sábado, 23 de febrero de 2019

JUEVES La caída del ballet azul




Perder así es ganar… la frase se la escuché a los aficionados del Alavés, un club de fútbol español al que se le debe la mitad del partido de final más grandioso del siglo XXI: la final por la copa de la UEFA del año 2001.
Esa noche de campeonato, el Liverpool inglés, a quienes les debemos la otra mitad y que fue el rival del equipo vasco esa noche, se llevó la copa… pero el Alavés se llevó la eternidad. Y es que forzó la definición hasta el último minuto de los tiempos extras, luego de alcanzar un empate a cuatro tantos en un partido de locura y taquicardia, todo con dos hombres menos debido a sendas expulsiones durante el transcurso del juego.
Una cree que tales episodios no suceden más; pero a nosotros, el modesto y amateur Blues de la canchita de fútbol cinco de Tranviarios, nos tocó una de esas veces en que “perder así es ganar”.
Los jueves por las noches se jugaba fútbol cinco mixto, hombres y mujeres, en la canchita de Tranviarios, lugar que ya he descrito en estas páginas (Capítulo 1). El torneo era de un nivel considerable y nos logramos mantener en el primer lugar general desde el inicio del campeonato. Lo cierto es que éramos un buen conjunto, los hombres sabían y las damas otro tanto, nadie desentonaba en aquella compañía.
El futuro del fútbol es ser mixto, pero hoy en día, la modalidad amateur es apenas un esbozo de la potencia que tiene esta forma de ser, una forma donde todxs jugamos juntxs. Si partimos de que en el fútbol, la diferencia de juego no es natural sino de formación, ser mujer u hombre llegará a importan tan poco como que si una es alta o baja, derecha o zurda, gorda o flaca, lenta o rápida, fuerte o enclenque… si una juega, si una sabe jugar, el cuerpo vale madres.
En realidad, las ligas amateur de esta ciudad, se inventaron el fútbol mixto como una forma exótica del producto: no solo coges con tus amigxs, ahora también puedes jugar fútbol con ellxs. Y el modelo resultó de perlas para una época urbana de liberación femenina.
Ese boom de mercado sirvió de fundamento para el éxito de la liga de fútbol mixto de Tranviarios.
En el campeonato de esa canchita había equipos notables, combinaciones de todas variedades entre jugadoras y jugadores. Las reglas obligaban a que la mujer era únicamente la que podía marcar gol (sí, vaya tomada de pelo de equidad), lo que obligaba a los hombres a funcionar como asistidores o anotar goles solo de remate con la cabeza. Por otro lado, durante el primer tiempo la guardameta debía ser mujer y en la segunda parte debía ocupar el puesto un varón. La proporción de jugadoras siempre debía ser mayor que la de hombres: tres jugadoras y dos jugadores.
Estas reglas convertían a los hombres en cirujanos del juego, obligados a jugar sin cometer falta a las mujeres, no solo por reglamento sino por la condena social que ello implicaba. A las mujeres goleadoras les iba bastante bien en la feria, en esta modalidad debían estar siempre en movimiento, buscando el espacio y quedar libres de marca.
Las estrategias que cada equipo elegía determinaban en gran medida su éxito o fracaso, pero en casi todos los casos siempre escuchabas el grito de: “¡al hombre no, a la mujer!” respecto a quién se debía de seguir y marcar. Tal situación dejaba abiertas distintas variantes,  pero presentaba una falla enorme si resultaba que te faltaba, por la razón que fuera, algún jugador sobre el campo. En esos casos, actuar de esa forma, solo ocupándose de marcar a las mujeres, convertía el asunto en un suicidio colectivo.
En nuestro caso la ventaja era que los Blues contaban con jugadores hombres muy hábiles en el acarreo, el regate y el pasar la pelota, y con mujeres de buena técnica y sin aprensión para ir a disputar y competir cada balón con sus pares hombres.
Yo ocupaba la custodia del marco en aquella aventura y debo decir que aprendí bastante cubriendo la portería de ese mítico ballet azul que eran los Blues. Era una danza bastante digna de ver el funcionamiento de ese equipo, sin duda el calificativo no le quedaba grande, no demeritaba  a la leyenda del Millonarios de Alfredo Di Stefano, el original ballet azul.
En la semifinal vencimos a Princess, un escollo complicado que logramos descifrar a base de no fallar goles. Y en la final tuvimos la fortuna de repetir en contra de la Juve de Rafa, el dueño de la liga. Los de Rafa habían sido segundos durante el campeonato, siguiendo nuestros pasos muy de cerca, pero al final no les dimos muchas oportunidades de alcanzarnos; y cuando se las dimos, ellos fallaron, vaya a saber Dios el por qué.
Ocurrió que durante la semifinal, en el partido de la Juve, el árbitro expulsó a Rafa, y eso suponía que para la final no podría estar presente. El mejor jugador de la Juve quedaba anulado desde una semana antes del duelo final. Sin embargo, no había razones para fiarse pues el otro jugador de ellos, de nombre Gil, era otro viejo y cascado lobo de mar, tan bueno como Rafa o mejor. Por si fuera poco, su escolta de mujeres era también de nivel muy respetable, encabezada por la goleadora Keren y completada por pistoleras del más alto calibre.
En resumen, la Juve no era segundo o primero por cuestiones políticas o de conveniencia (cosa que podría pensarse por ser Rafa dueño de la liga), mucho menos por casualidad, si estaban en los primeros puestos era porque futbolísticamente eran un trabuco, un plantel que en un día normal imponía sus condiciones a los rivales y los hacía sufrir.
Pero el día de la final no fue un día normal. Para empezar, el partido sería demasiado tarde, en punto de las 10:20 de la noche marcaba el rol de juegos. Aquello era para sonámbulos.
En segundo lugar, ese horario tan extremo me permitió acompañar al equipo Once Caldas de fútbol siete de la Fragata, equipo de la nación de Fútbol Unión, de la cual también he escrito en este libro (Los bandoleros del Wolverhampton). Esa noche yo no tenía planes de jugar con Once Caldas, pero resultó que para la hora de inicio de su juego apenas eran cinco jugadores en un compromiso de fútbol siete. No los podía abandonar, así que jugué y ganamos con un hombre menos todo el partido. Fue una victoria lograda en base a cubrir con esfuerzo físico el espacio que dejó vacío la falta de un integrante, así que la consecuencia obvia fue que yo terminé empapada en sudor.
Luego del juego tuve tiempo para cambiarme de ropa pero no para tomar una ducha ni tampoco alimento. Volé sobre mi bicicleta desde de Coyoacán hasta los límites de los linderos de Iztapalapa que es donde se encontraba la canchita de Tranviarios. Mi prisa obtuvo como recompensa que el partido de la final se había retrasado, comenzaría hasta las diez y cuarenta minutos de la noche. Aquello ya no era de sonámbulos, era de lechuzas.
 Cuando llegué al campo ya estaban ahí todos mis compañeros y compañeras, además de algunos de sus familiares y amigos. Yo no había invitado a mi mamá por el horario tan tarde.
Saludé a cada uno de ellos y de ellas y no noté nerviosismo, la confianza existía. Éramos un buen equipo, éramos el ballet azul, no había porque dudar. Uno a una fueron calzándose los botines, ajustando las cintas de los mismos y, de a poco, las remeras azules con el logo Puma de la Universidad Nacional comenzaron a aparecer, esa era nuestra piel azul.
El árbitro, que era una mujer, nada más adecuado para el fútbol mixto que los árbitros también se mezclen, finalizó el partido anterior al nuestro y llegó el momento en que podíamos entrar a la cancha.
No se sentía frío, no tanto como en el mes de enero anterior. La luna era brillante pero no alcanzaba su disco para ser llena. La calle a la que daba la cancha estaba muy tranquila, apenas uno que otro trolebús retardado rompía la ausencia de tráfico en esa calle serena. Las gradas del otro lado del campo estaban colmas, la Juve también traía su buen conjunto de seguidores y el equipo ganador del juego anterior se había quedado a ver el juego; el siseo de la gente era expectante.
Tan solo pisé el campo fui a saludar, en ritual sincero, al arco que defendería, esa estructura de tres piezas me confiaba la vida cada juego. Luego unos movimientos de calentamiento y listo, se podía venir lo que fuera.
Les, la capitana del equipo nos llamó al centro del campo, ahí dio una tímida arenga; nos faltaba práctica en eso de ponernos sentimentales a la hora buena, ya queríamos que comenzara el partido para poder echar para siempre ese nervio de estar frente a un desafío mayúsculo.
Los primeros minutos comenzó a brillar el ballet como en todo el camino de la temporada. Javi, nuestro mejor jugador tomaba la pelota y la acarreaba, quitándose a los rivales como si fueran conos, hasta el medio campo del contrario. Él era alto como una percha, rostro de facciones angulosas y movimientos plásticos en el juego, recordaba un poco al gran Román Riquelme por lo tanto que pisaba la pelota y salía siempre a un lado o al otro sin parecer apremiado. Javi no siempre estaba entonado, a veces perdía la cabeza y se ponía discutir con Les, la capitana.
Les era nuestra goleadora. Durante el campeonato se había pintado la friolera de hacer nada más y nada menos que cincuenta y dos goles, buscaba con ahínco desmarcase y quedar de frente al marco, solo le bastaba un segundo para matar al rival. Ella era de extracción buitrera (Una de piratas y doctoras), y tenía por sobrenombre la potra debido a las zancadas que daba al recorrer los campos de juego con la pelota en los pies, en efecto era ligera y rápida no solo con los pies sino también con la cabeza.
Cuando Les se ponía a discutir con Javi y viceversa, acerca de si no eran buenos los pases del uno o los desmarques de la otra, el ballet colapsaba, se tornaba verde y se echaba a perder. El resto del equipo casi siempre nos limitábamos a mirar aquella verborrea durante los juegos con la confianza de que cada uno de esos dos seres se dedicarían a jugar y se retomaría la danza futbolística.
El Moco era de estatura similar, en físico y en juego, a Javi. Era el compañero que escudaba el pasodoble con la pelota de Javi y quien le servía de apoyo al príncipe si es que este se metía en problemas por llenarse tanto de pelota. El estilo del Moco era más fácil, práctico y cuando regateaba era más versátil y veloz.
Más retrasada estaba nuestra mejor jugadora, Adriana, una joya de futbolista que podía competir sin ningún problema con cualquiera de los hombres de la liga; ella lograba, no solo robarles balones, sino también regatearlos y dejarlos tumbados en el suelo con sus recortes. También era buitrera y siempre que las cosas estaban mal sabías algo: había que darle la pelota a Adriana.
Ese era el ballet azul de aquella primera parte que anotó primero en la final. Obvio fue gol de Les, un remate raso y colocado al palo derecho de la guardameta rival que poco pudo hacer.
La tribuna blusera estalló en júbilo, parecía que todo estaba en camino pues nos sentíamos bien y las cosas nos estaban saliendo mejor que al rival, pero era apenas el comienzo del juego, ni cinco minutos habían pasado cuando ocurrió la carcajada del destino, la caída del ballet azul.
Sí la Juve había perdido a su capitán en la semifinal, el ballet azul lo iba a perder en los primeros minutos de la gran final a causa de una de esas tonterías que los hombres son expertos para inventarse. La árbitro marcó una falta de Javi a la altura del medio campo, Javi reclamó que no había sido falta y por ese arrebato se llevó la amarilla de parte de la colegiada. A pesar de estar pintado de amarillo nuestro jugador no se calló la boca y la árbitro le sacó doble amarilla en menos de un minuto. Javi salió del campo y cruzó la reja que dividía la cancha del mundo normal entre gritos y furia. Les y otros le gritábamos que ya terminara con los oprobios pero eso solo alargaba la lista de reproches.
Cuando vi la tarjeta roja me tiré al suelo de espaldas, ya ni siquiera me ocupé de colocar alguna barrera para el tiro libre que se cobraría. Me pasó por la cabeza que estaría este día escribiendo sobre cómo nos habían metido más de diez goles en una final, porque si en fútbol once es posible funcionar con uno menos sobre el campo, en fútbol siete eso se vuelve mucho más difícil, y en fútbol cinco es imposible, simplemente imposible. Yo conocía historias en donde un equipo había sido destrozado por veintidós a cero jugando con uno menos en fútbol cinco. Los pobres había aguantado bien al principio luego de la pérdida, pero conforme avanzó el tiempo se comenzaron a cansar y el rosario de goles comenzó a ser lapidario. La mirada de los jugadores del equipo al que le faltaba un integrante eran como de fantasmas vagando por este mundo sin poder evitar aquella humillación.
Y yo pensaba que eso nos esperaba; incluso, en algún partido de las Balas Perdidas (Los lunes de las Balas Perdidas) yo me salí del campo cuando éramos una menos (por lesión de Ruth y de que ya que no teníamos cambios) y el marcador estaba apenas 12 a 1 con más de diez minutos por jugarse… había sido una pesadilla, una opresión que los jugadores de campo apenas sienten, pero que los porteros sabemos muy bien que el trauma dura para siempre, pregunten sino a Memo Ochoa luego de los siete goles chilenos.
La Juve no había hecho nada con su tiro libre, pero sabían ahora que todo era cuestión de tiempo.
La expulsión nos golpeó duro a todos los blues, a mi particularmente me hizo perder toda esperanza e ilusión; también hizo que casi se me escurriera una pelota fácil, la alcancé apenas besó la línea de gol como una lágrima de tristeza contenida. Les me exigió con un grito que tuviera más atención, el grito sirvió, si nos iban a humillar al menos opondríamos resistencia.
En ese lapso logré arrebatar a la Juve algunos goles que parecían ya cantados y en una de esas pelotas que logré robarle a la suerte, miré a lo lejos y vi que la portera de ellos estaba muy fuera de su arco… pero muy afuera, lo intenté y la pelota se metió a su portería luego de dibujar una parábola inmensa por los aires. Nuestra gente gritó el gol como si valiera mucho, pero yo seguía trágica, pensé que era un gol miserable, el más inservible de los goles de la historia, uno que apenas haría decir que las cosas habían quedado diez a dos, quince a dos o veinte a dos, vaya júbilo inútil.
De ahí el partido comenzó a meterse en la lógica, nada de heroísmo, fue como quitarle un dulce a un bebé: antes de terminar la primera parte la Juve ya había empatado el marcador casi sin esfuerzo.
Regresamos a la banca sin aliento, sin ánimo y con la mirada abajo. Yo no tenía palabras, nadie tenía palabras… o al menos eso creímos. El comienzo de la épica de esa noche nació de la que menos hubiéramos pensado, Rubí, la rubia, ella había comenzado en la banca y durante la temporada se había mostrado como una jugadora cumplidora en su tarea del medio campo, nunca arriesgaba de más ni se desatendía por las jugadas vistosas, cuando le tocaba estar frente al arco para marcar lo hacía sin muchos problemas pero a veces se le notaba nerviosa cuando no tenía opciones claras para descargar el juego. Comenzó a decirnos a todos que eso que pasaba era lo que teníamos, todo lo que teníamos, un hombre menos y todo un segundo tiempo por delante, que esa era la situación y que había que afrontarla. No recuerdo si fue ella u otra de nosotras la que remató diciendo que entre las cosas que nos quedaban estábamos nosotros mismos, nos teníamos el uno al otro.
Entonces se comenzó a plantear la estrategia para la segunda parte y fue cuando intervine, no soy de las que da arengas, no soy buena con la palabra hablada, pero me parecía capital comunicar que…
“Si jugamos marcando solo a las mujeres ellos se van a venir encima y la tendrán muy fácil. Tenemos que jugar el resto del partido como si fuera fútbol, sin pensar en si es hombre o mujer, ir a disputar cada pelota como si fuera la última, tenemos que hacer ese desgaste. Aún si comienza a caer el primero, el segundo y todos los goles de ellos uno tras otro, nosotros tenemos que seguir corriendo, seguir peleando porque ellos hoy se pueden llevar el resultado, pero nunca podrán llevarse nuestra dignidad.”
Y así salimos al segundo tiempo. Les me pidió que jugara en el campo, apuntalando la defensa, y es que los porteros para la segunda parte tenían que ser hombres de manera obligatoria, así que hubo que salir a cazar liebres al prado verde y sintético.
Me coloqué la remera de la UNAM, ese azul que llevó tan dentro del corazón, y pasé a formar parte de la coreografía de ese medio campo blusero que ya no tenía nada de arte ni de ritmo de sinfonía, al contrario, se trataba de defender cada pulgada de nuestro medio campo, de evitar la caída de todo un reino. Fue ahí que comenzó nuestra propia versión de las Termopilas.
Gil comenzó de portero de la Juve y aprovechó su buen juego para orquestar la ofensiva de esa versión mixeada y mexicana de la Vecchia Signora; su compañero hombre, un chico con menos técnica que él del cual desconozco su nombre, se quedaría como defensa y las tres mujeres, entre las que estaba su goleadora Keren (sí, también buitrera), llevarían el peso de ese ataque que se vislumbraba a bombardeo aéreo sobre ciudad entregada.
En nuestro caso, Moco ocuparía la portería y en eso no era el mejor, pero no había opción. El resto debíamos jugar a reducir los espacios, a marcar y estar atentas, cada una cuidando una zona del campo como si fuera la última zona habitable y futbolera del planeta. La primera línea la marcábamos Adriana y yo. Ella llevaba la batuta, con sus voces indicaba la dirección de la defensa y con su retención de balón nos daba oxígeno. Aquí ya no podía desenvolverse la mística de jugar a uno o dos toques, al ser uno menos teníamos que optar por esperar el desmarque fatigoso de las compañeras si es que se sentían con la confianza de ir al frente, cosa que pasó poco, muy poco.

Por su parte, Rubí, marcaba a la última jugadora de esa delantera que buscaba nuestra caída. Aquello parecía más un rondo que un partido. Yo corría de un lado a otro, de un lado al otro, trataba de evitar que Gil entrara a nuestra área, sabía que eso era clave, si el tipo se metía hasta la cocina nos iba a tomar por el mango.
Y todas corríamos, de un lado a otro, como perros persiguiendo la pelota.
Para contrarrestar el efecto psicológico negativo que significa correr detrás de una pelota debido al toque del adversario, yo me puse la pintura en la mente de un entrenamiento, finalmente me habían preparado para eso: las rutinas de ejercicio físico evitarían que me faltara el aire, el pensar en que yo los cazaba a ellos y no ellos a mí, me mantenía efectiva y entusiasta en esa labor horrible y dolorosa… un error, un maldito error de ellos era todo lo hacía falta. Y ocurrió.
La pelota fue recuperada por Moco y se animó a salir del área hasta poco antes del medio campo, la sorpresa del robo de pelota ocasionó una descoordinación entre los dos hombres de la Juve que se suponía debían atender el poco trabajo defensivo que hubiera para recuperar la de gajos, y fue ese pequeño momento el que aproveché para pedirle la pelota al Moco en un sencillo pase lateral… fue como si él me leyera la mente, también lo había visto, todo el mundo lo había visto, el pequeño rincón, la mínima posibilidad. Moco me cedió la pelota, un poco abierta; pero era suficiente, le pegué con toda la voluntad de que el milagro ocurriera, con el empeine de mi bota derecha abajo para que la trayectoria en arco fuera suficiente en tiempo y distancia. Para cuando golpeé la pelota, Gil ya se había dado cuenta de la trampa, comenzó a correr hacía su portería desguarnecida. Y la pelota viajó sobre él y su carrera, por encima él y la lógica, sobre el destino. La pelota se fue a incrustar a las redes con Gil volando como karateca en un último intento por alcanzar la bola con la punta del pie de su pierna derecha. Era el tres a dos y un jugador había entrado en nuestras filas: el tiempo. Ese gol fue agua en el desierto y fue el que realmente puso las cosas en términos realistas, de que lo imposible podía pasar.
Inmediatamente después del gol en contra, la Juve hizo un cambio de posición: Gil salió al campo y el chico del cuál no sé su nombre se calzó los guantes de portero. Y se los juro por la madre del reino blusero que ese guardameta no volvió a salir lejos de su área, la consigna fue que no podían volver a recibir un gol de larga distancia. Al menos les habíamos robado un momento de duda a los que siempre habían estado seguros de sí mismos.
La defensa fue más obtusa de nuestra parte luego de la minúscula ventaja conseguida, al punto de que la histeria nos ganaba a los que estábamos dentro y fuera del campo. Aquel rectángulo de caucho negro y plástico verde era una sucursal del manicomio y el apremio de la Juve no encontró gracia debido a los benditos postes, los muy benditos palos de la portería de Moco. Primero el travesaño y luego el pilote izquierdo protagonizaron los milagros, hoy las astillas de esos troncos se venderían como reliquias religiosas en el reino de los Blues sino fuera por el desenlace que luego tuvo esta historia. Además, Moco descubrió al portero que llevaba dentro, achicó en al menos tres ocasiones y tapó sendos goles que ya parecían inminentes; vamos, hasta un lance gatuno sobre su costado derecho le salió como si llevará décadas siendo portero.
 Y todas corríamos, de un lado a otro, como niños asustados tratando de evitar que algún moustro de pesadilla entrara a través de la puerta del armario, o del medio campo de ellos que en ese momento eran la misma cosa.

De un lado al otro, de un lado al otro.
Para esa parte de la maldita puesta en escena ya había entrado Karlita al campo (No dejes de creer). Su aporte fue refrescante y motivada por la inocencia se atrevió a ir más al frente y pedir la pelota en posición ofensiva. Esa decisión de su parte atrasó durante un instante la línea de ataque de la Juve.
No sé quién tiró un pelotazo al frente, pero Adriana lo tomó y yo desde la retaguardia y observé que Karlita se quedó a cuidar su marca y le reclamé “¡Karlita, ve al frente, tú estás fresca!”. Ella me explicó que valía mejor atender su marca y en parte tenía razón, a Dios yo le había pedido menos en toda mi vida que lo que realmente le pedía a Karlita en ese momento, que en pocas y honestas palabras era, ve y resuelve esto con una corrida al área, con algún remate, con lo que sea pero amplia el maldito marcador para nosotros... a Dios le he pedido menos.
La segunda porción del segundo tiempo fue pragmática. La Juve empató y casi de inmediato se puso al frente en el marcador dejando cinco minutos de pradera ignota.
Luego del empate mantuvimos el ánimo. Las murallas aún estaban de pie. Pero cuando anotaron el tanto de su ventaja fue como el boulevard de los sueños rotos. Un quejido se me escapó al llevar la pelota nuevamente hasta el centro del campo para reanudar el juego.
Lo cierto es que no hubo reacción aguerrida inmediata de nuestra parte. Considero que quizás eso tranquilizó el vendaval joventino, y los hizo pensar que ya estaban del otro lado. De hecho, ellos tuvieron en ese lapso la oportunidad de matarnos, descuartizar nuestros cuerpos y colocar sobre estacas nuestros pedazos distribuidos en cada una de las esquinas del campo. Sucedió que Gil logró penetrar hasta el área nuestra por un costado, desde esa zona puso un pase en diagonal hacia Keren. Yo estiré mi pierna lo más que pude pero no alcancé a bloquear la trayectoria del balón. Moco también quedó anulado cuidando un primer poste que no era el objetivo de aquel misil.
En mediana carrera, por el costado contrario, entró Keren, solo tenía que empujarla y todo terminaría. No respiré. Supongo que tampoco nadie pudo sostener la respiración en ese momento. Y ocurrió que la pelota le pasó entre las piernas a Keren y se coló al fondo del arco sin que ella la tocara. La regla indicaba que solo las mujeres podían hacer gol, así que aquella pelota de Gil que encontró las redes tuvo por destino el miserable saque de puerta. No contó como gol aquel gol. Keren pidió disculpas a Gil, a la Juve y al mundo.
Increíblemente vivos, o más bien moribundos, nos metimos en los últimos dos minutos de partido. Mis maestros me habían enseñado que los sitios se resuelven sosteniendo un marcador apretado hasta los últimos instantes del encuentro, y en ese suspiro que restaba correspondía en intento final de romper el sitio en una estrategia de matar o morir, cara o sol, la victoria o la derrota. Así, la resistencia blusera había llegado al momento heroico de quemar las naves. Rompimos las posiciones defensivas y nos lanzamos al ataque en desbandada. Ellos por su parte, empezaron a pedir la hora… ¡a pedir la hora!
Un intento de pase al frente de Adriana. Un rechace de la defensa y la pelota que no llega a nadie. Adriana que insiste con lo último de sus fuerzas, con lo postrimero de su fe, en un pase poco probable, pero sí alguien puede lograr ese pase es justamente ella. La pelota que supera a la defensa que me cubría por el centro, ya cerca del área de la Juve. Apesta a peligro. El esférico me llega botando y no puedo matarle la altura por mi mala recepción. La defensa, que ya recuperó tiempo y terreno, ya viene a despejar la pelota para siempre. Lo que me salió del alma fue lo que llaman el recurso de la inglesita, jalar la pelota con el talón o la parte exterior del pie, otro acto de suprema irracionalidad. La jugada fue particularmente afortunada pues muchas veces antes la había intentado y siempre me quedaba o muy corta o muy larga, pero esa noche, justamente esa noche, en ese momento cuando quedaba menos de un minuto en el reloj, fue perfecta.
La prisa me hizo precipitarme para alcanzar el autopase que me había generado y opté por tirarme en el aire en una especie de media tijera muy cerca del suelo, quise ser lo más segura posible en ese remate con la pierna de palo (soy derecha y me quedó a la izquierda). Gil ya cortaba y la defensa de ellas ya me pisaba los talones.
Empeine que prende limpia la circunferencia del balón y un disparo recto hacia el palo izquierdo del portero que se tira pero no llega, no llega nunca.
El grito de gol se me salió de las tripas porque era improbable, porque era imposible, porque no debía pasar, pero pasó. Me levanté del suelo como si fuera de mañana y tuviera la energía completa. Orgasmo futbolístico que rematé con un saludo a la porra rival que todo el partido se la había pasado denostando, que todo el tiempo se la había pasado diciendo que no teníamos recursos, como si eso fuera apoyo a su equipo… no lo sabían, no podían haberlo sabido, ellos con sus palabras solo nos animaron a lograr aquella gesta de final loca.
Los últimos segundos fueron un trámite. La Juve no se presentó a esos momentos de cierre. Fueron los segundos más felices de nuestra existencia, lo que Cesar Luis Menotti me había dicho todo el tiempo que era lo que realmente importaba del fútbol, porque aquello no era una victoria en el resultado, era el acceso a la posteridad, nunca olvidaríamos eso que acabamos de hacer.
En cuanto escuché el silbatazo final del árbitro me arrodillé sobre la grama del campo, esa hierba de plástico que nunca se seca; y comprendí que eso que acabábamos de hacer era algo que ya no nos podían quitar.
Les lo sostuvo en una frase, ya no importaba qué pasara, lo habíamos hecho. Adriana me abrazó y las tres disfrutamos juntas de esa miel. Estoy segura que hasta Javi que pagaba la penitencia de su expulsión con el peor de los precios posibles: ver sufrir a sus compañeros desde afuera, encontró algo de paz en esa euforia de los demás.
La grada agradecía tanto drama y el reino blusero era uno.
Se podía lograr más, podíamos conseguir todavía el campeonato. La serie de penales, a la que no había podido llegar el mítico Alavés y sí habían podido acceder los Pumas del 2014 contra Tigres en la liga local de México, nos esperaba.  Aquello podía ser todavía mejor.
Pero el fútbol es celoso en cuanto los milagros se refiere, siempre se guarda algo para evitarse escribir cuentos de hadas todos los días. Aunque anoté el primero y estuvimos a un penal de ser campeones, al final y después de todo, la estadística apuntó que los campeones de esa liga del Apertura 2019 en la canchita de Tranviarios del fútbol mixto fueron los de la multicampeona Juve de Rafa, Keren y Gil. Eso dice la letra muerta.
Dolió. Fue morir un poco, la ilusión había sido gigantesca y quedó reducida a nada. Nunca he parido hijos, pero mi dosis de dolencia la tengo saldada con finales perdidas de este modo.
Y es ahí donde se cuela la leyenda de la caída del ballet azul, la narrativa de esa escuadra que logró tocar el cielo cuando estaba condenada a arder en el infierno, que esa noche perdió pero que ganó para siempre, porque perder así, como perdió aquel ballet azul sobre el campo, es ganar. La caída del ballet azul no fue tal, al contrario, representó nuestra ascensión al cielo.
Y hoy se cuenta a los nuevos jugadores y jugadoras que se integran a este equipo acerca de esa epopeya, y se les anima recordándoles que un día otra vez volveremos, volveremos otra vez, volveremos a ser grandes, grandes como fue el ballet.

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