Los
equipos no son grandes por sus títulos sino por su gente. Esta máxima del
balompié encajaba como anillo al dedo para una de las franquicias más
tradicionales de la liga de Fútbol femenil de la Alberca Olímpica, al sur de la
Ciudad de México, esa franquicia llevaba por nombre la Naranja Mecánica.
Aplicaba
así debido a que las Naranjas, que era uno de los gentilicios que ellas mismas
habían adoptado, habían sido prácticamente uno de los equipos fundadores de la
liga, a principios de la década, junto al Porto, el Barcelona o las Queens, en
una época en dónde nadie apostaba por el fútbol femenil, al contrario, tal
variante de género del juego daba risa a los hombres del mundo.
Desde
la fundación de la liga hasta los días que nos atañen, el equipo naranjero no
había obtenido ni un solo título de liga, se conformaban con presumir un título
de copa, algunos partidos memorables y una permanencia ininterrumpida de años y
años de estoicismo y sororidad. Además, desde aquellos lejanos principios, ya
habían comenzado a forjar su sello en lo futbolístico, un equipo aguerrido,
difícil de derrotar y que nunca dejaba de correr durante el partido.
Antes
de jugar para ellas, yo había enfrentado a las naranjeras bajo los colores de
las Mininas, y ya desde entonces reconocíamos en la Naranja Mecánica el juego
cerrado, el ímpetu, el siempre luchar y raspar la pelota, siempre al límite del
reglamento y de las fuerzas. La Naranja no era solo potencia y corazón, tenía
su dosis de talento en jugadoras como Thalía o Lulú, pero incluso ellas no
dejaban nunca el camino fácil a las rivales. Por eso, cuando las enfrentábamos
sabíamos, desde antes del partido, que esos iban a ser cuarenta minutos muy
pero muy largos.
Cuando
llegué a la Naranja lo hice invitada por su fundadora, Tania, una mujer hecha
de estudios, inteligencia y fútbol; tenía el cabello ensortijado y recogido,
usaba gafas y su carácter era amable, nunca le escuché ningún reclamo airado a
alguna de sus jugadoras para las que solo parecía tener frases de aliento. Era
una capitana con todas las credenciales para un cargo así.
En ese
entonces la Naranja no tenía guardameta fija y por alguna razón se les había
metido en la cabeza la idea de que ya era hora de ganar un título. Habían
estado cerca, pero siempre eran frenadas por los equipos de más fuerza y juego
como las multicampeonas Queens y Barcelona, o las recientes opositoras de ese
cúmulo de poder: las Panteras de Laura Callejas y Jessy Suárez. De ese modo, la
consigna con la que fui integrada al equipo era la de que se debía superar el
límite de las semifinales y llegar por fin a una final de liga para ganarla.
Yo
sabía que aquello era muy complicado, el plantel de las Naranjas no era mejor
que el de los otros equipos, equipos de abolengo que sin duda tenían mucho
mejor juego que nosotras. Pero, al diablo, había que intentarlo, había que
creer, había que hacerlo.
La
primera temporada la lógica se impuso, hicimos un gran torneo, siempre entre
las cuatro primeras del campeonato; luego, ya instaladas en los cuartos de
final, derrotamos a las Cuervos Negros, un equipo muy técnico que sería
protagonista tiempo después, pero caímos en las semifinales por tres a dos en
contra de las Panteras.
Salí
hecha fuego y escupía maldiciones a la suerte luego de aquella derrota. Había
dolido aquel siniestro.
Solo
quedaba levantarse y comenzar la siguiente temporada. Pero para ese momento, el
alma del equipo, Tanía, ya se había marchado para hacer su vida en Estados
Unidos a lado de su pareja. Aquello fue un golpe severo para todo el club,
comparable al retiro de Johan Cruyff de la Holanda de fútbol total que dio
nombre a la Naranja Mecánica de los años setenta. Incluso, Miriam, una amiga
entrañable que también había jugado para las Naranjas algunos años antes, me
había dicho que sentía que si un día Tania se iba del equipo este se
desmoronaría por completo, pensaba que la capitana hacía de cementante en aquel
jarro anaranjado formado de pedazos de múltiples orígenes.
Hubo un
factor que impidió que aquello no sucediera, que la Naranja se quebrara; fue el
que los padres de Tania y su hermana Vianey no abandonaron al equipo cuando
Tania se fue, al contrario, cerraron filas alrededor del conjunto y no faltaron
a ningún juego de la Naranja en todo ese tiempo. Apoyaron desde la grada y en
lo económico. Además, el padre se cansaba de dar consejos en lo táctico y la
madre, de nombre Guadalupe, nunca cesaba en el grito de aliento que se
escuchaba hasta el fondo de la fosa de clavados de la Alberca Olímpica. Y
Vianey se partía el alma en cada partido en la defensa como otrora lo había
hecho su hermana Tania. Esa familia fue capital para lo que se vino.
Vianey
era una especie de embajadora de su hermana. Su estilo de juego era parecido al
de su consanguínea, al fin y al cabo, las dos eran defensas centrales, altas y
afanosas. Sin duda, la chica le daba miedo a las delanteras rivales, pero lo
cierto era que era la naranja más dulce fuera del campo, e incluso dentro no
era de las que se buscarán peleas. Siempre me decía antes de comenzar cada
juego, Franny háblanos, refiriéndose a que las acomodara en la defensa
por si se desubicaban.
En eso
de la defensa a Vianey la acompañaba Dany, la menor de las hermanas Chinas.
Dany era lo contrario físicamente a Vianey, pequeña y ligera, corría a todos
los balones y le daba a esa defensa la apariencia de que ahí jugaba un
fantasma, uno que aparecía en una zona del campo y que inmediatamente después
aparecía en otra.
Como
suplente de ellas estaba Marina, una jugadora que me impresionaba por sus goles
de larga distancia más que por sus aptitudes defensivas, era una mujer que
había mejorado muchísimo su técnica desde la primera vez que se había
presentado con las Naranjas, esa temporada firmó algunos de los goles más
bellos del campeonato; por ejemplo, una volea a la altura un poco más adelante
del medio campo que prendió bonito y que hizo que la pelota se incrustara,
recta y veloz, en el ángulo superior derecho de la portería rival.
En el
medio campo estaba la mayor de las hermanas Chinas, Erika, la China
Mayor. Ella era similar a su hermana en el juego: al defender era recia y al
atacar urgente, no obstante era más robusta y alta que su hermana. Por su
vértigo al jugar yo le pedía varias veces durante cada partido, que tuviera
calma, que no todas las ganaba el apremio. Las hermanas recibían sus
sobrenombres por los chinos de sus oscuras y largas cabelleras. Ellas venían de
las montañas del sur y su esfuerzo era digno de la mejor guerrilla chinaca de
aquellas tierras altas y calurosas. Fuera y dentro de la cancha la China Mayor
fungía como capitana y representante del equipo luego de la partida de Tania,
en esa labor era meticulosa y siempre responsable, durante su gestión la
Naranja no perdió su sello de equipo respetable y cumplidor.
Sin
duda el medio campo era lo mejor de la Naranja ese campeonato que aquí se
relata. Luego del desastre de la semifinal perdida contra las Panteras, una
jugadora del pasado se me acercó luego del partido y me dijo:
—Franny,
te hace falta media, y esa que te falta soy yo.
Yo la
miré y supe que Karla, que era el nombre de la que me hablaba, era el nuevo
refuerzo ideal para el equipo. Ella ya había jugado en esas canchas tiempo
atrás para otro equipo tradicional del campeonato, el Atlético Bacardí, y yo
sabía de su oficio y talento. Era el ojo perfecto para ese huracán que era la
media cancha de la Naranja. Pocas jugadoras saben manejar los tiempos, leer los
partidos y además, como si esas fueran pocas cualidades, Karla sabía tocar la
pelota con lucidez, fue así que en las Naranjas llegó a ser la número diez que
el equipo requería. Ante el correr por toda la cancha ella prefería la
intuición y el saber colocarse, como si fuera magia negra, todos los rebotes le
caían y siempre la encontrabas sin marca cada que pedía la pelota, no era veloz
con los pies pero sí con la cabeza,
siempre un paso más adelante que las demás.
Días
antes de la liguilla que perdimos contra Panteras, cayó del cielo (o emergió
del infierno, vayan ustedes a saber), otra de las refuerzos claves para ese
año, se llamaba Viridiana y acudió con su esposo y su hija pequeña llamada
Jade, un domingo a preguntar si había algún equipo en el cuál jugar. Esa tarde
jugamos un amistoso, de esos que la liga te deja gratis para evitar el default
en algún horario, y Viri jugó con nosotras para poder cumplir, completas, el
favor.
No pasó
más del medio tiempo cuando le dije a la China Mayor, luego de ver lo bien que
jugaba Viri, A esta hay que ficharla, no la dejes ir.
La
China Mayor no dejó ir a Viri, de haber sido necesario la hubiera vinculado
mediante amarre, pero era cosa del destino que ella jugaría con nosotras,
estaba escrito. Viri aceptó unirse a esa Naranja y desde entonces portó en su
camiseta el número 666. Hay que decirlo, la del número apocalíptico sabía
jugar. Además, como aporte adicional, su esposo de nombre John, se convirtió en
el director técnico para ese desgobierno que entonces era la Naranja.
La otra
jugadora que llegó de refuerzo ese año había estado ahí desde hacía mucho
tiempo, primero como una niña pequeña que en cada tiempo muerto que permitía el
calendario desordenado de la liga, entraba a alguna de las canchas a pelotear y
practicar tiros a la portería. Nosotras no fuimos las primeras en notarla,
primero jugó para las del equipo con el nombre más original de todas las ligas
del mundo, las del equipo de Tú Mamá. Se llamaba Dana y tenía tan solo
catorce años. Parecía increíble que fuese tan joven y que tuviera ya tanto
talento: pisaba la pelota, driblaba y tenía un obús en su pierna derecha
(producto de practicar tantas y tantas veces su disparo). Tenía una hermana
mayor, Yu, que había jugado en el mítico Barcelona multicampeón, y durante un
tiempo traté de convencer a Yu de que jugara con nosotras, pero una lesión
grave la alejó de las canchas. Con Yu lesionada y al saber que Dana ya no
entraba en planes de las de Tú Mamá, me decidí a invitar a aquella niña a ser
parte de la aventura naranja, yo pensaba que podía ser tan buena o más que su
hermana mayor.
Fue
como contratar a toda la familia, pues el padre y el hermano de Dana miraban
los juegos, el padre se desgañitaba en cada partido en un intento de ubicar a
su hija menor dentro del campo. Quizás el nombre de Dana era el más gritado en
cada partido: Dana baja, Dana sube, Dana tira, Dana esto, Dana lo otro… era la
chispa de la juventud, era el futuro y así de deslumbrante resultaba, pero esa
frescura también llegaba con todos los errores propios de la inexperiencia,
cosa menor comparada con todos los goles que llegó a aportar al equipo.
El
medio campo lo completaba otra joya, se llamaba Thalía y era de las fundadoras
de aquella Naranja. Era la clase y la elegancia para jugar. Delgada y espigada,
si querías armar una pared solo tenías que dársela a Thalía que siempre tenía
el pase correcto para devolver, sin duda era de las mejores jugadoras de la
liga pero siempre deslumbran más los regates imposibles y las filigranas
complicadas en vez de los pases bien dados y bien puestos.
Para
terminar, ocasionalmente, Lulú, otra de las de la vieja guardia aparecían en
alguno de los juegos para aportar talento, su estilo era similar al de Karla,
que corra la pelota y no una.
También
Ile, una entusiasta del juego, llegó a jugar algunos juegos esa temporada. Eran
la conexión que quedaba con el pasado naranja, la identidad del club, de sus
fundadoras y de lo que siempre había sido esa escuadra por la que tantas y
tantas jugadoras habían pasado, cada una dejó su legado y su marca, cada una
aportó a regar ese fruto.
Finalmente,
adelante estaba Erika, la delantera del equipo. Si salía en una buena tarde te
convertía de dos o tres goles por partido, pero si no estaba conectada te
fallaba oportunidades tan claras que dolían como un gol en contra. Gustaba de
acompañarse y driblar en la zona de definición, meterse hasta la cocina en
lugar del brusco recurso de tirar de larga distancia. Desde nuestra banca, en
casi todos los partidos, se escuchaba el ¡tira, tira, por el amor de dios tira!,
cuando Erika tenía la pelota cerca del área, pero era imposible, no se puede
cambiar la forma de sentir el juego. A veces Erika anotaba un poema de gol y
otras no, así son quienes juegan adelante.
Por el
mes de octubre fue que comenzó la temporada y sus interminables diecisiete
fechas en la liga de la Alberca. No tuvimos un torneo tan convincente como el
anterior, era como si cargáramos todavía con la derrota de la semifinal contra
Panteras. El colmo de todo fue la fractura de la muñeca derecha de Viri, luego
de disputar una pelota y caer mal en un partido de la fecha doce. En el grupo
de Whatsapp del equipo nos compartió la foto de su mano enyesada unas
horas después de terminado aquel cotejo que para firmar como tarde miserable se
había perdido. El pronóstico era que quizás podría estar para la semifinal.
Quedaba fuera uno de nuestros cimientos.
Como
fuese, calificar no fue tan complicado, las que estábamos logramos mantener los
triunfos sobre los equipos con menos capacidad que el nuestro y dimos batalla a
los grandes del torneo, perdimos uno que otro juego increíble y aprendimos la
lección de esas derrotas acaecidas justo a tiempo.
Ese
campeonato también cambiamos de uniforme, abandonamos el tradicional color
naranja de la escuadra tulipán de los Cruyff, Gullit, van Basten, Bergkamp, De
Boer y Robben. En su lugar se optó por una versión en amarillo y negro de un
uniforme segundo del Atlético de Madrid. El cambio fue místico. Parecía que la
piel del eterno segundo lugar que era la selección de Holanda (finalista y
perdedora en las Copas Mundiales de 1974, 1978 y 2010), jugaba en nuestra
contra. Al contrario, la malla del Atlético de Madrid encajaba con el carácter
del equipo que, a pesar de no ser un equipo sin talento, nunca pudo ser
realmente un representante en el juego de la Naranja Mecánica y del fútbol
total. En cambio, el siempre luchar, siempre correr y siempre creer propios del
equipo colchonero de Madrid iban acordes con nosotras en esa temporada.
En los
cuartos de final nos tocó la llave en contra del Niupi, un equipo que portaba
el nombre de la escuadra del Capitán Subasa con orgullo. No fue fácil, pero
logramos imponer nuestro juego ríspido y Erika anotó un doblete para completar
la obra, salió pletórica nuestra delantera ese día.
Lo de
las semifinales iba a ser uno de esos capítulos infames que ocurren en el
fútbol de vez en cuando. Nos tocó contra las multicapeonas Queens, y ellas
llevaban su cuadro de lujo en esa ocasión. Nosotras por otra parte teníamos la
inmensa hacienda de haber recuperado a Viri una semana antes de lo esperado, un
milagro médico en toda regla.
Las
Queens salieron a comernos vivas, pero resultó que se encontraron con la mejor
versión de la Naranja en años y años de jugar. A un minuto de terminar la
segunda parte les íbamos ganando por uno a cero con un magnifico gol de Dana,
la pequeña de catorce años que para entonces ya había cumplido sus quince
primaveras.
Todas
estábamos en plan grande, Ile que parecía nunca haber faltado a un partido en
toda la temporada, se destacó no solo en el esfuerzo sino en crear juego
colectivo ahí en la media cancha donde Karla no estaba esa vez. Éramos una
maquinita, realmente aquello daba la sincera impresión de ser mecánico.
Sin
embargo, las Queens nos empataron por un error de Viri al no atinar a despejar
un rebote que quedó dentro de nuestra área. Así nos fuimos al descanso, con uno
de los mejores partidos de la temporada y un empate a uno que dejaba todo el
desenlace para el segundo tiempo.
Pero
para la segunda parte el árbitro nos llamó y nos informó que las Queens no
habían presentado sus respectivos registros. Era un error tan burdo, tan de
principiantes que daba coraje. El reglamento estipulaba que ahí terminaba todo,
pero el árbitro todavía nos preguntó si les dábamos oportunidad de disputar un
lugar en la final a las Queens. La decisión nos la dejó con Viri todavía no al
cien por ciento y con las bajas por ausencia de la Chinita, Karla, Lulú, Marina
y Vianey. No teníamos cambios y yo calculé que el ritmo heroico de la primera
mitad no podríamos mantenerlo todo el resto del juego, ellas, por el contrario
tenían tres cambios los cuales no bajaban el nivel y era injusto llamar
suplentes a tan buenas jugadoras. El asunto se sometió a votación y dejamos que
se cumpliera el reglamento. La adrenalina se murió ahí y los músculos se
relajaron, a pesar del triunfo nos invadió una tristeza por ganar de esa
manera.
Las
Queens propusieron jugar el segundo tiempo aunque ya lo supieran perdido.
Nosotras aceptamos y el partido terminó con un cinco a dos a su favor. Supongo
que les había mancillado nuestra decisión de seguir el reglamento y quisieron
dejar en claro que si no hubiese sido por su ridícula falta administrativa
ellas hubieran salido de ahí arrastrando nuestros cadáveres; pero en nuestro
favor podíamos decir que el juego para la segunda parte estaba podrido, Ile ya
no buscó el balón con la misma intensidad, Thalía bajó el ritmo y ya no corrió
a todas, Erika se dio el gusto de fallar, Viri ya no regresó al campo de juego,
y yo me di el lujo de jugar fuera de mi área como si fuera de compras al
supermercado de los riesgos innecesarios.
La
China mayor fue la única que se mantuvo seria en la segunda parte. Así pues, lo
que hubiera podido pasar lo enterramos en la fosa común del “si hubiera”.
Estábamos en la final y eso era lo que realmente importaba, podía comenzar el
carnaval naranja.
La
semana previa al máximo compromiso en la historia de las Naranjas fue de
mutismo general en el grupo de Whats. Lulu e Ile confirmaron que no
podrían asistir, Tania mandó buenas vibras desde tierras yanquis y a lo mucho
se informó que el partido comenzaría a
las dos de la tarde en la cancha uno. Poco se habló, poco se dijo, era como
reservar los augurios y se trataba de no pifiar, por pura presunción, los
buenos resultados que nos podían estar esperando. O quizás solo fue el día de
cada una, el trabajo, la escuela, los otros equipos y entretenimientos de la
semana, el caso es que nos reservamos el derecho de emitir pronóstico o de pensar
si quiera en la gran final.
Las dos
de la tarde es un horario horrible para jugar. Era todavía invierno por lo que
el calor no era sofocante aunque el sol quemaba la piel. El aire seco de la
tarde nos consumiría de a poco si no tomábamos las previsiones de llevar
bastante agua y al menos uno o dos cambios. El rumor de los motores de los
autos que circulaban por avenida Río Churubusco, que en efecto antes había sido
un río, no era suficiente para causar estrés en nadie. Las altas y grises
columnas del edificio olímpico de la alberca, con sus amplios ventanales y su
techó modernamente suspendido, era testigo mudo de una final más de aquella
liga que se le había pegado como lapa desde finales de la década de los noventa
del siglo pasado.
Nuestro
juego sería en la cancha uno, que antes había sido un terreno llano
perteneciente al espacio del estacionamiento del complejo olímpico, brillante
en 1968, años de los Juegos, pero que ahora apenas si llamaba la atención de
los que por ahí pasaban.
Enfrente
de la cancha uno, cruzando la calle, había unas canchas de tenis. Sobre la
calle, un puesto de bicicletas del sistema Ecobici, quitaba espacio de
estacionamiento para los usuarios de las canchas. Los pocos lugares para
aparcar eran administrados por un viejo flaco y de cabello cano que siempre me
saludaba al verme llegar a jugar y siempre me preguntaba cuánto habíamos
quedado al verme salir. La señora de la liga pegaba sobre las rejas que
separaban al complejo deportivo de la calle, con cinta adhesiva transparente,
el rol de juegos de esa tarde. Y ahí estaba, en esas hojas, en letra Arial,
nuestro compromiso: “Naranja Mecánica vs Cuervos Negros. Cancha 1. 2:00 pm.” Era
la formalización del suceso.
Sobre
la esquina con Churubusco, un puesto de dulces y aguas también se preciaba de
ser tan viejo como la liga misma, era atendido por un hombre bonachón y
bigotón, de unos cincuenta años y que solía regalarnos hielo cuando alguna
lesionada lo requería; esa tarde, al verme llegar me deseó suerte, como si lo
típico de cada domingo deseara suerte a lo tradicional de cada fin de semana.
Había
una verdad, si las Naranjas nunca habían conseguido un título en más de nueve
años, yo tampoco podía presumir ninguno y sé que Karla ni Dana, llegadas
también de otros cuadros de la misma liga, tampoco habían sido campeonas nunca.
Así,
aquella era una final inédita e inesperada para la historia de la liga, de esas
situaciones irrealizables que si te las cuentan antes de que sucedan no te las
crees.
Previo
a nuestro partido, las Queens habían vencido a las Panteras en tanda de penales
por el desprestigiado tercer lugar. Había sucedido que las Panteras habían sido
derrotadas en la semifinal por las Cuervas Negras, un equipo que tenía buenas
jugadoras, no solo nobles con la pelota sino también con el juego. Habían
mejorado mucho desde el torneo anterior y casi todas sus jugadoras eran
implacables en el tiro de media distancia. Durante la liga les habíamos ganado,
así que, sin duda, nos traían ganas.
En mi
banca, las Naranjas no estaban tan exacerbadas como en la semifinal, parecía
que tan solo con jugar la final era premio suficiente para el brío de cuatro
meses.
Ese
domingo si jugaría Karla, pero no estarían ni Marina, ni Ile, ni Lulú y la
Chinita había olvidado su uniforme. Al menos si teníamos registros y así fue
que nos paramos en la cancha con la siguiente alineación: Franny, Dana y la
China Mayor de defensas improvisadas, Thalía y Viri en la media, y adelante
Erika. Como cambio solo estaba Karla, que esa tarde comenzaba en la banca por
no haber estado en la semifinal.
Vianey
también estaba, pero no tenía zapatos, decía que venía de otro lado y que era
su mamá y su papá quienes traían sus cosas para el juego. Yo le había podido
prestar uniforme, pero lo de los zapatos era imposible de resolver
inmediatamente. Era extraño aquello, que sus papás, tan fieles en todo ese
tiempo ahora, en la afrenta más importante no estuvieran, se sentía un vacío.
Las
Cuervas Negras, por el contrario, parecían completas y sus seguidores hasta una
manta colgaron en el alambrado que separaba la tribuna de la cancha. Se miraban
nerviosas las Cuervas pero aun así parecían seguras y contentas. Era un duelo
de ilusiones, de primera final y primer campeonato.
La
capitana de ellas era una chica alta que jugaba de defensa y que era casi
impenetrable en el juego aéreo. Era una dama del fútbol, de esas que sabían
jugar en todos los sentidos, se ganara o se perdiera nunca perdía la categoría.
El resto de sus compañeras, como ya he mencionado, sabían jugar y si no habían
llegado antes a una final era por pura mala suerte en los momentos claves.
Ahora esa jettatura se había roto en mil pedazos y las Cuervas podían disfrutar
de la justicia de su primer final.
Cosas
del fútbol, el partido comenzó con un jugada fallida mía al salir a cortar un
pase filtrado de las Cuervas Negras; en lugar de romperla a cualquier parte,
decidí salir con la pelota controlada fuera de mi área, adelanté la pelota un
poco hacía el frente y a la derecha a manera de autopase. Esa primera parte de
la jugada tan imprudente como innecesaria salió bien, hasta supongo que se vio
bonita porque la delantera de ellas sí pensó que yo reventaría la pelota a
cualquier parte y buscó cubrirse del posible pelotazo.
Pero
luego no encontré a ninguna de mis compañeras libres y ante el desierto de
opciones entre tanto espacio libre, decidí tirar desde ahí con la pierna
izquierda a ver si de tan lejos podía hacer un gol de esos increíbles.
Para
haberle pegado con la pata de palo, la izquierda, lo cierto es que le di muy
bien, con el empeine me llené de pelota y un rayo salió disparado. Sin embargo,
en su camino a la portería, justo a la altura del medio campo, la pelota se
estrelló en el trasero de una de las rivales. Muerta, la pelota se quedó a la
deriva y otra de las Cuervas aprovechó la oportunidad para tomarla y, sin mí
como obstáculo natural, pateó segura y rasa la bola hacía mi meta huérfana.
Me
sentí horrible. Ya ni siquiera tenía caso continuar la carrera desesperada
hacia el arco, nunca podría alcanzarla, yo estaba anulada y condenada a
observar.
Y fue
ahí que Dana hizo la jugada de su vida, terrible ironía para una goleadora que
la jugada del campeonato sea una salvada in-extremis de un gol ya cantado. Dana
alcanzó a bloquear el tiro con su bendito pie derecho, mil veces bendito.
El
rebote volvió a quedar muerto pero entonces, la China Mayor apareció como
centella y despejó la pelota antes de que cualquier otra rival pudiese hacerse
con otra oportunidad de disparar a nuestra portería desguarnecida.
Nos
habíamos librado. Tan solo se había puesto de pie, abracé a Dana como quien
abraza a quien le ha salvado la vida.
El milagro del cero a cero duró todo el primer
tiempo. Para el público aquel juego debió haber sido un somnífero pues
prácticamente todo el trámite se llevó a cabo en el medio campo. Ellas apenas
tuvieron otros dos disparos que me pusieron en aprietos y nosotras tuvimos una
muy cercana en una jugada de Erika cuyo disparo pasó lamiendo el poste
izquierdo de la portería de las Cuervas; y eso fue todo. Para ser una final
estábamos dando un espectáculo muy pobre y deslucido, parecía estar
sobresaliendo el miedo a perder antes que el deseo de ganar.
Durante
el medio tiempo Vianey logró resolver el problema de sus zapatos, al fin sus
padres habían llegado a la cancha. Estaba lista para ingresar al segundo
tiempo. Todas las demás estaban exhaustas, vaya que si habían corrido, por lo
que tener dos cambios fue clave en el aguante de esa resistencia de las
Naranjas.
Yo
pedía perdón por el gol que casi me como por intrépida, pero nadie me hacía
caso, había cosas más importantes en qué pensar.
Nuestro
DT ordenaba aquel cúmulo de nervios y aseguró la defensa antes que otra cosa,
como correspondía en el sistema ético de las Naranjas. Vianey, como ya dije,
entraría al campo en lugar de Dana que podría pasar a ocupar una posición más
acorde con sus cualidades goleadoras. La China Mayor se quedaría en la defensa
y Thalía, Karla y Viri se rolarían la cruzada feroz en el medio campo. Erika
debía resolver y sacar agua de las piedras. Y que las Cuervas se vinieran, que
lo intentaran para cascarlas en un contragolpe.
El
segundo tiempo siguió en su plan deprimente para los aficionados, pocas
acciones de peligro y mucho roce en la media cancha. Ninguno de los dos equipos
podía terminar de tomar la sartén por el mango, las jugadas no se culminaban,
había muchas faltas y el juego no terminaba de fluir para ningún sentido, nadie
consentía ni cedía ni un acre de aquel campo. Además, la portera de ellas
resolvía bien todo lo poco que le llegaba.
Las
Cuervas tuvieron, cerca del minuto diez de la segunda parte (estas batallas
duran apenas el suspiro de cuarenta minutos), su momento de lamentación, esa
jugada que, de haberse concretado, de haberse tenido la capacidad para
capitalizarla y cambiarla por gol, hubiese terminado con el partido.
Un
centro preciso y precioso desde el tiro de esquina, y yo que salí en falso. La
pelota nos techó a todas, excepto a la delantera de ellas que entró por el
segundo poste y que conectó la pelota con la frente, técnicamente de manera
correcta pero muy alta para lo que se necesitaba. La pelota rasuró el travesaño
por encima de su diámetro. El sollozo de ellas fue de panteón en noche de
espanto. Yo no respiré como por cinco segundos y creo que así fue para todas
mis compañeras. Recuperado el aliento, con el corazón otra vez en su sitio y
latiendo, realicé el saque de meta como quien no se la termina por creer… ¡la
suerte qué tuvimos! Nos habían perdonado la vida, nadie había compuesto nuestra
elegía aun y cuando ya estábamos formadas delante del pelotón de fusilamiento,
había sido un milagro en el área de las Naranjas.
Goles
que no haces los verás hacer. El asunto parecía irse a los penales con ese
siniestro y nauseabundo cero a cero, pero entonces ellas cometieron una falta
atrasito del medio campo. Una nimiedad, un simple trámite en el medio campo
para evitar un desastre mayor al contragolpe, una insulsa carga por la espalda,
tan corriente como eso.
Para mí
era el perfecto momento para que mis compañeras recuperaran aire y por ello
pedí la pelota. La iba a meter al área y que fuera lo que dios quisiera pero
que el mayor tiempo posible se escapara como agua; me sentía confiada de poder
ganar en los penales.
La
portera de ellas puso barrera de dos elementos porque podía. Adelante solo
habían tres de nosotras para el posible remate; tan temerosas estábamos, ellas
por poner dos en la barrera en un tiro libre que se iba a cobrar desde la
Patagonia y nosotras por ir a rematar con pocas nada más para cumplir con la
obligación. Ninguna de mis defensas se fue al área, ¡qué iba a ser!, a pesar de
todas nuestras previsiones, cobrar directo a la portería era ya un riesgo alto
pues si la pelota se quedaba en la barrera como suelen quedarse casi la mitad
de los tiros libres que se cobran en el mundo, el asunto se iba a poner color
de hormiga.
Le
pegué a la pelota como se marca en los cánones y esta se elevó por encima de la
barrera. El primer peligro había sido superado. Sin dejar de mirar el viaje del
balón, comencé a regresar a mi portería, pensaba que el tiro no era tan bueno,
le había faltado altura para el resto del traslado y era evidente que caería a
media elevación cerca de la línea de gol. Al menos iba rumbo a la portería.
Un
balón así era de rutina para cualquier portera decente, y la de las Cuervas lo
era, pero entonces observé como Karla se acercó a la trayectoria de la pelota.
Por un momento me pareció que la iba a bajar de pecho o que incluso la podía
peinar con la testa.
Seguramente
la arquera de las Cuervas pensó lo mismo pues dudó, dudó lo suficiente.
Karla se
alejó de tajo del trayecto de la pelota.
La
portera, sorprendida por la pantalla, no tuvo atino de reaccionar y la redonda
besó las redes bajo el grito de gol de nuestras gargantas secas.
Levanté
los brazos en señal de triunfo, otro gol al estilo Chilavert, otro gol que daba
para soñar en un campeonato, no importaba que fuera un gol horroroso, valía lo
mismo.
Ya
debajo de mis tres palos, pensaba que las Cuervas, ahora con menos de cinco
minutos en el reloj, se volcarían al frente para buscar desesperadamente el
empate, pero no fue de esa forma tan abrumadora.
Nosotras
seguimos bien en la defensa y en la media cancha, pero las contrarías ya no
tuvieron capacidad de reacción, fue extraño porque hubieran podido derrumbar
nuestras murallas de haberlo intentado con mayor ahínco. No habían salido en su
tarde y los dos goles perdonados los estaban pagando muy caro, parecían presas
del peso de la culpa por no haber aprovechado las chances que el destino les
había puesto
Nosotras
tampoco tuvimos ya ninguna opción clara de gol, ni la buscamos, al contrario,
Karla retenía la pelota el mayor tiempo posible y hasta una oportuna lesión de
tobillo le vino como congeladora muy oportuna al juego. El árbitro terminó el
partido de marasmo y se culminó el improbable campeonato de las Naranjas.
Caí de
rodillas sobre la alfombra de la cancha, con las polainas llenas de caucho y
sudor, casi al borde de las lágrimas. Puse desde entonces, en la gaveta de los
sueños cumplidos, aquel momento.
Las que
ganan siempre no pueden entender que campeonar con un equipo que no es
multiganador ni está conformado por jugadoras de nivel superior es mucho mejor
que tener al triunfo como rutina. Habían pasado tantos y tantos años de sequía
que parecía que las Naranjas nunca de los jamases ganarían un campeonato; pero
ahora, con la satisfacción de con menos haber hecho más, de haberlo hecho todo,
podíamos festejar la página más gloriosa de la historia naranja.
Casi de
inmediato llegaron Vianey y la China Mayor a abrazarme, nos fundimos las tres
en una emoción desbordante, había terminado la larga espera.
La vida
había querido que esa tarde las Naranjas escribieran su nombre en la leyenda,
porque la grandeza de los equipos no está en sus títulos, está en su gente y la
gente de la Naranja, de aquella dulce Naranja, era, al menos en ese momento, la
mejor del mundo.

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