Al llegar tarde, ya todas las demás compañeras y rivales estaban listas y preparadas, muchas de ellas habían traído a los padres, a la pareja, a los hijos o a los amigos, aquel ambiente era el de una fiesta, no cabía ni un alma.
Adán no parecía tener ningún sobresalto, todo parecía resuelto y cuando me vio su semblante me pareció de absoluta tranquilidad. Esa paz no parecía tener nada que ver con nuestra llegada, era como los árabes que creen en la expresión maktub: está escrito, una certeza, una visión que daba seguridad ante lo que pudiera pasar. Adán me preguntó si yo estaba lista y asentí, salvo el asunto de ponerme los zapatos y los guantes, yo me sentía completamente preparada.
Al no haber sitio para sentarme a ponerme los zapatos, tuve que hacerlo de pie a las puertas de la cancha donde estaban ya formadas las jugadoras de ambos cuadros y una mujer de la liga les tomaba los nombres y checaba que todas tuviesen registro, las cachirules estaban prohibidas.
Mis compañeras se notaban exacerbadas enfundadas en aquella remera en rayas rojas y blancas que es la típica indumentaria del cuadro colchonero. Las expresiones eran de ansia, alguna se frotaba los dedos de las manos para espantar un frío que llegaba desde adentro. Nirvana, una de nuestras jugadoras de medio campo de esas que nunca claudicaban en el esfuerzo, llevaba puesto un gorro de esos para los días de invierno que asemejaba más a la capucha de un duende mágico… y magia era lo que necesitábamos esa noche, no se quitó el gorro hasta que tuvo que entrar ya a jugar. Otras preferían no mirar a ninguna parte, ni a las rivales, ni a las compañeras, ni a la grada, ni a la cancha, pero mucho menos al piso pues no era tiempo de agachar la cabeza.
Di mi nombre e ingresé al campo todavía atándome los cordones de los zapatos. A mí no me espantaban el murmullo de aquel campo lleno de gente y de su ambiente de final; estaba sosegada sin más allá de ese nervio rutinario antes de cada juego, ese nervio que, me había prometido, si un día dejaba de sentirlo era momento de dejar de jugar.
Adán nos juntó a todas cerca de la que sería nuestra banca y no dijo ninguna arenga, había que liberar aquello de las manos de la  tensión y por eso soltó la única petición: “ya están aquí, disfruten”. Todo el parado táctico se había dispuesto antes de ese momento, algunas habían asistido el día anterior a ver un vídeo del equipo contrario que Alex, uno de los del cuerpo técnico ya mencionado, había grabado la fecha en que las rivales habían jugado la semifinal. El antagonista estaba estudiado. Además, decir alguna cosa más cuando se tenía la estructura del tiempo, el trabajo y la constancia de toda una temporada en aquellos segundos previos al inicio hubiese sido redundante.
Se anunció el cuadro que empezaría justo antes de que el cuerpo arbitral llamara a juego.
Enfrente, las rivales, superlíderes del torneo y quienes nos habían ganado por uno a cero en la liga, si tuvieron algo más parecido a un ritual de iniciación de partido; su uniforme en color oscuro, su postura seria y sin muchas expresiones me hacían pensar que también para ellas eso de las finales no era algo nuevo. Para Ruth tampoco, ella estaba como pez en el agua, sonreía, daba las últimas indicaciones y animaba a las otras colchoneras que, para ellas si era, a lo mucho, su segunda final; y para como había acabado la primera, no era para más que estuvieran asaltadas por la crispación de los nervios.
Saludé a los palos de mi portería, remendé la red en los puntos en donde no estaba bien atada al aparejo de la portería, también dije hola a la noche clara y fría de noviembre y a las torres del alumbrado de la cancha que nos permitían no estar en tinieblas para esa hora. A lo lejos se escuchaba el rumor de los motores que circulaban por el eje vial. El público estaba a la expectación. Observé a mis dos centrales acomodadas en sus puestos, hacían los últimos movimientos de calentamiento. ¡Diablos!, al llegar tarde tampoco me había dado tiempo de calentar, así que mientras el árbitro central y las capitanas de ambos equipos escogían balones, improvisé un movimiento de brazos y piernas que me permitiera escribir esta crónica señalando que al menos calenté los músculos un poco.
Y el árbitro pitó el comienzo. Aquel inicio fue tiesto en ambas escuadras. Las imprecisiones y equivocaciones menores fueron protagonistas hasta que cada uno de los dos equipos se acomodó en la cancha y comenzó a realizar lo planeado. Nosotras tuvimos las primeras oportunidades de marcar pero nuestros tiros salieron desviados. En los pocos disparos de nuestra parte que fueron a portería se demostró que la guardameta del otro equipo era muy capaz.
En mi área la cosa era tranquila, era evidente que la táctica de aquellas rivales era comernos en los espacios largos, pero su primera oportunidad clara de gol llegó de forma distinta, con un saque banda por la izquierda del marco que yo defendía. Se notó que aquello les era rutina, el saque se realizó hacía nuestra área congestionada de delanteras y defensas, una de ellas “peinó” la pelota más adentro de la zona de peligro donde la delantera número nueve se anticipó a Lulú, mi central izquierda, y picó un remate de cabeza sorpresivo y bastante bueno que alcancé a sacar con mi mano izquierda, pero no del todo… la pelota pegó en el poste izquierdo y luego en el talón de Lulú que seguía desconcertada. Intenté desesperadamente coger la pelota pero no la alcancé, y por fortuna tampoco la alcanzó la otra de las delanteras de ellas que merodeaban el área. La redonda se paseó, literalmente, por la línea de gol de mi marco antes de saludar a mi poste derecho y encontrar el despeje rotundo de una de nosotras, creo que fue Karlita, hacía el tiro de esquina. Me reí de aquel milagro, estábamos vivas.
Pero el alivio no duró, fue como he dicho, en el aprovechamiento de los espacios largos, que ellas encontraron su gol. Una pelota que no supimos despejar. La nueve de ellas encontró un callejón para colarse rumbo a nuestra portería desde el medio campo y, cuando la última de mis defensas salió al paso, la delantera tocó un pase preciso a su derecha donde otra de sus compañeras entró como el rayo.
La nueva dueña de la pelota se plantó delante de mí, completamente sola, con todo el tiempo del mundo, ya nadie la alcanzaría, y definió como marcan los cánones: fuerte, raso y colocado. La puso sobre el poste que yo tenía que cubrir, había sido un error de principiante y era el uno a cero del partido.
Dolió sacar la pelota de entre la red, pero se me escapó un grito de “¡Vamos!” mientras lo hacía, más que para mis compañeras, ese grito era para mí.
De haber seguido en esa situación al terminar el primer tiempo aquello se habría complicado demasiado. Mis defensas, Lulú, Yaz, Debi y Brenda ya no dejaron pasar nada más, ¿quién necesitaba a Godín si estaban estas mujeres? Algunas de ellas ya hasta se atrevían a pisar la pelota con elegancia, arriesgaban de más nuestra seguridad, pero qué importaba lo seguro si lo que se celebraba era esa libertad para jugar, como eso ninguna ausencia de riesgo era más valiosa.
Karlita como siempre, bajaba y subía, era el motor de ese equipo, a lo Simeone o Raúl García en sus mejores tiempos pero sin las faltas de estos. Ruth en cambio trataba de ponerle toque a ese remolino de estrés, a lo Caminero, colocaba las pausas y los silencios donde la sinfonía lo necesitaba, trataba de arrancarle las faltas a las rivales y así tener un tiro libre a favor y la posibilidad de emular a Milinko Pantić.
Adelante, nuestras dos delanteras, Vanesa y Fernanda, estaban muy lejos de ser algo como Diego Costa o Griezmann, de hecho, estaban muy lejos de ser lo regular que ellas habían sido durante la temporada. Permanecían muy cargadas a la banda, no pedían la pelota, ahí había un cuadro típico de temor a fallar. Recepcionaban y la pelota nos les quedaba a modo, siempre larga; iban por lo alto (las dos tenían buena estatura para ir por arriba) y sus remates se perdían, intentaban el regate pero lo anunciaban tanto que le daban a las defensas contrarias media vida para reaccionar. Aquella dupla necesitaba que el primer tiempo terminara.
Fue Ruth la que, luego de armar una pared y terminar con disparo contundente, empató el juego a uno. A todo el pueblo del Atlético le regresó el alma al cuerpo en ese momento.
El árbitro mandó a todo el mundo al descanso y cada equipo se dirigió hasta su banca donde ya esperaban las indicaciones, los consejos y los reproches. Yo sentía que, a pesar de la gran carga emocional que nos jugaba en contra, estábamos bien, desde la defensa habíamos tratado de salir jugando y con personalidad lo habíamos logrado. Cuando el rival nos tapaba las salidas en corto yo buscaba en el despeje a Ruth, pues como se me había educado desde muy pequeña: la pelota debía ir siempre al diez (“la” diez en este caso).
Se les hizo la indicación a las delanteras de que tuvieran confianza y eso fue un conjuro pues lo que ocurrió fue…
¡Gol! Apenas el árbitro había reanudado el juego, no pasó ni un minuto de la segunda parte y Vane, con un tiro de fuera del área raso y pegado al palo izquierdo de la portera, había marcado el gol que ahora nos ponía en ventaja. Vane había sido, luego de Ruth, nuestra manera más simple de encontrar el gol durante todo el campeonato, era una delantera que buscaba combinarse con sus compañeras, pero que si se encontraba solitaria no temía aventurarse en eso de regatear hasta a dos defensas si era necesario, poseía un buen tiro de media distancia y así había encontrado el gol esa noche de superación de límites propios.
El pueblo colchonero estalló en júbilo, mis compañeras se abrazaron de alegría, pero entonces comenzó el asedio de nuestra portería por parte de un rival que ahora debía matar o morir, ya no podían echarse a esperar y aprovechar el espacio en largo. O planteaban algo importante o se morían de nada, y vaya que nos la pusieron complicada.
La gente dice que tuve al menos dos buenos lances, lo cierto es que a mí me parecieron rutinarios, no me quedé con la sensación de que mi marco hubiese estado realmente en serio peligro y el partido se iba metiendo en el embudo de los minutos finales.
Nosotras no podíamos encontrar el gol que nos ampliara la ventaja. Aquello iba a ser de serie de penales por empate agónico o de triunfo nuestro por ajustado marcador.
Conforme el tiempo se escapaba, el temor crecía cada vez más. Fue entonces que ocurrió la jugada que realmente me heló la sangre cual magia negra de invierno.
Ellas tenían una gran jugadora que portaba la número diez. Básicamente, durante casi todo el juego, mis mediocampistas y defensas la habían secado, pero era de esas de personalidad felina que esperan a su presa antes de gastar energía inútilmente en persecución desesperada.
Así ocurrió, en uno de esos rebotes de medio campo, a ella le cayó la pelota con una inusitada ventaja, se llevó en regate, que pareció lo más fácil de este mundo, a mi última defensa, no perdió el equilibrio al hacer el paso final y quedó mano a mano conmigo.
Una gota de sudor frío me escurrió por la mejilla cuando salí al borde de mi área en aquel intento de achique último. Los pasos hacia la frontera entre mi territorio de portera y el campo ignoto los realicé de manera algo torpe y apurada, no había tiempo que perder ni espacio para regalar. 
Ella alzó la vista, las buenas jugadoras siempre lo hacen antes de definir. Se miraba tan tranquila…
Era ya muy tarde para intentar la finta a lo Jorge Campos y por supuesto, no me iba a despatarrar al estilo Peter Shilton. No, a esa delantera le iba a costar trabajo. Hice lo que mis padres futbolísticos me habían enseñado se hace en esos casos frente al pelotón de fusilamiento: el Cristo. Planté la rodilla izquierda sobre el suelo y doblé un poco mi pierna de ese lado hacía afuera para cubrir la mayor cantidad de espacio posible. La rodilla derecha no tocó el suelo, era el punto de resorte por si el intento no era por los costados sino por encima de aquella cruz imaginaria. Mis brazos los coloqué un poco más cerca de mi torso a diferencia de como los tiene el salvador cristiano en todos los cristos de madera del mundo. Mis manos no tenían clavos pero puse las palmas bien abiertas como si cada centímetro de la extensión de cada uno de mis dedos fuera necesario en ese escorzo antes del desenlace.
La número diez de ellas pateó con la parte interna de su pie derecho y la pelota me pasó por un costado, apenas un poco por encima del talón de mi pie izquierdo.
Mi vida futbolística la miré pasar… los campos de tierra de Cuemanco, la plancha de pavimento de los partidos en la calle, el lindo césped del Centro de Capacitación y su escuelita de fútbol, me pareció sentir en mi lengua el rancio resabio del caucho de las nuevas canchas sintéticas que se te mete en los zapatos de forma molesta; por mi cabeza pasaron cada partido de aquel campeonato y de todos los campeonatos anteriores, cada buena atajada celebrada y cada gol en contra lamentado, observé también el rostro de aquellas compañeras colchoneras que siempre me habían hecho sentir que yo era un regalo del cielo para ese equipo en un mundo donde las porteras somos un bien escaso.
Y vi a Jimmy Floyd Hasselbaink, aquel delantero holandés de color que fue Pichichi, fallar aquel penalti que en el año 2000 significó el descenso del Atlético de Madrid a la segunda división del fútbol español, su rictus de dolor, un gesto que pensé yo iba a repetir…
No quise mirar de inmediato, pero el “¡uhhh!” del público me lo anunció: la número diez de ellas había mandado la pelota a un lado, se había fallado el gol del partido, el gol del título, el gol del ascenso.
Puse la mano izquierda sobre el piso y ya más tranquila me volví a mirar dónde había quedado la pelota. Los latidos de mi corazón bajaron al punto normal. El árbitro señalaba el saque de meta y no sabía que en realidad me señalaba a mí, de manera personal, que: usted sigue viva y en juego.
Los minutos posteriores fueron un trámite. Esa falla sepultó no solo a aquella buena jugadora sino a todas sus compañeras. Nosotras seguimos en nuestra alerta hasta que el árbitro dijo que era todo con un tremendo silbatazo.
La bulla del campeón se hizo. Todas mis compañeras corrieron a abrazarse nuevamente. Yo mantuve la serenidad y solo se me ocurrió caminar hasta mi colega que vivía el infortunio, como lo hizo Kahn con Cañizares en aquella final de Champions hace casi veinte años, ya habría tiempo para celebrar, primero había que ser solidarias con la compañera de soledad. La otra guardameta me ofreció un tímido “felicidades” y nos dimos la mano y un abrazo.
El Atlético festejó, se tomaron las fotos y se elevaron al cielo los hurra respectivos. Se obtuvo el trofeo y se recibieron todos los halagos y felicitaciones. Es muy probable que el torneo siguiente, ya en la primera división, nuestra realidad sea muy distinta. Estaremos peleando por no descender, por mantener la categoría, por dar buenos partidos para no recibir sendas goleadas; pero al final del día, este proyecto, pase lo que pase, es un hermoso intento de hacer las cosas en el fútbol. Estoy enamorada de este Atlético que le da cabida a muchas que en otros equipos no tendrían lugar salvo para estar en la banca y cooperar con el pago del arbitraje, que las convierte en protagonistas de su propia historia, de este “nunca dejes de creer” del joven Adán y sus once demonios mujeres. Estaba… estaba escrito.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

MARTES. La Unión Deportiva de Mujeres Santa Fe




El Santa Fe era el equipo al que le correspondían los días martes de nuestra existencia. Jugaba en una canchita de fútbol rápido localizada en el techo de un gimnasio de renombre en la ciudad, y había sido fundado por Chío, una de esas amazonas que ya acumulaban años de andar jugando, una de esas otras mujeres igual de enfermas por el fútbol que por alguna razón maravillosa no pueden dejar de jugar aunque las lesiones lo impidan (ella se recuperó de su rodilla y sus ligamentos rotos).
El gimnasio era un complejo de tres niveles que ofrecía a sus usuarios cientos de bandas caminadoras, canchas de pádel, vestidores y vapor, alberca olímpica y cafetería con productos light para hacer permanecer la sensación de que en todo momento, incluso comiendo un postre, se estaba cuidando la línea. El acceso era controlado rigurosamente y el último nivel de aquel edificio era el que había sido utilizado para ofrecer fútbol de azotea.

La cancha era más pequeña que lo permitido para una cancha de fútbol rápido, así que solo se jugaba cinco contra cinco. La alfombra y las tablas de madera que formaban un redondel en las esquinas hacían creíble que aquel diminuto espacio era en realidad una cancha. Una red evitaba que el balón saliera volando hacía la calle y la canchita de fútbol compartía la azotea con otra de básquet que también era enana en proporciones.
Este lugar era de los más humildes que se podían encontrar en su tipo en la ciudad. Había sitios más ostentosos y onerosos para jugar en azoteas, que ofrecían incluso un ambiente mucho más hipster y los partidos se grababan y se transmitían por internet (como si alguien viera nuestros juegos además de los usuarios mismos).
La canchita donde jugaba el Santa Fe no dejaba de tener ese sabor a fútbol transgénico, así mismo era lo más cerca que podíamos estar de cumplir la ilusión de jugar en el Teatro de los Sueños, ¡había vestidores, háganme el reverendo favor! Era la versión que la gentrificación nos ofrecía acerca del fútbol: un lugar nice en el cual, luego del partido, podías bajar a tomarte un café o una cerveza artesanal con tus amigas.
Acerca del nombre del equipo, Chío contó alguna vez que no sabía qué nombre ponerle pues era principiante en aquello de formar y llevar equipos, por ello se decantó por el nombre del lugar en que uno de sus compañeros trabajaba: el complejo financiero de Santa Fe. El lugar, era una historia llena de abuso de poder, dinero y necedad, un terreno extenso donde la oligarquía del país encontró el sitio perfecto para por fin aislarse de la clase popular que ya abarrotaba la Ciudad de México. Sobre los cerros del occidente de la metrópoli que antes habían sido minas, construyeron una sub-urbe alternativa que expresaba su deseo de un mundo ideal, es decir, sin gente humilde. Sin embargo, en cierta forma fallaron, porque sus oficinas no pudieron llenarlas de gente bien, tuvieron que reclutar a la misma clase godín de la que esperaban por fin separase para siempre.
Y los amigos de Chío trabajaban en una de esas oficinas en el complejo de Santa Fe y ella decidió ponerle así al equipo. Lo de Unión Deportiva de Mujeres es un derecho que se tomó la autora para apaciguar su pensamiento izquierdoso y su culpa por aquello de jugar en la cúpula de una plaza comercial.
El equipo se formó con otras amigas de Chío, pero a aquel batido de jugadoras talentosas le faltaba el cementante que antes era la unión y la fuerza de todo equipo de fútbol que se respetara: en el Santa Fe la integrantes no eran estudiantes de una misma escuela, no trabajaban en la misma oficina y no vivían en el mismo barrio. El sentido de identidad en el Santa Fe era complicado, salvo el gusto por el juego y la amistad que cada integrante podía tener con la fundadora del equipo, no había ninguna otra cosa que uniera emocionalmente a aquel conjunto.
También habrá quien diga que hoy en día así son casi todos los equipos amateurs, y a falta de estadísticas habría que asumir al menos que podría ser; pero el que algo sea la norma no significa de antemano que este bien o sea el mejor modo.
Chío, fundadora y capitana, era una jugadora de diez, mediocampista que lo mismo robaba balones que acomodaba pases con toda la ventaja para las delanteras, una cinco que a Cruyff le hubiese encantado tener en su Barça si alguna vez al genio de Holanda se le hubiese ocurrido formar un equipo de damas. Y esa referencia al Barcelona es el mejor halago que se le puede hacer a esta jugadora.
Sus amigas también jugaban bien.
La guardameta se llamaba Bárbara y tenía reflejos y técnica notables, una agilidad felina saltaba al paso luego de pocos minutos de juego y ya no dudabas de que ahí había una gran guardameta que sacaba de quicio a las delanteras rivales cuando salía en plan de muralla china.
En la defensa, Yara era aquella que despejaba todo lo que le llegaba, sin problemas ni riesgos, por falta de más defensoras naturales o nominales le acompañaban, ya sea Lou, una mediocampista con más características de diez, de enganche elegante, que de defensa.
El medio campo en una cancha tan pequeña como la de aquel mall era prácticamente inexistente, por lo que se podía afirmar que de la defensa se podía pasar al ataque hasta por rebote. Ergo, no se podía hablar de jugar el medio campo, un espacio minúsculo de la cancha que casi todo el resto de los equipos se saltaba, sin más, con un pelotazo.
Arriba estaban una serie de jugadoras que individualmente la rompían, pero que nunca se pudieron acomodar en lo colectivo.
Laura era la más killer de todas, rostro de muñeca que no rompe un plato pero que con un tiro letal y mucho gol, no corría tanto pues esperaba el momento justo como si de una patera negra a la caza de su presa se tratara.
Jeni era la otra jugadora en ataque, ligera de cuerpo y andar casi inocente, tenía un regate en corto muy eficiente y también sabía definir con frialdad, era la más generosa en eso del sacrificio para bajar a defender.
También, estaba Karen, alta, de cabello corto y con menos técnica que sus dos acompañantes, pero con una capacidad para alcanzar los rebotes y para el remate de cabeza que la hacían experta en los goles imposibles, a veces ni ella misma se creía las joyas de anotaciones que hacía.
En los últimos días del equipo, y ante la falta de jugadoras constantes, se había integrado Melina, una argentina de cabello rubio que jugaba también adelante, con mucho tesón y que, cada que erraba una jugada, soltaba maldiciones en las que incluía frecuentemente la expresión: la concha de tu madre.

Y poco más que eso era el Santa Fe en donde la autora encajaba en la defensa para dar algo de calma a un juego que, en esa cancha tan pequeña y bardeada, se desarrollaba a velocidades estresantes.
El resto de los equipos de la liga eran buenos, había gente capaz en todos ellos, pero además se repetía un patrón: a varias de las jugadoras de esa liga te las podías encontrar como compañeras o rivales en el resto de las ligas de fútbol de la zona. Hacen falta números para hacer una aseveración del tipo “creo que no más allá de un grupo de cien mujeres alimentábamos el desarrollo de la docena de ligas amateur de la zona sur de la Ciudad de México”, pero esa era la impresión.
Por supuesto, luego del boom mediático de la liga femenil profesional, muchas mujeres que no se habían atrevido a jugar tomaron coraje y se lanzaron a la cancha sin importar su nivel de juego; por lo tanto, no faltaban en todas las ligas equipos nuevos formados de inexpertas. Aunque eran refrescantes, este tipo de equipos también venían acompañados de las dificultades propias de la gente que por el solo hecho de intentar algo creen que ya tienen derecho a todo.
Regresando al Santa Fe, aquellas mujeres terminaron aquel primer campeonato apenas arriba de la media tabla. El talento y la capacidad no alcanzaban cuando se jugaba con una jugadora o hasta dos menos y cuando en el resto de los equipos también había calidad. Algunas veces los otros conjuntos también llegaban incompletos y la cosa se emparejaba, pero entonces aparecía la mala suerte que acompaño al Santa Fe desde su nacimiento de probeta, con goles imposibles de fallar que se fallaban, rebotes que terminaban de forma trágica dentro de nuestra portería, o pifias arbitrales que terminaban, también, dentro de nuestra portería. Sin embargo, ese devenir errante y casi gitano era la ligera amalgama de aquel conjunto al que le costaba un esfuerzo demandante hacerse manada dentro del campo.
En el Santa Fe un martes firmábamos un partido de ensueño, daba gusto vernos jugar, y al martes siguiente dábamos cátedra de errores y despistes, daba pena vernos jugar. Aquel performance de cuarenta minutos cada martes era, entre toda su incertidumbre, la manera en que se encontraba gusto y placer por hacer lo que nos encanta, por el juego que deleita, y hasta transgresor a pesar de estar encapsulado dentro de aquel centro comercial.
De esa forma, cada gol, cada pared, gambeta o jugada brava, desafiaba el orden de las cosas, nos ponía cerca del cielo y nos hacía no faltar cada martes a las jugadoras del Santa Fe. No era solo compromiso, no había ahí un masoquismo mal entendido, era que a veces las cosas salían tan hermosas en el juego del Santa Fe que valía la pena intentarlo cada martes.
Así nadie entendía a las jugadoras inconstantes, cómo era que podían permitirse perderse de aquellos intentos. Quizás era que a ellas nadie les había mostrado que el fútbol podía serlo todo o nada, y quizás nunca lloraron una eliminación de nadie en una copa del mundo, sus razones tendrán las jugadoras inconstantes del mundo.
Lo cierto es que desde el comienzo fuimos muy pocas, y aunque cada semana se decía que se buscarían más jugadoras, estás escasas veces se terminaban quedando en el equipo. Ese era el Santa Fe que se coló hasta la liguilla, fase final de aquel campeonato.
La ida de los cuartos de final la habíamos empatado y, debido a esos esfuerzos infructuosos de justicia que se han inventado en el futbol para desempatar un partido, el equipo estaba obligado a ganar el partido de vuelta ya que el rival había terminado arriba en la posición general de la tabla luego del torneo regular. ¿Qué se puede decir? Así son las liguillas, en México somos expertos en eso de inventar estos desempates, en Sudamérica lo saben por la Libertadores y en Europa por la Champions, ya sean goles de visitante, mejor posición en la tabla o terceros partidos en cancha neutral, el empate no puede prevalecer pues solo puede ganar uno.
Y estaba el Santa Fe en esa situación de equipo que no termina de encontrarse ni afuera ni adentro de la cancha.
El previo al partido había lesionadas, jugadoras agotadas (en estado de vejez explicó una), compañeras que llegarían tarde, uniforme incompleto y una de esas lluvias que no terminan nunca de caer y parece que durarán toda la maldita noche. Con la cancha mojada, con la desventaja de tener que ganar, nos presentábamos las que éramos, las que pudimos ser, pero no comenzamos tan mal, de hecho todo mejoró como por hechicería y, aunque terminamos pidiendo la hora, logramos remontar el marcador. Esa noche nos tomamos la foto del equipo, era un momento para guardar, estábamos en la siguiente ronda, la vida era buena.
Fue en la semifinal que todo el brillo alcanzó apenas para no perder por más de un gol y dejar todo para el partido de vuelta.
Las rivales eran una de esas escuadras llenas de jugadoras muy hábiles que poco saben del juego. Esto es, mujeres con mucha capacidad, habilidad y oficio, pero nulo entendimiento del valor del fútbol que practican; para este tipo equipos el campo de juego es un buen lugar para humillar a quien se deje, consideran que los árbitros siempre les marcan en contra y, entre tantos reclamos, cualquier psicólogo diagnosticaría paranoia; además, saturaran negativamente el ambiente de cada partido con mofas y reclamos dentro y fuera de la cancha. Nunca faltan equipos como esos en todas las ligas del mundo. Nadie está para juzgar estas formas, son válidas y de hecho ganan y mucho, la altanería no se sostiene con derrotas, pero quizás no saben que ganar de cualquier forma, por absoluta que sea, es perder en cierta manera junto a todas. En resumen, la marrullería, otra de esas malas costumbres en modo de copy-paste del fútbol varonil, daba a algunos equipos la falsa sensación de empoderamiento femenino.
Y el Santa Fe, cuya unión como equipo apenas estaba en cocimiento, terminó contagiado de ese ambiente pesado en la semifinal.
Nuevamente apenas justas, con las cargas de la vida diaria de cada una, la que llegaba tarde por el tráfico, la que había tenido un mal día en el trabajo, la que había pasado insomnio, la que no se sentía bien de salud, la que tenía problemas con la familia o con la pareja. En el Santa Fe hablábamos poco de nosotras mismas y de la vida de las otras; sabíamos que tal o cual era pareja de tal o cual, quizás que una vivía al norte o al sur de la ciudad, que una trabajaba hasta tarde pero quién sabe en qué tipo de empleo, éramos un rompecabezas que trataba cada martes de unirse dentro de la cancha. No teníamos un entrenador ni guía, éramos como una horda de bárbaros sin general que tenían en esa semifinal, frente de si y a la cual enfrentarse, una experimentada legión romana… y así nos fue.
Las rivales pusieron muy temprano mayor distancia y para cuando nuestro juego comenzó a nivelar las cosas ya íbamos abajo por tres tantos. No nos levantamos más, en cambio el rival aumentó su ventaja y el sueño escapó, como había escapado todas las veces anteriores en todos los planos en los que una apuesta el afecto en el juego, así dolió perder aquel partido.
Una por dentro se siente miserable pero es deber guardar las formas, porque ganar o perder es parte del juego y de hecho, las probabilidades de ganar del Santa Fe eran más un lanzamiento de dados que una certeza basada en la lógica.
Lo cierto es que nos ganaron bien, alguna de mis compañeras dejó la explicación contundente de que las rivales eran superiores en técnica y no solo en majaderías, y lo eran; pero una no podía dejar de preguntarse cuál hubiese sido el resultado si este Santa Fe aventurero hubiese salido en una de esas noches de belleza y perfección, una noche de gracia para esa manada.
Otra situación negativa de ese partido fue que la liga en ese partido puso dos árbitros y no uno, y nos cobró como si de un colegiado con gafete FIFA se tratara. Una entiende las razones de los dueños de las ligas para hacer ciertas cosas que aumenten o garanticen su tasa de ganancia, una entiende que hasta en este nivel amateur el fútbol es un negocio, pero eso no puede manchar la pelota (no pongo el versículo de la cita, pero ustedes saben quién la dijo) y los dueños de las ligas es algo que pocas veces pueden ver. Nosotras reclamamos el alza del coste a pagar, pero al final lo asumimos pues suponíamos que era mejor ganar o perder en la cancha que fuera.
Para colmo, existían los partidos por el tercer puesto, otra mala costumbre adquirida de las Copas del Mundo masculinas, que tiene su razón de ser, tanto en las copas del mundo como en las ligas amateurs más anónimas del mundo, en lo económico. Deportivamente representa la terrible posibilidad de perder dos veces o de ganar algo que nadie quiere: el tercer lugar.
El Santa Fe nos presentamos en tiempo y forma a disputar ese nefasto partido por el tercer puesto, pero el otro equipo había decidido no asistir (sensatas las rivales). La liga sabía que el otro equipo no asistiría y aun así no lo comunicó, se decidió poner un equipo sustituto de última hora para no perder en lo económico. Y ese fue el acabose de la mala suerte del Santa Fe, la infamia no fue permitida dos veces y no jugamos por el tercer puesto, decidimos abandonar la liga antes que representar la simulación. Se podrá decir que atentamos contra el fair-play y quizás; pero cuando las razones son económicas y solo eso ¿dónde queda el deportivismo? A la FIFA y a los dueños de las ligas del mundo, amateurs o profesionales, solo les interesa una cosa ante todo: mantener su beneficio económico, y ahí el fair play pierde dimensión y la rebelión contra eso cobra cierto sentido. 
Así mismo, se podrá decir que la del Santa Fe fue una grande derrota, pero importa mucho como se interpreten los hechos de un equipo de fútbol, y mucho más cuando se trata de uno de mujeres. Luego de desairar el tercer puesto, las jugadoras del Santa Fe bajamos a uno de los bares de la plaza comercial y bebimos mucha cerveza juntas, como si hubiéramos ganado, no había nada que celebrar pero nos quedamos juntas por última vez.
Luego de una hora en comunión de botanas y bebidas, bajaron al mismo bar las que nos habían derrotado en la semifinal, nos contaron que les habían cometido una seria injusticia y por ello habían perdido la final. Y claro, los equipos que siempre ganan creen que solo pueden perder por complot. Como colofón, aquel equipo insultó a la liga y despreciaron ser premiadas por el segundo puesto. Las que ganaron el campeonato, entre las que había jugadoras que yo conocía, me contaron una versión más simple de los hechos de aquella final, muy diferente a la del robo en despoblado del que las que las otras se sentían víctimas. ¿A quién creerle? Supongo que a ambas, cada quien cuenta las cosas “a cómo le va en la feria”.
Y aquel bar parecía ser sede de las que desprecian trofeos que no sean los de primer lugar, pero nosotras no nos sentíamos robadas, al contrario, nos embargaba la sensación de haber hecho lo correcto y el enojo que alguna pudiera tener ya se había diluido con la cerveza, las botanas y la charla.
Todo había sido muy rápido, lo cierto es que al menos durante esos pocos días en que duró el Santa Fe, cada una dejó en la cancha un pedazo de sí misma para aquel intento de colectivo. Aquel Santa Fe que no estuvo junto ni seis meses, no se reunirá veinte años después alrededor de un asado para recordar su paso en ese único torneo que alcanzó a jugar, tampoco se acordarán mucho de nosotras en esa liga; pero quedó ese sabor, ese sentimiento, el de caminar juntas esos meses con la vida libre como único beneficio, el de la belleza al menos durante algunos partidos, el de la rebelde unión de mujeres de Santa Fe, manada que, al día de hoy que se escriben estas líneas, todavía está en busca de un bosque en donde cazar.

*Pocos meses después, parte del Santa Fe, manteniendo el nombre, jugó un torneo en la competitiva liga del Estadio Azteca de los sábados, reforzado por Jessy Suárez, Magali Díaz, Diana Trigueros y Laura Callejas, el equipo dio algunos muy buenos partidos y marcó goles memorables. Fuimos eliminadas durante la liguilla, en serie de penales, durante el único torneo que jugamos ahí.

  Jorge Peñaloza, el Cobi , era el capitán del equipo de fútbol que representaba a Segundo Alfa en la liga local escolar de la secundaria Té...