miércoles, 29 de abril de 2020

DOMINGO. O Glorioso Botafogo



Álamos es un rincón residencial de la Ciudad de México, fraccionado a principios del siglo XX, y en donde aún existen algunas casas y edificios de estilo art déco. En sus calles, donde los rieles de acero del tranvía no han sido todavía borrados bajo el asfalto, aunque los trenes hace mucho que dejaron de pasar, los pequeños comercios perduran todavía.
Al interior del barrio se siente el sosiego de la clase media, metro a metro esa placidez se pierde mientras una se acerca hasta la Calzada de Tlalpan, que divide al sur de la Ciudad de México en este y oeste. Ahí, en una de las avenidas más transitadas del mundo con sus puestos ambulantes y su estación del subterráneo (que en este tramo va a ras de suelo), el ruido no termina ni siquiera con la caída de la noche o la llegada del alba, la calzada es uno de los burdeles más grandes de la ciudad.
En el medio del trazo de ese micro-universo, el parque que lleva el mismo nombre que la colonia, tampoco ha sido borrado, persiste como los rieles del antiguo tranvía. Sus jardines, el área de juegos infantiles y las bancas de herrería permanecen al igual que sus canchas de fútbol rodeadas de jacarandas.
La liga que administra esas canchas es también una especie de dinosaurio que se resiste a sucumbir, una liga cuyo propósito último no es el cicatero incremento del margen de ganancia económico, con las ventajas y desventajas que supone ser popular, como las ligas de antes, como las ligas decentes.
No estoy segura si eso sea la razón del buen nivel de la liga, al menos en la categoría femenil. Es más barata que muchas otras ligas, sus canchas no son las mejores de la ciudad, pero tiene muy buenos equipos. Una de las canchas todavía era de cemento, la otra tenía una estera con exceso de caucho, ninguno de esos espacios era atractivo por sí mismo como para que los equipos quisieran jugar ahí, ese no era el caso.
Las reglas mantenían cierto nivel de anarquía, respecto a en qué parte de la geometría de esa cancha salía la pelota y en que partes no, en la cancha de cemento las bardas jugaban, en la de pasto sintético solo a veces.
No era el lugar perfecto para jugar, pero si el desafío consistía en superarse a una misma, ahí es donde tenías que jugar. La lista de buenos equipos alcanzaba para tener la liguilla más competida de la zona sur de la Ciudad de México, las soberbias Reinas del Sur, el mítico Celaya, el rutilante Shuma, las honorables samurái del IPANEMA o el glorioso Botafogo del que fui parte.
El Botafogo, homónimo del histórico club brasileño de Garrincha, Didi y o Nilton Santos, siempre navegaba entre los cuatro primeros lugares de la tabla general, lo cual no era un logro menor en esa liga
A las chicas del Botafogo, como a muchas otras, yo las conocí como peligrosas contrarias. Mientras estaba en las Buitras, se nos decía que había un partido en la temporada que no había que perder, era cuando se jugaba contra el Botafogo.
No sé la historia de cómo inició la rivalidad entre estos dos equipos, pero si supe como continuó y eso me ponía en un predicamento, no podía tomar partido luego de haber jugado para ambas camisetas.
Luis Figo pasó del Barcelona al Real Madrid, Gabriel Batistuta pasó de River Plate a jugar en Boca, Ramón Ramírez sufrió dejar las Chivas para recalar en el América, son ejemplos de la excepción, generalmente esas cosas no pasan, pero Ruth iba y venía, iba y se quedaba donde quisiera, esas cosas de andar haciendo dramas por cambiar de camiseta no le ofuscaban el alma alegre que la caracterizaba.
Yo a Ruth la conocí mientras las dos éramos compañeras en las Buitras (ver lo que escribí sobre ella en el capítulo correspondiente), ella le dio un título a las Buitras, pero un día, sin más, me dijo que en Botafogo hacía falta portera y ella además jugaba para ellas en las canchas de Álamos.
Cuando me mencionó el lugar se me erizó la piel, yo sabía de la gran fama de la Álamos, de alto nivel, de sus canchas que gastaban los zapatos; es más, yo las había conocido peores: de pavimento y tierra, pero ya desde entonces ahí solo jugaban las mejores.
El Botafogo tenía a una proeza como guardameta, una chica con toda la escuela y la técnica del mundo, yo la respetaba desde lejos porque sabía que ahí había una de las representantes más dignas de la posición que se podían encontrar en toda la Ciudad de México. Pero entonces, le ocurrió un accidente durante un entrenamiento, algún ejercicio de potencia de salto, algún material que se rompió y ella terminó con fractura en ambas muñecas de las manos, al menos eso escuché. Cuando me platicaron me conmoví, eso nos dio ventaja contra el Botafogo en algún partido de cuartos de final que jugamos contra ellas, pues al no tener una suplente, Elena, capitana y central del equipo, ocupó la portería en aquel juego, y les ganamos a las Botafogo.

Elena me contactó unos días después para invitarme a ser la guardiana del arco del equipo, como yo sabía su infortunio con su portera titular, accedí y así me convertí en la portera del Botafogo. Lamentablemente, los horarios de juego del Botafogo se me encimaban con otros previos compromisos adquiridos, por lo que en varios partidos Ruth o Elena tenían que cubrir mi posición, nunca fui el gran refuerzo en ese sentido, durante las dos temporadas que jugué con ellas fui un mar desolado de inconsistencia.
El fútbol me ha enseñado que desde afuera los rivales a veces parecen un grupo de gente incómoda que lo único que quiere en la vida es ganarte, pero al final solo es gente y si cambias la perspectiva y miras a ese grupo desde adentro, te das cuenta de que son pibas como una, con los mismas turbaciones, preocupaciones, arrobos y errores, o no, a veces todo es diferente, los humores, los estatutos no escritos, el carácter, pero después de todo solo es gente, solo son personas.
Para que una salga campeona en un campeonato de veinte equipos, se necesita, antes que cualquier cosa, que haya otros diecinueve equipos, ¿qué hay en esos otros equipos que comparten competencia, objetivos y cancha contigo? Descubrirlo es fascinante, al menos para mí, seguramente habrá alguna Francesca Totti, o muchas, que prefieran eso de quedarse siempre en casa.
Ya dije que Elena era la central y la capitana del equipo, pero era mucho más, esa chica era la directiva completa del club, que tenía también su equipo masculino y el mixto.
Abogada de profesión, americanista por convicción, Elena contaba con su padre, el Sr. Ugalde como director técnico y con Ángel como camarógrafo del equipo. El Sr. Ugalde era un hombre amable, tranquilo, diáfano en su criterio y muy dedicado en la resolución de los problemas del club.
Por su parte, Ángel grababa todos los partidos del Botafogo porque alguna vez el equipo había tenido una gresca, un problema con otro equipo, y gracias a que a alguien se le ocurrió filmar lo que ocurría, fue que el club logró salir bien librado y declarado inocente de aquella reyerta. Por ello, por esa experiencia, el Botafogo registraba en vídeo todos sus juegos.
Lamentablemente, el partido que se recuerda en estas páginas fue el único que no se grabó. Una ocasión extraordinaria en la que ni el Sr. Ugalde, ni Elena ni Ángel, pudieron estar debido a la muerte sensible de un familiar cercano. Elena dejó instrucciones a todas para poder llevar a cabo el partido de buena forma y nosotras como jugadoras no nos preocupamos mucho. Eso sí, íbamos contra el primer lugar de la competencia y campeonas defensoras, un lío como rival, las Reinas del Sur.
Jugar para el Botafogo era como es siempre que se juga con compañeras grandes en su juego, una prácticamente se pasa los partidos como portera en un paseo. Había ocasiones en que yo ni tocaba la pelota. En los partidos más complicados me tocaba ser una especie de líbero o balancín para que mis compañeras mediocampistas o defensas tuvieran una opción para descargar el juego y así salir por la banda contraria o por el centro si era posible, fuera de eso, pocas atajadas.
Grandes jugadoras tenía el Botafogo, ya he mencionado a Ruth, luego estaba Vite, de quién una vez escuché decir que, más joven, esa chica ganaba partidos sola, era de las que cobraban por jugar, aunque a nosotras ya nos tocó compartir cancha con ella en su última etapa.
Con el Botafogo también llegó a jugar Karlita, ya la mencioné en otro capítulo de este libro, pero para la última temporada se había marchado a jugar con las Buitras, se los digo, son cosas que pasan.
La compañera más constante en la central con Elena era Lore, siempre salía jugando yo con ella, jugadora limpia, correcta, de buena visión de campo y que quizá solo le faltaba más apremio para sumarse al ataque y que no era muy rápida, dependía más de su buena lectura del juego.
Otra jugadora que a veces alternaba la defensa por una banda era Monse, ágil y rápida, tenía regate y vastedad de recursos para también poder agregarse al ataque. En la otra banda llegó Maryam, una de mis jugadoras jóvenes preferidas, yo  había jugado con ella en Sisters, facciones finas y cuerpo ligero, su juego asemejaba el espectáculo de una funámbula elegante; cuando entendió que lucía más jugando fácil que intentando filigranas, cumplió su graduación como futbolista.
Maryam había traído consigo a Natasha, un portento de talento y límpida en todos sus pases, ella se hizo cargo de la contención del equipo, siempre siendo sencilla fuera y dentro de la cancha.
Karla, a quien todas llamaban Tala, abreviatura de talacha (en México se usa ese término para los futbolistas a quienes se les paga por jugar dentro del sector amateur) era el centro de gravedad del equipo, muy al estilo rosarino argentino la chica estaba llena de gambeta y de pisar la pelota, si la bola dejara tinta en su paso por la alfombra, el trazo del recorrido bajo el pie de Karla sería de una caligrafía de enorme belleza, como el paso de una patinadora sobre hielo.
Más adelante estaba Abril, danzarina liviana llena desborde y más desborde por la banda izquierda, encaraba y se quitaba rivales de encima, era gustosa del juego vistoso y hermoso.
Aline era quien intentaba ir de punta, pero la tonalidad se juego iba más con la de mediocampista, si tenía gol, pero sin duda lo suyo era construir juego, no terminarlo, por ello casi siempre se retrasaba para participar de lo que más gustaba que el trabajo de creación. Al Botafogo le faltaba eso, una nueve, una killer que terminara las jugadas, a falta de eso, los goles se repartían entre todas, el estilo de juego de pases cortos y paredes, rematados por algún latigazo para sorprender, amainaba la falta de centro delantera.
Siempre ganábamos a los equipos que iban debajo de nosotras en la tabla general y teníamos verdaderas guerras intergalácticas contra los equipos de arriba de la tabla. Siempre resultados cortos, victorias o derrotas por apenas un gol, nunca ningún equipo barrió al Botafogo de la cancha. Alguna vez se logró un triunfo contra Shuma, otra vez se tuvo en partido extraordinario contra el mítico Celaya que según nos dijeron fue uno de los mejores partidos jamás vistos en la historia de la liga.
El Celaya era un gran equipo, yo las conocía a algunas de ellas pues habían sido mis compañeras en otros equipos, es justo mencionar a Lupe, una gran jugadora que alguna vez me había invitado a jugar en la ruda canchita de Apatlaco, duré poco con su equipo pero me bastó para reconocerla como la crack que era.
Pero regresemos al partido, aquel que no se grabó en vídeo.
Esa noche Monse jugó la central con Lore, Maryam más abierta y en la otra banda Natasha, Tala quedó en la contención y arriba se las tendrían que arreglar Aline y Abril.
Estábamos dispuestas a imponer nuestro estilo de juego, pero las Reinas eran un equipo muy serio, y su estilo era completamente diferente, estaba basado en el pelotazo al área, sus delanteras corpulentas, muy técnicas, fuertes y mañosas, tenían la opción de bajar la pelota y hacer ellas solas la jugada o, bajar el balón para las que llegaban de atrás, que también eran jugadoras extraordinariamente buenas. Justamente ese estilo era el que las tenía siempre arriba de los demás equipos, porque mientras una se ocupaba de transitar por el medio campo, ellas se lo saltaban.
Pero esa noche, también las hicimos sufrir, entre ellas más se empeñaban en su juego prosaico de hacer volar la pelota, nosotras la poníamos en el suelo otra vez, mientras ellas jugaban al vértigo del pase largo, nosotras cortábamos con pases cortos y al ras. Fue una linda batalla, ningún estilo lograba imponerse del todo. Ambos equipos tuvimos buenas opciones para anotar pero fueron pocas oportunidades y además no terminaban en gol. Todo se rompió por otra parte, inesperada, pues una tiende a pensar inocentemente que esas cosas ya no pasan.
El juego se había llevado a cabo en una fecha feriada, es decir, nadie trabajaba, por ello, al parecer, los árbitros oficiales de la liga fueron descansados esa jornada. Supongo que la liga tuvo que buscar otros árbitros y ahí estuvo el centro de la polémica. El árbitro que nos pusieron no había pitado ahí nunca, no conocía bien las anomalías reglamentarias de la cancha de Álamos, que como ya he dicho eran particulares.A los cinco minutos de iniciado el primer tiempo, nosotras ya teníamos tres jugadoras amonestadas. La mía fue una amarilla de lo más justa pues ocurrió en una jugada de peligro de ellas: una de las delanteras me sacó del área y tuve que cometerle falta para evitar mayor peligro, como ella estaba de espaldas al arco la falta que le hice fue por detrás, ni chistar en ningún reclamo, era el reglamento bien aplicado. Pero las amonestaciones de mis otras compañeras habían sido, a lo menos, rigurosas, sino es que totalmente faltas de buen criterio arbitral. Por otro lado, las faltas de ellas, similares y discutibles, no eran castigadas de la misma forma, a veces ni se marcaban. Al final de la primera parte, con el cero a cero, nosotras íbamos goleando en cuanto faltas “cometidas” y en el rubro de tarjetas de amonestación.
Lo platicamos en el entretiempo, nos quejamos entre nosotras mismas y decidimos ser más cuidadosas. A pesar del marcador y de lo intenso del juego, la verdad es que el peligro sobre las áreas había sido poco de parte de ambos cuadros. Yo no tuve intervenciones realmente notables.
Y ese fue el kit de la segunda parte, Lore estaba impecable en la defensa, Monse se adaptaba a la tarea que le pusiéramos, Maryam no se rajaba, Natasha era un tren el medio campo, Tala las sacaba de quicio a las contrarias, las compañeras de la delantera la estaban pasando muy mal con pocos espacios, marcas abruptas y poca claridad, la lucha era terrible.
Entonces ocurrió el primer hecho que demostró lo anómalo del asunto, la pelota salió por una banda y se debía reanudar el juego con un saque de con el pie para ellas, las Reinas Del Sur, era a la altura de tres cuartos de la mitad de cancha nuestra.
La jugadora rival colocó la pelota dispuesta a pegarle directo al arco.
Yo puse de barrera únicamente a Maryam.
El área sufría de sobrepoblación, había al menos tres jugadoras rivales tratando de estorbarme la visibilidad.
La contraria realizó disparo tan hermoso, a media altura, con toda la potencia y velocidad como el trueno que se fue a incrustar en la red de nuestra meta bien pegado a mi poste derecho. Había funcionado, las delanteras de ellas me habían estorbado muy bien, apenas si vi la pelota pasar muy cerca de la cabeza de una esas rivales y la pantalla realmente me sorprendió.
El árbitro dio por bueno el gol, pero una de mis compañeras me dio la pelota para que sacara yo de meta. Le pregunté si no había visto que aquello había sido gol, ella dudó y no supo bien que hacer. Entonces, desde afuera, los delegados de otros equipos que se habían quedado a ver el partido comenzaron a reclamar algo. Varias personas de afuera le pidieron al árbitro, que ya estaba dispuesto a reanudar el juego del centro del campo, que se acercara. El nazareno acudió y fue cuando se enteró de que en saque de banda, según las reglas particulares de la liga, no se podía hacer gol directamente, como cuando se marcaba tiro libre indirecto.
El nazareno tuvo reanudar con saque de meta. Yo no sabía esa regla, de haberla sabido no hubiera puesto nunca a nadie de barrera para defender ese tipo de saques. Lo que había quedado claro era una cosa: el tipo que tenía el silbato no sabía el reglamento.
Luego de este lamentable episodio para cualquier árbitro, el juego continuó en el mismo tenor, pendiendo de un hilo, con todo el público en la grada con el Jesús en la boca. Las rivales estaban acostumbradas a ganar todos sus partidos, siempre engullían a sus contrarios y hacían en promedio tres o más goles por partido, esa noche no nos habían hecho ni uno solo. Supongo que para ellas aquel juego no tenía ninguna importancia capital, era rutina, nosotras éramos para ellas poco más que un insecto molesto, supongo que por eso mismo el asunto se estaba metiendo el terreno de lo insospechado.
Faltaban menos de cinco minutos para que el cero a cero se consumara, nosotras no lo estábamos generando, al contrario, buscábamos anotar, queríamos romperlo tanto como ellas.
Fue a pocos minutos del final que vino un balón a mi área desde la defensa de ellas, ya les dije, se saltaban las líneas.
La delantera rival se había corrido hasta mi terreno muy cerca del área chica, Lore la marcaba aun costado.
Aquella pelota era más bien un disparo al arco, un auténtico buscapiés con mucha potencia. Por ello, yo me adelanté a la delantera del lado contrario del que la marcaba Lore, le gané el frente y ya muy ajustada me recosté hacía mi derecha para atajar ese disparo, lo alcancé a medio lance con mi mano derecha bien extendida, apenas. Dudé por un instante si mi desvío había sido lo suficientemente fuerte para que la pelota se fuera por la línea de meta, miré de reojo hacía atrás mientras caía y entendí que era suficiente, esa pelota se iría fuera de la cancha. Al momento de caer sentí en mi espalda lo que pensé era el pie de la delantera rival. Ella lanzó un grito como si le hubieran arrancado la pierna.
Me levanté veloz por si se les ocurría realizar velozmente el tiro de esquina. Pero en cambio, el árbitro se acercó hasta el área y marcó penalti; paso siguiente, me sacó la tarjeta roja, aquello era inefable.
Yo ni siquiera había ido a ver si la jugadora contraría estaba bien porque nunca sentí realmente haberla lastimado. Pero ella seguía tirada en el suelo, doliéndose y quejándose.
Espeté mi reclamo de forma briosa, nadie de mi equipo me acompañó en ello, realmente me sentí muy sola en ese momento. Si ustedes alguna vez han sido víctimas de las injusticias sabrán cómo se siente.
El árbitro parecía querer reírse ante mis reclamos, jamás lo insulté en ese lapso, le informé que era la primera tarjeta que recibía en más de veinte años de jugar al fútbol, por tanto él había roto algo sagrado. El afirmaba que yo había cargado por la espalda a la delantera rival… 
Por supuesto, para las rivales aquello no tenía la menor importancia, hoy pienso que a ese tipo de equipos no les importa nada, son impenitentes, ni siquiera el juego les importa, solo salirse con la suya, y en ese sentido lo tenían, era un penalti a favor.
Monse tomó los guantes. La delantera de ellas, tan lastimada hacía unos minutos se dispuso a cobrar el premio que había comprado. Monse detuvo la pena máxima, pero el rebote les volvió a quedar a ellas y ahí se rompió el cero, el juego, el partido y mi vida.
Con una jugadora menos en esos últimos minutos mis compañeras no se arredraron, pero creo que las contrarias alcanzaron a hacer un gol más, yo ya ni me di cuenta pues estaba ocupada en insultar al árbitro para mis adentros. Ahí tuve más cuórum en ese desahogo, las chicas de otro equipo, las Nakas Mandarinas que habían jugado el partido anterior y que se habían quedado a ver nuestro juego, me lo ratificaban: no había sido ni falta.
Luego de terminar el partido, seguí reclamando al árbitro, no había aceptado la injustica, pero él siguió en los suyo. Nuevamente, ninguna de mis compañeras del Botafogo me acompañó en ese reclamo y eso comprobaba una cosa: ese equipo, el Botafogo, que ese juego había terminado con cinco jugadoras amonestadas y una expulsión, en los partidos anteriores de ese campeonato rara vez tenían una jugadora con tarjeta amarilla, vamos, ¡rara vez hacían falta! No eran un equipo de lumbre de grasa de ballena y pasión, no eran un esfuerzo desbocado y latoso, eran otro tipo de grupo, tranquilo, quizás demasiado, que grababa todos sus partidos para no tener problemas, estas chicas eran un copo de nieve en primavera.
Tala, por su experiencia y nivel y horas de vuelo en el juego, podía ser una jugadora con suficientes herramientas para jugar el papel de bruja, pero ni siquiera ella, que podía, se ponía a repartir patadas o juego sucio en ese Botafogo. No era nuestro estilo, nuestro estilo era poner la pelota en el piso y pases cortos.
Cuando ya todos se iban, observé de lejos como el árbitro y la delantera de las Reinas del Sur se despedían con beso y abrazo, ella lo llamó amigo. Yo los vi y solo repetí para mis adentros, esto es muy raro.
En el trayecto hacía calzada de Tlalpan tomé una decisión, era suficiente, era tiempo de irse. Habían sido más de diez años, y solo diez porque en el principio las ligas femeniles no existían, eran a lo más escasas, por eso no cuento más allá de eso, de cuando regresé al fútbol.
Cuando había comenzado a jugar era otro mundo, todo había cambiado, muchas cosas para bien, por ejemplo los espacios y derechos ganados, la libertad de jugar de muchas; pero también muchas mujeres solo habían hecho un copia y pega de las peores costumbres del fútbol varonil, esas que tanto dañaban al juego y a la vida, que partían del ganar como fuese, el desprecio por las formas y el nulo reconocimiento y respeto de algunos o todos los elementos que componían el juego: rivales, árbitros, reglas.
Por supuesto había jugadoras, equipos y ligas que se mantenían al margen  de todos esas licencias, es cierto también que los individuos, las instituciones y una misma, se debatían entre el ser y no ser, pero una cosa era cometer errores e intentar no volver a cometerlos y otra muy distinta partir del error como estilo de vida, como estilo de juego.
Me sentía ya muy fuera de lugar, una persona de otro tiempo, de otra época, sorprendida en off-side, la clepsidra del tiempo me había marcado la hora. Me sentí un estorbo y cuando una se siente así ya no es bienvenida, es mejor tomar tus cosas e irte. Decidí marcharme, eso fue, y me fui del fútbol femenil.
Es impresionante la cantidad de decisiones trascendentales que se toman en pocas cuadras. En ese recorrido la vida quiso que dimensionara mis privilegios, acabada de ser expulsada por primera vez en mi vida de un partido de fútbol y me sentía la persona más miserable del planeta.
Apenas si la vi, y si un hombre que pasaba de frente no me advierte y que ahí había una persona tirada en el suelo sobre la banqueta, no me hubiera detenido. Alarmada, le tomé el pulso, vivía. Entonces el hombre de unos cuarenta años trató de despertarla. Unos segundos después ella despertó no sin parecer mareada. No se había caído, no en un sentido estricto de accidente o tropezón, nos contó que tenía mucha hambre, que llevaba dos días sin comer. El hombre le ofreció un poco de agua y se fue más rápido que un rayo, el prejuicio fue mayor que sus ganas de ayudar, él creía que era una mujer, en efecto no tenía el aspecto de indigente y ambos nos dimos cuenta por su vestimenta y figura de su situación y profesión, era uno de los seres más desechados del planeta, los hombres las consideran una mercadería barata, las mujeres una deshonra y ni siquiera mujer.
Le ayudé a levantarse y caminé con ella una cuadra hasta un puesto de pizzas sobre la transitada calzada de Tlapan y su metro a ras de suelo. Ahí le compré dos rebanadas de pizza y un refresco.
Me dijo que no tenía casa, que tenía diecinueve años, que debía dormir en los parques, que su familia la detestaba por ser lo que era. Le di mi tarjeta de contacto y le dije que si requería alguna vez una cosa me llamara, me dijo que sí, la abracé y fue todo, yo no tenía más dinero para darle y supuse que esa noche al menos, tendría lo mínimo suficiente en el cuerpo para regresar a la faena que era el viacrucis de esa avenida todas las noches.
Ella no me llamó nunca.
Darle dos rebanadas de pizza a alguien hambriento no tiene ningún mérito, es que yo no estaba ahí para ayudarla, ella me ayudó. El extraño encuentro me dejó la perspectiva sobre la que medí mi estado de ánimo los siguientes días. Triste por dejar el fútbol, eso era lo más importante de las cosas menos importantes. Lo más importante: mi existencia era mimada, tenía una historia que contar y escribir, vamos que… sabía escribir, tenía comida que comer, un techo donde dormir, una familia que me llenaba de arrumacos y toda una red de personas, mis amigas del fútbol, a quienes acudir si es que alguna vez la tormenta tocara a mi puerta. Reviví, comprendí y valoré.

Como todavía sentía fuego y vida por el juego, decidí que si los hombres me habían obsequiado las llaves del reino del fútbol hace más de veinte años, era justo que ellos fueran mis compañeros en el tiempo en que podía todavía jugar de manera digna. En esas ando, escribo sobre el futbol de mujeres pero ya no participo, sigo ligada al universo de la pelota con los entrenamientos y los partidos en los que los hombres me dejan participar. Botafogo fue mi último equipo en esto del fútbol en femenino.
Todavía regresé, a invitación de la capitana Elena, a jugar una última vez con el Botafogo, eran los cuartos de final, era terminar de mejor manera la temporada, un último partido que no fuese en el que me habían expulsado. Y fue como un ciclo que se cerró porque la portera de Botafogo, Sara, a quien mencioné al principio del texto, estaba al fin de regreso, repuesta de su lesión, lista para volver a defender la puerta del Botafogo. Por eso, en esa última vez, no ocupé el arco sino la media cancha y puse dos asistencias de gol, la última a Maryam, fue un bello gol de la saeta y un buen símbolo para cerrar: la más veterana asiste a la más joven, le pasé el legado.
Espero que Maryam no lea eso y vaya a pensar que tiene una enorme responsabilidad o algo así, al contrario, espero que juegue muchos años más y que disfrute, que disfrute mucho. ¿Cuánto quedamos? Bueno, perdimos ese partido, por cinco a dos, lo que son las cosas, contra el equipo de Karlita y Ruth (otro equipo). La nómada de las tierras del sur, Ruth, igualmente, que la vida te de goles, amigas y alegría por muchas lunas más.
Y al Botafogo y a Elena, que el equipo logre muchos años y triunfos, que prevalezca, y espero dedicar esfuerzo alguna vez más a esa escuadra, ya sea como asistente, entrenadora o socia del club. Porque el devenir del fútbol amateur de esta ciudad radica en la quintaescencia de los equipos como el glorioso Botafogo de los Ugalde. Gracias a todas, gracias a todos, gracias totales.

SÁBADO. Las Indestructibles de Martín Polo



Martín Polo es uno de esos entrenadores que te cambian la vida, al menos a mí me la cambió, y fue para bien. El fútbol para mi es uno antes de conocerlo a él y otro después, aunque muchos de sus conceptos no los entendí hasta años después. A veces no estás preparada para recibir cierto conocimiento, pero el tiempo se encarga, siempre se encarga.
A las Indestructibles las conocimos primero como invasoras de lo que nosotras consideramos era nuestro espacio de entrenamiento, una explanada de cemento sin mucho chiste en el parque de los Pilares en el centro sur de la Ciudad de México. Ese parque aún se mantiene público, libre de los especuladores inmobiliarios de las canchas sintéticas de fútbol. Las retas callejeras todavía levantan el polvo y la tierra en su cancha y, a un costado de esa cancha, estaba la estéril explanada de cemento, tan amplia como la cancha, pero sin porterías, que nosotras considerábamos nuestra. A pesar de su aspecto desolado era una rada valiosa para los chicos en patineta y patines, para las chicas del tocho bandera y para las que nos habíamos dado cuenta de que, ante la imposibilidad de ocupar la cancha de fútbol, era un lugar perfecto para entrenar.
Ahí iba a entrenar con las Mininas (ver capítulo de este libro dedicado a ellas) y ahí es donde nos topábamos con la gente de Martín Polo, sus Indestructibles, el equipo varonil y el femenil. Al principio nos dividíamos amablemente el espacio, pero si además llegaban los patinetos y los de tocho bandera, el asunto se traslucía imposible y molesto, más si te tocaba la parte lejana al alumbrado público del parque y era horario de invierno, ese horario cuando a la seis de la tarde ya está oscuro. Supongo que, por eso, Martín nos invitó un día a entrenar con su grupo, para yo no tener esos conflictos agrarios.
Martín era un entrenador en toda regla, estudiado y con sabiduría, no parecía un viejo pero cojeaba de una pierna y era obeso, salvo por el hecho de que siempre usaba ropa deportiva no pensabas que ese hombre fuese un entrenador.
Marcelo Bielsa decía que él había necesitado la victoria para que los jugadores profesionales le creyeran que podía ser su entrenador luego de que él como jugador había sido poco menos que una sombra, nosotras no éramos ni profesionales ni buenas jugadoras, pero el aspecto de Martín Polo nos hizo dudar: ¿Y este tipo qué? Bastó un entrenamiento para borrar los prejuicios, terminamos cansadas y con una sensación de haber obtenido algo realmente provechoso, hacíamos ejercicios que nunca habíamos realizado (yo me había quedado en la vieja escuela), sentimos que trabajamos músculos de los cuales ignorábamos su existencia o función, y además había rato para la convivencia, fue indecible.
A veces terminábamos los entrenamientos con una cascarita mixta. La parte varonil del equipo de Indestructibles era muy buena, destacaba Jorge, mano derecha de Martín, era un enorme jugador, pícaro, hábil y fuerte, hoy en día me recuerda, por su físico y carácter, al semi-dios Maui de la película animada de Disney. Yo siempre intentaba quitarle la pelota a Jorge o tratar de driblarlo porque pensaba que si podía superar a alguien como él, podía superar a cualquiera. En cambio, se notaba a leguas que la femenil comenzaba apenas su camino en el mundo del fútbol. Las chicas todavía estaban en la parte de aprender la simiente del juego, todas excepto una, la joya de la corona, Magie, una chica joven con gran potencia, idea y visión de juego, era la mejor jugadora de aquel conjunto que iba a entrenar a Pilares, físicamente su estado era impecable cuando la conocimos, fue después que llegaron sus lesiones.
Un día, las Indestructibles nos retaron a un partido de fútbol siete, un amistoso. Las Mininas aceptamos y esa tarde perdimos por cuatro a uno, pero el gol de nosotras fue un gol olímpico de mi parte que sorprendió a todos. Me gustaba hacer esa clase de cosas en los partidos, imitar al uruguayo Chino Recoba en ese tipo de goles, con las Mininas ya había logrado alguno más en la liga de la Alberca Olímpica. Cuando no estaba en la portería mi estilo era, en aquel entonces, individualista y regateador, muy al estilo Zlatan de sus primeros años jugando para el Malmo de Suecia o el Ajax de Holanda. Yo misma, en mis primeros años como jugadora, tenía esa irreverencia hacía el orden e incluso hacía el resultado, me valía más dejar perplejo al público que jugar en equipo, la jugada bonita por encima de todas las cosas, como dictaban los comerciales de la Nike o la sonrisa de Ronaldinho. Sin embargo, a los Indestructibles llegué cuando mis mejores años ya habían pasado, quedaba de esa Franny habilidosa apenas una Franny inveterada, tenía varios kilos de más y no había aprendido a adaptarme a ya no ser la más rápida y potente. 
El equipo nos invitó a Nere, la mejor jugadora de las Mininas en aquel entonces, a Miriam (ver capítulo de las Mininas) y a mí a una locura, querían meter un equipo en la liga de fútbol 7 de la Ciudad Deportiva. Esa liga era, en ese entonces, la de mejor nivel de toda la ciudad. No importaba que el proyecto tuviera pensado iniciar con una franquicia en la segunda división, porque la segunda división de esa liga seguía manteniendo un nivel mayor que cualquier primera división de muchas ligas de la ciudad. Yo estaba escéptica, había jugado contra equipos de la primera y segunda división de ese lugar en el pasado, miraba lo que lo tenían las Indestructibles y no veía el modo en que pudiéramos lograr algo ahí, ni siquiera con Magie, con Nere y con Mindy, otra chica que se incorporó después y que tenía también muy buen juego.
Como yo era vieja para jugar como hacía diez años y muy tonta como para jugar en equipo y aprender a ser la directora de una orquesta, me frustraba mucho en esos partidos en que todos los equipos nos ganaban y nos pasaban por encima. Tan solo nuestro primer juego lo perdimos por 10-1, el único gol fue de Mindy. Luego ya no perdíamos por tanta diferencia pero nos costaba mucho hacer goles.
Una vez, logramos mantener el cero a cero contra un muy buen equipo. Al descanso estábamos supercontentas, reíamos y nos felicitábamos por aquello. Nos había costado mucho esfuerzo y concentración, habíamos jugado de manera defensiva de forma perfecta. Entonces, Martín decidió que iríamos por el triunfo, cambió la táctica, adelantó líneas y nosotras estuvimos de acuerdo, aquella era una idea colectiva por la que valía la pena luchar, cambiar, ser diferente o resistir, lo que Martín pidiera. Terminamos perdiendo el juego por cinco a cero, nos habíamos equivocado todos. Las risas y las felicitaciones ya no fueron, se cambiaron por el silencio deletéreo y ese silencio solo lo rompieron mis reclamos todavía más ponzoñosos hacía mis compañeras. Martín logró calmar la situación, hizo los apuntes de los errores y aciertos, incluyendo los de él mismo, se mantuvo impenitente, pero yo seguía que me llevaba el diablo.
Martin me decía a veces cosas que para mí eran incomprensibles, me decía que no gastara mi energía en el trabajo defensivo sino que usara mi energía para la ofensiva y darle goles a mi equipo. Otras veces me decía que si me hacían falta no me tirara al suelo como si me hubieran roto la pierna, me decía que continuara la carrera, que mis piernas fueran como cañas duras, indestructibles pues, que ni las rivales con falta me pudieran detener. Lo peor era cuando me decía que yo podía ser la mejor jugadora de la liga y yo conocía a algunas de las chicas de los grandes equipos de ahí, veía mi edad (apenas pasaba de los treinta años, pero me sentía una anciana), y entonces le decía al Profe que estaba delirando, que eso no podía ser. Estas y otras muchas enseñanzas no las entendí en su momento, todo lo que me decía me parecía inefable o absurdo.
Cada juego era un aprendizaje constante esa temporada, aunque no conseguíamos ni un miserable empate, la fortuna era huidiza con nosotras. La situación empeoró cuando Magie se lastimó su tobillo, una lesión bastante grave que la dejó fuera varios partidos. Era su talón de Aquiles, tan buena como el guerrero griego pero con una debilidad. Eso nos bajó el ánimo en el equipo, con Magie teníamos alguna posibilidad, pero sin ella el asunto se tornaba imposible. El conjunto de todos modos entrenaba, trabajaba, pero era evidente que la distancia entre todos los demás equipos y nosotras era excesiva.
Ni me hubiera atrevido a escribir algo sobre nuestra experiencia en esas canchas sino es porque, pese a nuestras insuficiencias, uno de los últimos partidos de la temporada lo encaramos con tal generosidad que no hubo duda, todo trabajo paga.
Nuevamente íbamos contra un muy buen equipo, ya he dicho que todos los equipos ahí eran buenos, pero este iba en los primeros lugares de la clasificación. Esa tarde nublada y sin muchas esperanzas, nos congregamos todas a jugar, pero nos faltaba una, solo éramos seis. Entonces, Magie ofreció ponerse de portera, todavía no estaba recuperada de su tobillo y no podía saltar ni correr. La estrategia era que nuestras rivales no se dieran cuenta de eso de manera temprana, así que la maniobra de Martín fue ir para adelante, atacar, presión alta, procurando que el partido se jugara en la mitad del campo de ellas y no en la de nosotras. Era una demencia esa táctica, y fue la mejor lección de ese día, nunca ningún partido fue tan didáctico.
El desafío comenzó y nosotras obedecimos en eso de matarnos en la cancha, de dejarlo todo. Las fuimos a presionar en todas las zonas, si una de las rivales iba al baño una de nuestras jugadoras la seguía, es un chiste, pero casi casi fue así. Ese terrible esfuerzo daba sus resultados, nuevamente un partido parejo, no se notaba tanto la diferencia de nivel entre los dos equipos. Y para colmo de las rivales, seguramente sorprendidas por el tornado que les planteó Martín,  Mindy me mandó un gran pase al espacio y cerca del área de ellas, encaré a la portera rival, hice la finta de rebasarla por mi izquierda pero frené, pisé la pelota, la portera se desparramó en el suelo y pensé en salir por la derecha, pero la defensa de ellas me había alcanzado y me cortaba esa salida, había perdido mi ruta de escape, regresé entonces al perfil izquierdo y para no perder más tiempo me inventé una rabona. La pelota se fue al fondo. En contra de todas las apuestas íbamos ganando.
Las rivales empataron no sin trabajos y comenzaron a tener más oportunidad frente a Magie que sacó fuerzas de su fragilidad y eso de no poder correr o saltar era afrontado por su voluntad de acero, supongo que le dolía mucho pero se aguantaba. Luego, no recuerdo si Mindy o Nere hicieron los goles, el caso es que al descanso nos fuimos con la victoria por tres a dos. Éramos gigantas.
La estrategia de la presión alta iba a continuar, pero solo mientras tuviésemos la energía para hacerlo pues el rendimiento físico no podía durar todo el partido aunque lo quisiéramos, y ya estábamos agotadas para cuando llegó el descanso. Por fortuna el cielo estaba encapotado y anunciaba lluvia, de haber habido un sol pletórico el chiste no nos había durado ni diez minutos, dios estaba de nuestra parte.
Las rivales salieron a la segunda parte dispuestas a poner en orden las cosas del universo, no era posible que nosotras les estuviéramos ganando y además con tan buen juego. La batalla fue furiosa otra vez, cada una de mis compañeras fue una amazona ese día. Ellas empataron a tres y nuestro ánimo menguó un poco, además ya se habían dado cuenta de que Magie estaba herida y la intentaron sorprender ahora con tiros desde lejos en los que ella demostró su valentía como guardameta, no se dejó.
En los límites de nuestras fuerzas tuvimos un tiro de esquina a favor, por el lado izquierdo; por lo tanto, si quería un centro cerrado mi perfil sería el derecho, el de mi pierna buena. Y entonces, lo pensé, se me ocurrió, otra locura. Busqué el gol olímpico, le puse un demonio dentro a la pelota cuando la golpeé con mi pierna derecha y la portera rival, sorprendida, luego de la hermosa curva descrita por esa pelota, tuvo que ir a sacarla del fondo de su arco. Otra vez estábamos por encima y con un gol olímpico.
Los goles olímpicos era olímpicos porque la primera vez que el mundo vio algo así fue durante una olimpiada. Eran cosas raras, aunque el Chino Recoba juntaba seis de esos en su carrera. Con el que yo acaba de hacer en ese momento llegaba a cuatro en mi vida. Sin embargo, estoy segura que en los anales del fútbol no se cuenta que un solo jugador haya hecho dos goles olímpicos en un solo partido. Muchos dirán que tal cosa solo podría explicarse mediante un portero muy malo, pero este no era el caso, la sorpresa fue el factor primordial en el primero, y en el segundo también, ¿quién espera que alguien intente anotar dos goles olímpicos en un solo partido?.
Apenas unos minutos después, con nuestro ímpetu casi vacío, casi extinto, nos dio para otro corner. Nadie lo intenta dos veces, nadie. Pero desde afuera de la cancha escuché gritar a alguien, ¡otro!, creo que fue Jorge quien lo pidió. Me perfilé, le pegué todavía con más potencia que la primera vez y a pesar de que ellas habían puesto una jugadora en el primer poste, la pelota la rebasó por altura y se fue otra vez al fondo del arco. La portera ahora no estaba sorprendida, ahora estaba furiosa. La poca gente que veía aquel partido desde la grada no lo podía creer, era inadmisible, eran dos goles olímpicos en un mismo partido.
Nos íbamos arriba por cinco a tres. El bálsamo del gol nos alcanzó para resistir unos minutos más, luego las piernas ya no alcanzaron, pero les costó, vaya que les costó.
Las rivales, heridas, humilladas, se volcaron al frente en busca de lo que quedaba de su honor. A pocos minutos del final lograron nuevamente el empate y ya en nuestra agonía tomaron ventaja por siete a cinco. No hubo tiempo ni pujanza para nuestra respuesta. Se acabó el partido y no pocas nos derrumbamos sobre el césped. Las rivales no, ellas tenían mil cambios, salieron maltratadas eso sí, pero vivas.
Esa vez no hubo reclamos, tampoco festejamos ni nada, porque al final era otra derrota más. Pero aprendí que perder así es ganar, fue la primera vez que lo comprendí, además ya jugaba más para el equipo. Me costaría todavía mucho tiempo adaptarme a la madurez, pero es que eso es, madurar se trata de eso y toma tiempo.
Al final de la temporada le quedaba ya muy poco y yo debía irme a vivir a Austria, cosas de mi profesión. El último partido con las Indestructibles antes de tomar el avión ellas me dieron una cartulina con sus buenos deseos, los nombres de las chicas estaban ahí, Magie, Mindy, Paulina, Vianey, Rocio, Meche, Giss, y también los de Jorge y Martín. Nunca nos tomamos una foto grupal o al menos yo no la tengo, pero esa cartulina la guardo todavía en casa como uno de mis recuerdos más preciados.
Fui y regresé de Austria, seguí jugando con las Mininas algunos años más, pero a las Indestructibles ya no las vi más salvó por algún partido en una cancha del sur de la ciudad, el equipo ya no continuó en la Deportiva.
Aprendí un mundo siendo jugadora de las Indestructibles, fue poco tiempo, pero fue el mejor de los tiempos. Así es cuando te cambian la vida, no lo esperas, no es de la forma que sueñas o crees. Yo pensaba que lo sabía todo del fútbol porque podía llevarme a dos o tres jugadoras en una baldosa, pero siendo jugadora de Martín Polo me di cuenta que sabía muy poco. Luego de eso, me dediqué mucho más a aprender, a descifrar el juego, a saber jugar, porque yo no sabía jugar, aprendí con las Indestructibles de Martín Polo.

lunes, 27 de abril de 2020

DOMINGO. La leyenda del Porto


En las canchas de la Alberca Olímpica jugaron equipos de todo tipo y carácter. Las hubo las poderosas y que ganaban siempre, las que no daban una pero que no faltaban cada semana a pesar de los malos resultados, las conflictivas y las pacíficas, las que estaban solo de paso y las que llevaban años y años y no se iban, estaban todas esas escuadras y luego estaba el Porto.
Chio fue la que me invitó a jugar con ellas porque había participado con ese equipo algunos años atrás y no había anulado ese vínculo, además les hacía falta portera.
A las chicas del Porto yo las conocí en el infortunio de tenerlas como rivales. Siempre que jugábamos contra ellas perdíamos. No nos borraban de la cancha, incluso a veces parecía que les podíamos ganar, pero siempre se sobreponían y terminaban llevándose la victoria.
Todavía recuerdo la descripción más atinada al respecto de este equipo, lo dijo una de mis compañeras luego de haber perdido otra vez contra el Porto y mientras tascábamos el coraje de la derrota…
—No solo son guapas, también juegan bien.
Aquella sincera y lánguida sentencia solo fue como limón en la herida, recuerdo haber exigido silencio de manera tajante, pero decía verdad. Lo que son las cosas, años después yo sería la guardiana de su arco, y es que ser guapa no era requisito para ser parte del Porto.
Durante años la portera del Porto había sido Bárbara, ya he descrito lo buena que era como guardameta en otro de los capítulos de este libro. Con ella en el arco el Porto había tenido sus mejores días, pero un día, no supe la razón, Bárbara dejó de ser la portera y el resto del equipo comenzó a improvisar.
Desde que llegué al equipo, dispuesta a hacerme cargo de ese fardo, me di cuenta que las mejores épocas del conjunto ya habían pasado.
Vanessa, capitana y mediocampista de aquel cuadro, portaba una gruesa rodillera en su pierna derecha porque estaba lastimada y al parecer requería de una operación que nunca sucedía. En cada juego su rodilla le dolía y rara vez terminaba los partidos.
Rosa, hábil delantera, también tenía problemas con una rodilla. Mi compañera de mil batallas, Chio, no era la excepción en eso de los achaques con la mencionada articulación, castigo de mito machista griego para todas las mujeres del universo por atreverse a jugar fútbol, o cristiano si se le quiere ver: ganaras tus partidos con el sudor de tu frente, parirás con dolor y se te lastimará la rodilla por disfrutar del fruto prohibido de la pelota.
Será el sereno, el caso es que el Porto al que llegué distaba mucho del ballet exitoso que me había tocado enfrentar.
Como forma de adaptación, y para no sucumbir, las Porto habían cambiado eso de ser un equipo ligero y dinámico, como liebres que corrían por toda la cancha de forma estética, a pararse bien cada una en su posición, meterle colmillo al asunto y dejar que quien corriera fueran la pelota y el rival. Y aquello funcionó, incluso puedo testificar en estas letras que siendo portera del Porto fui participe de verdaderas obras de arte, sobre cómo se debe manejar la pelota con urdimbres preciosistas de pases, en cómo se manejan los tiempos y el cómo dejar al público con el estupor de:
—Esas morras no solo son guapas, también juegan bien.
Si el fútbol sonara, el Porto sería como un bonito brit-pop melodioso y con un toque de autenticad expresado en distorsiones de guitarra de estilo grunge. ¿Jugaba el Porto? Había que irlo a ver, al parecer así pensaba la gente pues nuestros partidos siempre tenían mucho público, al menos lo que permitía una cancha con apenas un pequeño graderío de lámina y tubos de acero, los que ahí no cabían se pegaban a la reja que rodeaba la cancha y uno que otro suspiro se les escapaba entre bocanada y bocanada al churro de mariguana.
A los fans del Porto poco les importaba el resultado de su yesca, pero a nosotras poco a poco perder se nos fue dando de manera más frecuente de lo deseado. El Porto nunca fue de esos imperios que lo dominan todo y siempre van en primer lugar coleccionado títulos, eran más bien de esos que se mantenían en los primeros lugares de la clasificación y ya en las finales se jugaban la vida febrilmente. Por ello, las derrotas, por más ridículas que fueran, no parecían ser un problema, estábamos ahí, siempre en zona de liguilla.
Quizás por eso nunca se entendió la dimensión del problema que teníamos. Yo si lo intuía, con esa mala suerte del carajo no le íbamos a poder ganar a los equipos más fuertes de la liga, esos que si se quedaban siempre con los tres puntos cada domingo. Porque eso era, una cargada de mala suerte, de mal de ojo infundido quién sabe por quién, pero nadie pensó en un conjuro o una limpia.
Material humano no sobraba, de hecho casi siempre éramos apenas justas, pero lo que había era bueno. Yo era reconocida como la mejor cancerbera del campeonato, mis centrales eran Amanda, hermana de Vanessa, y la joven Karla, que no eran un dechado de virtudes técnicas, de esas defensas con las que pudieras salir jugando, pero siempre estaban a tiempo para despejar cualquier peligro; valentía y entrega no les faltaba, se rifaban siempre en la defensa, se entregaban con avidez, ahí no era donde estaba el problema.
Chio bajaba siempre para poder salir jugando, armaba el juego y era la clamorosa arquitecta del equipo. Vanessa jugaba de cinco pero como ya he dicho su rodilla le impedía el mejor de los desempeños; aun así, todavía le alcanzaba para ser el alma del equipo. Ana era otra mediocampista bastante capaz, fuerte y con buen disparo a portería. Por la izquierda, Elieth desbordaba siempre por esa banda, nunca te jugaba a un tiempo, siempre encaraba y casi siempre podía deshacerse de una o dos contrarias. Rosa habitaba también en el medio campo, dinámica, buena atacante. Adelante estaba Jenny con su porte fino y buena técnica, Chio siempre la regañaba porque Jenny regresaba mucho al medio campo, desesperada de no participar mucho en el juego, no estaba habituada a ser una punta nominal, quería significar más de aquella obra.
Básicamente esta era la alineación de fútbol siete del Porto, si alguna llegaba a faltar se creaba un problema y eso lo sufría cada domingo el señor Héctor y su bigote, el señor Héctor  era quien fungía como DT del Porto. Siempre decía que si fuéramos más constantes el equipo sería campeón, quizás tenía razón, pero yo creo que ni con una nutrida banca la maldición se hubiera podido revertir; un amuleto, eso quizá si hubiera servido, pero creo que ninguna tenía uno.
Las chicas del Porto provenían de más al sur, de las planicies de Coapa, a veces las acompañaba parte de su familia y algunos de sus preciosos y simpáticos canes, pero eso tampoco parecía ser factor.

Me comencé a dar cuenta de que la cosa era de otro mundo cuando en uno de los partidos ya cercanos a la liguilla, con el equipo completo, nos tocaba sacar de inicio para comenzar el partido. Unos instantes antes de que el árbitro, un hombre tranquilo y de buen criterio, diera por comenzado el partido, mis compañeras habían estado ensayando tiros a gol a mi portería, uno de esos pelotazos rebasó la malla que evitaba que los balones se fueran de la cancha y escapó hasta una zona de juegos infantiles.
Un niño de unos siete años corrió por nuestra pelota, la alcanzó y la llevó hasta el enrejado que rodeaba la cancha. El chiquillo no tenía la fuerza para lanzar la pelota por encima de la malla y el enrejado, pero en donde esta se unía la reja  con la malla, se podía ver una parte de la trama de la malla rota, la altura no era mucha, estirando las manos yo alcanzaba el agujero.
Me acerqué hasta donde estaba esa falla, a un costado de mi portería, la abrí con mis manos lo más que pude para que fuese lo más amplia posible para que el niño pudiera pasar por ahí la pelota, el mocito hasta escaló un poco por la reja. El primer intento falló, luego, inmediatamente de lograr pasar la pelota al campo y mientras yo le daba las gracias, observé que me indicaba con urgencia con su brazo hacía mi portería.
Un grito de gol se escuchó. Luego parte del público se escarneció de nosotras.
En un santiamén volví la vista hacia mi portería y pude ver otra pelota distinta a la que yo sostenía en mis manos, dentro de las redes. Entonces, alcé la mirada hacía mis compañeras, Chio se lamentaba en el círculo central, Vanessa a la altura del medio campo miraba al cielo como pidiendo una explicación que no venía, Amanda y Karlita, cada una de pie muy cerca de cada uno de los vértices interiores de nuestra área grande, taciturnas ante el inopinado espectáculo. ¡Santa mierda!, el Porto se había apuntado el autogol más fachoso de la historia del fútbol.
Lo que pasó fue lo siguiente: como nuestro balón estaba volado, las rivales presentaron el suyo y luego de verificar que estaba en buenas condiciones, el árbitro permitió que se comenzara el juego con esa pelota. Su silbatazo fue apaciguado, casi un crepito. Chio, que no tiene ojos en la espalda, jugó la pelota hacía atrás, pero Vane la dejó pasar, de todas formas atrás estaban Amanda y Karlita, pero ellas la dejaron pasar, lo habían hecho así en otras ocasiones que sacábamos del medio pues se suponía que yo estaba atrás, lista para jugar la pelota con los pies. Pero yo no estaba, me ocupaba ampliando agujeros en la malla que rodeaba el campo para recuperar una pelota que un niño amable nos hacía el favor de regresarnos, a un costado de mi portería, de espaldas a la jugada, sin saber que ya había comenzado el partido.
Todavía después de varios minutos el público desternillaba por lo ocurrido, el murmullo proveniente de la grada me molestaba mucho. Esa fue la gota que derramó el vaso de un embrujo que había estado latente todo ese tiempo pero que hasta entonces había sido discreto. Ese partido lo perdimos de forma espantosa contra un equipo que iba muy abajo en la tabla y que no iba a calificar, pero aquello todavía no fue tan malo pues hicimos goles, perdimos, pero hicimos dos goles esa tarde, fue la última vez.
Los siguientes partidos antes de la liguilla y que fueron tres, no anotamos ni un solo gol, ni un pinche y puto gol. Los postes, el viento, las guardametas rivales que de pronto tenían vocación de ser Hope Solo, que el balón estaba horrible, desinflado, o muy duro, o el césped, que a pesar de ser parejo como alfombra escondía microscópicas protuberancias u aberturas como el de la madriguera del conejo de Alicia en el país de las maravillas, en fin, la mala suerte en todas sus presentaciones.
Perdimos esos tres juegos por uno a cero, ¡por uno a cero, siempre! Eso no es normal, eso no es estadística, es brujería.
A pesar del cierre desastroso de torneo, nos alcanzó para calificar, aunque en la liguilla enfrentaríamos a uno de los primeros lugares, un equipo osado llamado Astonterías, un juego de palabras entre el nombre del célebre club inglés Aston Villa y el verbo hacer pendejadas del idioma español.
Las conocíamos bien, esas mujeres oriundas de uno de los barrios de Culhuacán, jugaban buen fútbol, tenían buenas delanteras y el resto de sus líneas eran una muralla complicada y liosa; manejaban bien el arte del artificio y jugaban con la desesperación de sus rivales.
Para colmo, ese día para el olvido, el del partido por los cuartos de final, estábamos otra vez justas, sin cambios y para aumentarle pisos a la torre de la desgracia, había diluviado y la cancha estaba anegada. El Astonterías, más curtido y acostumbrado a la lucha cuerpo a cuerpo, al fútbol rasposo, tenía ventaja sobre el Porto que todavía jugaba a lo antílope y dependía de que la pelota corriera linda, rápida y mansa sobre la alfombra. Nuestras posibilidades pendían de un pabilo cuyo fuego estaba a punto de apagarse.
El maleficio se manifestó apenas comenzó el partido: luego de una jugada sin nada de las rivales me quedé con la pelota y saqué rápido con las manos hacía donde estaba Vanessa, libre y sin marca, poco antes de la línea de medio campo, le di la pelota cómoda, rasa, aprovechando que en esa zona no había charcos tan profundos. Ella recepcionó bien pero de espaldas. Una de las rivales corrió a la marca con la intensión de no dejarla darse vuelta y ella, al sentir esa presión, decidió volver atrás, conmigo, pero no contó con que la delantera contraria se había corrido muy cerca de esa zona, entre ella y yo. Así, el pase pensado para mí se convirtió en una asistencia para la rival que se quedó sola, levantó la vista y prácticamente solo tuvo que dar un pase a la red. Me quedé desbarata en la posición del Cristo para achicar. Fue un castigo severo ir a recoger esa pelota de entre las redes de nuestra portería. Era el uno a cero, el cuarto consecutivo luego del nefasto autogol de hacía cinco partidos.
Lo que siguió fue infructuoso, un catálogo de contrariedades y fallas. Vanessa tuvo una muy clara oportunidad de anotar, pero voló su disparo por encima del arco de ellas, luego de un pase retrasado de Chio. La misma Chio erró dos o tres goles luego de salir airosa en grandes jugadas y regates, pero sus tiros terminaron fuera o directo en las manos de la portera que ese día fue pletórica, enorme. Jenny se colocó bien en dos o tres rebotes dentro del área, pero no los cambió por gol… nuevamente, como espanto, apareció la portera rival, y es que casi hasta sin querer, detenía nuestros intentos.
Rosa ni mucho menos las demás tuvimos que ver algo con las jugadas de peligro de nuestra parte. Defendimos bien, ellas ya no tuvieron más, es todo lo que pudimos presumir esa tarde con cierzo y nubarrones grises.
Con el abanico de pases fallados y de rebotes que siempre se quedaban las rivales podíamos haber escrito un tratado sobre la mala fortuna.
El señor Héctor era como un “Tuca” Ferreti desgarbado y al borde del infarto por tanto coraje. El fragor de la avenida y su tránsito continuo terminaron siendo más estruendosos que nuestro ánimo para seguir buscando el empate. Nos apagamos.
El árbitro dio por culminado ese aquelarre y un quejido de dolor se me escapó de muy dentro del alma. El gesto de sufrimiento convirtió a mi rostro en un pergamino arrugado y podrido.
Cualquiera pensaría que fue la consunción de todo, nuestra reunión después del partido para juntar el arbitraje –había que pagar por esa tragedia- parecía ser el punto final, pero nosotras nos las gastamos para hacerlo peor: el Porto jugó todavía algunos partidos más de la siguiente temporada antes de diluirse en el sinsentido y el desánimo. Lo sarcástico del asunto fue que se compraron nuevos uniformes a dos partidos del finiquito definitivo de la franquicia, hasta se reclutó una nueva jugadora, Mary, ex del Astonterías, que compró el uniforme y jugó esos dos últimos partidos con el Porto. Algún día debemos pedirle disculpas, porque si no el fútbol nos va castigar otra vez con una maldición similar a la que le infringió al Porto y su leyenda.
Convencida de que la providencia no nos dejaría en paz, o vayan ustedes a saber si fue algún demonio, dejé al equipo. No fue un final feliz. En mí último mensaje para las chicas del Porto les deseé que ojala volvieran a ser lo que algún día habían sido. No lo fueron más en esa liga, no sé si lo hayan sido en otro lugar.
Estas son las enseñanzas que te deja el juego, no siempre soy la mejor de las personas, puedo ser una vil pusilánime y abandonar cualquier barco al son del sálvese quien pueda, una se conoce más jugando al fútbol. Pero no todo fue malo, tuvimos nuestros momentos, y sé que en la balanza general de la historia del club, el Porto les dejó a Vanessa, Amanda, Chio, Rosa, Ana y Karlita, un saldo muy positivo. Porque antes de la maldición el Porto se lució en todos sus partidos y fundó su leyenda, porque estaban todos los demás equipos y luego estaba el Porto, porque en la cancha todavía se les extraña y se les recuerda a esas chicas que no solo eran guapas sino que jugaban bien.  

domingo, 26 de abril de 2020

DOMINGO. La fiesta del Rival





La imagen la tengo bien clara en mi cabeza, todavía y a pesar de los años; domingo, dos de la tarde como era casi siempre, el caucho de la alfombra sintética que quemaba los pies, un partido importante de esos de eliminatoria, Mich, la capitana del equipo, con su cabello lacio y negro, suelto y al viento, portando unas gafas de sol que ocultaban las señales de, al menos, no haber dormido, y en la mano derecha un vaso de poliuretano, de esos a los que cabe un litro de cerveza con su tapita de plástico y el popote incrustado por el centro de esa tapa. Mich dentro de la cancha, despejando al fin del mundo un balón filtrado por nuestras rivales que se quedaron igual de perplejas que el resto. Tan solo la pelota abandonó el campo, muy lejos de todo, el arbitró le pidió que se quitara los lentes y le preguntó inquisitivamente qué era lo que contenía el vaso.
—¡Agua, Profe, solo es agua! —mentimos todas entre tremenda risotada.

Luego de años y años de defender la maglia de las Mininas, me llegó el turno de cambiar de equipo. Muchas temporadas besé el escudo minino profesando amor eterno a esos colores en vino y en negro, pero como a muchos en el fútbol un día me tocó cambiar y tuve que aprender a amar otras banderas. No es fácil, a las aficiones del mundo les parece muy sencilla la existencia de lo apátrida, pero no es así, no es tan simple y al mismo tiempo tiene su encanto. Me dolió dejar de jugar para las Mininas, pero qué le íbamos a hacer, era momento de recorrer el mundo de equipos que conformaban la liga femenil de la Alberca Olímpica de los domingos por la tarde.
Ya como jugadora libre, me abrió las puertas uno de los equipos más tradicionales de la liga, uno que nunca había podido salir campeón y que tenía la reputación de la inconstancia. Eran las chicas del Rival más Débil, y desde su nombre se adivinaba el jolgorio que las caracterizaba.
  El nombre del equipo había sido tomado de un popular programa de la televisión abierta en el país en donde los concursantes debían jugar estratégicamente contra sus oponentes en el arte de responder preguntas de cultura general y algunas no tanto, los cuestionamientos a veces rayaban en el nivel de especialidad académica con mención honorífica. La conductora del programa debía mostrar una personalidad pedante y despectiva hacía los participantes que decidían, de manera democrática eso sí, a cuál de los adversarios eliminar en cada ronda. Se asumía que quienes podían aparentar ser tontos podrían librar más y más etapas del juego sin ser votados para abandonar, en cambio aquellos que demostraban ser muy listos eran eliminados.
Supongo que Mitch y las demás pensaron en ese juego de apariencias cuando le pusieron el nombre al equipo, un juego de palabras que hacía dudar a todas las rivales y que en cierta manera se sostenía cabalmente pues, el Rival, realmente no parecía tener mucho cuando mirabas a esas chicas desde afuera del campo. En primer lugar, no tenían uniformes nuevos, en el mundo actual hay que cambiar de camiseta cada año, de mínimo cada dos; de esa forma algunas pocas portaban la casaca en azul oscuro original y el resto, las que nos íbamos incorporando con los años, debíamos adquirir una camiseta que fuera parecida, eso no siempre se lograba de la mejor forma y ahí nos tenían a todas con múltiples variante del azul oscuro en todas sus tonalidades, por ahí la del París, acá la del Chelsea, una de visitante del Bayern Munich, en fin.
En segundo lugar, para reforzar la apariencia, casi ninguna portaba calcetas altas, ya no digamos espinilleras. A veces los árbitros recordaban que era su deber hacer valer el reglamento y pedían que al menos las jugadoras de cancha se subieran las calcetas hasta debajo de la rodilla, pero eso pasó pocas veces.
Así, entre aquella falta de parafernalia, el Rival no daba la impresión de ser un equipo de cuidado ni importante. No era una estrategia pensada, no era como en el programa de televisión donde había que disfrazarse, es solo que el equipo era así y ya; no importaba mucho.
Cuando me aceptaron para ser parte, ellas ya habían jugado varias temporadas y casi siempre calificaban a las finales, así que nadie las tomaba por un flan, al contrario, en el torneo que jugué con ellas fuimos un conjunto de constelaciones, una alineación que daba miedo a cualquiera.
Para la temporada en la que yo entré, se incorporó Jessie Roldán, una de las mejores jugadoras en la historia de la liga, joven goleadora y muy técnica. Ella había jugado varias temporadas para el multicampeón Barcelona y la enfrenté varias veces como rival con muy malas experiencias para contar, ella y su equipo siempre se llevaban la victoria, por fortuna ahora era mi compañera. Jessie era capaz de generar jugadas claras donde todo parecía henchido de defensas, proclive siempre a ganar y a ser campeona de goleo, sin que le molestara jugar de defensa o de media, todo parecía hacerlo bien.
Yo por mi parte llevé al equipo a Chio (ver el capítulo del Santa Fe), que era una todo terreno con mucha experiencia y buen juego; y a Jenny (igual del Santa Fe), una delantera cuyo estilo romariano encajaba perfecto con la personalidad del club.
Además, el Rival ya tenía buenas jugadoras. Mich era la líder de la defensa, irreverencia y rudeza cuando se requería cada cosa, y procaz para ir al ataque sí era necesario; ahí, a veces compartía la central con Sof, una chica alta y de cabello claro que era la más disciplinada tácticamente hablando, o con Alex, una angloparlante de cabello cobrizo que también podía jugar de media pues era de esas elementos de ida y vuelta, box to box como se denominan inglés a este tipo de jugadoras; de hecho, la vocación defensiva casi no existía, la semántica de este equipo era la de atacar.
Del medio campo para adelante el equipo no tenía desperdicio y eso era irrecusable, donde caía la pelota había una crack. Bere era la otra capitana del barco, en la cancha era la número diez con la pausa para dar el pase preciso y mantener la confianza, meditabunda y amable, organizadora del medio campo y de la vida de ese equipo. Gabriela era la joven joya del club, gustaba de encarar y era valiente al intentar sus jugadas, también tenía gol. Karime, segundo nombre regate, era un fenómeno, el camino al éxito más seguro del equipo. Esta chica de complexión como de venado veloz podía llevarse a todo el equipo contrario si se lo proponía (y algunas veces lo hizo). En el campo su camino al gol parecía expedito, las rivales solo le servían como conos. Tenía una media de unos cinco goles por partido y  su fama se extendió hasta hacerla llegar a jugar en la Primera División de la Liga MX profesional, pero ese torneo jugaba todavía con nosotras.
Adelante Paola era la rematadora del equipo, atávica centro delantera de esas que esperan la oportunidad para aprovechar cualquier pelota y convertir rebotes o pases en gol, aunque también con la capacidad de inventarse una jugada genial o fantástica. Finalmente, Dana y yo nos alternábamos la portería sin ningún orden específico, a veces tocaba cuidar el arco y que Dana jugara, a veces tocaba jugar en cancha y Dana atajaba.
Hay que aclarar que esta no era una tierra de nadie donde cada una hacia lo que quería, era una entropía muy bien ordenada, con libertad y sin lo prosaico de obtener el resultado a como diera lugar. Tan buenas jugadoras, como conectadas inalámbricamente una con la otra y que se combinaban para hacer un buen equipo. Quiero creer que nuestros partidos eran divertidos para el público.
A primera instancia, esa alineación era la envidia de los demás equipos en la liga, pero sucedía que, como he advertido, una característica fundamental del Rival era su inconsistencia. El equipo llegó a  estar completo muy pocas veces.
Alguna vez llegamos a jugar contra las Tuzas que eran las que realmente nos podían quitar el campeonato. Ellas eran un equipo que iba de cancha en cancha de la Ciudad de México coleccionando campeonatos, endosando goleadas inmisericordes a los equipos que no tenían nivel y dejando siempre la impresión de que eran invencibles. No eran como nosotras, su disertación consistía ganar y barrer con el contrario, ganar siempre. Esa tarde jugamos casi todo el partido contra ellas con una menos, no teníamos cambios y aun así no hubo ninguna hecatombe, de hecho fue un lindo partido que termino 8-6, si, una feria de goles. Ese día hasta yo me di el lujo de anotar un golazo de esos desde medio campo y a Karime solo la pudieron parar por medio de faltas pueriles.
Pese a la consuetudinaria falta de un cuadro base,  y que a veces eso de jugar con una o dos jugadoras menos se repetían con equipos mucho menos poderosos que las Amazonas, normalmente con lo que había alcanzaba para ganar y eso nos mantenía siempre arriba en la tabla general. Cuando llegaban a estar todas aquello era un poema y es una pena no tener ningún registro de eso en imagen.
Había un clásico que el Rival jugaba en ese entonces. Resulta que el equipo alguna vez había llevado otro nombre, las Black Girls, eran numerosas pero no ganadoras. Hubo una guerra civil dentro de esa escuadra y el grupo se dividió en dos partes. Unas formaron el Rival y el resto, un tanto más tarde, fundaron otro equipo con nombre en acrónimo como de secretaría estatal. Y cuando tocaba enfrentarse a las otrora compañeras, no se podía perder. Bere nos lo decía, ese juego no se puede perder, sin embargo yo no recuerdo que hayamos ganado alguna vez el clásico mientras yo fui jugadora del Rival. Una de las jugadoras, la más joven, Gabriela, jugó en los dos equipos y es que el lazo de hermandad y amistad, al parecer, nunca se rompió del todo.
Ya cerca de la liguilla volvimos a enfrentar a las Tuzas, no había modo de ganarles, y esa vez fue un desastre. El partido estaba parejo, dos a dos, con nosotras consientes de ser el segundo lugar general, disfrutábamos del partido, era un lindo partido hasta que en una escapada por la banda la número diez de las Tuzas, de nombre Nini y nivel de juego digno del dorsal que portaba en la espalda, recortó hacía afuera a mi defensa y sin mucho ángulo apostó por un tiro potente a media altura, muy cerca de donde yo me encontraba ya haciendo el achique. Fue muy rápido, no alcancé a hacer bien el movimiento de mis manos y la pelota me golpeó a gran velocidad casi de forma directa en mi dedo meñique de la mano izquierda. Sentí que se había roto algo, pensé en un hueso, quizás. De todas formas esa pelota se fue al fondo de mi arco pues yo me retorcía de dolor y me olvidé del balón por un momento, cuando quise reaccionar ya era tarde, por muy poco la pelota había cruzado la línea de gol.
Me llevaba un carajo. Casi con lágrimas en los ojos me quité el guante de la mano izquierda y observé mi dedo meñique completamente deforme, fuera de posición. Recordé a mi papá, que también había sido guardameta, como, en una situación similar, le había pedido a alguno de sus compañeros que le acomodara el dedo tirando súbitamente hacía adelante.
Ya ni recuerdo a quién se lo pedí, pero funcionó, al menos eso pareció pues el sufrimiento amainó y mi dedo parecía estar de vuelta en su lugar, sin embargo en la siguiente jugada de ataque de las Tuzas, nuevamente Nini se coló por la banda, pero ahora del lado contrario, y esta vez lanzó un centro alto que la nueve de ellas, Ianma, remató forzada y por ello sin mucha fuerza pero hacia mi arco por mi lado izquierdo… sin fuerza, no fue un buen remate. Cuando iba recoger esa pelota, el movimiento natural era con  mano izquierda, la que estaba lastimada y cuando el balón pegó sobre la palma del guante, nuevamente el padecimiento fue atroz, por acto reflejo retiré mi mano zurda y la pelota entró a mi arco mansita y sin objeciones.
Me volvía a llevar un carajo. Era el cuatro a dos para ellas y yo entendí el vaticinio de aquello, que si seguía en el partido todo iba a terminar muy mal. Pedí mí cambio, era inútil prorrogarlo más. Dana lo hizo mucho mejor que lo que lo hubiera hecho yo, pero a pesar de ello y que por ahí intente alguna cosa como jugadora de campo, las Tuzas nos dieron palo por nueve a tres.
No recuerdo si faltaban solo dos partidos para los cuartos de final o más, el caso es que para nuestra cita con el destino yo no estaba recuperada. Por el chat del equipo avisé que no iba de portera. Sof  ni Alex estarían para ese partido, Gabriela ya jugaba para las antípodas del nombre de acrónimo y Karime ya se había ido a jugar a la Primera división. Aun así quedaba un buen equipo para ese día y el antecedente haber ganado a las poderosas Queens por tres a cero en uno de los últimos partidos de la temporada regular nos daba la esperanza de flirtear con la victoria, esa tarde Jessie había dado un juego memorable. Sin embargo, algunas de las que si iban a poder estar ese domingo, no rompieron la rutina de los sábados por la noche; en realidad, en ningún equipo del mundo amateur y para ningún partido por más importante que sea, se ayuna el sábado por la noche, es que hay cosas más importantes en la vida, ¿capisci?
Lo que pudo presentarse del Rival se presentó, en las condiciones que pudieron. Mich, Chio y otras llegaron tarde, algunas tardísimo, empezamos con jugadoras menos y conmigo al arco en calidad de inválida. En cuanto hubo con quién realizar el cambio en la portería lo realizamos y se suponía que yo me quedaría como jugadora de campo. Fue cuando pasó el bandazo de Mich, sus lentes oscuros y el vaso de efluvios etílicos.
Inmediatamente de que el árbitro pasó por alto la incorrección, jugamos con una jugadora de más por al menos cinco minutos, así como se lee, con una más durante casi cinco minutos… dentro de la cancha conté dos o tres veces cuántas éramos, di un pase, corrí una diagonal, volvía a contar y ya segura de las matemáticas, con toda discreción, salí del campo. Las compañeras que estaban en banca me debatieron mi salida y yo solo respondí que contarán cuántas éramos. Chio y Jessie, que estaban adentro de la cancha, me exigían regresar a la misma y ya más molesta les grité que contarán bien. Por fortuna, ni el árbitro ni las rivales se dieron cuenta y hasta un gol hicimos siendo una más.
Hay días malos y luego hay días peores, ese fue uno de los días peores, nada nos salía, la magia nos abandonó, los goles nos dieron la espalda, la suerte nos dijo que no y hasta el árbitro por ahí nos marcó una o dos cosas en contra e injustas que enterraron más nuestro coraje. Qué le vamos a hacer, entre tanta promiscuidad con todos los errores existentes en el fútbol nos llevó la chingada esa tarde.
Miré casi todo el partido desde la banca, impotente por no poder defender nuestro arco. Observé como sucedieron cada uno de los goles de las rivales que no barrieron ese día como por cinco a dos. Todos los equipos habían apostado por nosotras en esa eliminatoria, las Tuzas y las Queens nos esperaban en semifinales, pero el Rival fue el Rival ese día, irreverente, parrandero e impredecible, no fue a las semifinales porque no quiso.
Por unos minutos todas aguantamos cada una como podía su contrariedad, Jessie se desquitó golpeando con rabia la pelota contra la red de una de las porterías, un gol que ya no contaba, Chio movía la cabeza de un lado a otro negándose a aceptar la humillación, Jenny, Dana, Bere y las demás tenían el semblante mustio de la cruda realidad que era más cruda que la resaca de la noche de sábado.
Yo tenía una bronca por dentro que me destazaba el hígado, no es lo más sano que el último partido de una para un equipo tan alegre sea tan agreste.
No me mal interpreten, no adjudico esa derrota a nuestra indisciplina, porque indisciplinadas como éramos ganamos muchos otros partidos y nos desbordamos de alegría, y también perdimos otros y no dolía tanto. Tampoco era que los otros equipos de esa liga, y de todas las ligas del mundo en general, eran academias estrictas de disciplina y buenos modales, en todos los equipos se contaban historias similares de desfachatez. Quizás es que lo habíamos creído, que mirabas la lista de integrantes del equipo y decías, esta fiesta está galáctica y por ahí pensamos que no nos podía pasar eso de perder en las finales. Quizás es solo que por más linda que sea la fiesta, el resultado siempre tiene un peso significativo en el balance de las cosas, perder importa.
Y todo lo que dije en el párrafo anterior, en el Rival duró cinco minutos. Luego de la contracción que supuso la derrota y de aceptar que se estaba fuera, que el siguiente juego sería una práctica infumable, sobrevino la consciencia de que la vida sigue, de que el espectáculo debe continuar, de que alguien, por favor, suba el volumen de la música otra vez, porque la fiesta del Rival no había, ni con mucho, terminado. 
No sé, el punto es que unas semanas después me despedí del equipo y ya solo las vi, a las chicas del Rival, como rivales en la cancha, yo ya defendía otro estandarte, otros colores. No, la vida de apátrida no es fácil.
Estas líneas las hubiera escrito todavía con la culpa sino es porque hace no muchos días logre ver al Rival campeonar, en el pináculo de su trayectoria deportiva. Estaban casi todas, Mich, Bere, Dana, Alex, Jessie… yo misma les tomé la imagen con el trofeo del torneo de Copa y un poquito de la pena se me quitó de encima, me acuclille para prender la foto y en silencio aproveché esa postura para pedirles perdón, perdón por haberme ido tan temprano de la fiesta. Es la foto de la portada de este texto en su versión de blog, ¡ya tenían uniformes nuevos! y estaban con una sonrisa de oreja a oreja, como las vi casi siempre todo el tiempo que estuve junto a ellas, disfrutaban, gozaban, vivían.

  Jorge Peñaloza, el Cobi , era el capitán del equipo de fútbol que representaba a Segundo Alfa en la liga local escolar de la secundaria Té...